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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO IV

OBRAS DE GRACIA

_Digo yo, Rojo, que estoy pensando si no sería mejor invertir las perras en obras de gracia en lugar de dárselas a la Iglesia. Me  viene a la cabeza un día que de pequeño fuimos  al pueblo a comprar para el mes. Había ido, no sé por qué motivo, el obispo a oficiar misa, y mi padre, que no creía ni en la madre que lo parió, aquel día tuvo que confesarse porque si no la vieja que nos abastecía de harina y otras cosas de comer no le fiaba el mes. Cuando el buen hombre fue a comerse la hostia le vio un pedrusco en el dedo a su ilustrísima, que muchos años sin fiar de aquella abuela beata nos hubieran librado de tenerlo en su poder. De no ser por los civiles, que siempre están en misa y parece sean monaguillos en lugar de representantes del orden público, estoy por decir que mi padre le habría tirado bocado. Es curioso, desde entonces no he pisado una iglesia por dentro.

El descalabrado dio una patada a una raíz que sobresalía de la linde central que dejan las rodadas de los carros y dando un traspiés cayó al suelo.

_¡Seré animal...!

_¡Rojo! ¿Qué te ha pasado?

_Nada, que he confundido  a una raíz seca por una rama caída y he ido al suelo. Seguro que es castigo de Dios por oír las barbaridades que cuentas de ti y de tu padre.

Dio la casualidad que no lejos de allí venía un zagal muy joven en lo alto de un burro, en sentido contrario y llorando más que una Macarena. El descalabrado, una vez incorporado, se sacudía el polvo de la ropa con vivos restregones conforme se aproximaba; al ver la tristeza del joven le preguntó:

_Zagal, ¿a qué vienen esos lloros?

El joven sin levantar la cabeza no respondió y aún lloraba con más encono.

_¡Venga, venga, rey...! Pareces un Boabdil recién quitada Granada.

_Que me importarán... mucho a... mí... las granadas –gritaba de rabia el zagal entre sollozos–. El carro... y... el caballo... es lo que... me importa, la... carga para... el caso me da... igual... Cuando se entere... mi padre...

El descalabrado estaba más confundido que un cura en la Meca. Quiso  averiguar más sobre la aflicción del muchacho y le volvió a preguntar:

_¿Quieres decir que te han robado un carro y un caballo?

_ Si señores, y la carga... de granadas que transportaba... Y... aún han tenido... consideración... y me han... dejado el burro... para volver a... casa.

Se produjo un silencio y el descalabrado inició un proceso de ordenación de datos en su cabeza: los Reyes Católicos por un lado junto a los ladrones, el zagal con Boabdil el Chico por otro y la carga de granadas con Granada por último; también era casualidad que una frase hecha estuviera tan unida en matrimonios. Una vez comprendido el caso pasó a decirle al zagal:

_ Pues que no te preocupen las pérdidas, muchacho, ¡para las malas ocasiones aquí están mis cojones! Compadre –dijo dirigiéndose alciego–, ¿te hace que emprendamos las obras de gracia con el chico?

El ciego después de oír versiones también logró averiguar el entramado dialéctico entre su compañero y el muchacho; como quiera que en la resolución del descalabrado sobraban arrestos, vino a decirle:

_Ante tamaña ofensiva tu guerra está asegurada y la mía perdida. Pacta tú la rendición.

_ Menos chuflas, compañero; di si estás o no de acuerdo.

_ ¡Pues claro...! Ya dirás cómo arreglamos esto.

_ A ver, muchacho –se dirigió al chico–, ¿cuánto crees que le habrán costado a tu padre el carro y el caballo?

El muchacho que estaba un poco sorprendido por aquel encontronazo absurdo, paró de llorar en seco y respondió:

_Mire usted, tengo entendido que el macho le costó cincuenta duros, y el carro tres veces más... lo que da...

_Maximiliano, echa cuentas; tú que le das al poema, como hombre ilustrado sabrás cuánto da.

El ciego entre murmullos inició la cuenta:

_Cinquenta más enta da enta... A diez luises cada uno.

_¡Leches! –dijo el descalabrado–  Yo sé poco de cuentas pero diez luises cada uno suman veinte piezas de oro. A este paso pocos milagros vamos a hacer.

_¡Y qué quieres! –argumentó el ciego–. Tú has iniciado el arreglo. Además, así te ganas más el Cielo.

_Si después de tantas desgracias no tengo el Cielo asegurado, cambio de palo y me doy a la mala vida, que en esas con cuatro maldades ya tiene uno asegurada  plaza ¡Ea! Vengan esos diez luises, démoselos junto a los míos al zagal y aquí paz y después gloria.

_Ahí van –dijo el ciego mientras le entregaba los diez luises de oro.

El muchacho al ver tantas monedas de oro juntas, abrió los ojos como un búho y deshaciéndose en halagos les decía:

_¡Dios les tenga en cuenta! ¡Que Dios les guarde de por siempre! ¡Dios les...!

_¡Bueno, bueno!  dijo el descalabrado–. Deja de nombrar a Dios, que vas a desgastarle el nombre.

_Es que no sé cómo agradecerles –continuó el zagal–. Cuando mi padre vea el trato que he hecho con la venta del carro y el macho, está por ver si no me nombra heredero del chozo y de la viña; y eso que somos doce hermanos y yo soy el que hace once.

_Pues ¡hala!, corre y no pierdas tiempo, no sea que vengan otra vez esos desalmados  y arruinen tu buena suerte.

El zagal atizó al burro y salió al trote borrico como un desesperado sin volver la vista atrás: que un arrepentimiento al bote pronto lo tiene hasta el más tonto.

Una vez alejado dijo el ciego a su compañero:

_Parece que hayas quedado mudo.

_Pues a ti labia no es que te sobre precisamente –respondió aquél.

_Es que venía pensando si no habremos sido anchos de manga en el favor del muchacho.

_Ya que lo dices yo iba pensando en lo mismo.

_Pues en adelante habrá que enjuiciar bien si no queremos tener posteriores remordimientos.

Siguieron caminando en silencio durante otro buen rato hasta que el ciego prorrumpió de nuevo y dijo:

_Mira, Rojo, yo no sigo en esta cruzada.

_¿Que tú qué...?  –dijo el descalabrado entre asombrado y perplejo por la actitud repentina de su compañero.

_ Que no sigo con lo de dar perras así como así. Me da que el zagal va a ir predicando nuestra buena acción y ya me veo como el Redentor, seguido de cientos y cientos de feligreses pidiéndome bonitos por sardinas y pavos por gallinas; y el rey de Francia no sé que haría en su patria, pero por su cara bonita  –que Dios la conserve por mucho tiempo en mi bolsillo–, un servidor no hace más el paria. En adelante me daré a la gran vida , que para eso han inventado el dinero los ricos.

_Allá cada cuál con su conciencia –se lamentó el descalabrado–; pero ten en cuenta ese dicho que dice que “el dinero no hace la felicidad”.

_Sí, sí, allá cada cuál –contestó el ciego–; pero puestos a tener puntos en cuenta, cuando cuentes no dividas entre dos.

Camino de frente y a buen paso continuaron ruta el hacia el ocaso.

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17-Dic-2018

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