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El pendón de Aquiles

Un sol radiante de alegría abre el día. Aquilino –más conocido por Aquiles- es el “puto amo”: no tiene un duro, sí una motocicleta que hace más ruido que una carraca de feria a la que llama “Rabia”. De vez en cuando habla con ella.

Contacto, aire abierto y arranque... prrrett, prrett, prr, prrr... El ruido de la moto es único. A la salida del garaje bruñe como un Roldán,  acero-plata, al galope por las campiñas de Poitiers.

Algunos km más adelante entra en la gran urbe y se detiene en varios semáforos; justo en el de la Ciudad de las Ciencias, un tipo abre el cristal de la ventanilla de su automóvil con las gafas de sol a punto de salírsele por la nariz y le mira fijamente. Aquiles ningunea la mirada y al punto le arrea dos apretones al puño del acelerador... Prrrettt, prrrrrr. El tipo vuelve a mirarlo y le indica con el dedo índice a los pies... Aquilino baja su mirada hacia la estribera de la motocicleta... -¡Tierra, trágame!- De repente le viene un subidón rojo que le hierve la cara. El tipo acomoda sus gafas, lanza una mirada socarrona a Aquilino y cierra la ventanilla. Aquilino levanta su mano izquierda devolviendo la llamada de atención, luego con la derecha recoge una prenda que cuelga del estribo de la moto ¡Cabrón de perro...!-habla para sí-. Los gayumbos tanga, regalo-gracia de su esposa en un cumpleaños-, habían recorrido casi catorce km ondeando al viento colgados del estribo por caminos vecinales, autovía y calles principales de Valencia ¡A la mierda! –dijo mientras los arrojaba a un espacio sin utilidad del puente-. Siguió su camino y no paró de darle vueltas a cómo su mascota, Odín, se las había ingeniado para dejar colgado en ese preciso punto los calzoncillos. Hasta al menos dos meses después, el pendón de Aquiles –así llamaba Aquilino a la prenda cada vez que la veía- se mostró a la vista durante los continuos viajes laborales a la ciudad. La visita del Papa borró el rastro.

 

Ópera prima

 

Atrezzo

Ábranse sobre el arco celeste diminutas perlas púrpuras,

Distorsiónense haces de luz en las abismales ondas. Miel de neón...

Varada la moto sobre la arena una sinfonía soporífera, cansina, aviva el viento;

percusiones  heavy metal de puerto deportivo.

_Dos Coronas...

La tipa del chiringuito nos mira de arriba abajo como a dos extraños sin paraíso.

_Quise decir dos Coronitas.

Sonríe y acerca dos birras al mostrador con sus rodajas de limón... Seis “pavos”

–excesos de verano, pienso.

Cogidos de las manos desnudamos nuestros pies hasta el tímido suicidio de las olas; al punto una luna llena alumbra su argéntea faz desde el abismo oscuro.

_¡Joder, si está fría! –Dice. Sin mediar palabras le arrimo un beso... ¡Uhmm!

Limón-rubio americano y conjuras de deseo consuman su presencia; atrapo su labio bajo y lo comprimo con mis labios hasta la extenuación.

Primer y único acto

Picada espuela, la máquina da un empellón atrayendo a mi espalda sus pitones...

_¡Ehhh...! ¿Quieres traspasarme...?- Aprieta con más fuerza  su pecho y me besa en el cuello.

El largo paseo de la bahía nos lanza hacia L`Albir; las chaquetas de flecos vuelan al viento como penachos de plumas y ornatos indios... Cheyennes de ciudad.

Pasamos con la máquina junto al Heart break White Coast Choppers que está próximo al camping Cap Blanch. Una tanda de rock arrolla nuestros oídos desde el sótano... ¡La puta, qué música!

Alquilamos una pequeña cabaña –de pescador, decía para mí– en el camping, dejamos moto y bártulos y nos largamos a toda leche al Heart break White Coast Choppers.

_¡Qué prisa, qué prisa… ni que fueran a cerrar! –digo mientras le arrimo un beso en los morros.

Llegados al garito ella suelta mi mano y se lanza a la atiborrada pista mezclándose entre sudores, colonias de bote y perfumes galos... Se echa en falta al genuino americano y a su primo, el de los tipos a caballo con sombreros cowboys. Cosas de Europa.

_Dos birras chicanas con su limón, por favor.

_¿No le es igual dos Budweiser? –contesta el tipo bigotudo de la barra.

_Si no hay Coronitas podemos beber cualquier cosa –dejo caer mientras el tipo arruga el ceño.

Trinco las dos birras y me lanzo a la pista, agarro a mi piba de la mano y libero su locura.

_¡Joder...! Ahora que estaba lanzada...

_Lanzada es la que te quieren pegar esos gansos guaperas de chaqueta pija. No levantan ojo de tu culo y de tus tetas...

Pilla la birra, me da la espalda y en un vaivén de melena levanta pasiones a todos los abejorros que quieren libar en su perfume.

Me arranco a la pista y despejo dudas de acosadores diciéndole al oído que el “polvo” no se lo lleva ningún zángano pijoteras.

Ella sonríe, me arrea un beso y ningunea intenciones propias y ajenas.

Sentado en un taburete de la barra se acerca y deja su cazadora tejana... Desnuda sus hombros y aparecen las cintas del sostén caídas a propósito en mitad de sus brazos. Pavos y pichones titan y arrullan a su alrededor haciéndome ver astas psicológicas.

Se acerca a la mesa otra tía de la pista... “Dice aquella chica –mi chica– que puedo dejar aquí la cazadora”.

Le sonrío y encojo los hombros, devuelvo afectos y repaso de un vuelo su figura... ¡Joder...! La mensajera acecha y mando mi atención a tomar por culo, o sea, a una lámpara americana que seguro no la ha visto ni el dueño del pafeto.

Aplicadas dos birras más la cabeza se embota sobrecargada. Ella desiste la bebida y sigue bailando rodeada de más tías buenas, encartonados europeos de Burberry y... ¡Peligro!, acuden a la miel del panal unos mendas con chupas Harley tatuados hasta el pescuezo. ¡Malo, hay que largarse o me veo pegándome de hostias!

Los pijos de Albión y una leva afín  allende  los Pirineos, junto a los harleros y más y más pibas, han copado la pista al máximo. Los guitarras, el saxo y el batería están sumidos en un acorde acojonante de melodías. La solista aviva al máximo sus cuerdas bocales... Ella se acerca y me grita. ¡Esto es la hostia, qué marcha...!

_¡Nena...! ¿Nos vamos o qué? Ni una palabra, da la vuelta y entra a la pista en el momento en que el corro está libre de gogós por la patilla. Luego pienso lo gilipollas que puede uno llegar a ser al preguntar cosas que no tienen pies ni cabeza. Causas perdidas.

El tipo bigotudo llega a hacerse amigo toda vez que le pido tres birras más y las consumo en su compañía en la barra solitaria. Las tres veces me arrima: “¿con limón?”. El embotamiento me pide sonrisas de cachondeo y despejes de vejiga; el cerebro se desajusta... El water cada vez está más lejos, la puta lámpara da más vueltas que las aspas del molino de Quijano y llego a pensar si las locuras de nuestro héroe manchego no serían provocaciones de la bota de Panza.

Me importa una leche si a mi piba y al resto de leonas  han intentado meterles mano los mamones pijos o los chulos moteros ... No doy para eso ni estoy como para romperme la crisma. Cazadoras en mano me acerco al follón, le doy las dos prendas a mi chica y agarro su mano con fuerza.

_¡Eh, que me haces daño, además, esta cazadora no es mía...!

Sin soltarla de la mano, trinco la cazadora y me arrimo a la chorba que se deshace bailando.

_Toma, guapa... es que ya nos vamos –le soplo al oído medio chillándole.

Ambas se sonríen, besan y saludan con amistosos adioses.

Salimos del local y una bocanada de aire marino azotaba sin piedad... ¡Sargazos del alma...!

Nos fuimos a la cabaña y no hubo pesca.

 

 

TEÚKROS  TELAMÓNIDA

 

Salamina, isla de Egina, hacia el año 2000 antes de Jesucristo en la corte del rey Telamón.

_Perdóname, padre, por no haber podido detener este pesar que ahora te acongoja y devora tus entrañas. Bien sabes que Áyax, tu hijo querido, era de ligero temperamento, ello le ha traído su propia desgracia. Atiende mi versión y luego decide si crees que soy o no digno de tu perdón. También el remordimiento anida en mi pecho mas, si tú como padre estás sumido en horas de gran tristeza, yo como hermano no he tenido el coraje de verter mi sangre, como Áyax, en los campos de la inexpugnable Troya.

_Acertada ha de ser tu versión, hijo mío. Dices bien que tu hermano era de talante ligero, alocado e intrépido; mas ello hace a los padres que tenemos vástagos de esta clase que sintamos quizá más simpatías hacia ellos en contra del aprecio sin distinción hacia el resto de hijos; pues, aunque en sus corazones arde la llama del peligro constante, en los nuestros anida la triste noticia, como la que tú traes, y que tarde o temprano un padre, en contra de la naturaleza, pierda a un hijo. Cuenta ya, sin dilaciones, los hechos tal como han acontecido y ya juzgaré por propio si fuiste o no lo suficiente hombre como para defender a tu hermano ante la odiosa Troya.

_Sea, padre querido: Como también te habrá llegado la mala noticia de la muerte de Aquiles, tu muy estimado sobrino, por la funesta flecha disparada del arco de Paris, tanto Áyax como Odysseo entraron en disputa por tener para sí las armas y armadura de él. Agamenón dispuso al final que las armas fuesen para Odysseo. A raíz de tan malograda decisión, Áyax, tu hijo querido, entró en tremenda locura y acometió contra todos los animales que había causando una gran sangría hasta quedar extenuado tendido en la arena. Al despertar, cubierto de sangre por todas partes, pensó que los desmanes habían sido contra sus propios compañeros y, con la espada regalada por Héctor en una anterior disputa, se quitó la vida suicidándose.

Telamón, sentado en su trono real respondió a Teukros:

_ Creíble es tu versión, ya que he sido informado previamente de la desgracia por soldados eginetas que os acompañaban. Necesitaba oír tu versión para contrastarla con la de ellos y creo tener juicio formalizado. Ante tamaña locura no cabe la defensa de  ningún pariente, sino la de los dioses, y si ellos no han querido detener esta congoja, ha de padecerla el corazón… Pero no encuentro sitio en mi pecho para acogerte en este momento… Ve en busca de fortuna, de esta forma expiaré la pérdida desgraciada de Áyax y cicatrizaré la herida de tu ilógico destierro, que no hay nada como el tiempo para revivir en los encuentros las penas y alegrías. Coge la nave más veloz, elige a  hombres valerosos  y hazte a la mar, tu padre sabrá esperar nuevas tuyas.

Así Teúkros egineta, príncipe de Salamina, se lanzó a la aventura por los mares Egeo, Jonio y Mediterráneo hasta dar con la isla de Chipre, en donde fundó Salamis, recuerdo de su muy querida Salamina de Egina.

Pasados los años ocurrió el atraque de un barco en la isla de Chipre que congratuló sobremanera a un vigía egineta que había acompañado a Teúkros. Pero la alegría se volvió en terrible desdicha, dado que aconteció lo que sigue:

_¡Teúkros, grande de Salaminas egineta y chipriota!

_Qué te trae con tanta premura, emisario.

_Un barco de Egina, informado por comerciantes fenicios en la isla de Creta de tu nueva sede ha anclado en la playa, mas trae terribles noticias de la madre patria…

_Da descanso pues a tu angustia e imparte conmigo lo que tanto te aflige; en momentos de tristeza las penas son más llevaderas si son compartidas.

_En efecto, Teúkros, triste y penosa es la noticia; por ello mi dolor se une a tu dolor: Tu padre, el gran Telamón… yace en el lecho de muerte y reclama tu vuelta a Egina.

_¡Por las furias de Poseidón…! Tristes nuevas traes, bien cierto. Arma presto tres naves ligeras y llénalas de los mejores hombres con los presentes más valiosos que disponemos en Chipre. Telamón, mi padre, y padre del gran Áyax, merece el agasajo propio de un hijo cuando Hades decide cerrarle las puertas  terrenales.

De esta forma Teúkros se hizo a la mar  rumbo a la isla de Egina. Tras varios días con sus noches a golpes de vela y remo pasaron Creta, cruzaron las Cýclades y avistaron el golfo Sarónico. Un suspiro profundo movió a todos los nautas eginetas; máxime cuando Teúkros, con voz potente, les dirigió estas palabras a viva  voz.

_¡Ah, los de las naos ligeras…! Teúkros os quitó la bella Egina de vuestro lado y ahora os trae de nuevo a ella. Espero que el recibimiento sea el que merecen los bravos guerreros buscadores de gloria y fortuna, y una gran dicha infle nuestros pechos; esa es la visión que anhelo y os transmito.

Un grito de júbilo bramó en el límite occidental del Egeo. Tal fue que, avistadas desde  los baluartes de la costa las tres naves, los vigías de la isla corrieron la alarma a sus oficiales y éstos fueron a comunicárselo al capitán. La fortaleza armó rápidamente a los hombres y se preparó ante un posible ataque tras las murallas. El piloto de una de las naves voceó a Teúkros:

_¡Teúkros…! Parece que la sangre hermana es enemiga. Salamina se muestra hostil a nuestro regreso y los pétalos de rosas que debiéramos pisar hasta el trono del gran rey se han tornado en espinosos tallos.

_¡Gobernador de naves! –contestó Teúkros– ¿Crees que yo en el lugar de ellos os agasajaría abriéndoos los portones de acceso a Salamina? Izad el pendón y arriad las velas; veréis como la enemistad se vuelve en loas y nuestros familiares queridos nos dan la bienvenida que merecemos.

Dicho esto arriaron el estandarte de Egina, la tortuga griega, e inmediatamente los velámenes de las tres naves, excepto las de las mayores, cayeron  sobre sus cubiertas. Conforme se aproximaban a la playa los vigías tenían más visión de las maniobras supuestamente enemigas; uno de ellos, al distinguir el pendón erigido de las tres naves cobró una sonrisa dirigiéndose   al oficial:

_¡Por todos los dioses…! La tortuga griega ondea en los palos mayores de las tres naves… Son naves eginetas, aunque distintas en cuanto a sus armazones y cabotaje.

_Por lo tanto no hemos de fiarnos –dijo el oficial–. Mantened la guardia. Situaciones así requieren la mediación del estratego; que él decida si es propio atacar o recibir a quienes, en apariencia, son amigos o aliados de los eginetas.

Teúkros y sus compañeros vararon las naves en la playa y aseguraron su deriva con  maromas  amarradas a unas grandes rocas; a continuación bajaron los caballos y mulos y cargaron a estos últimos con los presentes traídos de Chipre: cofres de oro y plata de botines de guerra; gemas, rubíes e incienso de Arabia; ánforas cargadas de salazones y tejidos de Fenicia; marfil, pieles y animales salvajes de Lybia… Una nutrida caravana de bestias y enseres se iba formando a lo largo de la costa. Los vigías, ante tal visión de regalos, pensaron que si los arsenales enemigos les hubiesen presentado batalla en otras ocasiones de la misma forma, las piras funerarias no habrían talado tantos pinos en la isla y el renombre de Egina, aparte de su flota naval, se oiría hasta en los últimos confines del mundo por sus riquezas.

Hacía un día que el gran Telamón había dejado su vida y reinado para siempre, por lo que la dirección de la isla había recaído en Eurisaces, hijo de Áyax y nieto del gran rey. Aquél subió las escaleras hasta la gran muralla y, desde allí, presenció los movimientos de desembarco y acarreo sobre la playa. Al no reconocer las naves como aliadas ni propias, le dio a pensar que si Troya había caído por una estrategia de presentes, igual Salamina caía en brazos enemigos por una treta similar. Con las mismas se dirigió a un heraldo y le dispuso lo siguiente:

_Heraldo, coge el caballo más fresco de las caballerizas y entrevístate con el oficial al mando de las tres naves. Dile que se identifique y diga qué le trae a Egina y qué mueven la presencia de tantos presentes. Ansío tu respuesta.

Partió el heraldo velozmente hacia la playa y en poco tiempo alcanzó la caballería que encabezaba a la caravana, que ya había partido, y que iba capitaneada por Teúkros.

_¡Que los dioses os acompañen si la misión que traéis es de paz y amistad…! ¿Quién es el oficial…? Traigo una misiva del gran rey de Salamina en la que os emplaza a que os identifiquéis y deis muestra completa de los fines de vuestro séquito y enseres.

_¡Que igualmente a ti te traigan dichas…! –contestó Teúkros– Si el gran Telamón en persona exige por un mensajero que un hijo suyo deba ser reconocido antes de su presencia, no será Teúkros, su hijo, quien haga demorar su petición.

El heraldo tras lo oído, descabalgó de un salto y tendió la mano a Teúkros. A continuación le dijo en estas palabras:

_ Teúkros, hijo de Telamón; aún contengo las lágrimas por las exequias de tu padre el gran rey de Egina. Ayer una pira consumió su cuerpo y sus cenizas fueron esparcidas por la arena que en este momento pisas, según su voluntad. Eurisace, hijo de de Áyax, nieto de Telamón, gobierna ahora en Egina. Me congratula dirigirle a él que el hermano de su padre ha vuelto y que otros hermanos eginetas le acompañan. Seguidme. Si ayer fue un día desgraciado para los eginetas, hoy  ha de ser la dicha la que aparte a la tristeza e inflame  a nuestros corazones.

_Pues no demoremos la bienvenida, heraldo; largo y penoso ha sido el viaje desde la lejana Chipre. Mis hombres anhelan reunirse con sus familiares y la disposición de buena comida y un mullido lecho reconfortarán con creces a amores, amistades, hambre y descanso.

Emprendieron el recorrido hacia la fortaleza a la par Teúkros y el mensajero seguidos de la caravana y cuando llegaron a los portalones que la protegían se detuvieron ante ellos, dado que estaban cerrados. El mensajero se dirigió hacia Eurisace en estas palabras:

_¡Eurisace, hijo de Ayax, nieto de Telamón…! Un funesto día nos precede y un gran día nos trae a familiares y a amigos partidos hace años. Teúkros, hijo de Telamón y hermano del gran Áyax, tu padre, ha vuelto llenando de alegría a todos los eginetas. Esta es la misiva que me encomendaste y que con gran gozo te transmito.

Los vigías, que habían reconocido entre la comitiva a rostros conocidos se dispusieron a abrir los portalones. Eurisace, al ver la acción de éstos dispuso lo siguiente:

_¡Oficiales! Disponed a los mejores arqueros, y si algún egineta osa tocar un madero  de la puerta lanzadles tantas saetas como tengáis en el carcaj. Teúkros no es bienvenido a Egina, ya que así lo dispuso mi abuelo, el gran Telamón. El destierro es su expiación por haber permitido la muerte de mi padre, el gran Áyax, allá en la recóndita Troya. De esta manera dispongo: Yo Eurisace, hijo de Áyax, nieto de Telamón y rey de Egina, considero proscrito a Teúkros y le invito a que, igual que ha venido, flote sus naves cargadas con los presentes traídos y se aleje tanto como pueda de la isla de Egina. Si tiempo tuvo en esperar a la muerte de su padre, tiempo le queda hasta olvidarse de que Egina no recibe a quienes rehúyen defender a sus hermanos... ¡Marcha, Teúkros…! No quieras manchar de sangre hermana la arena que te vio nacer y en la que hoy reposan las cenizas de tu padre, el gran Telamón.

Teúkros, ante tamaña afrenta, dirigió estas palabras a Eurisace:

_¡Que los dioses aprueben o reprueben tu actitud, Eurisace, hijo de Áyax! Dudo que lleves sangre de tu padre en las venas; pues actitud semejante jamás se daría en él con su propio hermano. Pero, como bien dices, el luto no requiere derramamientos de sangre fraterna y, aunque no apruebo tu disposición, prefiero hacerme a la mar y llevarme los recuerdos felices de por vida. Egina nos dio la vida y no ha de quitárnosla por caprichos de un muchacho engreído y altivo. Sólo te pido un favor, que quienes me han acompañado y quieran regresar dentro de las murallas de Salamina sean recibidos con trato de amistad para que puedan reunirse con sus familiares y amigos. En ésas, flotaré mis naves y juraré junto a los que me sigan, si es que lo hace alguno, no regresar nunca a Egina, salvo en los recuerdos.

Seguidamente Teúkros gritó con voz potente:

_¡Eginetas…! Salamina os abre las puertas y yo os emplazo a que decidáis quedaros o que arméis las naves de regreso a Chipre. Si los dioses estiman que reine Eurisace en Egina, irrevocable ha de ser que Teúkros, hijo de Telamón, imponga su voluntad ante mandatos divinos. Sabed que teneros a mi lado ha sido de gran agrado y dicha, y que vuestra ausencia nunca llenará el vacío de mi pecho; mas ha de ser voluntad en los hombres que quienes han servido a causas de provecho, sin condiciones, tengan el privilegio de elegir lo que el designio les muestra.

Un gran clamor sumido entre alegrías y llantos se oyó dentro y fuera de las murallas de Salamina, cuyas puertas se abrieron por mandato de Eurisace. Nadie salió, nadie entró...

Una vez cargadas las naves de regreso, la tripulación entre imprecaciones juró no regresar jamás a la isla de Egina y dispuso las velas con vientos favorables rumbo a Chipre. Una larga y penosa travesía auguraba cambios inesperados. Pasado un día solar de navegación sin perder de vista  las islas cruzaron las Cícladas guardando un profundo silencio en la travesía entre Mýkonos y Dhelos, famosa ésta última por el santuario de Apolo Flechador. Bien caída la noche el viento fue cobrando fuerza acompañado de resplandores y terribles truenos desde el cielo. Los trípodes de entrada al puerto de Thera invitaban al descanso por lo que decidieron arriar las velas hasta alcanzar la costa. Mas no fue posible; cobró mucha más fuerza el viento y, arrastradas por la tempestad, el rumbo de las naves viró hacia el este a los nautas perdiendo el control. Izaron de nuevo las velas por ver si la pericia de los timoneles los acercaban a la fina arena de Thera; pero cuanto más viraban la proa hacia Oriente con el grito de los pilotos a los remeros, el caprichoso Eolo más hinchaba las velas a Occidente; así, exhaustos y abatidos por la tensión en los músculos, cayeron poco a poco sobre los bancos ante la impotencia. Teúkros, que pilotaba a la nave guía, gritó con fuerza hacia el cielo:

_¡Gran Zeus Cronión…! ¡No solo nos apartas de la muy querida Egina, sino que mandas tus iras contra nosotros cuando disponemos un regreso pacífico a Chipre…! ¡Si es a mí a quien quieres castigar hazlo ahora y fulmíname con tu ardiente llamarada…! Pero, ¿acaso mis compañeros han de sufrir tus iras personales…? ¡Detén tu soberbia dejándonos atracar las naves y la costa mandará hacia el Olimpo pavesas y aromas de una buena lumbre y de nuestro mejor toro…! Tal es nuestro agradecimiento.

El choque de dos nubes henchidas hizo que la isla resplandeciera a la vista de los navegantes; seguido un estruendo terrible estremeció a todos. Movió el viento con un vaivén de olas que hacían saltar a las naves cuales simples maderos, merced a la ayuda de Poseidón, quien incitaba el Cronión, su hermano, a apartarlos de la isla. Así tempestad tras tempestad un día siguió a otro día, una semana a otra semana llevando a las naves a la deriva. Los víveres y el agua escaseaban, aunque la bodega iba repleta de ánforas que se rellenaban con la lluvia recogida; las bestias apenas si tenían grano… Ayudaba poco a los guías el cielo; noche y día, turbios y amenazadores nubarrones ocultaban la ruta a seguir. Ningún rastro de tierra cubría de felicidad a tantos días de embarque.  Pero un día la adversidad cambió el ánimo de los navegantes en una dicha efervescente. Teúkros, cuyos músculos lanzaron infinitas lanzas sobre las altas murallas de Troya, miraba impotente y abatido hacia el vasto horizonte marino cuando avistó a una nave de velas coloridas; de súbito gritó:

_¡Un barco fenicio…! Eh, pilotos…! ¿Avistáis una vela fenicia?

Todos dirigieron la mirada hacia la parte de él. Un piloto experto en la navegación le dirigió estas palabras:

_Teúkros. Si alguien en el ancho mar conoce las mejores rutas del orbe terrestre es sin duda el fenicio; acerquémonos a ellos y nos conducirán a tierra. Tal ha de ser nuestra dicha en el día de hoy ¡Remad, agotados eginetas, hasta que las fuerzas os revienten y demos alcance a los comerciantes…! Fenicia y Chipre siempre han mantenido buenos contactos y son cercanas la una de la otra. Quién sabe si en el día de hoy  Salamina Chipriota está preparada para recibir nuestra vuelta.

Los remeros sacaron fuerzas de sus músculos agotados y empezaron a bogar con un ritmo descomunal; parecía como si los mismísimos dioses impulsaran a las naves que cada vez se aproximaban más hacia el barco fenicio. Aquéllos al ver cómo se aproximaban arriaron  velas y se pusieron en guardia; no en vano, debido a su condición de carga, emprender la huida les era del todo imposible y siempre el enemigo suele ser más condescendiente con el pacífico que con el agresor.

A corta distancia observaron los fenicios que las tres naves eginetas lucían las tortugas en sus pendones, por lo que se mostraron más confiados; el que mandaba en la nave, por este motivo, gritó:

_¡Ah los de Salamina, rica en hermosas arenas y constructora de naves…! ¿Qué os trae tan lejos de vuestra patria…? Por ventura que hay que ser osados para realizar tan larga ruta; cierto que vuestras naves son ágiles, mas por ello son mucho más frágiles a las iras de Poseidón.

Teúkros, sabiendo que los fenicios eran reacios a descubrir sus mercados, le dijo en estas palabras:

_Bien dices, fenicio. A Poseidón le debemos el extravío, aunque si lejos estamos los eginetas, no quedan menos lejos los fenicios… Pero decidnos, ¿hay algún puerto cerca donde reponer víveres y dar descanso a nuestros húmedos huesos…? Hemos sido apartados de la costa y extraviados por vientos desfavorables. Si nos guiáis a buen puerto no han de faltaros presentes que suplan vuestro favor con creces. Nos consta que el pueblo fenicio siempre ha mantenido lazos comerciales con Egina, por lo que en vuestras manos dejamos que la amistad perdure o que dirima enfrentamientos entre un pueblo y otro; aunque vistas las fuerzas, aquí, sin tierra y en agua de nadie, podríamos decir que Fenicia sucumbiría al poder de Egina. Y no toméis lo dicho como una afrenta, simplemente pensadlo.

Volvió el capitán fenicio:

_Egineta. La lógica hostil de tus palabras requiere tender las manos de amistad en lugar de las de las armas; entendámonos, pues, y que la paz nos lleve a todos a buen puerto. A dos horas de navegación del punto en que estamos se halla la costa. Con vuestras naves, de calado más ligero y menos pesadas, ayudadas de remos, podréis cubrir la trayectoria en una hora y poco más. Un joven tirio que nos acompaña, y cuya vista es comparable a una rapaz, aún distingue a nuestras espaldas el pico que acaba en promontorio. Si ponéis rumbo este, en muy poco tiempo lo veréis con vuestros propios ojos. Nosotros, si te parece, reiniciaremos la travesía; se acerca la noche y, aunque el mar se muestra manso, siempre están presentes el Rayo, el Tridente y el Odre (1) para excitarlo. Si están contentos  el mar es tal al sonido melódico de Orfeo y a un níveo coro de Nereidas; si por el contrario los mortales hemos soliviantado sus iras, la nao sería el aguijón de un tábano sobre las ancas de Pegaso… Así se muestran los divinos a los mortales… ¡Ea, que los dioses os acompañen y os sean benévolos!

(1) El rayo de Zeus, el tridente de Poseidón y el odre de los vientos de Eolo.

Teúkros culminó con el capitán fenicio:

_Tu prudencia te acompaña, conductor de naves. Sabes bien que si mientes te daremos alcance enseguida, por lo que de hacerlo caeríamos sobre ti. Tan creíbles son tus palabras como la condescendencia divina; así, que también ellos os sean favorables.

Al instante las naves de Teúkros viraron hacia el este y la fenicia puso rumbo norte. En efecto, a poco menos de media hora de navegación, un egineta que estaba subido en la parte más alta de una de las naves gritó con voz potente:

_¡El promontorio, se divisa el promontorio…!

Todos los eginetas, sin excepción, subían a la parte más alta de sus naves para distinguir de entre la bruma al cabo descrito por los fenicios. Gritos de júbilo y abrazos entre ellos les subió el ánimo a un punto extremo. Teúkros, cuyo pecho oscilaba apresuradamente, dirigió a los suyos estas palabras:

_ ¡Ah, los de las naves…! Por fin Salamina Chipriota. Remad con todas vuestras fuerzas y unámonos a nuestros seres queridos; si hondo pesar produjo la despedida, mucho más profundo se antoja  la anhelada bienvenida.

Las naves volaban como delfines impulsadas por las velas, ahora infladas por vientos favorables; los remos batían el agua sincronizados a los gritos de los pilotos. En poco tiempo la costa, espléndida en arenas a ambos lados del saliente orográfico, se mostró ante los eginetas como un paraíso. Uno de los pilotos, que conocía muy bien la geografía de la isla de Chipre, voceó a Teúkros:

_Telamónida. Salaminas sólo hay dos, una en Chipre y otra en Egina; ambas no se dan en esta tierra, que por otro lado desconozco en cuanto a su gran magnitud. Si es isla su circunnavegación se pierde a la vista; tampoco se puede distinguir si es costa asiática, pues este cabo emergente entre dos amplios golfos se nos muestra desconocido a quienes tantas veces hemos surcado el Egeo, el Helesponto y el Ponto Euxino con  nuestras naves. Te prevengo, Teúkros, a que armes a tus hombres; jamás tierra extraña admite amigos si éstos no han sido previamente presentados.

_Tu cautela mueve a risa, conductor de naves… ¿Acaso habré de soportar en tierras desconocidas más peligros que en la mismísima Troya…? Asegurad las naves junto a aquel entrante, abrid bien los ojos y al menor asomo de peligro dad la voz de alarma. Sea cual sea el lugar que pisamos promete ser  tierra de dicha... Lo demuestra aquella rapaz en la bóveda celeste en su descenso hacia la cima del promontorio. Sobre esa cima fundaremos la ciudad los eginetas y en la hermosa bahía que hemos varado fondearemos nuestras naves... ¡Así lo muestran y así lo quieren los dioses!

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Bibliografía e  interpretación:

Trogo Pompeyo dice que Teúkros fundó Cartagena y posteriormente se estableció en Galicia 1. Silio Itálico cuenta en su poema Púnica que Teúkros, fundador de Cartagena, aportó  sus guerreros a favor de Aníbal contra los romanos 2. Massia fue el nombre anterior de la púnica Cartago Nova (Cartagena), ocupada por los massienos 3; tal vez se trate de la fundación de Teúkros. Eaco fue el rey de Egina que pidió a Zeus que repoblara a la isla de hombres; Zeus la repobló convirtiendo a las hormigas, mýrmix en griego, en hombres; por ello los que combatieron con Aquiles en Troya eran myrmidones 4. Junto al cabo de Palos hay unas islas Hormigas. Gymnetes fue un clan que ocupó desde el río Sicano (Júcar) hasta el Táder (Segura) 5, cuya comparación semántica con lo eginetas griegos no ha de estar de más. Descendientes de la guerra de Troya fueron los del Castellum Tyde (que Plinio los hace de estirpe griega nombrándolos heleni y grovi 6), en lo que hoy es la ciudad de Tuy,  Pontevedra, al parecer de la estirpe de Tydeo, padre de Diomedes, héroe que participó en el bando de los aqueos junto a Teúkros en la guerra de Troya. En tierras murcianas tenemos nombres griegos tales como: Escombreras que proviene de eskombros, “caballa”; cabo Cope, que ha de venir de kôpê, “remo”; Portman, que vendría de porthmion, “barco para pasar de una orilla a otra”, o de porthmós, “estrecho”. Otra posibilidad la hallamos en los contestanos 7, antepasados nuestros asentados en las costas de las Comunidades Valenciana y Murciana, anteriores a los romanos, cuyo nombre podría venir del compuesto latino conûs, “punta del yelmo” y testa, “concha de tortuga”, o testudo, “tortuga// formación de asalto en que los soldados se cubrían la cabeza con sus propios escudos a modo de caparazón”; este tipo de estrategia militar la usaban los mirmidones y en las monedas de la antigua Egina aparecía la imagen de una “tortuga graeca”.

1Trogo-Justino XLIV, 3, 3. 2 Silio Itálico, Púnica III, v 368. 3 Avieno, Ora marítima, vv 445-470. 4 Ovidio, Metamorfosis VII vv 520-660. 5 Avieno, Ora marítima, vv 445-470. 6 Plinio el Viejo, Historia natural IV, 112. 7 Plinio el Viejo, Historia natural III, 19

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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17-Dic-2018

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