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El gato acróbata

A la salida de la escuela los tres amigos caminaban en silencio sepulcral, aunque en dos de ellos se presentía un cierto aire enrarecido. El bajito, queriendo romper el hielo, comentó tímidamente:

_ Jaro, tú eres tonto. Si te hubieras dejado...

_ ¡ Qué! - respondió el pelirrojo con cara de malas pulgas

_ ¡Güéndiez! Pues que no te habrían dejado en pelota picada y de esa manera, hombre.

El larguirucho, que desde que habían salido de la escuela se iba aguantando para no enfadar más a su amigo, al mirar a éste a la cara estalló en una carcajada y dijo:

_ ¡ Que se aguante! Bien se reía él cuando nos dieron los galgos a nosotros.

El encogido, contagiado, rompió también en una risa imparable. Se miraban los dos y paraban de reír, luego dirigían sus miradas hacia el pelirrojo y al verle la cara de mala leche que ponía, se partían los dos de risa.

_ ¡ No me tiréis de la oreja, eh! ¡Si me tengo que liar leches con los dos... me duráis menos que una paja en el parque!

_ ¿Te crees que yo soy el Velas?  -dijo el larguirucho sin parar de reír- ¿Crees que a mí me vas a pegar la tunda que les has dado a esos dos? ¡Vas apañado!

A punto estaban de liarse a guantazos  cuando el encogido observó a un gato que pasaba de un tejado a otro dando un brinco. Con rapidez echó mano del tirachinas que llevaba en el bolsillo y la emprendió a pedrada limpia con el minino.

_ ¡ No te digo...! ¡Eh! ¡ Que se va el gato y vosotros ahí liados! ¡ Va, tarugos!

Los dos amigos alertados por su compañero dejaron de reñir y desplegaron con rapidez sus tirachinas pasando a la acción. Al parecer toda la bilis que venían arrastrando la descargaron ensañándose con el felino. Las chinas silbaban en el espacio y cascaban como platos rotos sobre las tejas. El gato corría por el tejado dando saltos acrobáticos y coceando al aire, ahuyentado por las ráfagas lanzadas en su búsqueda. Un silbato tronaba a lo lejos al son de los repiques de campana del paso a nivel. Y los tejados, desvistiendo  sus velos escarchados, lloraban, quizá, el duelo de Carbonero con goterones de lágrimas desde sus aleros: Y es que, a ese paso, ya ni quedarían gatos en los tejados.

P. V. R.

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17-Dic-2018

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