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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO II

Divinas zagalas

_ Si marzo mayea, mayo marcea.

¡Jodo, poeta! -dijo el aguzado dirigiéndose al ciego. Sí que pinta bien tu refrán, revientan las siembras de ababoles y otras plantas y, a lo lejos, el monte luce un verde de hermosura; pero, sin ver, ¿cómo sabes que la primavera está adelantada?

_Cada cual aguza sus sentidos a las circunstancia. Tú ves, cualidad que yo conozco y ahora me falta. Sé que la primavera está adelantada  porque tras un duro invierno estamos pasando un veranillo que dura todo el mes en curso, además el campo y el monte huele a verde que es una envidia.

_Pues si hay ababoles, hay collejas -intervino el descalabrado-. Podríamos coger unas pocas y hacer una tortilla.

_Como no la hagamos con tus huevos... -añadió el aguzado con sorna.

_Mejor con los de tu padre, macho -sentenció el descalabrado.

El ciego, que presentía una trifulca entre sus dos compañeros, cortó por lo sano: Dejad vuestros líos para otra ocasión, el calor aprieta y habrá que buscar sombra en la que  descansar los huesos, y la siembra no es precisamente el lugar ideal para refrescarse y guarecerse del sol.

He aquí que al librar la cuesta de un camino de herradura  que subía o bajaba –según si uno fuera o viniera–, a lo lejos, se veían tres figuras que por sus atuendos daban la imagen de ser hembras. El aguzado, que tenía buena vista y mejor maestría para según qué manejos, comentó a sus compañeros:

_ ¡Eh, Rojo Tiñas! –Rojo y Tiñas eran los apodos del descalabrado, en parte por  el gran acopio que hacía de sus motes; pues la naturaleza le había obsequiado ante tantas desgracias con unos mechones negros que le iniciaban en el cogote y le caían por el lado derecho hasta la oreja que, difuminados entre el pelirrojo y el rubio albino de su mata general, le daban la sensación de tener la tiña.

_ ¿Qué te hace ahora, Barona? –Barona nada tenía que ver con la nobleza del aguzado, sino por la gracia de su madre. Cuentan que una vez hizo parada un barón en la posada “ La Rosa ”, que estaba en una encrucijada de caminos. Venía el gentil de Cognac e iba a Sevilla a tratar unas heredades  antepasadas napoleónicas. Como la fama de la posada la había llevado la tradición hasta los confines de la mismísima Francia, quiso por propio saber si era cierto lo del lema que rezaba en su entrada: “En la posada de La Rosa , el que no descansa goza”. Le echó el ojo aBelinda, madre de nuestro Barona y, una vez hechos los tratos, allá que fueron barón y cortesana a darse de cueros vivos a la alcoba. Según una versión, ambos se enamoraron y desaparecieron aquella misma noche sin dejar rastro ni huella; según otra, el tipo en cuestión no era tal barón, sino un proxeneta galo que se llevó forzada a Belinda a Francia como “dama de compañía”. Lo cierto es que el aguzado heredó el mote de Barona y quedó huérfano de madre para siempre.

_ Si el instinto no falla, aquello que se ve a lo lejos son tres mozas –contestó este último descrito.

_ Pues de serlo han de ser templadas, porque altas, parecen más que la Giralda  –dijo el descalabrado.

_ Como no nos han visto –siguió el Barona–, me da en la nariz que si aguantamos el tirón le vemos el culo a alguna de ellas.

_ ¿Y eso?

_ Es cuestión de entendederas, tú como no piensas.

_ ¡Arre que truena Santa Rufina, y ya es la tercera que este payo me arrima! –entrometió el ciego– ¿No sabéis otra cosa que hacer que no sea discutir por memeces? ¡Va, explica ya tu plan de una vez, licenciao.

_ ¡Eh, eh...! A mí no me piques, y lo de voceras y licenciao te lo callas. Solo faltaba que un tarado me pisara la raya.

_ Tarado será tu padre ¡Mal nacido!

_ ¡La madre que me...! –gritó el Barona enfilándose hacia el ciego como una exhalación.

_ Aquél, que toda la merma de su sentido visual la había acumulado en el resto de sentidos, al notar el brío impelido de su adversario, le tiró un estacazo con todas sus fuerzas alcanzándole de lleno entre el hombro y el cuello. Del golpe recibido el aguzado cayó al suelo sumido en un intenso dolor  y quedó inconsciente durante un momento. El descalabrado al verlo tirado intentó reanimarlo con cuatro leches de haz y envés.

_¡Eh… Barona… va y despierta…!

_¡Me cago en la puta en bastos! –maldijo el aguzado una vez recobrado del desmayo; al punto prosiguió– ¡Las cuatro hostias te las podías haber dado tú para ver si estabas en sueños o despierto, desgraciado!

_¡Encima que me preocupo! –dijo el descalabrado.

_¡Y una leche te preocupas! ¿Por qué en lugar no me has echado agua, que dicen que espabila  en los desmayos?

Una vez recuperado el desmayado, el ciego al oírlo le recriminó:

_¡Cuando quieras vuelves, licenciao! Antes de juzgar hay que saber del delito. Tú crees que tienes derecho a avasallarme porque ves; pero ello no ha de ser el despecho de tus desgracias y venganzas. El lastre rabioso que lleva cada uno no se saca con el débil, sino con el fuerte; así, aun recibiendo más que dando, se aplaca más la ira. Y ahora dinos ya de una vez qué culos hemos de ver.

_ Buena ha sido la lección, amigo –dijo el aguzado–. Me he cebado en tu falta visual y en las arrugas de tu madurez ofuscado por tus palabras y cayendo de pleno en los abusos de tus carencias. En adelante juzgaré por muy buenos tus consejos, que han de ser como dices ¡Por mi honra y por mi honor!

El descalabrado se sonrió a sí mismo mientras pensaba que la honra y honor de su compañero podría tener el mismo valor que la cagarruta de una cabra. El aguzado tras lanzarle una mirada hiriente continuó:

_Como decía, han de ser tres mozas, y buenas hembras, pues se antojan altas y percheronas y, si como bien ha dicho el Rojo, de lejos ya parecen templadas, ¿qué serán, pues, de cerca? Si te fijas –prosiguió dirigiéndose al descalabrado– el campo es tan llano y áspero que no hay grillo que cante y mucho menos que haga cueva; y el único sitio  que hay guardado a la vista para poder aligerar vejiga es aquel majano; justo  a unos cien metros de él, está aquella carrasca rodeada de chaparros que ha de ser el sitio para ocultarnos. Preciso será que de entrarles las apreturas dé alguna de cuclillas en el majano. Y si no, al tiempo.

_No anda desencaminada tu teoría, y a la práctica aún le veo mejor salida –dijo el descalabrado–. Si rodeamos esta loma sin ser vistos ellas no sospecharán que las estamos observando. La visión se  antoja genial. Pero... y tú, amigo –continuó dirigiéndose ahora al ciego–, ¿si no ves, qué provecho vas a sacar de todo esto?

_ Yo veré con vuestros ojos lo que digan vuestras palabras –respondió aquél–. Si, además, como habéis dicho, las mozas están de muy buen ver, posiblemente encuentre en vuestras burdas voces a dos heraldos poetas. Poder tiene la mente para eso y mucho más.

_ ¡Pues tú que lo veas, ilustrado! ¡Ea!, no perdamos más tiempo –apresuró el aguzado.

Una vez bordeada la loma se acomodaron los tres personajes ocultos entre los chaparros a la espera de acontecimientos. Así pasó algo más de una hora y las buenas mozas sin hacer ni un guiño. En parte era lógico, las tres llevaban cubiertos sus cuerpos desde los pies hasta la cabeza con infinidad de prendas. Además, cubrían la cara con una especie de velo tupido que sólo dejaba al descubierto sus ojos. Por último un sombrero de paja muy ancho de alas impedía que el sol infiriera en cualquier resquicio sobre la faz de las muchachas.

_ ¿Qué? –dijo el ciego– ¿Algo?

_Nada –contestó el descalabrado–. Siguen quitando piedras del campo; me recuerdan a  avutardas picando en los sembrados.

Las tres mujeres se empleaban en  limpiar un barbecho de piedras tirándolas a una especie de linde para, posteriormente, sacarlas del campo. Como el sol caía a plomo, el calor casi estival acusaba gran sed. Una de estas mujeres salió de las filas que llevaban al parejo y se encaminó hacia otro pequeño montículo de piedras que había en el campo, quitó unas ramas con hojas verdes y descubrió un cántaro que se hallaba resguardado a su sombra; escanció agua sobre un pequeño jarro de barro y lo puso a un lado. Seguidamente dirigió las manos hacia la altura de su cuello  y empezó a desabrocharse prendas.

_ ¿Por qué estáis tan callados? –refunfuñó el ciego.

_ Nada importante –dijo el descalabrado–. Se ha acercado una de las mujeres a un montículo de piedras en el que tenían tapado un cántaro con unas ramas. Este y yo creíamos que sólo iba a beber, pero... ¡joder!,  no me entretengas...

_¿Que no te entretenga y va a hacer qué? Cuenta, cuenta, anda; y sin perder detalles.

_ Sí, hermosa, ¡caliente, caliente...! –alentaba el aguzado en tono ardiente.

_¡Decidme! ¿Qué está haciendo...? –requería el ciego con insistencia.

_¡Uhauuu! Va enseñarnos las “castañas”, amigo –aulló el descalabrado impaciente.

_ Con qué delicadeza libra sus ropajes: aquí un botón, allá un tirante –relataba el aguzado–. Ya emergen los pliegues del canalillo, prietos y firmes...,  ¡joder, qué par de melones! ¡La madre que la parió!

_Mira, Barona –recriminó el ciego a su aedo–,  deja las florituras poéticas para otra ocasión y dame pelos y señales  de lo que ves al instante; el resto ya lo colocará mi imaginación en  su sitio ¿Cómo tiene las tetas grandes o pequeñas?

_Si aún no se las he visto del todo, cómo quieres que te diga el tamaño.

_¿No dice el Rojo que enseña las tetas?

_No –interrumpió el descalabrado–, yo he dicho que iba a enseñarlas, no que ya se le vieran. Pero tu curiosidad se va a ver recompensada. Como el calor aprieta, a ver si adivinas lo que ha hecho.

_Mal veo la recompensa y peor la adivinanza si tú no cuentas nada ¡Dime, qué ves tú, desgracia con ojos; aun a sabiendas de que soy ciego alargas mi tormento!

_Que ya ha desnudado todos sus refajos de cintura hacia arriba; que veo un torso joven, de cabellos encarnados; que tiene la piel blanca como un armiño; que desparrama los jarros de agua sobre su cuello...

La mujer, de espaldas a sus observadores, escanciaba agua del cántaro reiteradamente y la vaciaba a la altura de sus hombros lanzándose pequeños chorritos. Los surcos húmedos recorrían con una parsimonia deliciosa cada poro de su piel hasta que se perdían entre los ropajes de la cintura. La joven, debido al frescor del agua, estremecía su cuerpo con pequeños tiritones mientras giraba suavemente su cuerpo. Una vez de perfil, uno de sus senos, semitapado a la altura de la aréola con la mano que esparcía el agua a su alrededor, mostraba a los atónitos observadores un hermosísimo y apetitoso pecho, semejante al más delicioso brebaje que libar o al manjar más dulce y exquisito que llevarse a los labios.

_¡Ahí va, ahí va, ahí va...! –exclamó el descalabrado quedando sumido en una cara de atortolado e invadido por un extraño elixir amoroso.

_ ¿Qué le pasa a ese, Barona? –dijo el ciego alertado por el denso aunque inquieto silencio de sus dos compañeros.

_Qué ha de pasarle, nada; que es de gatillo flojo y en cuanto que ve una teta se va de potra.

_¡Desgraciados! ¿No habíamos quedado que daríais cuenta paso a paso de los movimientos de las  muchachas? –recriminó el ciego a ambos.

El descalabrado, ajeno a los comentarios de sus compañeros, todavía andaba soñando entre nubes celestes.

_Y así era el trato, amigo –dijo el aguzado–; pero solo tienes que pensar que si éste, callado y con solo ver media teta ya se ha ido de potra y parece un Aladino en su primera noche de harén yo, que además tendría que darte imágenes con palabras, qué podría hacer para aguantar mi hombría sin que tú no te ofendieras ante mi incontinencia. Mojado tengo el calzón de ver lo justo de un pecho y, doy fe, que si ésta diosa se vuelve del todo y me enseña el resto que aún no he visto y su par, que ya me hace la boca agua, no sólo me iré de potra, sino que quedaré harto idiota o más que éste infeliz.

_¡El tema rila…, no sigas! –añadió el ciego–. Sólo con lo que has dicho ya me ha puesto el as de bastos a punto de picar a la sota. Lástima que no tenga más a mano que la de mi baraja, que de haber alguna cerca  de carne y hueso, no habría de faltarme dinero para darme una buena corrida con ella; y de no haberlo, esta pala de oro  macizo daría gustoso por una noche de posada con una moza así que me complaciera. El ciego enseñó sus encías, más vacías de marfil que llenas, y una pala repujada de oro que desentonaba con la otra mellada tanto o más que un cisne en una gorrinera.

Algo más repuesto, el descalabrado alertó a sus colegas:

_¡Eh, que vienen las otras dos!

El aguzado y el ciego enmudecieron.

_¡Eh, Barona! Te imaginas que a éstas les dé también por quedarse como cuando sus madres las echaron al mundo - animó el descalabrado.

_Ya quisiera yo, ya.                

_ Toma, y yo –dijo el ciego–, que aunque no las veo las huelo... y casi las siento.

Ante su falta de visión el ciego andaba nervioso de piedra en piedra sentado a la escucha de referencias. Los pedruscos, por ser de mal asiento , cada vez que eran ocupados por las posaderas de su inquilino sufrían un ligero balanceo removiendo sus bases de tierra.

_¡Eh, Barona, soñamos o ves tú lo que yo veo! - alertó el descalabrado.

_¡Qué sueño podría llenar este pedazo de vida! ¿Acaso es sueño apreciar la divina naturaleza en uno de sus máximos esplendores?

_ ¡Cabrones...! ¡Queréis decirme que veis...! –regañaba el ciego indignado.

_¿Que qué vemos? –decía el descalabrado sumido de nuevo en otro trance amoroso.

_¡A tres divinas zagalas en cueros vivos! –concluyó con ansia el aguzado.

_¡Ahí va, ahí va, ahí va...!

_¡Otra vez, Rojo...! –dijo el ciego.

_No es para menos, amigo –comentó el aguzado–. Si antes había una moza, ahora son tres diosas: hermosos cabellos pelirrojos, rostros sonrosados, ojos preciosos,  senos justos, aunque tirando a más que a menos y encarnados a juego con el pelo sus aréolas, caderas a molde con las piernas y el resto del cuerpo; y qué pieles, ¡ay que pieles!, blancas y moteadas con infinitas pequitas difundidas en sus cuerpos...

_¡Calla!

_¿Que calle...? ¿Ahora, que se vacían el agua la una a la otra...? ¿Ahora, que corretea el líquido por sus pechos como el agua de lluvia por los vértices relucientes de las peñas...? ¿Que se allega al valle de sus ombligos y busca ansiosa entre los rizos boscosos de sus venus...? ¿Que por fin arriba a los afluentes que dan sentido a la vida? ¡Ahí va, ahí va, ahí va...!

El ciego mucho más nervioso por las versiones de su amigo –que ya había sido también embriagado por las tres jóvenes con sus potentes elixires visuales–, triangulaba de piedra en piedra con rapidez inusitada. En uno de estos movimientos debido al imparable movimiento que sufrían las piedras, salió de entre una de ellas un alacrán con la uña corva y desafiante con ánimo de ajustarle cuentas a quien le había despertado de su descanso; y dio con su presa. El descalabrado, repuesto de nuevo de su fantasía sexual, vio las intenciones del bicho y no se lo pensó dos veces: cogió el báculo del ciego –que debido a su nervioso ajetreo lo había olvidado junto a una de las piedras y ya ni lo echaba en falta– y lo arrojó con fuerza  hacia la bajas posaderas del ciego acertándole al arácnido de lleno y despedazándolo del golpe: acá la cola y aguijón, allá una pata, más lejos una pinza... Aun así, todavía le dio tiempo al repelente de clavar someramente el aguijón e inocular parte de su ponzoña en el bajo carrillo de su enemigo.

_¡Ay, ay... qué me ha picado...! –gritaba el ciego rascándose el culo con desespero al notar la dolorosa punzada. Como buen aldeano sabía que aquello no era la picadura de una abeja o una avispa, sino de algo mucho más serio.

Las tres jóvenes ante los gritos de alerta del ciego, al sentirse observadas sin haberlo apreciado antes de desnudarse, les vinieron unos tremendos colores rojos a sus rostros; cogieron sus ropajes, se medio vistieron apresuradas llevándose el resto de refajos en sus manos y salieron corriendo campo a través.

_¡Buena la has hecho –renegó el aguzado–. Seguro que ahora van con el cuento a sus padres... Más vale que apresuremos, si no... me veo más malparado que en la pelotera de la iglesia.

_¿Y cómo nos vamos? ¿Dejando a este pobre aquí tirado a la buena de Dios?  – regañó el descalabrado.

_¿Y qué otra cosa podemos hacer? ¿Acaso eres tú medico? ¿Sabes tú de remedios contra alacranes? Ya lo dice el refrán, “si te pica un alacrán...”

_¡Qu, qu, quée...! –dijo el ciego tartamudeando ante el impaciente silencio del aguzado.

_Campanitas a volar” –sentenció aquél con firmeza; no en vano necesitaba resarcirse con él de su anterior contienda.

El descalabrado notaba cómo el ciego entraba en una especie de trance debido al temor de su picadura y a la escasa ayuda que podía recibir de ellos dos. Como le viniera a la mente una situación vivida en otra etapa anterior de circunstancias parecidas, expuso a sus compañeros:

_ Alguna solución hay, el problema es saberla poner en práctica.

_ Pues no tardes en decirla que éste no está para recitales –apremió el aguzado.

_ Cuando era pequeño –continuó el descalabrado–  recuerdo que estábamos mi abuelo, mi padre y yo limpiando de marañas la tina. Era en pleno agosto y hacía un calor de espanto. Y allá que andaba mi padre con la hoz rascando entre pajizos y ramazos cuando le salió una bicha silbando. Como quiera que mi padre hizo intento de matarla, la bicha, que seguramente pensó que le iba la vida en ello, le lanzó un mordisco en el brazo y le produjo un intenso dolor. Mi abuelo, que aunque viejo el hombre estaba más ligero que un lince, con el rastrillo de púas de mango largo le tiró viaje y partió a la bicha en dos. Después, rápidamente y sin pensárselo, sacó la navaja de muelles e hizo un par de cortes profundos en la zona ponzoñosa del brazo de mi padre; cogió un pañuelo y lo apretó con un nudo a la altura de su axila, y después...

_¿Después qué? –apresuró el aguzado.

_¡Pues que le chupó la herida y casi lo deja sin sangre en el brazo! ...Y ahora, a ver quién es el guapo que aplica la cura.

_¡Ay! ¡ Me muero! –gimoteaba el ciego pensando en sus últimas horas.

_No será para tanto –dijo el descalabrado–. Mi padre casi se nos va; pero no del veneno de la bicha, sino de la trompa que agarró de tintorro pensando, como tú, que ya lo llamaba Dios o el diablo, que no tenía él muy claro adónde iría a parar su alma inquieta.

_Pues como vino no queda y este pobre se entera de todo habrá que aplicarle el remedio de urgencia, ¿te parece, Rojo?

_Ya estamos hablando de más, Barona, ¿aún tienes la chaira albaceteña.

_¡Digo, si la tengo!

Del dicho al  hecho; tiró el aguzado mano a la faca de muelles y la abrió sonando aquélla más que una carraca.

_¡Coño! ¿Eso... es una navaja o... un estoque? –dijo el ciego imaginándose el pedazo de navaja que había de clavarse en sus carnes viniéndole un temblor.

_¡Menos gaitas, amigo... ¿Quieres o no que te saquemos la porquería que te ha echado el alacrán? Si estas de acuerdo, porque en otra no nos las hemos visto ni éste ni yo, ya tardas en bajarte el pantalón y el calzón; luego pilla un trozo de madera y te lo pones en la boca, no sea que de la punzada te muerdas la lengua o te revuelvas a bocado limpio como un perro rabioso.

El ciego desabotonó su pantalón y se lo bajó junto a los calzones a la altura de las rodillas.

_¡Uy, uy, uyyy...! –exclamó el aguzado a mala fe.

_ ¿Qué...? ¿Tan... feo está el... asunto...? –musitó el ciego entre angustiado y asustado.

_Ni caso, amigo; éste que hace capotes de monteras. –tranquilizó el descalabrado al herido.

_¡Ea! ¡Allá va...! –diciendo esto, clavó un navajazo el aguzado sobre la posadera del ciego acertándole en el punto amoratado de la picadura.


_¡Ayyyyyy...!  –chilló aquél al sentirla, en tanto que se acordaba de la furcia madre del Barona y de toda su estirpe familiar. Las tres mozas al oírlo, aunque ya andaban lejos del lugar, imprimieron una velocidad inusitada ante una posible agresión sexual.

_¡Chupa, Tiñas! –gritó acelerado el aguzado.

_¿Yo? ¡Chupa tú, que eres el cirujano!

_¿Que le coma el culo a éste...? ¡Ya lo veo muerto!

_¡La madre... que os parió... a los dos! –maldecía el ciego–. Si hubiera sido la nalga de alguna de las tres muchachas ya os hubierais dado de hostias por ver quien chupaba primero hasta extraerle el tuétano... ¡Mal nacidos! ¿Qué más da quien chupe? ¡Juro que si salgo de esta...!

El descalabrado haciendo de tripas corazón ante las amenazas –que más bien eran  súplicas de impotencia– de su compañero, aplicó labios y boca a la altura del bajo carrillo del malherido e inició la succión. Succionaba y escupía repetidamente. El herido bien por la escena sexual anterior, bien porque su impotencia a valerse por sí mismo lo sumiera en una especie de incontinencia precipitada, al notar la presión de los labios en su nalga y las extracciones bucales del descalabrado, le vino una erección repentina y pegó una corrida a modo de fuente termal, salpicando a diestro y siniestro y de arriba a abajo a todo lo que tenía a su alrededor. El peor parado fue, como siempre, el descalabrado; a aquél le fue una lluvia a la cabeza que  parecía, entre las greñas medio albinas y sus mechas, como si le hubieran roto encima un huevo de gallina.

_¡Puaggg, agua…! ¡Una fuente...! ¡Un río...! –gritaba con desesperación ante la falta de un sitio donde limpiarse las salpicaduras–. Y todo me pasa por ser un bocazas y un arreglalotodo ¡Le ha picado un alacrán... y a mí qué! ¡Se muere... peor para él! ¡Pues no, siempre está el imbécil del Rojo Tiñas para arreglar los tejados ajenos! ¡Me cago hasta en la leche que me han dao!

_¡Buena la has hecho, compadre! –dijo el aguzado abroncando al ciego por su acción anterior–. A mí de suerte sólo me ha ido una sacudida a la alpargata; pero a éste...

El ciego guardó silencio mientras, medio cojeando, se subía el calzón y el pantalón y agachaba la cabeza avergonzado.

Ajenos a los acontecimientos de nuestros principales protagonistas, subían corriendo barbecho arriba cuatro aldeanos. El aguzado, al verlos con los garrotes en la mano y al apreciar que ninguno de ellos se ayudara con sus palos  de cojera o  mal de gota, alertó a sus amigos y dijo:

_¡Cogiendo el hato y arreando, que ahí vienen cuatro pidiendo lumbre, y ya echan chispas!

El descalabrado al ver el ímpetu que traían aquellos y que sin que nadie les dijera nada enfilaban la recta hacia la carrasca y los chaparros donde estaban escondidos, dejó hato y sartén y arrancó a correr en dirección contraria sin volver la cabeza. El aguzado por no dejar allí sus pocas miserias, se entretuvo lo suficiente como para que casi le dieran alcance; aun así se lanzó a la carrera detrás de su compañero. Mejor le hubiera ido ir de vacío pues los aldeanos, ya a tiro de garrote, en vistas a que por el cansancio del recorrido que traían de atrás se les perdiera el huido, pararon los cuatro a una y lanzaron sus garrotes con una precisión digna de elogio. Pobre de la liebre que les saliera al paso. Un bastonazo le cayó al huido en una corva; otros dos, que parecían gemelos, le cayeron entre la riñonada y el lomo; y el cuarto, que debió tirarlo algún mala baba que le quisiera muy mal, le dio un refilón en el cogote abriéndole una brecha y arrancándole un buen mechón de pelo. No obstante, tras dar unos traspiés, mantuvo el equilibrio y no cayó al suelo; sin pensárselo más tiró todo el lastre que llevaba y, a pies trabas, se perdió por un monte bajo próximo.

El ciego quedó quieto bajo la sombra de una encina. De poco le serviría correr sin tener una referencia auditiva a la que seguir. Los aldeanos al ver que no movía ni un pelo salvo las quejas hacia su trasero, una vez recuperaron los garrotes se dirigieron directos hacia él. El mayor de todos dijo en plan amenazador:

_Mira por donde tú te vas a llevar los palos de los tres. No, de los seis: de mis tres hijas por querer hacer abuso de ellas y de ti y los otros dos, que miedo me da pillarlos.

_Si no ves –dijo el ciego sereno– es porque estás más ciego que yo. Ponte una venda en los ojos y después ven hacia aquí; veremos entonces por quién se decanta la Justicia.

_¿Y cómo quien no ve se embauca con dos miserables mirones que se dedican a vigilar a tres inocentes muchachas? ¿Acaso el hecho es tolerable por la Justicia ?

_Nada he de decir de la inocencia –replicó el ciego–. Todo lo bello es indigno no mirarlo. Una hermosa joven se presta desde la más dulce a la más impúdica de las  miradas, razón de más sin son tres las jóvenes. Quien no quiera mirarlo así se engaña a sí mismo. El único abuso que han cometido esos dos desgraciados huidos es haber convertido a las muchachas en  tres hermosas zagalas y a un erial seco y  pedregoso en un campo verde y florido; al menos así lo he visto yo por imágenes en palabras ¿Merecen por ello una manta de palos? ¡Por los gritos, caro les ha costado el empeño!

_Mira, piojo verde, por mucho que quieras no has de convencerme. Tienes suerte de no llevarte ni un garrotazo, ya que estos tres, que son sangre de sangre de las tres muchachas y sobre todo mía, de no echarles freno ya te hubieran deslomado. Coge aperos y palo y ve en busca de esos rufianes, y si los ves, les dices que antes de pisar este terreno vayan primero a confesarse, así irán derechos al infierno.

El ciego sin mediar ni una palabra más, tanteó lo que tenía próximo hacia sí hasta chocar con el cayado, recogió e hizo un nudo con los bártulos que pilló y se encaminó barbecho abajo despidiéndose:

_ ¡Con Dios!

Padre e hijos ni siquiera contestaron.

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17-Dic-2018

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