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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO V


EL TENTADERO

Llevaban los dos caminantes alrededor de una hora de ruta desde que perdieron de vista al chico del burro cuando al librar una loma apareció un hermoso valle espacioso y repleto de infinidad de coloridos. Hileras de sauces y olmos entre curvas y recurvas discurrían a lo largo del valle e intuían el lecho de un río. Gorjeos infinitos, croar de ranas, aleteos de ánades... Todo un acopio de naturaleza se daba cita en aquel pedazo del mundo.

_Lástima que no puedas ver esto, amigo –comentó el descalabrado–. La vista es ideal.

_Sólo con oírlo ya me hago a la idea –repuso su compañero.

¡Muuuu!

_¡Leches! –alertó el ciego– ¡Eso es un toro!

_Más vale que sea un becerro –dijo el descalabrado–, que aquí las defensas no es que sobren precisamente: o de cabeza al río o la estatua de piedra. Yo nadar sé bien poco y lo de la estatua ya lo probé en cierta ocasión y me dio de revolcones otro toro hasta que se hinchó; y el mamón del Barona, que fue quien me dijo que me estuviera quieto porque así el toro no arremetía, aún lo veo a mi quite trepando como un gato salvaje a lo más alto de un pino. Tuve suerte que el morlaco tuviera los cuernos aserrados; y aún así, guardo recuerdos de los restregones que me dio en el suelo y de la quebradura de los dos dientes principales que me fueron del golpe con una piedra.

_Pues ya dirás qué hacemos, por el mugido no ha de andar muy lejos y me da que de becerro tiene bien poco.

Dicho esto se encaró a lo lejos hacia ellos un bicho de estos que ni los bravos maestros quieren que les caiga en suertes. Tenía la bestia dos astas curvadas hacia el infinito con las puntas finas de naturaleza que  parecían limadas por el mismísimo diablo. Paró el astado a mitad de camino y se puso a patalear y a restregar la tierra en tanto que emitía unos bufidos y mugidos  de espanto.

_Amigo –alertó el descalabrado–, no sé qué será peor si morir ahogado o corneado; pero a la vista de lo que nos va a venir encima, aún veo poca agua en el río para bebérmela toda. Tú si quieres hazte la estatua, con suerte ni te roza...

_Mira, Tiñas –repuso el ciego–, a las uvas en apuros y a las pasas cuando hayan pasado, que a toro picado huelgan barreras. Si tú te haces la estatua yo no voy hacer menos; si crees mejor ir de cabeza al río, de tus pasos no me voy ni un metro. Haz cuenta que soy tu sombra.

_ No se hable más –indicó el descalabrado–. Dame la otra parte de tu garrote y agárrate con fuerza a él; allá veo un claro por el que saltaremos al río. Luego que Dios reparta suerte.

Echaron los dos a correr y arrancó el toro en persecución detrás de ellos. Sus patazas brincaban en el aire y al caer al suelo resonaban en la tierra como una manada de búfalos, lo cual hacía que los perseguidos corrieran como una exhalación. Llegados al río, infinidad de enredaderas y zarzas impedían su acceso formando una barrera natural. El descalabrado se detuvo y dudó entre tirarse hacia los zarzales o hacerse la estatua; soltó la parte del cayado que tenía cogida y empujando a su amigo a tierra le dijo:

_No te muevas del suelo, que yo intentaré llevármelo a otro lado y así distraeré su atención. Si salgo de esta, juro que no veo más corridas que la de un filete de toro resbalando en la sartén. Por estas.

Se llevó el dedo pulgar a la boca, se santiguó y arrancó a correr hacia un lado por la orilla del río. El ciego quedó tendido en el suelo más quieto que una lápida. El toro, que iba al movimiento, encaró hacia el descalabrado como si hubiera salido del chiquero a comerse el mundo. Mucho corría el descalabrado pero su acosador aún corría más que él. En vistas a que su suerte estaba echada se quitó la camisa, la cogió con las dos manos a modo de capote y plantándose delante del bicho, azuzó:

_¡Eh, eh... toro!

A la primera embestida un quiebro lateral le libró de una destripada, pues el pitón le dio un refilón a la altura de la cintura.

_¡Eh, eh... toro! – repitió de nuevo encarándose hacia el morlaco.

Otro pase natural, limpio de astas, le dio ánimos para la lidia y, aunque sin poder rematar la faena por falta de estoque, quien sabe, igual el animal doblaba debido al cansancio o acababa rindiéndose de su fallida persecución. Tres o cuatro pases más a base de quites y quiebros embravecieron más al maestro y aplacaron tanto más a la bestia. Tanto es así que casi llegaba a tocarle los cuernos con la mano ante la mansedumbre del animal. Pero como la confianza es las más veces traicionera, en un alarde de dominio le dio la espalda al toro y alzó con orgullo la cabeza como si estuviera saludando al público; momento que utilizó el animal para darle una embestida a la altura de su muslo izquierdo, que le hizo volar por los aires lo menos cuatro metros hasta que cayó en medio de las enredaderas y zarzales.

_¡Ay, ay... que me ha cogido! –se quejaba ensartado de espinas de pies a cabeza.

El toro esperó un cierto tiempo intentando adentrarse en las enredaderas y en vista a que no había manera de contraatacar a su adversario, se alejó poco a poco de aquel lugar.

_¡Ay que no me siento la pierna...! ¡Ni la...! –seguía lamentándose el descalabrado viniéndole un escalofrío repentino mientras se echaba mano a la potra–. ¡Puf, qué susto...! Eh, amigo –se dirigió hacia el ciego–, ya puedes levantarte que hasta yo he estado a punto de confundirte con un pedrusco; pareces una bicha enroscada. Anda y acércate hacia aquí, me huele que me ha dado una puntada el toro y me ha dejado lisiado entre estas malditas zarzas. El bicho que no te preocupe, ya se ha ido.

El ciego se acercó hacia el lugar en el que estaba su amigo y enseguida topó con los zarzales.

_¡Leche, qué pinchazo!

_¡Pinchazo! Entre los cuernos de esa bestia te querría haber visto yo –dijo con enfado el descalabrado ensartado entre las púas de los zarzales–. Alárgame tu garrote y cuando te diga tiras fuerte.

_Hecho, cuando digas, tiro –respondió el ciego.

_¡Ahora va...!

El ciego  pegó un fuerte tirón y sacó al descalabrado de golpe.

_¡Ayyyyy, ayyyyy...! –Gritaba de dolor mientras salía de las marañas; lo primero que hizo fue mirar hacia la parte del muslo que había recibido el topetazo y al ver que no había sangre se tranquilizó. Al salir de los espinos parecía un Nazareno, no había parte de su cuerpo que no tuviera cortes superficiales o rasguños; más que de una corrida parecía venir de una riña de gatos.

_Malas plantas éstas –dijo el ciego como si quisiera solidarizarse en el dolor con su compañero.

_Ya lo puedes decir, ya. Casi me empitona el toro, me doy en cuerpo con las zarzas y  creo que hasta en el alma llevo espinas clavadas.Y tú sin embargo ni un rasguño. Lo que más me revienta es que no hayas podido ver los pases que le he dado a esa bestia: quiebros, de pecho... ¿Sabes? –siguió el descalabrado mientras se quitaba las espinas del cuerpo–. Yo de pequeño quería ser torero. Un día fuimos otro y yo de tientas a una majada. Como toros no habían se nos ocurrió azuzar a un cabrón que tenía la cornamenta atrofiada. A mi amigo, que iba primero, le dio un cate en una pierna y le atravesó un muslo de parte a parte, desde entonces que ya no anduvo fino; y a mí, que el bicho me la tenía jurada de una vez que la emprendí a pedradas con él mientras montaba a una cabra, me revolcó entre las cagarrutas hasta que pude hacerme con una vieja cortina. Una vez la tuve, me desembaracé como pude de él y fui corriendo hacia una tapia; allí lo esperé tapando todo mi cuerpo con ella y cuando el macho cabrío fue a embestirme, hice un quite con el cuerpo y se dio un testarazo contra la tapia quedando allí tirado más tieso que la pellica de un zorro. Se podría decir que fue mi primera lidia, pero después de lo de hoy... A saber si no rompo el juramento y me dedico a los toros.

_Y quién dijo no –repuso el ciego–. Más cornadas da la vida.

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17-Dic-2018

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