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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO III

El BRIGADA PICHATORO

Llevaba el ciego más de una hora andando camino abajo cuando una voz conocida se dirigió hacia él:

_ ¡Compadre! Ya te hacía muerto a palos! ¿No te han hecho nada esos cuatro bestias?

_¿Barona...?

_El mismo, ¿quién si no?

_No te lo vas a creer –dijo el ciego con talante alegre–, pero acostumbrado como he estado durante tanto tiempo a la soledad, desde que coincidimos en Ventisquera la vida me ha llegado a importar mucho más. Antes deambulaba de aquí para allá sin más conversación que la de injuriar a algún  quitaperras, o aplicado a breves tertulias sobre el estado del tiempo o de lo mal que está la vida con otros mendigos. Sin embargo desde que os he conocido a ti y al Rojo Tiñas me ha pasado de todo, bueno y malo, como en botica. La verdad, me alegro de oírte,Barona.

_ Se agradece el cumplido, amigo. Decía, si te han hecho algo esos desalmados. Aún me resiento yo de los garrotazos; pero la cara del mayor se me ha quedado grabada ¡Pobre de él si me lo echo a solas!

_¡Calla! No tientes a la suerte, que cuando pasa ayuda. Si te llegan a pillar esos cuatro, padre e hijos, que uno era el padre de las muchachas y los otros tres sus hermanos, ahora no estaríamos aquí hablando como si nada. A saber si las campanitas del alacrán no estarían repicando para ti.

El aguzado sonrió y lanzó una pregunta al aire:

_ ¿Qué será del Rojo? Seguro que anda corriendo todavía. Claro, como los palos le van siempre a él, hoy que se ha librado no querrá que lo pillen de improviso. Bueno, ya daremos con su fea cara donde menos lo esperemos.

_Lo que decías antes de si me habían hecho algún daño –intervino el ciego–, está claro que no. Salvo la picadura, que sigue doliendo lo suyo, mal alguno hay, aparte de los achaques y quejas propias, que me hayan causado la familia de las tres muchachas. En el fondo estos parroquianos son gente de bien y  por las buenas te dan el corazón; pero a las malas...

_Después de cuatro tiros de garrote, muy santos me los han de pintar para ver ángeles en lugar de demonios. En fin, como dice el dicho: “si vas a cruzar el río, mejor por el  puente…”

_¿A qué viene eso?

_ Porque a nado igual te lleva la corriente”. En frío yo me hubiese enfrentado a esos malas bestias sin pensármelo; pero, bien mirado, la razón manda que uno se esté quieto cuando tenga mucho que perder y muy poco que ganar.

_Por fin, hombre –finalizó el ciego–, hasta en la cabeza más hueca siempre queda algo de seso.

Ambos amigos se perdieron camino abajo.

Ocurrió que al librar un badén había un pozo y un pilón donde abrevaba el ganado. Allí se veía la silueta semidesnuda de un hombre que el aguzado reconoció al instante; dirigiéndose a su compañero comentó:

_Amigo, me da que aquél de allí es el Rojo. Esos costillares no pueden ser de otro.

_¡Eh, Rojo! –gritó.

El descalabrado tenía media cabeza metida en el pilón. Al oír la voz de su amigo, la sacó y se quedó mirando hacia los dos con el cabello chorreando. Una vez reaccionó se dirigió hacia ambos con una amplia sonrisa:

_¡Barona...! ¡Eh, y tú amigo...! Ya te creía malparado, porque  vi que tú no habías echado a correr... ¿Y no te han hecho mal alguno...?

_Nada.

_¿Ni un palo?

_Ni un pelo me han tocado. Pregúntale al Barona, él si ha cobrado.

_ ¿Y...?

El aguzado comentó con pelos y señales todo lo acontecido a él y al ciego.

_Pues ya me he librado de buena –dijo el descalabrado–, de haberme pillado a mí, estoy por decir que esos desuellacabras me hubieran roto sus estacas en el costillar; que al poco agraciado de la naturaleza parece que le vayan mejor los palos que al bien parecido ¡Hasta ahí llega su desgracia!     

_Pues da gracias, Rojo –intermedió el aguzado–, que hoy no se ha cumplido tu mal pensamiento y, aunque no me han roto el costillar, puedo decir que bien tiradas si que iban las garrotas, y si no, a la vista han de quedar las señas.

El aguzado se alzó la pernera del pantalón hasta más arriba de la rodilla y mostró un moratón a la altura de la pantorrilla; seguidamente se subió hasta los hombros el blusón y enseñó dos rosetones que le cruzaban la espalda de lado a lado; por último dirigió ambas manos hacia la cabeza y enseñó el surco dejado por el garrote.

_¡Fiuuu...! –silbó el descalabrado al ver las marcas–. Suerte que nos hemos escapado y que éste no ve, de otro modo ya estaríamos rodeados de viejas rezándonos el rosario ¿Y no se les ocurrirá venir para acá?

_¡Calla! ¡No tientes al diablo, Rojo! –dijo el ciego–. Pero no está de más tu advertencia –continuó–; reza un refrán: “A quien mal quiera tu suerte, ni lo mientes”.Y ahora que éste no está para cirugías, sino para que le den ungüentos en sus heridas, ándate a por unas hierbas de tomillo y romero y tráelas.

El descalabrado se retiró unos metros y arrancó unas matas de tomillo y romero. Una vez entregadas al ciego abrió éste su talega y sacó una especie de jarro de porcelana desconchado por el fondo, tanteó unas ramas de la planta y las echó en el recipiente.

_Busca un palo redondo para machacar esto, Rojo.

El descalabrado obedeció y al instante apareció con un palo redondo por su base.

_¿Quieres que lo pique yo? –preguntó.

_No. A ver si hubiera un panal de abejas cerca. He oído que  un poco de cera o miel mezclada con tomillo y romero es buen remedio para heridas y cardenales.

_¡Si hombre! –respondió el descalabrado–. Como que si hubiera un panal cerca me iba acercar a él ¿Por qué no lo buscáis vosotros? A mí me han descalabrado y yo me las he arreglado como he podido hasta atajar la sangre. Se me ocurre, licenciado de mí, ayudarte en la picadura del bicho y más de media hora llevaba, hasta que habéis venido, metiendo y sacando la cabeza del pilón para quitarme de encima tu porquería¡ ¿Y ahora dices que vaya a un panal a por miel? Ni tú te hubieras muerto emponzoñado, ni yo estaría a pique de resfriarme de tanto ahogar la cabeza, ni el Barona endulzando sus heridas va a sanar antes. Dejemos las cosas y los males para cada cual y siga la vida. Lo único que se me ocurre para curar es la sal; échale agua limpia, sal disuelta y las plantas  machacadas; seguro que al Barona le baja el morado y a ti te dejan de picar las posaderas.

El aguzado que no se podía contener ante el tono despectivo de su compañero, maldijo tres veces, lanzó un escupitajo a tierra y dijo con voz potente:     

_Mira, Tiñas, después de tantos años de quitarte vendas y lañas, que me vengas con esas no; la sal se la pones en los cuernos a tu padre, que los tiene que tener al rojo vivo de tantos topetazos. Ya te veras tú en otras malas, que en esas sí que estás lleno de gracia.

_Anda Barona –intervino el ciego minimizando iras–, échale un poco de agua al jarro y lo mezclas bien. Y tú, Rojo, en cuanto que esté preparada la pasta se la restriegas en la pierna y la espalda; a mí me la das que ya me la pondré en la herida; después de lo acontecido... recelo me da que te acerques. En ciernes estoy de saber si no me estaré volviendo más marica que el mamporrero Boñigas, que al no tener moza a la que montar le dio por las yeguas, y como quiera que en tan gran vulva bestial cada vez sintiera menos, un día que estaba en su faena vio cómo uno de los machos, que nunca le entraba a las yeguas, se encaballaba sobre otro macho y aquél le tiraba coces a más no poder. El tío Boñigas, que estaba al quite, tanteó al macho desviado, lo tranquilizó, le alzó el rabo y le lanzó viaje. El pobre animal, fuese por placer, fuese por lo que fuese, le vino una vaciada de boñigas y de ahí que el mamporrero tomara el mote de Tío Boñigas. Esto contó uno del lugar que estaba escondido y vio la escena en primer orden; además con el agravante de que desde aquel día, el Tío Boñigas casi siempre dormía en la cuadra.

_En cuanto a lo primero –dijo el descalabrado–, a este desgraciado que le restriegue el bálsamo su abuela si quiere; y en cuanto a lo segundo, por mucha ilusión que te hiciera, ni aun picándote un cubil de víboras me vuelvo a ver como me he visto. Seguro puedes estar que de venirte algún desvío no te acerques hacia mí ¡Aunque no hubiera más hembra en el mundo que la Murciela, que ya en la cuna debieron de acertarle a la pobre el nombre! Si será fea,  mal hecha y peluda, que un día estaba agachada tendiendo ropa detrás de unos matorrales y un mayoral le pegó un tiro y casi se la carga al confundirla con un jabalí. No, amigo, a mí por detrás ni la sombra.

El aguzado, expectante en parte del diálogo que mantenían sus dos compañeros, entró en acción:

_Rojo, me asombra lo que estás diciendo. La Murciela que dices parecerá un adefesio pero tú no le andas a la zaga. Hambre ha de tener un desviado para darte a ti estopa.

_Razón de más. Sin embargo tú pon cuidado, no sea que por exceso de hermosura además de estopa te metan hasta el mocho el palo con la brea.

Allá que andaban descalabrado y aguzado sumidos en una conversación molicie de toma y dale cuando a lo lejos se oyó un tintineo melódico y vivaz. De repente el ciego recitó:

De la cañada abajo vienen sonidos.
Son rebuznos de tozudos burros

y las ovejas con sus balidos.

¿Y esos repiques tan celestiales?
Son cencerros y cascabeles
de las ovejas y los lebreles.


¿Y quién dirige tan divina orquesta?
El pastor y su cayado,
y pobre del descarriado
que no recita a su son;
pues recibe, ¡asegurado!,
la música de su bastón.

_¡Amigo! –dijo el descalabrado sorprendido– ¡Qué dominio de las artes poéticas!

¡Bah! –contestó aquél con aire intelectual–  El bruto utiliza sus brazos y el ilustrado ejercita su mente. Fuerzas me quedan las suficientes para acarrear el lastre de la vida, luego la mente ha de obtener el privilegio de contrarrestar el tiempo sobrante que se dedica a vanas empresas e inicuas ideas. Como te he dicho, de vez en cuando recito algún rimado y así atraigo a la gente, después paso el plato y siempre cae alguna moneda. Tengo composiciones de todas clases: amor, humor, trágicos...

El aguzado, con su soberbia habitual, dijo sarcástico:

_Pues parece que esta vez has afinado en la rima y desatinado en la letra. Lo que has oído antes sí que eran cascabeles, pero no cencerros. Una yunta de mulas tiran de una galera cargada de paja y, a la zaga, ciertamente, dos galgos, que no lebreles, van atados con cordeles a cada uno de los varales.

El ciego, que en los ataques físicos respondía con contundencia, en los dialécticos hacía lo propio; con voz socarrona, lanzó un envite a su adversario:

_Así es, no hay más sonidos que el de los cascabeles y ningún cencerro se oye; aunque presiento que algún borrego ha de andar cerca.

El descalabrado comprendió la indirecta y se echó a reír ante la ignorancia del aludido.

_¿Y esas risas, Tiñas? –refunfuñó el aguzado.

_Nada –resolvió el ciego, quitando fuego y desviando un posible altercado–, que tal vez si preguntamos a esos arrieros si nos dejan ir encima de la paja, nos ahorremos muchas leguas de ir a pie.

_ Por preguntar... Nada se pierde –añadió el aguzado ajeno a las chanzas de sus compañeros.

Una vez llegada la galera al abrevadero saltaron del pescante tres fulanos con caras de pocos amigos a todas luces: uno llevaba una cicatriz que le iniciaba en el hoyo de la barbilla y le cruzaba en diagonal de parte a parte la mandíbula; otro, bizco, llevaba una faca cordobesa en la faja del pantalón que pobre del compañero que se pusiera a reñir a su lado, porque algún “afeitado” sin intención se llevaba  seguro –a saber si la cicatriz de su compadre no sería un tajo del bizco–; por último el tercero de los llegados, tenía ese don chulesco de los que les gusta mandar y una cara de bruto imponente ayudada por unas cejas espesas y una nariz aplastada hacia el labio y casi inexistente. Este último ordenó a sus colegas:

_¡Tú, Cortao! Dales agua a las mulas y ándate ligero.

El de la cicatriz asintió con la cabeza.

_¡Y tú, Chairas! Llégate a aquella carrasca y ata a los perros para que no nos sigan; para lo que valen...

_Ya, Chato -dijo el bizco-; pero si los dejo atados se morirán de hambre si no pueden soltarse.

El de la voz cantante le lanzó tal mirada, que no hubieron más palabras. El bizco cortó las cuerdas de los varales sujetando  a un perro en cada una de sus manos y se encaminó hacia la encina.

En tanto nuestros protagonistas atónitos por el aspecto, la acritud de los llegados –no se dignaron a decir ni ¡buenas!– y el proceder tan impropio de los carreteros –cuando la norma era totalmente contraria: sociables y charlatanes, pues generalmente siempre iban solos–, con un recelo fundado se pusieron en guardia. El descalabrado, mete líos donde los hubiera, no pudo contenerse ante tanta hipocresía y dijo con voz tenue:

_Si ustedes quieren... ya me quedo yo con los galgos... A lo mejor dan todavía alguna liebre... Buena percha parece que tienen...

El bizco, mirando hacia el lado contrario del que llevaba la voz cantante paró de repente y se dirigió hacia él:

_¡Has oído, Chato! ¿Qué hago?

_¡Otra vez, Chairas...! ¿Que qué haces...? ¿Yo qué te he mandao...? ¡Y tú, cara lagarto –continuó el de la cara de bruto dirigiéndose al descalabrado–, ni mientes una palabra más, está claro!

_Total –contestó el descalabrado–, como el agua de ese pilón.

Ya había atado el bizco a uno de los perros en una rama y se disponía a atar al otro con tan mal principio, que dio un pisotón a uno de los galgos viendo el can las mismísimas estrellas de todas las galaxias juntas; fue tal su dolor, que inició una de aullidos y ladridos de espanto. El otro perro, que la escena se le antojaba de lo más ruin, hizo lo propio y acompañaba a su congénere sumando escándalos hasta el punto de ensordecer el lugar y gran parte de sus aledaños.

_¡Chairas, déjalos! ¡Nos van a oír hasta en Logroño! –apresuró el de la nariz aplastada–  ¡Suéltalos y que se vayan!

El de la navaja dio un corte sin más a las sogas de los canes y aquéllos, rabo entre patas, iniciaron una carrera vertiginosa tanto o más que si los acosara un verraco tirándoles colmilladas y dentelladas a las ancas.

Debido al alboroto, unos guardias civiles que andaban de vigilancia por la zona picaron estribos y se lanzaron al galope hacia allí. Los recién llegados al advertir que dos jinetes resplandecientes como estrellas –los reflejos del sol destellaban en sus pulidas guarniciones–, no se lo pensaron dos veces: el de la cara echa un jirón se encaminó monte abajo y el de la nariz aplastada junto al de la navaja cordobesa echaron a correr monte arriba.

_¡A la ermita vieja! – voceó el cabecilla.

_¡Allí nos vemos! – confirmó el de la cicatriz.

A la llegada de las fuerzas públicas los tres amigos quedaron estáticos sumidos en la premura de no saber qué hacer. Si cara de pocos amigos tenían los fugados no les iban a la zaga los recién llegados: el de los galones, un tiarrón narigón con un mostachón que casi se le unía a las patillas y toda la cara picada de viruelas mozas; y el número que le acompañaba, un tipo bajito, regoderte  y con un bigotillo que parecía una carrera de hormigas, ayudado con un tic involuntario del labio superior. El mando, rizando las puntas de su mostachón con una mano y con la otra soportando el peso de su cuerpo sobre la silla de la montura, se dirigió hacia los embobados espectadores:

_Hablábamos aquí el compañero y yo sobre lo hermoso que está el campo en primavera con sus flores vestidas de colores y los cantos melodiosos de los pájaros cuando hemos oído aullar y ladrar a unos perros. Y los perros, que se sepa, tienen dos ladridos y dos aullidos para según que casos: los de amigo, que acompañan con cabriolas o con tono triste, según si el amo está alegre y vivo o llamando en su puerta la fatal guadaña; y los de enemigo, que es cuando alguien los quiere mal y generalmente van seguidos de palos. Alegrías veo pocas, muertos no se ven a la vista. Me da a mí que los palos resuelven el pleito, ¿no cree usted, García?      

El número, en parecida pose al oficial y limpiándose el sudor del cuello con un pañuelo mugriento de sebo, tras un tic repentino, respondió con sequedad:

_Cierto.

Tras un largo silencio y en vista de que su comentario no arrancaba ni una palabra a los aludidos, el oficial descabalgó de un salto, lanzó un escupitajo al suelo y gruñó:

_¡Me cago hasta en la picha de toro! ¿Nadie va a decirme dónde están los perros y qué es lo que ha pasado con ellos? ¡A ver, el dueño del carro!

El descalabrado, atemorizado por la energía del oficial, se encomendó a la suerte  y respondió al guardia:

_No, si nosotros...

Tras otro largo silencio, el oficial volvió a la carga:

_¡Vosotros, qué!

_Mi Brigada, yo soy el dueño –saltó el aguzado anticipándose a la respuesta de su amigo, pensando que en ausencia de los dueños podría quedarse la galera.

_Bueno, ¿me dices tú entonces por qué aullaban los perros y adónde han ido a parar o se lo pregunto a estos dos?

_Mire usted, mi Brigada –respondió el aguzado–, los perros iban atados a la galera; al soltarlos para que bebieran agua, aquí el compadre, que es ciego, ha tropezado sin querer y se ha ido a agarrar a la galga del carro. La mala fortuna ha querido que el hierro le diera un golpe a uno de los perros en todo el hocico y ha salido éste dolorido y aullando como un condenado. Del escándalo uno de los mulos, que tenía al otro perro a su lado, pensando quizá que le iba a tirar un mordisco a las patas, le ha enviado una coz en toda la barriga que casi lo despanzurra; y si el anterior aullaba... imagínese el otro pobre qué no habrá hecho.

El oficial miró a su compañero y aquél correspondió encogiendo los hombros.

_¿De dónde traéis esa paja y a dónde la lleváis?

_ De Barrancapajas viene, mi Brigada, y va a  Fuenteyundía.

_¿No llevaréis estraperlo, eh?

_Paja, y no hay más.

_García, échele un vistazo al carro.

El guardia bajito descabalgó no sin problemas para desasirse del estribo y se dirigió hacia la galera para realizar el registro; se encaramó al varal y también con no pocos apuros  pudo subir hasta ella; ahora los movimientos del labio se aceleraban a medida que iba superando su objetivo, y tanto el descalabrado como el aguzado, a duras penas, pudieron contener la risa. A continuación pidió al ciego que le prestara su cayado y, una vez lo tuvo, pasó a introducirlo varias veces en lugares distintos del montón de paja. Cuando ya estaba a punto de abortar la búsqueda, en el último pinchazo notó cómo el palo daba con algo bastante sólido.

_Eh, Benavides –dijo al mando–, venga que aquí hay algo que suena a botijo.

El oficial se dirigió como un resorte hacia el carro y trepó hacia él más ligero que un felino. Mientras el ciego y el descalabrado reñían en voz baja a su compañero temiéndose un serio y próximo lío.

_¡Me cago hasta en la picha de toro! –maldijo el oficial intuyendo que aquellos desgraciados le estaban tomando el mostacho.

_¡Mire, mire, Brigada! –alertaba el número– Garbanzos, lentejas... ¡Y mire, hasta orzas de chorizos... y tocino...!

A medida que iban descubriendo la paja asomaban ante sus atónitos ojos más y más género de viandas variadas.

_¡Ya estáis arreglados! ¡Así que no había nada más que paja...! ¡Que no llevabais estraperlo...! ¡Me cago en la picha de toro!

El descalabrado, que ya se veía la nariz reventada y el rostro lleno de magullones, no pudo aguantar más la tensión y estalló:

_No, mi brigada, usted se está confundiendo... La galera se la han dejado...

¡Zas! Sin terminar frase, recibió un bofetón a mano vuelta –que suele doler más que con la palma–  lanzado por el guardia regordete y bajito acompañado de un par de tics.

_¡Tú vas a hablar cuando te lo mandemos nosotros, está claro! –chilló el número salpicando de babas toda su cara.

_Sí señor, como que me llamo Felipe.

_¡Y eso va también para vosotros dos! ¡El primero que mueva un pelo le doy de palos más que a una estera vieja! –el bigotillo de hormigas, al ritmo de una ducha de babas y seguido de un sube y baja incontrolado del labio debido a la frenética excitación, se movía con imparable movimiento. Los tres amigos, cabeza agachada, hicieron voto de silencio; qué remedio. Aún así, cuando el aguzado y el descalabrado miraban a la cara del número, a duras penas podían contener un principio de risa.

_García –llamó el oficial.

_Diga, mi Brigada.

_Traiga papel y pluma para extender el oficio.

_¡Tú, Felipe, o como te llames! ¿De dónde habéis sacado este arsenal?

El aguzado pensó que su amigo no iba a tener la suficiente entereza para esquivar la pregunta, y mucho menos para soportar la mirada directa del oficial; así, entrometió:

_Con su permiso, mi Brigada. Si quiere yo...

¡Zas, zas! Sin poder acabar palabra le fueron dos castañas tiradas por el guardia bajito, una de palma y otra de revés; a continuación, con un movimiento imparable del labio y  un sube y baja del párpado izquierdo, dijo enérgico:

_¡Me tomas por el culo de una mona o qué! ¡Que aquí se habla cuando el brigada o yo preguntemos! ¡Está claro!

_Mudo soy.

_Como decía, tú, Felipe –prosiguió el oficial–, ¿de dónde ha salido todo esto?

El descalabrado a punto de reventar de risa debido a las gesticulaciones del número, miró a la cara al aguzado y ambos sin poder contenerse explotaron en un ataque de carcajadas. El guardia, ante tamaña afrenta, se dirigió a ellos con firmeza con una cara de mala leche impresionante:

_¡Ya me habéis tocao los cojones bastante, desgraciados! ¿Os tomáis a chunga al orden, eh? Pues vais a saber la principal ordenanza de la Guardia Civil.

Y lió una de hostias a dos manos con  uno y otro dando más vueltas que una veleta en tiempos de tormentas. Los sacudidos, sin más honra, se reían aún más y encolerizaban a su agresor al punto de sufrir un ataque de cólera.

_¡Basta, García! -espetó el oficial- ¿No ve que están desquiciados en un complot imparable ajeno a ellos?

_El complot lo quito yo con un repaso de vergajo cagando leches -respondió el número-. ¡A mí y a la Guardia Civil no nos chulea ni Dios!

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos y a raíz del cuento del aguzado para adueñarse de la galera, el descalabrado, con talante serio y preocupado después de la advertencia del número, buscó una coartada dispuesto a salir lo más airoso posible. Con voz serena dijo al oficial:

_Da usted su permiso, mi Brigada... Yo sé poco del asunto, quien mejor le puede informar es el dueño de la galera... En Cabramontera le pedimos favor para que nos llevara en la galera y así nos evitábamos una buena caminata. Ajenos a los acontecimientos nos hemos visto embaucados este pobre ciego y yo en un lío sin saber nosotros nada de ello. Éste, aunque siente el doble por su falta visual, como venía en el pescante no ha notado nada anormal; y yo, por ir también junto a él y el carretero, nada excepto haces de paja he podido observar.

_Cabramontera para bien lejos de aquí –instigó el oficial quedando en suspenso la respuesta, seguidamente concluyó:

_Bueno, como parece que dices la verdad, vamos a extender el oficio y requisado de la mercancía y después de firmar abajo los dos os podéis ir tranquilos; pero bien lejos¡Y que no os vea por aquí, eh!

_Tanto el oficial como el número hicieron atestado de la mercancía requisada toda vez la hubieron sacado el descalabrado y el aguzado de la galera por orden de los guardias y, una vez rubricaron ambos a un lado dieron el papel a firmar al descalabrado y al ciego. El ciego fue el primero en estampar la firma, no en vano él quería acabar lo antes posible con aquella pesadilla. A continuación el descalabrado, inocente como un niño, se dirigió hacia el oficial:

_Da usted su permiso, mi Brigada. Yo se poco de cuentas, pero aquí dice que hay una orza de chorizos y otra de morcillas y a mí me hacen diez, cinco de cada;  y más abajo dice un costal de garbanzos y a mí me hacen ocho...

¡Zas, zas, zas, zas, zaaasss, zaaasss! –sin aviso alguno le fueron cuatro leches a la jeta y dos más que le pillaron el cuello y cada uno de los mofletes y orejas de pleno.

_¡Ay, ay! –se quejaba aquél.

El regordete, ensañándose con el descalabrado y sumido en una locura de babas y tics, preguntó:

_¿Cuántas orzas has dicho que pone en el atestado?

¡Zas, zas, zas, zas, pim, pam, pim, pam! –le tiró ocho viajes más, cuatro repetidos y otros cuatro de puño cerrado.

_¡Ay, ay...! ¡El diente... me ha roto el diente...!

_¿Y cuántos costales de garbanzos te hacen...? –le gritaba salpicándole de salivazos y dándole de hostias a más no poder.

_¡Ay, ay madre… Pare señor guardia, pare; por Dios…! –imploraba el descalabrado, y ante la premura de finalizar la paliza culminó:

_¡No, mire usted...! ¡Que me he equivocado...! ¡Hay una orza de chorizos y otra de morcillas y un costal de garbanzos...! ¡Ni uno más! ¡Seré, burro!

_Entonces –repuso el guardia finalizando la paliza–, recontamos o vamos derechos a la firma.

_¡Recontar lo que de un principio estaba cabal! ¡Ahí va la firma! –contestó  mientras se limpiaba con el envés de la mano  hilillos de sangre que brotaban de su narizota.

_Pues mejor. Ea, firma, coge a tu amigo y que no os falte camino.

_¡Con Dios! –se despidieron los dos a una. Y a paso ligero salieron disparados alejándose de aquel maldito lugar.

Una vez ausentados cerro abajo el ciego y el descalabrado, el oficial se dirigió hacia el flamante arriero:

_¡Bueno, bueno...! Vas a tener suerte de no llevarte ni un solo palo si colaboras con la Justicia.                 

_La ley manda, mi Brigada –dijo sereno el aguzado.

_Pues atiende bien –dijo el oficial–, a hora y media de aquí, camino arriba, hay una venta abandonada. Te llegas allí, abres un portón que está atrancado con una piedra grande y descargas toda la mercancía que llevas teniendo cuidado de dejar cargadas en la galera una orza de chorizos, otra de morcillas y dos costales de garbanzos. De ahí en adelante, todo lo demás paja. Por último dejas atada la galera en la parada de postas que hay en el cruce de caminos siguiente y te marchas a toda leche lo más lejos que puedas olvidándote del tema. De sobra sé que la galera no es tuya, ni siquiera  de los tres  que la llevaron al abrevadero; pero eso a ti ni te va ni te viene, ¡entiendes!

_Como que hoy es viernes; cuando usted quiera marcho, mi Brigada.

_Eso sí –continuó el oficial en tono amenazador–, te he perdonado una, pero si me la juegas otra vez,  te jura el brigada Benavides que te acuerdas de él y de su picha de toro para toda la vida.

El aguzado se despidió rápidamente, pegó un tirón al ramal de las mulas  y  fue alejándose  poco a poco de los dos guardias; su mente todo era maquinar qué significado tendría la tan cacareada picha de toro del brigada ¿Sería porque tendría un cimborrio descomunal y a saber qué haría con él a los malhechores? No, no habría de ser tan estúpido como para preguntar el origen de tan extraña palabra. Transcurrido el tiempo aproximado y tras librar un cerro apareció al fin la casona destartalada; reculó la galera hacia el portón, apartó el pedrusco y empelló los maderámenes. La estancia, aunque enrarecida por su apariencia,  ejercía una especie de gran atracción: fuerte olor a condimentos, ristras de ajos trenzadas adornando las paredes  y un tablado agujereado con dos cántaros. Una vez descargadas las orzas y los costales de legumbres sobrantes, movido por la curiosidad, quiso saber qué había detrás de una puerta que desde la estancia comunicaba con el interior de la casa. Al estar cerrada, se agachó hacia el ojo de la cerradura  y pegó un vistazo: más orzas, más costales, cubas goteando vino rojo sobre unos jarros de barro, apilados sobre una gran mesa de madera filones de magro y tocino salados, lomos y jamones colgados de alcayatas,  dos cubas de arenques... El gran vacío de su estómago y el deseo de tan aromáticos olores y sabores le incitaba a no cumplir la advertencia; sin más, echó mano al bolsillo y sacó su navaja de cinco muelles, hundió la hoja en el alma de la cerradura y empezó a girarla con suaves movimientos hasta que oyó cómo se libraba el pestillo; pero...

_¡Me cago hasta en la picha de toro! ¿Es que tienes frío y quieres calentarte...? ¡No te apures que ahí va leña!

Al aguzado, nada más oír aquella voz conocida, le vinieron unos golpes de sangre a las sienes y un sudor frío le corrió la médula de arriba a abajo; no era para menos, el aire ya traía presagios.

¡Zas, zas, zas…! –  recibió tres trallazos sin darle tiempo a incorporarse, uno en la espalda y otro en las corvas.

_¡Ay... ay!

¡Zas, zas, zas, zas, zas, zas!

_¡Ay, ay...! ¡Con qué me da usted, mi Brigada… pare, pare…!

El oficial volvió a la carga y le dio otra serie de seis golpes de vergajo donde mejor le venían; en el último de ellos gritó:

_¡Esto para que te acuerdes del brigada Benavides, el de la picha de toro! Y a la próxima piensa primero antes de husmear. Ahora coge camino largo y que en poco tiempo ni se te vea, que aquí el número, a falta de picha de toro, tiene un zurriago de varas de retama y tendones de cabrón, forrado de badana, que no le lleva fama a mi picha de toro –el vergajo del oficial se lo había regalado un torero amigo suyo y estaba hecho a base de  nervios viriles de toro trenzados–  ¡Pero antes de irte, atiende: no has visto nada, ni sabes ni mu! ¡Y más te vale que este caserón y lo que hay en su interior, cuando aparezca en tu mente, lo borres de por vida, porque de otro modo ten por seguro que lo olvidarás para siempre! ¡Como me llaman el brigada Picha de toro!

El aguzado cumplido de azotes, medio cojeando y baldado de dolor, dio por buena la advertencia y apresuró su retirada:

_¡Vayan ustedes con Dios  y que les siente bien!

_¿Qué hago...? ¿Lo mato, Benavides...? Igual no ha cobrado bastante –incitaba el regordete– ¿Es que ya no hay respeto a la autoridad, que ni a palos se callan estos desgraciados...? ¡A dónde hemos llegado!

_Tiene arrestos el mozo; pero deje, deje, García. Deje que se vaya –mitigó el oficial–, éste cuando vea a un guardia civil lo ha de reverenciar más que a un santo en su pedestal, ¿o tienes pensado emprender acciones contra la justicia, hijo?

_¡Dios me libre! –contestó atemorizado el aguzado– ¡Por mi santa madre, que en buena gloria esté, que de esta boca no sale ni una ofensa hacia ustedes; por estas! Cruzó los dedos pulgar y corazón, se santiguó y juró tres veces. Al salir, ya de espaldas, conforme se alejaba de ellos no dejó de escupir y maldecir por lo bajo hasta que llegó a la galera.

Andado un buen trecho y en vistas a que ni se veía cruce de camino alguno ni casa de postas a la vista,  pensó el aguzado que ya había recorrido lo suficiente como para detenerse a descansar y a meditar un poco lo sucedido y todo lo que le podría suceder si continuaba con la maldita galera y con los dos mulos antes de cumplir su cometido;  se apartó un poco del camino y ocultó la galera en un badén que cruzaba un riachuelo a la sombra de un gran pino, luego se echó a descansar quedando al instante dormido profundamente. Sobre la paja y de cara al cielo le vino un sueño mezclado de pesadilla: un hambre descomunal le acuciaba; las migas ya ni las recordaba, y fue lo último que echó al estómago, y su sardina, tan lozana ella, le venía a la mente junto con un corrusco de pan, duro y grande, mugriento y hermoso. Pero como la imaginación tiene ese poder de sugestión tan grande, de repente le vino la imagen de la casona repleta de todo lo más inimaginable comestible; solo que, junto a tal manjar, aparecían en primer orden las tres muchachas desnudas a su alrededor y, en segundo orden, el oficial y el guardia sonrientes golpeando cariñosamente cada uno las palmas de sus manos con las puntas de los vergajos, y el padre y los tres aldeanos dando brío a los garrotes por encima de sus cabezas. Al final los manjares y las jóvenes desaparecían y quedaban solamente las imágenes del oficial y el guardia bajito con su nerviosa carrera de hormigas hacia arriba y abajo y los cuatro aldeanos con rostros diabólicos a punto de sadudirle una tunda de garrotes. Ante esta última imagen, despertó de un sobresalto y notó cómo se le helaba la sangre con un fuerte comezón de pies a cabeza. Una vez repuesto del mal sueño, al ir a bajar de la galera para aliviar vejiga, notó el golpe de un objeto duro en uno de sus pies; seguidamente escarbó entre la paja hasta descubrir lo que  buscaba y dio con unas alforjas pequeñas de cuero cuidadosamente abrochadas con pasadores dorados. La curiosidad le picaba por lo que decidió abrir los pasadores: nada que llevarse a la boca; pero...

Unos ladridos lejanos le hicieron abortar su curiosidad. Tres siluetas conocidas seguían a los canes buscando no se sabía qué ¿No sería la galera...? ¿Tal vez las pequeñas alforjas de cuero...?, se preguntaba.

_ ¡Allí, Chato! ¡Mira, allí está la galera! Yo sabía que estos perros eran buenos, ¿si no quién nos ha conducido hasta la galera...!

_¡Calla Cortao, y no me tires, eh! Si no hubiera sido por los perros ni hubieran venido los civiles ni llevaríamos medio día buscando el dichoso carro. Ándate a ver si está la mercancía, que tengo un mal pensar.

Como bien pudo comprobar el aguzado, aquéllas siluetas junto a los perros se correspondían con los visitantes del abrevadero. Mal asunto; preciso sería desaparecer del radio de acción y dejarles el carro para aplacarles la sed de venganza que andaban buscando; que de los guardias podrían venir palos, pero de aquellos desalmados, un navajazo mal pegado o un pistoletazo les importaba un pimiento.

El de la cara cortada al llegar a la galera pudo comprobar que gran parte de la mercancía había desaparecido; buscó y rebuscó por donde habían dejado escondidas las alforjas y nada apareció.

_¡Chato, no hay nada que hacer! Ha debido ser el brigada... Él sabía que hoy había paso de mercancía y la ha requisado. Ha dejado, como es su costumbre, la muestra y nada del resto. Las alforjas las habrán encontrado de casualidad.

_Chairas, ayúdale al Cortao a buscar que las alforjas estaban bien amagadas por si se daba el caso ¡Pero ándate con buen ojo, eh!

Mientras ellos buscaban en la galera los dos perros –inexplicablemente aliados otra vez con sus antiguos enemigos–  fueron de cara a unos matorrales pequeños que habían próximos; allí meneando sus rabos con movimientos muy rápidos y alertando con ladridos y pequeños aullidos, mostraban el rastro dejado por el aguzado, el cual se había deslizado como una serpiente de la galera al suelo y se hallaba oculto entre los chaparros.

_¡Chichos...! –gritaba por lo bajo mientras les lanzaba bellotas. Los perros al sentirse agredidos, aún alertaban más aumentando el tono de sus ladridos y aullidos. El de la voz cantante se dirigió de nuevo a sus dos compañeros:

_¡Chairas, Cortao! Id hacia aquellos chaparros y mirar a ver qué huelen los perros. Me da que los desgraciados del abrevadero han salido airosos del encontronazo con el Pichatoro y el Guiños –Guiños era el mote por el que se conocía al número que acompañaba al brigada, motivado por los tics que sufría en escenas de tensión–  y no deben andar muy lejos. ¿Si no cómo se explica que el carro esté aquí abandonado sin muestras de vida por los alrededores de quienes lo han traído? Andad que de ser ellos igual saben de la mercancía que falta y sobre todo de las alforjas.

El de la cara cortada y el bizco  echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia los matorrales. En tanto el aguzado ya no sabía si saltar y salir corriendo o quedarse en la encina a la que se había subido y esperar a que el martirio fuese lo más rápido posible.

_¡Una y no más, Santo Tomás! –con esta frase de ánimo saltó a tierra y echó a correr como un desesperado acosado por los galgos en primera y el de la cara cortada y el bizco en segunda. Este último, en vista a que se escapaba, pues los perros sólo que hacían que ladrar y aullar y no tiraban ni un mordisco, paró de repente, echó mano de la faca cordobesa, la abrió con rapidez y, apuntando no se sabe muy bien con qué ojo, medio mordiéndose la lengua, lanzó su navaja con tan mal atino que fue a clavarse en medio de los omoplatos  del de cara cortada quedando aquél mordiendo el polvo en un gran charco de sangre. El cabecilla al presenciar la escena, en un gesto de venganza hacia su amigo, sacó un pistolón que llevaba oculto en el pecho, apuntó hacia el aguzado y le descerrajó un tiro justo en el momento que aquél pasaba por una gran piedra; rebotó el proyectil en ella y le dio al bizco entremedias de las cejas; allí quedó tendido también entre un gran charco de sangre con un ojo mirando hacia Oriente y el otro hacia Occidente. El aguzado corría y corría sin parar seguido de los perros que cada vez ladraban y aullaban con más encono y a su vez acosado por su cazador chato quien, viendo cómo el huido se perdía, le disparaba mientras corría sin acertarle ni un tiro. Al punto se oyó otro disparo a lo lejos que alcanzó en una pierna al de la nariz chata; cayó aquél al suelo y se refugió como pudo detrás de una roca; dos detonaciones más casi simultáneas arrancaron unas esquirlas de la roca cerca de su cabeza y dieron razones al tiroteado para averiguar que sus enemigos eran dos por lo menos. A lo lejos el aguzado corría y corría mientras oía una lluvia de disparos; como ya ni siquiera los perros le perseguían pensó que habrían recibido algún balazo y que otra de esas balas iba a mandarlo rápidamente al otro mundo –no fue así, los canes, hartos de correr sin que nadie los azuzara en el acoso de su presa, dieron la batida por concluida y se perdieron en la campiña–. Hincó  las rodillas en tierra y entrelazó los dedos de sus manos, las cerró como un puño a la altura de su frente y sin más se encomendó al Altísimo:

_¡Líbrame, Señor, de esta pesadilla y allá va esta alma en pena para recibir tu perdón! ¡Líbrame, Señor, de todo mal y ...!

_¡Eh, Barona! –alertó una voz conocida– ¿Qué haces ahí clavado de rodillas?

_¡Rojo, échate al suelo, que vienen dándome de tiros más que a un pato en una charca! Hasta han matado a los perros que me seguían...

¡Qué dices de tiros! Son los civiles que la han emprendido con ese chato mala folla. Pero álzate y vamos, que nos espera el ciego cerca y aquí nada bueno se percibe por estos andurriales.

_¿Entonces los tiros no iban para mí?

_ ¡Que no! Ten por seguro que Dios ha oído tus plegarias y aún consiente –no sé por qué–  que sigas disfrutando de la vida.

Reunidos de nuevo nuestros tres protagonistas se alejaron camino abajo con un ruido de fondo lejano motivado por el intercambio de disparos.

_A saber como acaban esos –comentó el descalabrado.

_Por mí se podrían liquidar los tres –intervino el aguzado– , que de los dos que me han dado sus señas y del otro que también quería dármelas, por mucho que me escriban no he de venirme a contestarles. Y si me entero de sus muertes... velas no han de faltarles; pero con un conjuro para que ardan los tres en el infierno ¡Así se maten a tiro limpio!

El ciego que notó por el tono de voz el enojo de su amigo quiso amortiguar su aflicción y dijo:

_ Me viene a la memoria la fábula de un perro que en cierto modo se asemeja a la causa que has vivido.        

_Pues cuéntala, ya puestos...

El ciego tras una pausa alargada recitó:

“Husmeaba un chucho lugareño
con su hocico en un cubo
que colgaba de una rama.

Ante el ímpetu de su hambruna
quiso su mala fortuna
que se aflojara la soga
por el cual se sujetaba.

Del recipiente caído
cascarones, mondaduras y otros ruines
quedaron esparcidos.

¡Qué hermosura, aquí un hueso...! - pensaría el can -.
No era tal.
¡Suerte mía, un mendrugo de pan duro...! - se diría -.
Error fatal

Cuando se dio por vencido

recibió desprevenido un estacazo en el lumbar.

Ya no iría de vacío;
mitad ladrido, mitad aullido,
se quejaba dolorido:
¡Mundo can!

_¡Y eso va conmigo…! –dijo el aguzado con aires portentosos–. Pues te equivocas de nuevo, amigo –continuó–; ya que el perro de tu fábula, que es de suponer sea yo, recibe palos por miserias, en cambio yo de los vergajos recibidos he conseguido estas alforjas. Y me da que han de guardar algo de mucha estima, que esos tipos mezquinos ponían mucho celo en conseguirlas.

Se trataba de unas pequeñas alforjas de tela fuerte, repujadas de cuero y metal y decoradas con remaches de plata. El descalabrado al verlas intuyó que debían llevar algo de valor y acució a su compañero:

_Pues no nos impacientes y ábrelas de una vez.

Al quitar los pasadores de las alforjas aparecieron en cada uno de los bolsillos unos saquitos que al tacto parecían legumbres. El aguzado pasó uno de ellos al ciego y le dijo:

_Compadre, como tienes muy fino el sentido del tacto, ¿qué crees que puede haber en estas pequeñas bolsas…? Ya es extraño que garbanzos o lentejas vayan en carteras de valores, ¿no crees?

El ciego tanteó el saquito y  tras manosearlo un poco determinó:

_O mucho me equivoco o tus sospechas son infundadas, Barona. Lo más que hay aquí son garbanzos, habichuelas y puede que lentejas. Espera, espera –añadió–, aquí parece que hay algo que no cuadra con el resto.

El aguzado apremió al ciego diciendo:

_Amigo, abre esos saquitos, que hasta que mis ojos no vean las legumbres o lo que quiera que sea no voy a quedar en paz.

_¿Y si fueran habichuelas mágicas? – dijo el descalabrado desquiciando a sus compañeros.

El aguzado sumido en un nerviosismo de impaciencia le devolvió en voz alta:

_¡Tiñas! ¡El potorro de tu hermana! Ese si que es mágico, y además con imán, que atrae a los paletos de tu pueblo como  a moscas.

El descalabrado ofendido en la rama familiar, respondió a la injuria profiriendo:

_¡Me cago hasta en la primera leche que mamaste, Barona! ¡Cómo  puede hablar de fulanas quien ni a su padre conoce!

De nuevo el ciego al ver que arreciaba otra tormenta dialéctica entre sus dos compañeros, trató de amortiguar los ánimos.

_¡Eh, par de dos! El día que dejéis de pelearos como mocosos juro que os invito a tres jarras de vino en la taberna; pero eso a buen seguro que ni lo verán mis ojos –¡Dios, qué digo!–, ni lo saborearán mis labios ¡Señor, qué cruz, Señor...!

Diciendo esto, abrió uno de los costalillos y desparramó un puñado de judías; al tantear de nuevo el costalillo, le llamó la atención el tacto de algo aplanado y semiduro; lo vació encima de las judías y alertó a sus compañeros:

_¡Barona! ¡Tiñas! Mirar a ver que es esto.

Tanto el aguzado como el descalabrado, alejados en su disputa, se encaminaron apresuradamente hacia el ciego.

_¿Qué has encontrado en las taleguillas? –preguntó con ansia el aguzado.

_¿Para qué creéis que os he llamado, Trifurcas? ¡Todo lo arregláis regañando y ensuciando a vuestras familias! ¡Daos de palos de una vez a ver si así os quedáis ya tranquilos! Decidme,  ¿qué es esto plano que ha salido del saquito de alubias, por el tacto el exterior parece piel curtida y el interior monedas o medallas, no?

El aguzado cogió un pedazo de piel curtida que iba atado con unos cordones, lo desató y al ver lo que había en el interior se dirigió al ciego con voz de asombro:

_¡Amigo, son luises de oro de nuestra vecina francesa!


_¡A ver, a ver! –dijo el descalabrado metiéndose entre los dos– ¡Fuiiuu...! Nunca había visto monedas de oro; qué brillo y qué hermosura... ¿Y no habrán más en las otras taleguillas?

_Compadre, déjame ver –dijo el aguzado quitando de un tirón uno de los saquitos que había agarrado el descalabrado y cogiendo el otro que estaba próximo al ciego. A continuación cogió una piedra cortante y lanzó dos cortes a la panza de los saquitos; alubias y lentejas por doquier quedaron desparramadas y junto a ellas también aparecieron dos piezas más de cuero bien atadas.

_¡Abre, abre, Barona!  – apremiaba el descalabrado.

_¿Es que hay más? –apresuraba también el ciego.

_¡Soy rico, soy rico...! –gritaba entusiasmado el aguzado al descubrir más monedas de oro.

_¡Ehhhh, para, para! ¡Rápido has roto relaciones! Ya he oído yo decir un dicho que dice que “cuando el pobre se haga rico, no le pidas ni el borrico”. Escaso de carnes soy y fuerzas tengo las que Dios me ha dado; pero muerto salgo o muerto sales tú si no compartes estas monedas con el compadre y conmigo, que ya se merece entrar en  la asociación después de tantas desgracias juntas y de sólo esta gracia que pretendes quitarnos.

El aguzado al verse encerrado en su propia usura arremetió contra sus críticos no sin antes maldecir desde su interior:

_¡Me tomáis por un mal compadre...! ¿Pensabais que iba a quedarme todas estas monedas y no iba a repartirlas? ¡Mal me conoces, Felipe; y ya ha llovido!

_Pues yo desde que te conozco –intermedió el ciego– no he visto llover, salvo pedradas y estacazos, ni gota de agua; y por la euforia de tus palabras no parece que estabas muy allá en lo de repartir los luises. Pero me alegra que al fin salga algo de tu lado bueno y demos por zanjado el asunto; contemos las monedas, hagamos tres partes y allá cada cual con su riquez...

El descalabrado oía los razonamientos que  daba el ciego a su otro compañero y todo era  asentir con la cabeza; sin dejarle acabar la explicación sentenció:

_¡Justo y cabal...! Cuenta tú, amigo –prosiguió–, que éste, aparte de saber sumar sólo lo justo, a la hora de dividir no sabe de otro número que no sea  el uno.

_¡Ya me pisas la raya, Tiñas! –inquirió el aguzado.

El ciego inició la cuenta y aquéllos dejaron sus diferencias a un lado; después de contadas las monedas sumaban cien luises. Como en el reparto dos habían de quedarse con una moneda de menos, el ciego anticipándose a la fórmula más común argumentó:

_Tocamos a treinta y tres monedas y sobra una; echarlo a cara y cruz no sería justo porque el que pierda la primera vez no estará conforme y querrá jugársela con el que aún no haya participado; este último, a su vez, querrá hacer lo propio con el siguiente y  así sucesivamente, lo cual se cerrará en un círculo vicioso. Aparte, y sin que desconfíe de vosotros dos, ¿cómo sabré el lado de la moneda que ha salido?

_Tú lo has dicho –dijo el aguzado–, si realmente confiaras no habría de preocuparte qué lado de la moneda sale, pues de acertar ha de ser tuya. Yo no veo otra solución más rápida: primero juegas tú con el Rojo, luego el que acierte conmigo y resuelto el caso.

_¡Claro! –inmiscuyó el descalabrado–, así siempre hay uno que juega dos veces y dos que juegan sólo una. No hay trato.

_¡Pero so pedazo de pollino! Qué más dará que él o tú juguéis una sola vez y yo dos si luego perdéis conmigo.

_¡Hombre...! ¿Aún no hemos jugado y ya te haces ganado? ¡Que no hay trato digo!

_Pues ya encontraréis la forma –sentenció el aguzado–, tú y éste desconfiado, que de no ser por el garrote de su tío más que de peón de herrería lo haría yo de recaudador de haciendas; seguro que ni uno se le escapaba.

El ciego sonrió y un destello de sol se reflejó sobre su pala de oro. En vista del éxito de su primer argumento pensó que quizá en un segundo tendría la misma fortuna; de todas formas nada perdía.

_Echémoslo a pajas –dijo–. El que saque la paja más larga se queda la moneda.

El aguzado y el descalabrado dieron su conformidad. Así las cosas, tanteaba el ciego a su alrededor y no encontraba lo que buscaba.

_Amigo –dijo el aguzado–, si buscas pajas ya te has saltado casi un haz; el camino está lleno de ellas.

_Pues no, no son pajas sino un sarmiento, que las pajas quiebran muy rápido y podrían dar lugar a confusión, en cambio los sarmientos no.

El descalabrado se dirigió con rapidez a una viña cercana, arrancó un sarmiento y se lo llevó al ciego. Éste al tantearlo lo rompió en cuatro trozos ocultando la operación dentro de un bolsillo de sus alforjas tomando como referencia el dedo meñique para tres trozos y el dedo corazón para el otro. Seguidamente sacó tres de ellos ocultos por el puño dejando  asomar sólo las puntas.

_¿Quién saca primero? –preguntó.

_Yo mismo –dijo el descalabrado. Tiró de uno de los palos y le salió corto.

A continuación cuando ya iba a sacar el otro palo el aguzado, al ciego le vino un amago de estornudo.

_¡Atttt... saca, saca...!


Tiró aquél de otro de los palos apremiado por el principio de estornudo y también le salió corto.

_¡Chús...!  –estornudó el ciego llevándose puño y manga hacia la nariz.


¡Jesús! –repitieron sus compañeros a una.

_¡Gracias, amigos! –agradeció mientras abría el puño y mostraba el palo largo. Como veis la suerte se ha aliado conmigo; venga ese luis –dijo alargando la mano.

No estaba tan aliada la suerte con el ciego; al alargar la mano la punta de otro sarmiento corto , cambiado con arte malabar por el largo, asomó con descaro por la bocamanga.

_¡Vaya, vaya! –dijo sarcástico el aguzado–.  De manera que te viene de repente un golpe de tos y este ceporro y yo nos tragamos lo del sarmiento corto.

_¿Qué sarmiento? –contestó el ciego viniéndole una subida roja a la cara al notar la punta del sarmiento en un giro de su muñeca.

_¡Atttt... chús! –estornudó de nuevo volviendo a llevarse el puño y la manga hacia la nariz; solo que aprovechando el gesto, esta vez salió impulsado el palito por el aire.


El descalabrado al ver el trozo de sarmiento por el aire lo localizó y fue a recogerlo; una vez en la mano comprobó que era también corto. Sin más se dirigió hacia donde estaban las monedas, cogió uno de los luises y lo lanzó con fuerza hacia un barranco.

_Se ha acabado el problema, ahora todos tenemos las mismas monedas –dijo–. Pero en adelante ya me andaré  fino contigo en un quítame ya esas pajas.

_Suerte has tenido en tu solución salomónica, Rojo, que ya la moneda va a ser difícil de encontrarla y el buen entendimiento de los tres se precisa para gastar estos luises en grandes bienes. Hasta ahora la asociación, como bien ha dicho el compadre, sólo nos ha traído desgracias; no hace ni un momento que somos ricos y yo he querido apoderarme de todas las monedas y éste ha tratado de timarnos con un truco malabar ¿Acaso el ser ricos ha cambiado nuestra suerte? Tal vez la sociedad habríamos de romperla en este momento y que Dios reparta suerte a cada cual. Igual te viene otra vena y en un altercado entre éste y yo nos tiras las monedas a un río.

_¿Tanto poder tiene la riqueza hasta el punto de arruinar una buena amistad por unas malditas monedas de oro? –repuso el descalabrado.

_Amigos –dijo el ciego–, creo que el Rojo no anda desencaminado; ya sé que he obrado mal y la culpa la han tenido estos luises diabólicos. Truncar una buena relación por un abuso de riqueza no merece en absoluto la pena. Si les damos todos los luises a la Iglesia  ella sabrá gastarlos en obras de gracia con favores a los más necesitados.

_¡Ah, no...! –alertó el aguzado–. A este lerdo le he consentido tirar el luis porque no he podido remediarlo sujetándole el brazo, pero al primero que vea que echa mano a mis monedas le va su vida o mi vida en ello. Bien conozco yo las gracias de la Iglesia... Santa  Rita, Rita... Ahí os quedáis que un servidor a partir de este momento, rompe la sociedad del santo ripio y el santo garrote y se va a embarcar en nuevas empresas. Igual me voy hasta América. Allí dicen que por cuatro perras compras lo que aquí el terreno de un pueblo.

_Buen viaje lleves, Barona –dijo el descalabrado–, y cuando llegues no mandes correos, que de la sociedad que bien has mentado, muchas de las acciones han sido por culpa de tu gestión directa, que en rotos y berenjenales te llevas la palma.

El aguzado sin mediar ni una palabra más cogió sus luises, dio la espalda a sus ex-compadres y se despidió con sequedad:

_¡Con Dios!

_¡Y tú con Él!

Como el aguzado tiró para el sur, el descalabrado y el ciego tomaron la ruta del norte. Después de intensa caminata vieron a lo lejos una venta, lo que les recordó que ya hacía muchas horas que los estómagos estaban vacíos y que por gastarse unos cuartos en llenarlos antes de llevar a cabo sus acciones de gracia no le iba a molestar mucho al de Arriba. Así pues, una vez en el local se sentaron y esperaron a alguien que les atendiera. Al punto apareció una moza guapa y templada que llevaba recogidos sus largos cabellos negros con un pañuelo, dejando libre una gran trenza que le llegaba hasta la cintura.

_¡Lleváis perras! – preguntó la joven al verles la pinta.

_Hasta hartarnos – respondió el ciego.

_Y a ti también si quieres, templada –dijo el descalabrado con mirada lujuriosa.

_Muchas tendrías que tener para que tu compañía me fuera grata –repuso la moza–, que de los pocos agraciados que han pasado por aquí, juro que no recuerdo sus caras; pero de la tuya, estoy por decir que no se me borrará en la vida, guapo.

El descalabrado mientras sonreía hurgó en uno de sus bolsillos, tanteó una moneda y se la enseñó a la muchacha.

_Hay bastante –dijo mostrándole un luis de oro.

_De sobra  –repuso la ventera abriendo los ojos como una lechuza–.Con ese presente hay para comer, dormir y más que quisierais. Para comer y beber hay judías, pan y vino; para dormir hay dos o tres camas vacías; para la compañía..., las que prefiráis, aunque si os merece bien podría ser la mía. Es lo que hay, lo tomáis o lo dejáis, aunque en diez leguas no hay nada  a la redonda  que remedie al caminante del hambre ni del descanso bajo techo. Vuelvo en un rato y así tenéis tiempo para pensar qué hacéis.

Dicho esto dio media vuelta y se marchó con un cimbreo de caderas que volvió loco al descalabrado.

_Compadre –dijo éste dirigiéndose a su compañero–, hoy ha de ser el día  en que me infle de comer, de holgar con esta moza, que está de padre y muy señor mío y, a la fin, de dar con mis huesos en un jergón que no sea paja de era o manto de yerba ¡Aunque pase de rico a pobre en una sola noche!

El ciego dio un chasquido y expuso también sus argumentos.

_Pues a tal empresa me apunto gustoso, que no sé yo qué es peor, si el hambre de continuo, la falta de descanso en lugar tranquilo y reposado o una buena costalada con moza templada como ha de ser ésta...

_Hombre –interrumpió el descalabrado–, una buena suelta de vientre también es primicia.

_Y que lo digas –siguió el ciego sonriendo–. Pues de lo comentado, creo haber oído decir por ahí que los cuartos a los pobres no les quitan las desgracias, sino que las aumentan; cuando llegan a oídos de timadores y asaltantes de caminos, lo mismo les dan de palos y los desvalijan que les tiran un navajazo mal pegado y los envían a criar malvas.

_Sabes que te digo –dijo el descalabrado con voz de ánimo–, que a lo hecho pecho; en cuanto venga la ventera le estoy pidiendo una mesa repleta de platos de alubias bien acompañadas de pan y bien regadas con jarras de vino, y si está por la labor, que venga a darse conmigo un buen revolcón a uno de esos cuartos.

_Tal como lo pintas poco vas a disfrutar del descanso, y menos aún del sueño –dijo el ciego.

_¿No dice un dicho que el que mucho duerme poco vive? –agregó su compañero– ¿Y si me doy al sueño y mañana un mal nacido me saca las entrañas en un asalto de caminos? ¿No tendré tiempo para descansar largo y sereno...?

El ciego ante tales razonamientos abrevió el diálogo y dijo:

_Rojo, ya perdemos tiempo. Dile a la ventera que venga y hágase tu voluntad... y la mía que, como buen compadre, creo merecerme tus mismos favores.

_Amigo –atajó el descalabrado–, en la mesa somos socios pero en la cama, por grande que sea, sólo van a estar aquí el presente y la mujer si se deja.

_Pues ya puedes buscar a otra que supla su falta  –añadió el ciego–, que yo no me voy de esta venta sin que el basto pique a una sota.

La ventera que al ver el luis mostrado por el descalabrado no podía quitar de su mente la imagen áurea real, volvió al instante con dos jarras de vino para servir a los recién llegados.

_Enseguida os traigo esas alubias, y aquí está ya el vino.

_Al parecer, buena moza –dijo el descalabrado–, das por sentado que no aventuramos ni éste ni yo el buscar otra venta  en donde aplacar nuestro apetito o en donde dejar reposar a nuestros magullados huesos. La premura del vino en la mesa así lo demuestra.

La ventera mesó los cabellos a la altura de sus sienes, introdujo el dedo corazón entre el pañuelo y rascándose con delicadeza femenina en la cabeza expuso:

_¿Y acaso no os place el servicio, que aun sin pedir ya tenéis casi la mesa puesta? ¿Preferís quizá otro lugar más lejos en el que un gordo y patilludo ventero guisa gato por liebre y almortas por lentejas...?

_Mujer...  –repuso el descalabrado– con tales argumentos muy mal habrías de tratarnos para cambiar. Lléganos esas alubias y no se hable más.

Después de comerse cada uno de nuestros comensales dos platos de alubias con su pan y sus cuatro jarras de vino, les vino a ambos una modorra que les hacía imposible mantener el equilibrio.

_Rojo –dijo el ciego–. Tanto hacía que mi sangre no cataba el vino en condiciones que llevo dos mareos seguidos y miedo tengo de no dar en el suelo con todo mi cuerpo.

_Y que lo digas, compadre, yo aguanto porque me agarro a la barandilla; pero como no nos den rápido el catre, juro que ni un colchón de cardos borriqueros me para el sueño.

El ciego, oídas propias y ajenas versiones, pensó que o llamaban a la ventera para que les dijera el lugar en el que dormir o en breve echarían sus huesos a la calle el dueño de la venta y una retahíla de arrieros que coincidían allí. La ventera, que no les quitaba ojo de encima, se acercó a ellos y les apremió a subir a la cámara. Allí les indicó un cuarto en el que sólo había un camastro. Como quiera que ambos ni se enteraban, se echaron sobre el jergón tapando con sus cuerpos las bolsas con las monedas de oro y al instante sus ronquidos atronaban en toda la planta superior.

El gallo cantaba como un desesperado al despuntar el sol y los dos compadres seguían dormidos como troncos. La ventera tenía su habitación al lado de la de ellos y ésta se comunicaba con la otra habitación mediante una puerta de un solo pestillo, para que sólo ella pudiera abrirla. Abrió la puerta comunicada con violencia y se acercó hacia los durmientes gritando:

_¡Arriba que son las seis!

_¡Eh...! ¿Qué pasa con tanto alboroto? –refunfuñó el ciego levantándose de la cama de un sobresalto y con un enorme dolor de cabeza– ¿Acaso no hemos pagado este cuarto maloliente durante toda la noche?

_Tú lo has dicho, la noche –repuso la moza–, y eso quiere decir que si ya es de día el que quiera seguir durmiendo tendrá que pagar otra noche.

_¡Muchacha! –intervino el descalabrado incorporándose en la cama y restregándose los ojos–, si son las perras las que te preocupan, aquí el compadre y yo tenemos las suficientes como para comprar esta venta y a ti incluida si te precia, que a sirviente hermosa no habrá en mucho terreno quien te iguale. A gusto estamos y más a gusto estaríamos si tu compañía nos diese ese capricho que anoche insinuaste y que por exceso de vino y cansancio hubimos de  dejar para otro momento. El lugar parece ideal, el momento, ahora, el justo; tú mandas.

_Si el bolsillo es tan largo como tu lengua quienes mandáis sois vosotros. La faena se amontona pero haré de cazos pucheros y tiempo habrá para atenderla. ¿Cuánto vais a pagar?

_Un luis de oro –respondió el descalabrado.

_¡Cada uno!

_¡Eh... eh...! ¡Aguanta, aguanta! –intervino el ciego–. Que nos veas cara de salidos no quiere decir que ya lo des por hecho. Un luis por los dos y ya estás pagada de más

_¡Hecho...!  –repuso la moza–. Pero nada de uno en uno, con los dos aquí y ahora; que hay mas casos que atender y apremian.

_¡Espera, espera, amigo! –interfirió el descalabrado– ¿Que yo me quede en cueros contigo y con ésta y luego nos demos todos al polvazo limpio? Me da que sí tienes algo de maricón... ¿No serás tú el Boñigas?

La joven ante la falta de decisión de uno y otro apresuró el tiempo y dijo:

_¡Ea, yo me voy! No estoy para perder el tiempo en discusiones ajenas; abajo está el ventero, pagarle cena y cama y con Dios.

_¡Eh, airosa, aguanta un poco! –dijo el descalabrado pensando que se le iba la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando y que quizá otro tanto más tardaría en llegar; en estas vistas concluyó:

_Trato hecho, los tres juntos... pero no revueltos.

_Para que no haya desventaja –dijo el ciego–, los cantos del gallo apuntan a la claridad del amanecer; propongo cerrar los batientes de la ventana y así repartiremos el pastel en igualdad de oportunidades.

La mujer, que cada vez que veía al descalabrado le era casi imposible soportar la mirada obscena con la que era correspondida, se anticipó al mismo y dijo con rapidez:

_¡Justo! Pero antes desvistámonos, que a oscuras no sé si podré desabrocharme el corsé.

_¡Sí, sí...! Todos en cueros –apremiaba el descalabrado; el muy truhán ya estaba en calzones.

Inició la muchacha la suelta de carnes y al descalabrado le vino una subida en el calzón, y a medida que aparecía un muslo o que caía una trenza del corsé, le iba un bulto del ombligo a la ingle y viceversa.

La joven al ver lo que le venía encima dijo:

_¡Un momento, esperar! Voy a por los aros o si no os vais a joder con quien yo os diga.

Se medio vistió de nuevo y desapareció  por la puerta comunicada.

_¿Y eso? –preguntó el ciego.

_A saber –respondió el descalabrado eludiendo la respuesta.

Al instante apareció la ventera con unos aros de madera y se los dio al descalabrado.

_Póntelos –le dijo.

_¿Qué...! –preguntó aquél como si no fuera con él.

_¡Que nos pongamos qué...! –entrometió el ciego.

_Ésta –dijo el descalabrado–, que quiere que me ponga unos aros en ya sabes donde.

_¡Chorraaaa...! Ha de ser bestial para llegar a ese extremo –exclamó el ciego.

Cumplidas  peticiones y cerradas las ventanas, la fiesta se inició entre risas y jolgorio. Hizo presa el ciego en una nalga y por el tacto suave le pareció de su agrado, subió despacio más hacia arriba y ya el ánimo le desorbitaba; directo al grano, el choque con algo que no quería ni imaginarse lo que era, le bajó las ansias de un golpe y soltó como un resorte a su presa.

_¡Leches, Tiñas...! No pierdes baza.

_ ¿Y qué... quieres... –respondió el descalabrado enfrascado en la faena–,  que... me ponga a... la cola...?

Ni corto ni perezoso, tanteó el ciego el espacio y de un salto se colocó sobre la espalda de su compañero.

_¡Desgraciado...! ¡Qué haces...! –gritaba aquél al sentir lo que oprimía sus posaderas.

_Ponerme a la cola, eso hago –dijo el ciego dando una fuerte risotada.

_¡Santo inmaculado, por el culo aún no me han dado! –Con estas palabras echó el descalabrado hacia atrás tirando al ciego a tierra, cogió la ropa que pudo agarrar a oscuras y salió del cuarto pegando un portazo. Pasados bastantes cantes más de gallo se abrió la puerta y apareció el ciego con el turbante caído a un lado dando un traspiés, agarrado al quicio de la puerta sin soltarla y con una cara de pasmado a todas luces.

_Maestro, buena ha sido la corrida –le dijo el descalabrado con voz de enfado.

_Tres suertes,  tres estocadas… y sin banderillas… ¡Qué leona!  –respondió el ciego riendo.

_Las banderillas me las querías clavar a mí... suerte  que he burlado el pitón.

_Para suerte la mía, que si no llega a ser por el intento aún estarías tú picando y yo a la cola del morlaco. Ya te dije, pichón, que lo mío son las hembras. Seguro puedes estar que si hubieras continuado en la faena aún seguirías con tu trasero inmaculado; aunque yo por el contrario hubiera tenido que seguir con el voto de castidad hasta otra buena nueva.

_No las tengo todas conmigo –repuso el descalabrado–, que he de vigilar en adelante bien mis espaldas. Ah, y nada de a oscuras; para ti la noche es como al zorro las gallinas.

Al punto salió la moza vestida, impecable, como si nada.

_Muy fresca te hago, hermosa –aduló el descalabrado– ¿Es que no te ha dado éste lo que yo te guardaba?

_Guapo –respondió la sirvienta–. Aquí tu compadre, donde lo ves, con su carga de años, me ha dado tres ratos tan buenos que no los igualan ni diez altaneros como tú juntos; que mucho presumís de percha y a la hora de la verdad se os queda engarruchada, como la cuerda del pozo cuando ya ha sacado el agua. Venga ese luis, que la faena apremia... Y con Dios.

Al recibir la moneda lanzada por el descalabrado, la joven les dio la espalda y se marchó con su vivo contoneo a otros menesteres.

_Amigo –agregó el sufridor del fiasco–, paga tú la cena y la posada y con esas en paz.

_Bueno se hace el trato –respondió el ciego–. Una vez comidos, bebidos, descansados y holgado el que pudo, ambos compañeros tiraron loma abajo y loma arriba sin saber muy bien ni dónde estaban ni a dónde iban; a lo mejor para Castilla, tal vez  a Extremadura, igual a Andalucía…

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17-Dic-2018

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