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LA CARRERA DEL CHANGAY

El Changay - más conocido por Changa - se había detenido en la estación. Los empleados del ferrocarril se empeñaban en sus tareas cotidianas: los mozos de estación estibaban las mercancías descargadas de los vagones y las dejaban en unos enormes carros de dos ruedas; los visitadores, con unos martillos de mango muy largo, golpeaban sobre las ruedas de los vehículos del convoy y percibían con su finísima audición el clink, clink de los choques metálicos; si observaban que alguna nota discordante rompía el ritmo musical, reconocían el vagón ante una posible avería. El guarda jurado - o escopetero -, con su enorme fusil máuser colgado al hombro, se adentraba en la conversación que mantenían  el revisor y  una pareja de entricorniados y encapotados guardias civiles que viajaban en el tren realizando su servicio habitual de vigilancia. Por último el jefe de estación, con su mostachón grandote y el tres cuartos de botones dorados y pulidos, salía del gabinete encasquetándose la gorra laureada farol en mano.

Nico, oído alerta y ojo avizor, seguía los pasos del guardabarreras. Pensó que no debía de tardar mucho en cerrar el paso a nivel, pues vio cómo el empleado, tras el aviso desde la estación, contestaba a la llamada rascando en la magneto del teléfono y confirmaba, quizá, el acuse de salida del tren. Sus sospechas eran ciertas: de nuevo  el martillete repicaba en la aboinada campana de hierro y las enormes barreras cubrían el poco transitado paso a nivel.

El silbato de  la Mikado  se oyó espaciadamente. El chaf, chaf de las válvulas de vapor iniciaron un suave adagio al compás de las bielas que, torpes al principio y rápidas en progresión conforme las ruedas resbalaban en el carril, imprimían un ligero moderato hasta llegar a alcanzar el allegro molto. Un galgo flaco y esmirriado corría huyendo de las piedras lanzadas por el guardabarreras sin saber, tal vez, el porqué de la agresión. Nico desde la penumbra del callejón lo llamaba en voz baja, pues el animal  había tomado la vía como una vereda particular y corría el peligro de dejar sus escasas consistencias en lugar tan poco honroso para su especie, como debía ser un sembrado o un viñedo lejano. Por suerte para el chucho en el último instante salió de la caja de la vía y se libró por rabos, ya que el animal  sintió en su apéndice el quitarresesde aquel monstruo de un solo ojo que lanzaba llamaradas por la panza y bufaba como una bestia infernal y, en la posiblemente mejor carrera de su aciaga vida, arrancó como una exhalación  perdiéndose en la oscuridad.

Nico aprovechó de nuevo el paso del convoy para cubrir la etapa desde el callejón hasta su casa, solo que esta vez - pensó - no tendría que salir corriendo debido a que el tren  traería un paso mucho más lento al efectuar parada en la estación y ofrecería tiempo sobrado para adentrarse en la casa.

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17-Dic-2018

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