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YA NO HAY GATOS EN LOS TEJADOS

MAULLIDOS FELINOS

A eso de las doce de la medianoche un gato negro y carcamal correteaba por el caballón del tejado rompiendo el silencio nocturno con incesantes maullidos. A éste, a su vez, se  unían algunos más de su especie y en desacorde algarazada minina incordiaban al vecindario entrelides y amoríos.

Nico, cansado de cabecear la almohada y harto de tanta sinfonía gatuna, decidió poner remedio a  tan molesta situación. Buscó en el cajón de la mesita de noche entre un amasijo de cuerdas, trompos y varios objetos muy preciados para él - no para su madre, la cual reprendía constantemente a Nico para que se deshiciera de ellos -, hasta encontrar su entretenimiento favorito: un tirachinas de horquilla de encina que era compañero inseparable de sus aventuras.

El chico dio un rápido salto y pasó de la mullida y cálida cama al frío suelo. Vistió con ligereza sus flacas carnes con recios ropajes de pana, calzó sus pies con gruesos calcetines y unas botas forradas con piel de borrego y se encasquetó una gorra, también forrada de lana, que le cubría parte de la cara hasta la barbilla. Salió sigilosamente de la casa y encajó con sumo cuidado una astilla entre el quicio y la puerta con el fin de que ésta  no se cerrara y así  asegurara su fuga clandestina.

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17-Dic-2018

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