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LA CAZA DE CARBONERO

El silbato de una Mikado se oía a los lejos. El martillete que golpeaba en la campana del paso a nivel inició su sonido, muy lento al principio, y con vertiginoso ritmo a medida que las enormes plumas metálicas ayudaban con su peso al esfuerzo del manubrio. El chico pensó que en caso de ser descubierto por el empleado del ferrocarril al día siguiente le faltaría tiempo para ir con el cuento a su padre - y más a aquellas horas -, con lo cual tendría que evitar como fuera su presencia ante el mismo. El silbato de la locomotora se percibía mucho más próximo, casi a punto de asomar por la curva que accedía al paso a nivel para, posteriormente, enfilar la recta que pasaba por la estación.

De repente la gran mole de hierro hizo acto de presencia escupiendo nubes de vaho por los costados. Las bielas subían y bajaban a un gran ritmo, y el silbato, con su potente y agudo chillido, ensordecía a las dispares casillas de la pequeña barriada ferroviaria.

_ ¡ Leche ...! Éste no para - murmuró el chico.

Arrancó en una carrera más rápido que un galgo en liebres y justo le vino su etapa desde la casa al oscuro callejón al paso de los faroles rojos de cola del convoy. El empleado, ajeno a los movimientos del chaval, presenció el paso del tren. Tras comprobar que reunía los requisitos de circulación subió de nuevo las barreras y se adentró en la reducida garita. Allí le esperaba la estufa al rojo vivo invitándole a su cálida compañía

Nico desde la penumbra recuperaba poco a poco el aliento y recobraba el ánimo al no haber sido descubierto. El tren por ser de mercancías y no tener operaciones en la estación, pasó por el pequeño barrio  como una exhalación dejando tras de sí una gran nube de humo acompañado de un largo y denso silencio. El chico miraba hacia el tejado con insistencia. Ahora el silencio era demoledor. Tal era la quietud, que tan solo el paso sigiloso de un pequeño roedor lo rompía con sus patitas nerviosas y veloces. Pero Nico sabía que el maldito gato negro más tarde o más temprano volvería a presumir su talante majestuoso desde lo alto del tejado.

En el ángulo oscuro del callejón la luz tenue de una bombilla iluminaba escasamente una parte del tejado. Al momento un gato con el rabo tieso y recto como un mástil dejaba ver su silueta entre las sombras.

_ Miauo, miauoo _ maulló el felino como si quisiera cortar el aire.

_ ¡Por fín! ¡ Ya eres mío! - dijo el joven en voz baja mientras observaba a su presa.

Con movimientos de cazador al acecho el chico seleccionó una piedra de entre otras tantas, echó mano lentamente del tirachinas y, esbozando una sonrisa entre macabra y placentera, se dispuso a: “la caza de Carbonero”.

El pelaje del minino brillaba someramente reflejado por la tímida luz; sólo se le veía parte del cuerpo mientras la cabeza y el resto quedaban ocultos en la oscuridad. Nico puso la china  en la zapata del tirachinas y tensó al máximo las gomas, situó al gato en el centro del alma de la horquilla y, aguzando hasta el límite el tino...

_Uuuíii.

_ Figñuunn.

En un dúo casi sincronizado debido a su perfección, silbó la locomotora del Changay - no del Shangay, que este último haría su recorrido allá por las tierras de la remota China - y zumbó la piedra en su largo recorrido impulsada por las fuerzas cinéticas.

Seguidamente, un maullido hiriente e interminable por su larga duración, ensordeció al vecindario e hizo que un puñado de gorriones que semidormitaban  en una acacia desmochada se alertaran con inquietantes revoloteos ante un posible e inminente peligro.

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17-Dic-2018

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