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RELATOS BREVES

CONEJO A  LA FRANCESA

Año de mil ochocientos y pico del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, reinando en España su Majestad Don José Bonaparte, por obra y gracia de… su hermano, el Emperador Napoleón Bonaparte, se encaminaba hacia la quinta de La Biendicha – cuyo lugar incierto estaría entre  La Mancha , Extremadura y algún rincón de Andalucía – un destacamento francés  al mando de un oficial, ayudado por tres suboficiales más.

_¡Manda leches que vengan a fastidiarnos a nosotros  los franchutes estos…! Como si no hubiera más quinta en toda la serranía en la que pararse.

_Calla, Rosendo. Dios ha querido que se detuvieran aquí, luego intentemos ser lo más amables posibles con ellos y en paz. Tengo oído que los franceses son grandes amantes de la cocina; una comida suculenta y sabrosa, regada con vino añejo y cumplida con buen lecho en el que dormir, de sobra complace al invitado.

_No sé, no sé, María. También tengo yo oído que cierta vez paró otra columna gabacha persiguiendo a proscritos en un cortijo andaluz y dejaron malos presentes.

_¿Pues…?

_Resultó que los dichos proscritos vaciaron previamente la despensa y no dejaron más que pan y orzas vacías que contuvieron chorizos y morcillas; aunque eso sí, llenas de pringue. Los franceses tomaron aquello como ayuda al enemigo y les dieron un pase de correa más que a una estera vieja. Pero es que como, además, traían un hambre de desespero, dieron fin al pan y a la pringue y se pusieron hasta las orejas de tostadas. A los del cortijo les dejaron un pan por vergüenza, y cuentan que como protestara el mayoral por la poca consideración de los “invitados”, le dieron de hostias – de las de sin Oficio, claro – hasta en el cielo de la boca.

_Bueno, eso no ha de ocurrirnos a nosotros. La despensa rebosa de matanza y quesos y el horno está cociendo pan; la bodega está llena de vino joven y viejo… Qué más nos pueden pedir.

_Eso lo dirás tú, María.

_Claro, como que hace tres días subí a por unas ristras de chorizos para orearlos en la chimenea.

_¿Estás segura…?

_Pareces tonto, Rosendo. Si no fuera porque están llegando iba a por ellos y te los colgaba como presentes de bienvenida.

_Tonto hubiese sido si después de la noticia de que andaba un destacamento francés por los andurriales me hubiese preparado para agasajarlos a cuerpo de rey ¡Al enemigo ni agua!

_ ¿Y qué has hecho con lo de la despensa…?

_Lo que procede en estos casos, esconderlo.

_Desde luego a descuidado no te gana nadie, ¿y con qué vas a alimentar a la tropa…? Si correazos se llevaron los andaluces, veo yo más cerca tunda de vara, que deja más huellas.

_Mujer, nos queda el pan…

_Claro, aquí en lugar de tostadas les hacemos catas de vino, eh espabilado.

_Ni vino he dejado a la vista, salvo el de la cuba avinagrada.

_Pues que Dios nos asista si no dices enseguida adónde han ido la despensa y la bodega.

_Ni arrancándome la lengua doy santo y seña.

_Santos nos van a hacer falta por tu mala cabeza… en cuanto a la seña… más bien señales es lo que empiezo a ver en tu calva cabezota.

Entre tiras y aflojas llegó el destacamento encabezado por oficiales y guardias de vanguardia. Descabalgó de un salto el encorsetado primer oficial y dos soldados más que apuntaban con sus bayonetas. Otro de los oficiales, aún en su montura, se dirigió en estas palabras a los quinteros:

_Buenas tardes desea Francia a sus hermanos españoles ¡Salve Napoleón, emperador de Europa, y Salve su hermano José, rey de España!

_Buenas tardes y salud para ambos – contestó Rosendo, dejando ver que era el responsable de la quinta.

Seguidamente el oficial al mando habló con el suboficial anterior para que transmitiera sus requisitos. Aquél, de nuevo, se dirigió a Rosendo.

_Por orden de le capitén Lefebre precisamos de avituallamiento y área de descanso para oficiales y tropa, así como agua fresca y grano para la caballeriza de montura y acarreo.

_Con su permiso… dígale al señor oficial que el descanso para oficiales y tropa está más que asegurado; en cuanto a caballos y mulas no han de faltarles cebada de la mejor, agua limpia y cuadras donde estarán seguras y guardadas…

Tras un silencio insostenible volvió el oficial:

_Y del resto…

El quintero se rascó la cabeza  pensativo y al final culminó:

_Pues verá usted, resulta que con tanto pillaje la despensa está vacía y la bodega seca.

El pan, algún saco de patatas y poco más de tomate en conserva es lo único que queda… Como saben hemos pasado años duros de escasez y ni siquiera hay ganado con el que poderles ofrecer buen queso o un buen guisado de cordero… España se recupera poco a poco de la contienda fraterna y por ello todavía hay carencias; pero, de buena gana, todo lo que podamos ofrecerles lo serviremos con la humildad que nos obliga.

Transmitido el mensaje, el oficial al mando que, aunque entendía poco el español ya había sacado impresiones previas, imprecó:

_¡Me cago en la pute…! ¡Todos los vagjones al pagjedón enseguida…!

En un momento parte de la guardia de escolta formó en línea mientras el resto empujaba a punta de bayoneta a todos los hombres de la quinta sin miramiento de edad contra una tapia. Muchachas, mujeres y viejas se pusieron a llorar de tal forma que se hacía insoportable seguir oyéndolas. De nuevo el oficial, de forma enérgica, habló al suboficial para que transmitiera sus órdenes; aquél gritó:

_¡Todas las mujeres y niñas que entren en la casa, rápido…!

Con todo el barullo organizado Rosendo ideó que, o hacía algo, o por su culpa aquellos desalmados dejaban viudas y huérfanas a todas las mujeres de la quinta; puso en marcha su segundo plan de apoyo y habló en estas palabras al suboficial:

_¡Señores, por favor; mantengamos la calma y no hagamos de bienvenida calvario!

Alzó la mano el oficial al mando y todo quedó como al principio; a continuación dirigió unas palabras por lo bajo al suboficial y aquél dijo:

_Le capitén Lefebre ha dejado más que claras sus órdenes y no admite demoras; o preparan un condumio decente para la tropa o van directos todos los varones al paredón. Esas son sus condiciones.

_Pues saquemos fuerzas de donde no las hay – respondió Rosendo al ver que no había armisticio con el que dialogar al enemigo –. Preparémosle ágape a Francia con lo que buenamente se pueda y dejemos a la tapia a salvo, que no está como para llenarla de más agujeros. Ayer salimos de caza los hombres y cogimos unos conejos y alguna liebre que otra corrida por los galgos. En la cámara se están oreando, bien sazonados, e iban a ser guisados y preparados hoy para hacerlos con tomate para conserva. Nada hemos dicho sobre ellos porque ignoramos si en los gustos de Francia entran el guisado de conejo o liebre; pero puedo asegurarles que María, mi esposa, prepara un conejo y liebre con patatas que son una delicia. Dígale al capitán que somos pobres y que si cumplen ustedes sus órdenes, más pobre quedará esta quinta sin un solo hombre que la atienda.

Seguidamente el suboficial inició la traducción siendo cortado con un zigzag de la mano del capitán, dando a entender que lo dicho había sido comprendido; con las mismas, advirtió  a Rosendo con cara de enfadado:

_ ¡No quiegjo más embustes o me cagjo a todo el mundo…! No había nada y de gjepente  han salido de sus cuevas conejos, liebgjes y patatas. Dígale a su esposa que cocine a los animales, pgjepagjen nuestgjos aposentos y den ustedes fogjaje y agua a las bestias; esas son mis ógjdenes.

María, que no tenía muy claro lo de caza y la conserva  le vino a decir por lo bajo a su marido:

_Rosendo, ¿cuándo fuisteis a cazar vosotros si en todo el día se os vio trajinando en la quinta?

_Ayer.

_A mí no me la das… ¡Qué otra estás tramando, o es que nos quieres perder a todos...!

_Tu calla, mujer, y guisa lo que se está oreando colgado en la cámara. Ya te daré pelos y señales de todo lo que hagamos cuando haya que darlos; pero por tu madre que estos desgraciados se chupen los dedos y duerman en los más mullidos colchones. Sobre todo el mamón ése almidonado, que va más tieso que el tiro de una galera.

Sin más preámbulos cada uno se dedicó a la faena encomendada y con paz y poca alegría ganó la noche al día.

La guardia se apostilló en los lugares indicados cubriendo los andurriales de la quinta. Poco a poco, una vez aseados, fueron tomando asiento en diferentes lugares oficiales y tropa. Al punto, y a una señal de María, fueron desfilando unas muchachas con hogazas de pan recién cocido en unas cestas seguidas de otros mozos con jarras de vino; unas servían el pan sobre la mesa y otros escanciaban vino en unos vasos de barro. A otra señal de María, aparecieron las mujeres con enormes ollas ensartadas de las asas con palos y grandes cazos para servir. Un aroma a guisado llenaba las estancias  e incitaba a los comensales a no hacer mucho caso del protocolo de rango; aun así todos esperaban a la primera cucharada del oficial de turno para degustar el manjar presentado ante sus narices.

_¡Oh, la, la…! ¡Formidable…! Excelente lapín avec pomme de terre (*) – dijo exaltado el oficial traductor. Seguido se endilgó un trago de vino que le llegó a los talones. – Tremendo bouqué con suave aroma a fruta agria – prosiguió.

María estaba más nerviosa que una tajada de arrope y solo hacía que mirar a Rosendo; él, por otro lado, veía la cara de satisfacción de los comensales y no cabía en su propio regocijo. Con tal ánimo le dirigió al capitán estas palabras:

_¿Está todo al agrado de ustedes?

_¡Ex, ce, len, te…! – respondió aquél.

_Celebro que les guste, señor Lefebre. María tiene muy buena mano para la cocina y de cualquier cosa hace un manjar exquisito. Lástima que no queden ni cabritos ni corderos… la caldereta le sale que ni hecha a propósito. Pero coman y beban a gusto; las mujeres han preparado también sus aposentos con motivo de hacerles la estancia lo más agradable posible… ¡Viva la France…! – Y la Espagne, claro.

Aquéllos estaban más por dar cuenta del plato que por los honores a la patria, que por otro lado en poca falta les echaba, dado que llevaban dos años sin aparecer por ella. Con los estómagos llenos y bien regados la modorra vencía a todos por igual; el primero en levantarse fue el capitán, quien dio las órdenes oportunas y se despidió cortésmente de las mujeres.

_¡Buenas nocheees!

Seguidamente fueron desalojando el amplísimo comedor y resto de estancias los suboficiales y la soldadesca. A los hombres de la quinta los encerraron en las cuadras junto a los caballos, que a su vez eran custodiadas por vigías; a las mujeres las retuvieron en el comedor con improvisadas yacijas hechas de cojines. Y así cayó la madrugada quieta y serena. Aquella noche ni los gatos maullaban; sólo los ladridos alternos de los perros rompían de vez en cuando la paz de la quinta.

Al romper el alba los caballos piafaban y relinchaban con el nerviosismo propio de la nueva marcha. Rosendo dio gracias a Dios por haber pasado, no sin más pena que gloria, los apuros del día anterior. Después de pasarse unas gotas de agua por los ojos comentó al resto de compañeros:

_Espero que estos muertos de hambre emprendan la marcha de buena mañana…

_¡Calla, Rosendo…! – dijo uno de los hombres – Ayer casi nos matan esos desgraciados por tu codicia ¿Qué te hubiera costado darles la comida de la despensa…? Por cierto, que habiendo registrado toda la quinta de cabo a rabo, no me explico adónde han podido ir doce jamones bien curados y ocho orzas repletas de chorizos y morcillas; así como tablas repletas de quesos y pancetas saladas; y ya no digamos de las cubas de vino ¿Tienes algo que decirnos al respecto…?

_Os digo lo que le he dicho a María. Cuando se vayan estos presuntuosos  daré cuenta de todo; los secretos divulgados suelen tirar mucho de la lengua. Tened paciencia.

Otro de los quinteros resumió con tosquedad:

_ Pues como se extiendan en la partida igual el secreto nos lleva a todos a ver al Santo Padre. Tal es tu terquedad.

Se abrió de súbito la puerta y entraron los soldados a punta de bayoneta; les acompañaba el suboficial intérprete, el cual les conminó a preparar a los caballos y bestias de carga dirigiéndoles estas palabras:

_ Monsieur le capitén Lefebre les da las gracias en nombre del Emperador Bonaparte y de su hermano José, por la colaboración prestada de ustedes y sus mujeres, y les comunica que en el momento en que la tropa y la carga esté preparada saldremos de sus posesiones ¡Viv laFrance et viv la Espagne!

¡Vivaaaaaa! – gritaron todos a una; seguidamente se afanaron en el forraje  de las bestias como si del mismísimo diablo se tratara.

Una vez dispuestos a partir los franceses, el oficial al mando comentó unas palabras con el oficial intérprete, el cual dijo:

_Pregunta le capitén Lefebre que cómo se llama esta hacienda.

_La Biendicha – respondió Rosendo.

El capitán, tras meditar un momento, gritó en voz alta:

_Pagja todos, ¡buena suegjte y mejog dicha!

A continuación ordenó la marcha, erguido y al paso de su caballería.

Una vez alejados, dijo Rosendo a tres mozos que les siguieran a la carrera y a escondidas, no fuera que les diese por volver a descuidos; seguidamente citó a todos los quinteros de la Biendicha para darles cuentas.

_Bueno, ahora que todo está como al principio es hora de que nos tomemos la cosa con calma y volvamos a la normalidad.

_Ansias no faltan  que todo vuelva a su lugar, que buenos apuros hemos tenido; pero ya dirás a dónde ha ido a parar lo que había en la despensa y quién ha sido el cazador de tantos conejos y tantas liebres sin cabeza – argumentó María enfadada.

Rosendo sonrió alegremente y respondió:

_Caballos, mulas, ganado y animales de corral cargados en las galeras los mandé al monte con el Chaparro y el Casiguapo, que fueron los que me alertaron de la llegada de los franceses. Así se explica que días después no quedaran nada más que perros y gatos en la quinta y se descubren las sospechas de algunos sobre la venta de todos los animales a don Felipe, que no es un marchante de  La Mancha  sino un conspirador adinerado que lleva muy a mal lo de la ocupación francesa. Los jamones y demás viandas los metimos bien liados ocultos entre paja seca en las gorrineras y en los corrales por ser lugares impropios de registro; las cubas de vino están bien selladas y fondeadas  en el pozo atadas con cuerdas a unos ganchos improvisados al final del brocal… Y eso es todo.

_¿Y  conejos y liebres…?

_Los conejos por el monte andan sueltos; en cuanto a las liebres… Que le aproveche a  Lefebre si le dan gato por liebre.

(*) Lapín avec pommes de terre = conejo con patatas.

P. V. R.

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17-Dic-2018

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