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NARRATIVA

Hambre y Fortuna

(de la cuna a la sepultura)

 

 

CAPÍTULO I

 

LAS MIGAS

 

 

Llenos los campos verdor y henchido el río, volaban las aves con idas y venidas de los sembrados a sus nidos. Allá por la onceava hora, con el sol bien amanecido, se daba en la escuela esta lección, “de lectura y redacción”, según decía don Ramiro. Y era así:

_¡Hermanos, tened bondad y compasión de estos dos desafortunados, hasta que los llame Dios!

Y no eran dos, sino tres. Dos que iban juntos estaban situados de pie a ambos lados en la entrada de un pórtico eclesiástico, y el tercero, que iba por libre, descansaba sus posaderas junto al pie de la escalinata que conducía al mencionado pórtico a la vez que alargaba su sombrero hacia  los parroquianos. Tras varias horas de griterío implorando a todas las almas vivas que pasaban por allí, comprobaron los tres ilusos que en aquella mísera villa pocas fiestas les iban a dar a sus ruidosas entrañas. Los socios porque no veían a paisano alguno echarse mano a la faltriquera, y el que iba solo, aunque ajeno a los bienes gananciales de sus dos competidores y socio pleno en la virtud del san pedir y el san rogar,  porque no oía el agradable tintineo que hacen los cuartos al caer ni en su mano, ni en las de aquellos dos desgraciados. El que más voceaba cansado de tanta súplica y tanta retórica sin compensación alguna gritó con fuerza dirigiéndose al que estaba más abajo:

_ ¡Eh... tú... el de la escalinata!

_ ¿Es a mí, hermano? –respondió el aludido tras un espaciado silencio.

_ ¡A quién si no! ¿Acaso has visto a algún otro hijo de la desgracia, exceptuándonos a nosotros tres, que provoque la afonía en su garganta y encallezca sus rodillas ante las puertas de  la Casa  de Dios?

El de la escalinata gesticuló encogiéndose de hombros.

_ ¿No es ley suprema ayudar al necesitado? –continuó el anterior.

El de más abajo asintió a medias con la cabeza, como si quisiera eludir y, a la vez, entrar en tan provocadora conversación.

_ ¿No sería obra de gracia que estos hijos... de Dios, siquiera repartiesen los colmos que el Benefactor se ha dignado concederles? –repuso de nuevo el malhumorado.

El de la escalinata con la mirada un tanto perdida en la inopia se alegraba por la crítica a viva voz que impartía quien le interpelaba. Con ánimo de añadirle más picante a todo lo dicho se dirigió hacia el punto más o menos exacto del que había percibido las ondas bucales y dijo en voz alta:

_ Razón no te falta. Tengo entendido que esta villa, aunque pequeña, es de grandes fortunas. También es sabido que sus vecinos disponen de cuevas repletas de orzas con muy buenos chorizos y morcillas conservados en pringue, mejores y afamados jamones curados  en sal y pimentón, inigualables quesos de leche de cabra y oveja, perdices en escabeche, conejos y liebres en tomate conservados en tarros al baño maría,…

_¡La puta en bastos! –cortó el que tan insistente alzaba su voz a grito limpio– Con tanta hambre como tengo –prosiguió– me va a venir un desmayo si sigues hablando de comida.

_ Pues no ha de quedar en el umbral del pobre –insistió el de la escalinata– el famoso tocino de vetas magras ventisquerano con el que en más de una vez he velado al sueño.

_Nada, nada; que venga también –volvió el anterior–, y si quieres adórnalo con pan tierno y un buen Rioja de barrica ¡Soñar despierto menosprecia al  hambre!

_ De la boca y el gaznate me los has llevado –replicó subiendo el tono el que estaba sentado–. Sin embargo… –continuó cabizbajo– ¡Mala ruina venga! ¿Qué tenemos los pobres? El estómago cada vez más encogido y el consuelo de un gran recibimiento en el Reino de los Cielos a la hora de dejar esta ingrata vida. Tal es la vida del que sufre el infortunio: ruina en la tierra y gloria en el Cielo.

El que inició la conversación, prosiguió:

_ De verdad que ha de ser como dices, buen hombre, pues el que se va ya no vuelve. Ahora bien tanto el infortunado como el portentoso, en las últimas, uno en su desgracia y otro en su virtud, preferirían agarrarse a la ruina de la vida y dejar la gloria celestial para otro momento, que en esas gastan el mismo rasero de medir.

Como quiera que ambos contertulios vociferaban a grito perdido y las gentes que pasaban por allí no tenían más remedio que oír tan enconada y desagradable conversación, uno de los paisanos del pueblo agarró un canto casi tan grande como su puño y, sin decir ni mutis, descargó el cantazo con tan mala fortuna que fue a darle de refilón en la cabeza del otro pobre que no había graznado ni pío.

_ ¡Ay... ay...! –se quejaba aquél dolorido, y entre aullidos e imprecaciones salió corriendo como gato escaldado.

_ ¡Lagarto, lagarto! –repetía su compañero bajo una lluvia de cantos lanzados ahora por el resto de parroquianos, y aún corriendo más que él, lo alcanzó y se le puso delante, no fuera que aquellos alborotados se entrenaran con los forasteros.

_ ¡Hermanos...! ¿A qué viene ese jaleo? –gritaba desesperado el de la escalinata sumido entre la confusión del griterío y su falta de visión. Pronto le llegó la respuesta; al punto recibió una pedrada en la espalda y otra en un carrillo de sus posaderas.

_ ¡Humooo... que el viento arrecia! –decía, y refunfuñando pestes salió corriendo como alma que quiere el diablo guiado por los chasquidos de las abarcas de sus predecesores.

Habían perdido casi de vista la torre del pueblo cuando al descalabrado se le ocurrió mirar hacia atrás. Paró de súbito y con gran sofoco debido a la carrera gritó:

_ Podéis dejar de correr... que ya ni llueven cantos... ni se ven a esos brutos venir... por la franja del camino.

_ ¡Quien mal te quiera, de retortijones muera! –dijo el que inició la gresca casi sin resuello–. Pronto me van a ver a mí en este pueblo, ¡ni aunque de oro se les vuelva el mijo, y con esas que se vayan todos al pijo! Un poco más y nos tiran hasta los rulos de la era.

_ Si hubierais callado vuestras bocazas –recriminó con cara de malas pulgas el que le habían rajado el cogote mientras se hurgaba en la punzante herida con la mano. Tras bajarla y comprobar que estaba más roja que la mano del tío Verraco, que era el matarife de su pueblo, vino a decir una frase que su madre repetía en épocas bajas:

_ “Si vas a por higos, cuídate de la higuera”.

_¿Y eso qué viene a decir? –volvió el alborotador.

_ Pues que la higuera no es árbol de fiar.

_ Aún no capto la moraleja –insistió el anterior.

Aquél con semblante de pesadumbre, respondió:

_ No quería yo traer malos recuerdos, pero debido a tu insistencia  no veo mejor salida que hurgar de nuevo en la memoria y ensalzar con creces a la desgracia: Fui un día a por higos a la higuera de  la Vega, de sobrada fama en el pueblo aunque traicionera; ya al pie de ella,  la rodeé en todos sus flancos y pude observar que estaba más desbaratada que el rocín de Lautiniano Arrancapellejos –¡pobre de él!–, que anda  siempre lleno de vergajos en sus lomos y no menos cumplido de aguijones de tábanos y moscardas.

_ Dice un dicho: según el payo el caballo  –interrumpió otra vez el de la gresca.

_Y que lo digas –prosiguió el descalabrado–. Un tío recio, áspero, desagradable a más no poder. Ah, y pobre del que topara con él.

_Muy macho lo pintas –aireó el de la bronca.

_Y tan macho, aunque más que macho desalmado. Imagina que cierta vez en una pelea con cinco arrieros, los corrió de varazos de tal suerte, que tuvieron que andar los curanderos más de todo un día cosiéndoles los cueros. Y todavía a uno el cura le dio la extremaunción de tal como quedó. De ahí le vino lo de Arrancapellejos. Pero volvamos a la higuera, que fue donde nos quedamos. En un lance de vista, pendían de una rama joven unida a otra vetusta tres brevas entre arracimados higos que parecían ser guardianes de ellas. Sin pensarlo me subí al árbol y di en la rama firme; como alargaba la mano y ni llegaba al racimo de higos ni a las brevas, avancé un poco más sobre la rama principal hasta quedar fuera del ribazo y de lleno en el vacío; aún no alcanzaba los frutos, luego hube de arriesgar más, y vaya si arriesgué; quebró la rama principal y, de allí, volando, fui a parar a un ejército de chumberas. Para qué contarte más; aquello fue el principio de mi mala suerte. A raíz del accidente mi madre a modo de reprimenda y con motivo de que mejorara ante mi conformismo en las desgracias, de vez en cuando me arrimaba la frase.

_¡Pues tibio alivio! –concluyó el provocador de los parroquianos.

El ciego, que era bastante más viejo que los otros dos, escuchaba el palique de sus nuevos compañeros sin poder evitar una sonrisa; con sonoros jadeos y pitando desde sus bronquios más que el gozne de una noria, a pique de sufrir un desmayo por falta de oxígeno, refirió extenuado:

_¡Arre que truena! No perdonan los años. En mis tiempos mozos no había gazapa ni coneja que escapara a mis garras, en cambio ahora...

_ ¿Y a qué viene ese cuento ahora? –entrometió de nuevo el causante del jaleo– El compadre andaba en la higuera entre brevas y chumberas y tú me sales ahora con gazapas y conejas –concluyó.

_ Pues mira de higos, que no brevas, va la cosa –replicó el ciego–.Y como intuyo que andas un poco bajo de entendederas te lo diré más claro, a ver si así te enteras. Metafóricamente estaba refiriéndome a la vulva de la mujer, ¿comprendes ahora?

El descalabrado quiso también opinar sobre el coloquio que habían originado sus compañeros; después de limpiarse un hilillo de sangre que bajaba por su sien argumentó:

_ Pues yo lo de las vulvas no lo había sentido nunca. De bulbos sí;  recuerdo que de chico mi abuelo y mi padre sembraban de ellos para que en las fiestas del pueblo adornaran el altar del santo con flores “¡San Numinaldo el Feo, que ni lleno de flores guapo te veo!” Esa cantinela coreábamos antes de entrar en misa los críos de la escuela; y el cura, al que pillaba cantando, le pasaba el “santo y seña” a don Aurelio, el maestro, para que nos diera de hostias de las de sin Oficio; que de tan devoto que era del santo, los mejores ramos siempre los pagaba él.

_ Buen párroco, ya que al delator no le ata estado de confesión,  y mejor maestro para aplicar justicia –arrimó el causante del descalabro–. Cuando el mal viene de raíz –prosiguió– hay que atajarlo, de lo contrario al pobre santo le habrían condenado de mezquindad hasta el día del Juicio. Si a Dios le salen verrugas el agua bendita se las quita; pero pobre del santo que nace feo o necio, o que para su desgracia lo modele algún patoso que se las da de Murillo o de Salzillo, y no pase de enjalbegar pasillos o del tapiado de ladrillos: la gente tiende a veces a aumentar con creces el desprecio cuando hace gracia. Tales somos.

_ Y bien dices –culminó el descalabrado–. Los mozos del pueblo tomaron la canción por propios en las  fiestas y a raíz de aquello el santo cobró más fama por San Feo que por San Numinaldo.

El ciego con semblante alegre volvió al tema de su argumento:

_Decía antes que cuando era mucho más joven la vida me sonreía con gusto y placer, ¡qué tiempos aquellos! Las jóvenes y menos jóvenes de mi pueblo se encapricharon de mí; igual en invierno que en primavera, verano u otoño. Cuando la estación era fría, nunca faltaba el calor de una gloria que me calentara. En los tiempos en que la sangre bullía, los verdes sembrados me refrescaban. Cuando el calor del estío elegíamos el río, buen remedio de sofocos prematuros y también maduros. Y en otoño, sobre lechos de hojas, de nuevo me arracimaba. Así año tras año tomé fama en el pueblo de hábil cortesano. Pero por desgracia en un descuido de mi última aventura se cebó en mí la mala suerte y quedé postrado para siempre a la ayuda de este báculo.

_ ¿Y eso? –preguntó algo más repuesto el descalabrado.

_ Veréis –respondió el ciego, y como presentía una cierta curiosidad en los oyentes, pasó a contarles su malograda hazaña–. Fue un frío día de invierno. Por aquella época yo tenía recién cumplidos los veintiséis años y trabajaba en una herrería de mi pueblo. Un tío mío era el dueño. Él me enseñó el oficio, y entre alguna que otra coz  de mula o de pollino y soplidos de fuelle, se herraba a las bestias y se vencía al hierro…

_ Tanto éste como yo sabemos del oficio del herrero, así es que, al grano– interrumpió impaciente el más aguzado.

_ ¡Quieto, potro! Las prisas al arriero, que él cobra porte ¡A otra vamos!

Después de un silencio, el descalabrado lanzó una mirada increpante a su compañero y se dirigió al ciego:

_ ¡Bah! No hagas caso y cuenta; este voceras todo lo que tiene de avispado lo dedica a su necia boca y a inferir en males ajenos.

_ Como decía –continuó el ciego con un tic de aire apesadumbrado–, mi tío se ausentó un día de la herrería, pues lo requerían en el caserío de un ricachón para que herrase  algunas mulas. Y así de confiado me hallaba yo engarzando una reja a base de macho pilón, yunque, mallo y tenaza -que más parecía doctorado en herrería que peón, que era mi más alta graduación-, cuando apareció ante mí tía Fátima. Lucía una sonrisa atrayente y coqueta. Ya había observado aquella sonrisa en otra ocasión, pero esta vez sus dientes resplandecían de un modo especial: libres, sin tener que ocultarse de nada ni de nadie. La miré a los ojos y ella correspondió de la misma forma; el canalillo de sus pechos se inflaba en un sube y baja de mareo, ¡Dios, qué visión! Ni un descanso obtuvieron mis párpados que, estáticos sobre dos miras, no sabían si clavarse en sus ojos o en sus hermosos senos. Como quiera que no dirigía palabra alguna, seguía sonriendo estática y era de su gozo que la repasase de pies a cabeza con tal ansia y apetito de sus carnes, sin mediar palabra alguna cerré la puerta exterior de la herrería, la cogí en brazos y fui abriendo paso a patadas contra todo lo que se interponía en nuestro camino: puertas, taburetes y mesas, ... Al fin, la codiciada alcoba.

Ella se agarraba a mi cuello con fuerza. Notaba su respiración entrecortada, como poseída por el deseo. La descargué con violencia sobre el lecho y enseguida atrapó mis labios con un largo beso. Mientras, mis manos no paraban de quitarle ropajes: la blusa, los tirantes del viso... ¡Dios!, sus blancos pechos tersos y de vértices sonrosados. Sin más preámbulos, absorbí con mis labios toda la esencia que emanaba de su cuerpo mientras ella se derretía de ansias –y yo no menos, claro, que ni la pila de la fragua, de tirarme a ella, me hubiese apagado el fuego–. En ello y tras varias tontunas y zalameos, casi sin darme cuenta, noté que estaba encima de mi tía y los dos nos hallábamos en cueros vivos retozando como jóvenes enamorados. Hay que decir que tía Fátima, con sus cuarenta glorias recién cumplidas, era una mujer guapa donde las hubiera y tenía un pelo y unos ojos de mora de ensueño. Además, y con razón, presumía de un talle y unas caderas propias de beduina, en las que asirse a ellas era como tocar pétalos de rosas. En fin, que era una mujer de muy buen ver y, a la vista de todos, de mejor catar.

Tras una larga pausa, el silencio incomodaba a narrador y oyentes.

_¡Bueno, qué! -conminó el alborotador.

_ Ahí vamos -prosiguió el ciego.

Tanto gozo sentíamos en nuestros interiores que ya la llegada del éxtasis prorrumpía deliciosamente. Al punto, entre ayes y gemidos, se oyó un portazo en el interior de la casa. Aquel ruido nos heló la sangre y redujo nuestras ansias al límite; empero, era tal la rebeldía en ambos del gusto y del tacto que, enajenados, ensalzamos al gozo a su más alto estado. Dejado el cielo y con los pies en tierra, vi a  mi tío mirándome fijamente con la hostia de lado como en su vida –que ya se temía él lo peor, pues tía Fátima tenía en alza la fama de andar muy suelta en amoríos–; blandía en su zurda una estaca hecha de raíz de encina con la que enderezaba a las bestias que, más burras que burras, se entercaban en no herrar sus patas, y como yo estaba el primero, me llevé la peor parte, pues me tiró un garrotazo tan mal pegado –para mí, que para él ni hecho a conciencia–, que me abrió la cabeza como si fuera un melón y casi me arrancó la oreja derecha de cuajo. La oreja me la cosió como pudo el Lucio, un zapatero del pueblo; aquí está la muestra.

El ciego deslió de su cabeza una especie de turbante y mostró a los atónitos presentes su oreja derecha.

_ Hombre, un poco baja si que te la dejó el Lucio ése  –resolvió, como de costumbre, el más aguzado.

_ ¿Y esos repelones de la cabeza?  –preguntó el descalabrado.

_ Estos repelones –respondió el ciego–  son algunas pedradas de chico y otros de la raíz de encina, que buenos surcos me dejaron. Pero de todo esto me queda un consuelo, y es que, mientras mi tío me acertaba con el garrote yo hice lo propio con el badil de un brasero que había apoyado junto a la cabecera de la cama, y lanzándoselo a sus partes más bajas, le arranqué las pocas honras que le quedaban después de las patadas que le había dado un penco.

_ Con razón tu tía...  –dijo el aguzado sonriendo.

El descalabrado, también sonriente, le preguntó intrigante al ciego:

_ ¡Oye!, ¿y qué fue de tu tía?

_ Mi tía se marchó aquel mismo día con un gitano tratante de ganados que venía a visitar a mi tío. Desde entonces que no sé nada de ella. Lo curioso es que el gitano estaba muy apegado a la familia ¡Fíate y no corras!

_ Pues tú tampoco eras muy de fiar –resolvió el aguzado.

_ Lo peor de todo esto –dijo el ciego entristecido– es que del golpe fui perdiendo poco a poco la visión hasta quedar hundido en este pozo oscuro que es la ceguera. Como la iba perdiendo en progresión y ya el oficio de la fragua hube de posponerlo, me dediqué a recitar rimados errante de pueblo en pueblo. A mi tío le creé uno con motivo de resarcirme de él cada vez que lo recitara. Así el regocijo descansaba un poco cuando venía el recuerdo de tan fatídico momento de mi vida.

_Ya dirás el rimado –apremió impaciente el aguzado–, que a éste y a mí, acostumbrados a los tacos de los tumultos y a las jergas de las tabernas, un recital poético no nos  viene de más.

_Si os empeñáis –finalizó el ciego–, se titula El cornudo; ahí va:


Un cornudo pesaroso

harto de tanto entredicho

quiso acabar con su fama.


Buscó un gran árbol,

hizo un nudo corredizo

y ató la soga a una rama.


Subióse a un jamelgo

y en tanto que meditaba

si darle o no una gran patada

el penco, como si lo esperara,

entró en fuerte cabalgada.


Colgando el cuerpo en el vacío

el nudo su cuello apretaba

y el pobrecillo cornudo en su agonía pensaba:

¡Antes cornudo que nada!


Por suerte quebró la rama.

La noche se le hizo día

y de regreso a la villa con fuerte tono gritaba:

¡Soy cornudo por derecho,

y porque me da la gana!


El  aguzado, sonriente por lo oído, quiso poner su toque personal y dijo:

_Mejor le hubiera ido también a tu tío quedar cornudo que capón.

Entre anécdotas y risas los tres personajes se perdieron difuminados entre los meandros del camino.

Pasado un buen trecho y algo más relajados, decidieron los tres caminantes  sentarse alejados de la vista del camino a pegar bocado. El ciego echó mano a sus alforjas, sacó un cuarto de pan algo mugriento y una bota de vino un poco desinflada. Hizo lo propio el descalabrado, desató el nudo de su hato y dejó ver la miseria de su ajuar: una sartén con más tizne que la vara de un carbonero y un tarro de barro, tapado con un corcho, que contenía manteca de cerdo rancia a más no poder. El que quedaba por mostrase, no llevaba en su talega más, que un pellejo de cabra con casi menos líquido de Baco que aire y un arenque tieso y salado que, atado al final del palo por el que iba sujeta la talega, ondeaba presumiendo a los azotes del viento cual si fuese un bacalao noruego. En más de una ocasión la tentación había estado a punto de acabar con su existencia, pero el hambre atroz de la época y el miedo de su amo a no tener nada para el día siguiente que llevarse a la boca, le concedían tregua e indulto. El aguzado, a la vista de las viandas expuestas comentó a sus compañeros:

_ Bueno, no hay para quejarse que en peores habremos estado. Tenemos manteca, pan y vino, y hasta mi preciada sardina se antoja que pide a gritos que en el día de hoy le haga justicia...

_ ¿Y qué hacemos, pan untado con manteca? Porque a ese arenque no le hinca el diente ni el más mísero de los gatos –dijo el descalabrado.

_ ¡Quién fue a hablar! Qué puede envidiarle mi sardina a tu rancia manteca, ¡cara de mulo!

_ ¡La leche que te han dao! ¿Cara de mulo yo? ¡Tu padre será un cara de mulo, desgraciado!

_ ¡Me cago en...!

_ ¡Arre que truena, San Hilderico, en ignorancia tan pobres y en necedad tan ricos! –comentó el ciego intuyendo una absurda pelea entre sus compañeros–. De haber tenido una sartén a mano, hubiera hecho unas migas con la manteca que lleva ése, el pan y las cabezas de ajos que guardaba para otros menesteres, que habrían saciado a nuestros estómagos hasta el punto de reventar.

Los discutidores, que andaban más por los yerros que por los aciertos, al oír lo  dicho por su compañero pararon al unísono y se quedaron mirando con gestos de extrañeza. El  más avispado se dirigió como un rayo  hacia la cepa de una viña que estaba en las proximidades y quebró un sarmiento; a continuación regresó hacia el punto donde estaba el descalabrado y alzó su brazo con el ánimo de descargarlo. El descalabrado al ver el ímpetu que llevaba su, ahora enemigo, puso pies en polvorosa y se retiró del radio de acción ¡Zas!, gong. Pegó con fuerza el sarmiento en el culo de una sartén que llevaba el descalabrado junto a su hato y sonó aquélla más que la campanada de la una.

_ ¡Que me quede muerto si no es cierto que eres ciego! –dijo el aguzado–. Nada te hemos dicho de la sartén por no ser cosa que llevarse a la boca.

Al zumbido del hierro el ciego enardeció el semblante, esbozó una sonriseja medio alegre, medio burlona y dijo con energía:

_ ¡Rápido, la sartén! ¿Cómo es que aún no venteo el humo de una buena lumbre?

Ni al ¡alto! de la guardia de  la guardia civil  le habrían hecho más caso. Con rapidez lebruna los dos compañeros dispusieron el arreglo de la lumbre.

Les dijo el ciego que para que asentara bien la sartén sería conveniente rodear el fuego con piedras, lo que serviría también para proteger a las llamas del viento y aprovechar más los rescoldos; a lo cual asintieron con signos de aprobación sus dos colegas.

El descalabrado era un tipejo más bien alto, flaco y marcado de costillas, feo a más no poder, con la ayuda de las palas quebradas de su boca que, al sonreírle a los niños, corrían aquellos más que si los fueran a llevar a Paco “Trasquilones” –el esquilador del pueblo que, cuando fallaba el deslanado de las ovejas, alternaba el oficio ejerciendo de peluquero; y pobre del que caía en sus manos, pues debido a su intensa miopía, igual pillaba en sus empleos pelo que pellejo–; para males peores, desgraciado donde los hubiera. Allá donde se originase un tumulto y husmease su horrible narizota, palo perdido, palo que encontraba.

Era, por el contrario, un tipo bien parecido el aguzado: rostro afable y agraciado, recio de hechuras y tanto más afín de alturas. Resumiendo, un fulano afortunado por las gracias de sus creadores. Por cierto, que al haber nacido en un burdel, aunque de madre reconocida, fue malcriado por sabe Dios cuántas madres más; en cuanto al padre...

Hechas las descripciones volvemos a la lumbre, que fue donde nos quedamos. Cogía el descalabrado las piedras más gruesas y lejanas y las acercaba hacia el lugar elegido para el guiso. Al llegar el ciego las tanteaba y las iba colocando en círculo a su gusto. Por el contrario, el aguzado cogía las piedras más pequeñas y cercanas. El ciego al notar las piedras que arrimaba este último, recriminó su actuación y le dijo:

_ ¡Eh, compadre! Con las piedras que acercas más que el cerco de una lumbre esto va a parecer la entrada de un hormiguero.

_ Para ser ciego, aún ves demasiado –recriminó el aguzado con voz de enfado.

_ ¡Señora Santa Rufina, aléjame de esta ruina! –susurró el ciego–¡Ni ahora ni antes, para qué discutir con  tal ignorante! Bueno está quedando el cerco –gritó–. Acercar tres o cuatro piedras más y ya habrán suficientes.

Una vez guisado y preparado el manjar emitía la sartén un suave aroma a pan y ajos  fritos, que incitaba a los hambrientos comensales a perder el respeto por ver quién empezaba primero. El ciego, que conocía bien aquella clase de vianda, pensó de aunar el vino en una de las botas y de esta forma racionar el escaso líquido. El descalabrado y su compañero celebraron aquel gesto tan honroso, pues ellos tenían su bota más holgada y ganaban en el trato.

Empezaron a comer y a las pocas cucharadas las migas iban taponando sus tráqueas. Así pues, la bota iba de mano en mano más rápida que un galgo. El ciego, un tanto desconfiado, notaba que cada vez que pasaba una ronda la bota sonaba cinco veces al caer en los galillos, cuando en realidad debían ser tres chorros. No contento con los hechos dijo a sus compañeros:

_ Amigos, como el vino escasea y noto que aún quedan gran cantidad de migas en la sartén, ¿qué os parece si bebemos sólo cuando acompañe a cada cucharada un ajo junto a las migas? De esta forma será la suerte quien haga que bebamos hasta acabar de comer.

Aprobado el trato por los otros dos comensales siguieron despachándose las migas. A las pocas cucharadas uno de ellos dijo:

_ ¡ Ajo! –Y después de pegarse un buen trago de vino finalizó–  ¡Trago!

El mismo a las siguientes dos cucharadas, repitió de nuevo:

¡Ajo... trago! ¡Ajo... trago! –Y se endilgó dos lingotazos más de vino.

El descalabrado, receloso por el arte de encontrar los invisibles ajos de su compañero, exclamó:

_ ¡Hombre, ya era hora! ¡Ajo!  –chrrriooo, casi ahogándose– ¡Trajjgo!

Así, uno y otro se las ingeniaban para “pescar” ajos entre “ajo y trago” en tanto que el ciego se iba inflando de migas. Éste, con la cara cada vez más roja debido al atasco, le pareció que aquella  sartén era tan grande como la rueda de atrás de una galera y  los preciados dientes de ajo tan minúsculos  como las lentejas de  la Casa  de Beneficencia; pues ponían algunas de muestra y después, por mucho que buceara el cucharón en la olla, no hallaba más hierro de legumbres que el puro caldo y el culo metálico del recipiente. De igual forma, pensó que con las rondas que continuamente se pasaban sus dos acompañantes, deberían haberse comido una ristra de ajos entera. Considerándose burlado de nuevo ante la falta de su sentido visual  y casi asfixiado por faltarle el líquido que le ayudara a destaponar su garganta, expuso con aire alarmante:

_ ¡Compañeros! ¿No habéis notado un ruido de ramazos secos? Id no sea que quiera alguien aguarnos la fiesta.

Se levantaron los aludidos y tras registrar los alrededores  regresaron pasado un notable espacio de tiempo. Al notar la presencia de ambos el ciego preguntó:

_ ¿Qué?

_ Nada. Habrá sido alguna  alimaña hambrienta –contestó el descalabrado.

Mientras el aguzado, cuchara en ristre, había empezado a comer migas con ansia descomunal; queriendo recuperar el tiempo perdido en su frustrada búsqueda, a la primera cucharada dijo:

_ ¡Ajo...! Pasa la bota, amigo.

El ciego con cara de satisfacción y con una sonrisa a todas luces sarcástica le pasó la bota. Al recibirla, notó el gañán como el pellejo estaba tan vacío, que la pez se asfixiaba a falta del tintorro y el pitorro le escupía con una mezcla de aire avinagrado sobre la cara. Con ironía repuso de nuevo:

_ Compañero, has obrado mal. En nuestra ausencia te has hartado de migas y has acabado el vino de la bota con la excusa de un ruido que solo tú has oído.

_Siento que pienses así –contestó el ciego–. El ruido ha existido y en vuestra ausencia aún se hacía más próximo y persistente. Al ver que tardabais y pensando que con velar la sartén no le hallaba solución al caso, he decidido seguir comiendo por si algún ser hambriento, irremediablemente, nos dejaba sin migas –que una vez hecho el pecado, de poco sirven las penitencias–. Con las prisas, la suerte me ha acompañado y había veces  que en la misma cucharada me salían hasta tres y cuatro dientes de ajo juntos. Haciendo bueno el trato, a tantos ajos sacados tantos tragos bebidos. Al final la bota se ha vaciado sin darme cuenta y sin remedio.

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20-Sep-2017

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