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EL FLACO, EL JARO Y EL CORCOVADO

El sol resplandecía con la intensidad de la llama de un cirio. Los carámbanos pendían puntiagudos de los aleros de los tejados y crecían gota a gota como cristalinas estalactitas. Un mulo tirando de un carro hacía su paso resoplando  por los enormes orificios nasales y dando resbalones con sus torpes patazas entre los pulidos adoquines de la carretera.

_ ¡Vaya pelona! - murmuró el chico al salir de la casa mientras se frotaba las manos enguantadas.

La gente andaba presurosa y embutida. Nico sólo asomaba lo imprescindible de su

cuerpo: sus ojos vivaces, su naricilla chata y sus carrillos enrojecidos; el resto lo cubrían las defensas contra los rigores del invierno.

_ ¡ Flaco! _ gritó una voz potente y próxima al chaval.

Nico se volvió y al reconocer la voz que le había puesto el corazón en un puño respondió enojado:

_ ¡ Jaro, mamón; qué susto me has pegado!

El pelirrojo, sonriente, dijo de nuevo:

_ ¿Qué miras con tanto ahínco en los tejados...? No, no me digas, gatos, ¿me equivoco?

Nico tras quitarse el guante de una mano, la pasó sobre los cinco arañazos semicurados que le marcaban el rostro desde el ojo izquierdo hasta el principio de los labios. Lanzó un salivazo al suelo, emitió un chasquido y dijo con aires valentones:

_ ¿Sabes? Anoche le acerté una pedrada al Carbonero.

_ ¿ Al gato de  la Churrera , el que casi te deja tuerto?

_ ¡Sí, a ése,  a ése!

_ ¿Y qué? ¿Acaso lo has matado?

_ En eso estaba, pero después del susto... Se me ha antojado que todos los gatos del vecindario me venían encima, ya ves.

_ ¡Bah! Si lo hubieses matado se vería en el tejado. Un gato negro se ve a la legua... ¡Ni que un gato fuese una pulga...!

_ ¡ Te he dicho que le acerté anoche con una piedra y maulló más que el día que le echamos al Barbas en la balsa del Tío Chamarra por comerse al canario de mi abuelo!

_ ¡La leche si corría aquel día! Aunque si nos descuidamos se carga al perro. Y es que un gato encerrado tiene más peligro que el dornajo de mi gorrinera; no hay día que el gorrino, una vez se ha comido el salvado, lo libre de testarazos contra las paredes.

_ ¡ Flaco, Jaro...! _ gritó un zagal bajito y algo cargado de hombros.

_ ¡Va, Corco...! Aviva que hoy vamos tarde _ gritaba el pelirrojo_ ¿Sabes? -continuó a medida que se acercaba el bajito - . Dice éste que anoche mató al gato de Luciana, la churrera. Que estaba dando la matraca en el tejado y le arreó una pedrada que lo dejó...

_ ¡ Ya! –interrumpió el jorobado-. Y mi padre en vez de ser pocero y buscar agua con pico y pala es ingeniero y  hace pantanos. ¡Y una leche, Flaco!

Los dos amigos mirando al más delgaducho se echaron a reír.

_ ¡ Iros los dos a la tina y que os den mierda de gallina! Además, ¿de qué os reís tanto? Si en lugar de gatos fuesen burros por los tejados, estoy seguro que con vuestros tirachinas no les acertaríais ni una pedrada- les dijo mientras aligeraba el paso con el ceño fruncido alejándose de sus amigos.

_ ¡Arrea, tú! ¡Mira, es el gato! _ dijo el pelirrojo.

_ ¡ Flaco, es verdad! _ exclamó el encogido.

Nico pensó que sus amigos continuaban con la broma y aún imprimió más velocidad a sus piernas larguiruchas.

_ ¡Nicolás! ¡Que es el Carbonero! ¡Que no se ve casi porque está blanco de la escarcha! _ gritó desgañitándose el pelirrojo.

Nico volviendo hacia el lugar en el que estaban sus amigos miraba a lo alto del tejado sin ver nada.

_ ¿Dónde está?

_ ¡ Allí, mira, junto a la chimenea! _ señaló el pelirrojo.

El pobre gato estaba más tieso que las bragas de la abuela Juana, que las ponía a tender en otoño  y hasta la primavera, como si de una estera vieja se tratara, ondeaban con insolencia al viento en todo el centro de la terraza hasta su posterior recogida.

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17-Dic-2018

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