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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO VI


LA COMUNA DEL BUEN PASTOR

Después de una larga caminata siguiendo el curso del río entre descansos y refrigerios sin nada que rompiera la rutina normal de la marcha, se mostró ante el descalabrado un cuadro de naturaleza de lo más chocante.

_Amigo, no sé qué pasará allí pero me da en la nariz que la escena se antoja fuera de lo normal.

_¿Y eso? –dijo el ciego intrigante.

_Tú dirás. Se ve a un fulano en cueros y encaramado a la cruz de un árbol con algo que le cuelga parecido a un rosario, y al resto, que parece que estén a la escucha, hincados de rodillas sin más ropa que otra especie de escapulario que les cuelga del cuello.

_¿Cómo?

_Lo que has oído, amigo; todos en pelotas con la única vestimenta de un escapulario.

_ ¡Uy, uy, uy! Tampoco me da a mí muy buena espina –dijo el ciego–. Bueno será que rodeemos y evitemos posibles altercados.

_Pues hablando de espinas –repuso el descalabrado–, si rodeamos y damos con el toro, bueno será también que yo lo evite haciendo de pedrusco y que tú lo lidies; así sabrás lo que es un colchón de zarzas y podrás elegir próximos caminos.

_Por el dolo de tus palabras no hallo otro remedio que no sea  pasar por el tumulto. Siendo así me apoyaré en tu hombro de manera que sean tus ojos nuestra guía, y tú hazte el mudo de manera que sea yo quien hable por los dos.

_Allá tú –asintió el descalabrado–, pero sepas que al menor asomo de peligro, de un milagro recobro la voz.

Conforme se aproximaban al lugar el fulano del árbol soltaba una frase y aquéllos repetían al unísono como feligreses en  misa.

_¿No sería mejor que nos desnudáramos también? –dijo en voz baja el descalabrado.

_¡Calla y déjame a mí!

El tipo del árbol al advertir la presencia de los recién llegados se dirigió a los congregados en estas palabras:

¡Ah, hermanos de alma pura! Dos nuevos siervos vienen al rebaño del buen pastor. El que lleva a los descarriados por el camino de la pureza ¡Sean bien venidos!

¡Sean bien venidos! ¡Sean bien venidos! –respondía la prole a una.

_¡Amigos –voceó el que hacía de profeta–, desnudad vuestros cuerpos para que sintáis de lleno la naturaleza en cuerpo y alma.

_Habla tú, nos dice a nosotros –murmuró el descalabrado al ciego sin apenas mover los labios. El ciego carraspeó un poco y dijo en voz alta:

_De mil amores lo haríamos, amigos, solo que hay promesa hecha hacia el cielo de que éste recobre la voz si da con el Buen Pastor y ambos sigamos nuestro camino pregonando su milagro a las puertas de ermitas e iglesias.

_Pues no deis más pasos en balde –dijo el encaramado al árbol–, ante vuestros ojos lo tenéis.

El descalabrado debido a su incontinencia verbal estalló gritando con fuerza:

_¡Milagro! ¡Hablo, hablo...!

¡Milagro, milagro! –gritaban también los encuerados al oír hablar a quien era mudo.

_¡Veis! –gritaba el orador con entusiasmo a los congregados–. Otra nueva gracia del Buen Pastor. Pero desnudaos, hermanos, y uníos a nosotros a celebrar este hecho.

_Desnudos –intercedió el ciego–  casi estamos con estos sucios harapos; por otro lado ir a pregonar milagros a las puertas de la Casa  de Dios en cueros no creo que sea lo más acertado; hasta el Mismísimo clavado en la Cruz  llevaba un sayo que le tapaba las vergüenzas.

_Entonces –repuso el orador–, al menos recibiréis el bautizo de la purificación.

_¡Más pureza aún! –replicó el ciego sin querer entrar en detalles en el tema de la purificación–. Basta con mirar a este pobre, que de una penitencia ha fustigado su cuerpo, ha coronado su frente con espinas, ha arrastrado brazos y piernas por piedras puntiagudas... Podéis verlo con vuestros propios ojos ¿Acaso merece una pena así más purificación?

El descalabrado se deshizo en mostrar las heridas de los zarzales a todos los tipos que le miraban; porque además no había ni una mujer en la congregación.

_¿Tal vez tú... –dejó caer el profeta dirigiéndose al ciego– desees purificarte?

_¿Quieres decir, buen hombre, que no he purgado aún mis pecados tras media vida de completa oscuridad? Os ruego sigáis con vuestras oraciones y si os place nos tengáis en vuestras plegarias; ya se hace tarde  y quedarnos sería retrasar en suma la búsqueda de techo donde dormir.

_¿Un techo donde dormir...? –machacó el orador– Podéis venir al templo y pasar la noche con nosotros; allí hallaréis un lecho donde dormir y comida y bebida en abundancia para que saciéis el hambre y la sed.

_Escuchad, amigos –insistió el ciego dirigiéndose a todos–.Tal vez penséis que mi amigo y yo queremos dar largas a vuestros ofrecimientos de hospitalidad; nunca más lejos de la realidad, lo que ocurre es que no estamos acostumbrados a prácticas comunales y seguramente estropearíamos una velada magnífica conforme a vuestros hábitos. Por otro lado el desnudo íntegro no lo hemos practicado nunca en público y lo más seguro es que nos mueva a vergüenza. Insistimos, seguid vosotros con vuestros votos y vayámonos nosotros río abajo. Es la voluntad.

_Sobran palabras, caminantes –resolvió el orador–. Si nuestra compañía os afrenta no veo yo momento y lugar  para que retengáis más vuestra presencia. No obstante, como tu amigo ha recobrado la voz en un auto de fe propiciado por nuestra comuna, la norma que tenemos es que el agraciado se quede a engrosar nuestras filas durante dos días, así da ejemplo a posibles adeptos a la obra. Pasados dichos días, es libre de emprender camino o de unirse por completo a nosotros.

_Bueno será que hable yo –intercedió el descalabrado ante la tozudez del orador–, que he sido agraciado con el milagro y aún ni el uno ni el otro me habéis dejado baza con la que  decir palabra alguna.

¡Que hable quien no hablaba, que hable quien no hablaba! –repetían a coro el resto de cofrades.

_Sin hacer de cura obispo –siguió aquél– he recobrado la voz por promesa hecha. Cierto día guardaba de mozo unas ovejas en el campo; oí dulces gemidos no muy lejanos y me acerqué con rapidez hacia el lugar. Allí vi a una joven doncella, bellísima, con un vestido finamente bordado, sentada sobre un prado repleto de heno y flores. Tras preguntarle qué motivo le hacía sollozar de aquella manera, ella respondió que había ido al bosque a coger bayas y setas para guarnicionar un guiso en el cual su propio cuerpo iba a ser devorado por un malvado gigante; de ahí su tristeza ante la premura del  malvado fin que le esperaba.

Todos los oyentes quedaron boquiabiertos. Uno de la prole preguntó un tanto receloso ante la narración del descalabrado:

_¿Y qué promesa te hizo perder la voz en esta historia de gigantes, pastores y doncellas?

_A ello vamos –respondió el descalabrado–. Le dije a la muchacha que no se preocupara, que yo remediaría su situación; ella al oírlo me ofreció su amor infinito. Así las cosas cogí mi honda y fui en busca del malvado gigante hasta dar con él tendido en un margen del río. Por su estatura mediría como tres veces el árbol en que está subido el Buen Pastor.

¡Oh...! ¡Oh...!, gritaban los oyentes, excepto el que hacía de profeta, el que había preguntado por la promesa, y el ciego, que aún no sabía cómo iba a acabar la historia, aunque ya barruntaba un mal final.

_Como decía –prosiguió el descalabrado–, el muy bribón estaba tendido junto al río y daba tales ronquidos que parecían rugidos de leones; me acerqué con sigilo hacia él y no sin dificultad llegué hasta su cabeza, que era tan grande como tres de vosotros...

¡Oh...! ¡Oh...!, exclamaban los oyentes, excepto los tres anteriormente citados ante la expectativa de la versión. El descalabrado conforme iba relatando la historia cobraba más ánimo ante el foro que le escuchaba embelesado.

_Cómo haría, me preguntaba, para dar muerte de una pedrada a tan enorme monstruo. Ya está, me dije, me encaramaré a aquel árbol y desde él podré acertarle un pedernal que ha de entrarle por la frente y salirle por el cogote. Dicho y hecho, me situé como pude a la grupa en la horquilla de un árbol, saqué la honda, elegí un pedernal cortante y punzante e inicié el giro de las cuerdas cuadrando la frente del gigante al objetivo del disparo; y cuando fui a descargarlo...

¡Qué...! ¡Qué...! ¡Qué...!, repetían ahora todos, crédulos e incrédulos, ante la pausa del descalabrado. Éste finalizó:

_Pues me quedé mudo hasta ahora y no recuerdo el final. Decidle al Buen Pastor que os lo cuente; si él con su poder me ha hecho hablar, con mayor motivo sabrá cómo acaba el cuento. Vamos, compadre –apremió al ciego por lo bajo cogiéndole la mano–, como nos den alcance estos desgraciados nos han de desnudar, pero despellejándonos vivos.

Bajo un griterío semejante a una rehala de perros salvajes, huidos en primer orden y perseguidores detrás, se enfilaron hacia el tocón de un árbol que pasaba el río de parte a parte. Una vez hubieron pasado con mucho cuidado los dos acosados, cogidos al extremo del tocón, lo giraron e hicieron caer a  sus perseguidores al agua que eran arrastrados por la corriente; por fin, tras un gran esfuerzo, lograron echarlo  río abajo junto a otros cuantos encuerados. El que hacía de profeta se desgañitaba desde la otra orilla blasfemando y mandándoles maldiciones hasta el punto de la afonía; a lo cual el descalabrado, desde la orilla contraria, se mofaba diciéndole:

_Cuida esa voz, profeta, y encarrila a tus ovejas, no se vuelvan contra ti y en lugar de mansos y corderos se conviertan en bordes y cabrones.

El ciego, que aún no se creía cómo había imaginado el descalabrado aquel cuento resolutivo para salir de la red que había tramado el orador de la comuna, se reía al oír las múltiples barbaridades que aún con más ahínco y cólera vomitaba el pastor de ovejas descarriadas. Con una sonrisa cada vez  más viva y abierta, dijo a su compañero:

_Pocas ovejas va a guardar desde ahora este pastor.

_Y tan pocas –respondió el descalabrado–. Y que no le vaya la vida en ello, que como se le desmadre el redil... milagros le van a hacer falta para poner remedio a su desgracia.

De nuevo hacia lugar indeterminado ambos caminantes iniciaron la ruta en busca de algún lugar donde pasar la noche.

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17-Dic-2018

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