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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO VII

VALIENTES FANTASMAS

El sol enviaba de rojo infernal los últimos destellos del día mientras que los espectros de la noche despertaban con gran actividad: la oscuridad mandaba presagios.

_Amigo –dijo el descalabrado–, nos cae la noche encima y nos vemos al raso; y no es que me asuste el relente, que a todo se acostumbra uno, es, que después de la noche pasada en la posada, el cuerpo se habitúa peor a lo malo que a lo bueno. Damos la vuelta al recodo que hace más hacia delante el río y si no hay casa a la vista que nos aguarde cortamos cañas, preparamos haces de ramazos, hacemos una choza y a dormir.

El ciego con cara de cansancio después de una larga jornada de caminata y una carrera acelerada como broche final del día, dio un suspiro y refirió a su compañero:

_Tal tengo el cuerpo, que ni casa ni choza alguna de cañas y hojarascas necesito para aliviar el sueño. Por mí, echamos la manta y este lugar que piso se me hace ideal para darle reposo a los huesos.

_Vamos hasta el recodo –insistió el descalabrado–, que aquí la zona está muy a la vista y nos tendríamos más por vigilados que por vigías; y a lo peor nos viene otra desgracia nueva y nos pasa como al gallo de corral que no le quedan gallinas, cuando menos se lo espera, le retuercen el pescuezo y pasa a mejor vida. Mejor vida de quienes se chupan los dedos con su salsa, claro.

Seguido el curso del río hasta el recodo, nada más llegar a él, se mostró un caserón destartalado y semihundido que en unión a las horas crepusculares le daban un aspecto de lo más desolador. El descalabrado comentó a su compañero:

_Compadre, aquí hay un caserón que más que para yuntas de bestias parece que haya servido de culto al diablo. El aspecto es ideal para ese fin: una pequeña capilla con campanario, aunque sin campana y una cruz de hierro caída hacia un lado; un tapial de la casa con un puntal ruinoso a punto de no aguantar más y dar con el edificio en el suelo, que por otro lado ya lo está pidiendo a gritos; ventanales sin ventanas; portales sin puertas;  un tejado esquelético al que le sobra todo el entramado y le faltan casi todas las tejas; por último una higuera escuálida, sobrada de leña y medio desmochada de hojas, junto a infinidad de enredaderas y marañas, hace de consorte a la entrada y a saber si no es un aviso contra intrusos.

_Pues a la vista de lo narrado –dijo el ciego–, más vale que andemos algo más, agarres cañas y hojarascas y hagamos con todo la choza, que no están los  cuerpos como para no pegar ojo.

_En eso pensaba, solo que mientras cortamos la leña y hacemos los haces para hacerla, la noche nos viene encima, seguro... ¿Acaso te infunde miedo dormir en la casona?

El ciego con movimientos de cabeza de un lado a otro, tragó saliva, carraspeó y dijo:

_Dice un dicho que el miedo guarda la casa.

_ Dirás que el miedo guarda la viña; así es el dicho –rectificó el descalabrado.

_¡La viña, la casa... qué más da! El temor me viene por si le falla el apoyo a la tapia y mientras dormimos tranquilamente nos entierra vivos.

_¿Quieres decir que precisamente esta noche podría derrumbarse la casa?

_Y por qué no, tú mismo has dicho que tiene más ruinas que albergues; por otro lado, estos sitios desamparados tienen malos augurios. En ellos cometen las peores fechorías ladrones y gente de mal vivir ¿Quién no dice que estemos tan tranquilos y de repente se nos presenten tres o cuatro fulanos como los de la galera?

_Pues ahora que lo dices –respondió el descalabrado–, antes que a la ley los prefiero a ellos; ni un rasguño me han hecho, en cambio el pequeñajo que iba con el brigada...

_¡Ea! Tan convencido estás que huelga marear más la perdiz; vamos a la casa y ya saldrá  el sol mañana.

_De una u otra manera el sol sale cada día a la mañana; tanto si nos dan viaje largo como si no la vida va a seguir igual.

_¡Leche! Natural que la vida seguirá igual, pero sin nosotros.

Sin más palabras, se encaminaron los dos hacia la casona y entraron. Si el exterior era desolador, el interior no le iba a la zaga: excrementos por todas partes, muebles polvorientos destrozados, capazos de esparto y otros utensilios de siembra deshechos, … Ante tal imagen el descalabrado le dijo al ciego:

_Aquí no hay quien pegue ojo en una noche sin que nos muerda algún bicho o nos agarre Dios sabe qué epidemia: desborda la suciedad y el desastre. Lo malo es que ya es de noche y sin bujía para alumbrarnos, mal vamos a tenerlo para fabricar de prisa y corriendo un sitio cubierto en el que dormir.

El ciego ante el comentario de su compañero replico:

_No te apures, noches al raso mucho más duras he pasado yo y estoy aquí para contarlo. Echemos la manta al suelo en cualquier sitio y que Dios nos asista; es lo más que podemos hacer. Resulta paradójico...

Ante el silencio del ciego el descalabrado preguntó:

_Qué.

_Pues que la riqueza según en qué ocasiones no sirva para nada. Y si no, ¿qué valor tienen ahora los luises que llevas en tu bolsa?

El descalabrado quedó mudo por un momento mientras pensaba la respuesta, finalmente respondió:

_El valor se antoja el mismo, siguen siendo luises de oro.

_ ¿Insinúas que es igual de desdichado el Rojo de anoche en la taberna al Rojo de hoy en este caserón despreciable?

_¡Y ahora me vienes con esas! Ayer tenía un luis más en mi bolsa. Un luis, además, del que tú bien te aprovechaste mientras yo me recorría las afueras de la taberna no sé cuántas veces ¿Y aún me dices que si difiero entre lo que fue ayer y lo que es hoy? Midamos desdichas ahora y en este lugar. Anda, dime; tú que caíste en las carnes sonrosadas de la ventera, ¿sabes cuántas veces cantó el gallo...? No lo sabes, verdad; pues cantó cincuenta y siete veces, que ya son cantos ¿Crees realmente que me importan las desdichas en este momento...? ¡Y un cuerno!  Callemos y olvidemos; alejémonos de este lugar inhóspito y donde mejor nos venga echamos la manta y a dormir.

_Sea –finalizó el ciego ante tal lluvia de razonamientos.

Como entre pensamientos de qué hacer y exploraciones frustradas pasó un buen espacio de tiempo, la noche cerró por completo hasta el más mínimo resquicio de luminosidad. El descalabrado, cogido al hombro de su compañero, comentó:

_Amigo, ahora sé lo terrible que ha de ser la oscuridad permanente de los que no ven. Desde que se ha cerrado la noche no sé lo que es dar un paso seguro sin que vaya seguido de un tropezón. La verdad, me siento inútil.

_Sin duda te sentirás inseguro, ya que tu ceguera es repentina y pasará al alba. En mi caso, al perder la vista progresivamente fui afianzándome poco a poco a este bastón y podría decir que en su ausencia la inseguridad me aterra. Digamos que es como el ojo de Polifemo: sin él aún soy más ciego.

_¿El ojo de qué Marcelo? –preguntó el descalabrado– ¡ Joder! –maldijo a continuación.

_¿Y ahora qué? – preguntó su compañero.

_No sé. Que he pisado algo blando y escurridizo y ya no sé si ha sido una bicha, una plasta o a saber.

_Pues descarta a la bicha, que de haber sido ella te hubieras enterado bien; no hay animal que en peligro no se revuelva,  y más una culebra.

_Si tanto sabes –argumentó el descalabrado– por qué no arrimas el hocico a mi abarca, así saldremos de dudas.

_Ya lo había pensado –respondió el ciego–, solo que al no hacerte daño alguno, cuando elijamos el lugar donde pasar la  noche, te la quitas tú y olisqueas a ver si huele a rosas frescas o a judías fermentadas.

_Pues no andemos más –dijo el descalabrado con voz enojada–, que sea lo que sea lo he de averiguar ya.

Ambos se detuvieron en aquel punto. El ciego echó el ato al suelo y arrastró el bastón a su alrededor hasta comprobar que no habían piedras, con motivo de extender allí su manta libre de  incomodidades  que se clavaran en su cuerpo. Como en la acción le dio un golpe suave al descalabrado en el tobillo, aquél preguntó extrañado:

_¿Puede saberse qué haces?

_Mal se te hace a ti la oscuridad –respondió  el ciego–. Arrastro el bastón a mi alrededor para comprobar que no hay piedras que puedan clavarse en mí mientras duermo. Cuando acabe, si quieres puedes hacer lo mismo.

_Deja, deja... Yo ya me apañaré.

Dicho esto, se apartó unos metros del ciego y con las dos manos se dispuso a tantear el terreno. Palpaba con cuidado la superficie y quitaba  las piedras con las que tropezaba. Casi al punto de cumplir su objetivo, en una palmada dio de nuevo con algo blando, frío y que de la presión quedó despachurrado; al instante le vino una imagen a la mente mientras injuriaba por lo bajo para no ser oído por su compañero. Entre tanto el ciego ya había extendido su manta, se tapó con la otra y sin más dijo a su compañero:

_Yo ya estoy listo, si no se tercia nada, hasta mañana.

_Hasta mañana –respondió el descalabrado mientras  restregaba en la tierra la palma de la mano.

Pasado un breve espacio de tiempo vino un golpe de viento desagradable al olfato del ciego; éste sonrió en la oscuridad y comentó:

_Eh, Rojo.

_Y ahora, qué –respondió aquél.

_Ya sé qué has pisado antes.

_Pues mejor te lo callas, yo también lo sé.

_Si callo reviento ¡Una mierda! Eso has pisado.

El descalabrado eludió un posible enfrentamiento verbal y continuó restregando su mano en tierra con insistencia; pues, a falta de agua del río, a la cual era imposible acceder debido a la oscuridad y a la gran cantidad de cañizos y enredaderas punzantes que discurrían por toda su ribera, la tierra era el único remedio posible para asearse. Cuando consideró que por más que quisiera no habría de quitarse la porquería de la mano hasta que amaneciera, echó con la mano limpia dos mantas al suelo, una que hacía de colchón y la otra para taparse y se introdujo en ellas con cuidado de no tocarlas con la mano sucia. Pasado un breve espacio de tiempo, los dos sufridos caminantes entonaban un dúo sincronizado de bufidos y ronquidos a los que sólo les faltaba el eco para confundirlos con una berrea en época de celo.

Bien entrada la noche, como en el ambiente persistía el olor a excrementos, toda clase de bicho viviente que andaba a lo que caía era atraído por la pestilencia. Entre ellos apareció un zorro que, afín a sus costumbres de marcar el terreno sobre piedras, tocones u otras prominencias que sobresalen, quiso dejar su impronta. O el cánido no andaba muy fino de olfato o es que el olor a excremento le exigía una marca en aquel preciso lugar; la cuestión es que aplicó una deyección sobre el bulto de uno de los pies del descalabrado y, no contento con eso, una meada de tres chorros que le cayó justo entre un ojo y la nariz. Despertó de un sobresalto el marcado y se restregó con la mano sucia rápidamente sin darse cuenta.

_¡La madre que...! ¿Qué llueve acaso?

El ciego alarmado por las voces de su compañero se levantó también sobresaltado y preguntó:

_¡Eh, Rojo...! ¿A qué vienen esos gritos...?

_Compadre –dijo aquél–, ¿me estoy volviendo majareta o es que ahora llueve con el cielo raso y estrellado?

El ciego se incorporó quedando sentado sobre la manta y extendiendo la mano contestó a su compañero:

_¿Y eso?

_¡Joder...! Que me ha llovido entre el ojo y la nariz.

_¿Entre el ojo y la nariz, dices... y en ningún sitio más?

_Nada. Sólo en ése sitio; y para colmo me he limpiado con la mano llena de mierda.

El ciego ante la versión de su compañero, sonrió para sí y contestó:

_Pues hazte más majara que cuerdo, no noto gota alguna que caiga en mi mano; y si encima dices que está raso, si ves llover es porque tienes seco el cerebro y te falta el chorro de una regadera. ¿No será que estás debajo de un árbol y te ha cagado una pájara? O a lo mejor el rocío acumulado en una hoja te ha caído...

_¡Que no hay árbol alguno! –arguyó enojado el descalabrado–. ¿Sabes? Estoy pensando si no será que has lanzado un escupitajo, ¡sin mala intención, claro!, y te ha fallado el tiro acertando al azar lo que no estaba previsto alcanzar.

_Ante tal comentario –respondió el ciego–, soez y tan fuera de lugar, sólo cabe una respuesta acorde con lo dicho ¡Que te den, Rojo...! Hablando de destinos, me viene una cantinela que va como anillo al dedo a lo que has comentado; dice así:

Yo no creo en el destino,
sólo creo en el camino
que en la vida se recorre;
y si algún día tropiezo
en la mitad del camino,
no será por mi destino;
sino por necio de mí,
que hice bueno el mal camino
y un fuerte golpe me di.

El descalabrado ante lo oído, quedó un poco pensativo y comentó:

_Pues dudo que los palos de tu tío fueran errores del destino, como también me hace dudar que lo que me ha llovido del cielo sea elixir de relente en lugar de un repugnante salivazo. Si ha sido lo último... ¡así te caigas, quiebres tu diente de oro y se te pierda en lo más profundo de una grieta!

_Mal despertar has tenido, condenado –respondió el ciego a la afrenta verbal– ¿Crees sinceramente que aun durmiendo como estaba, que me has dado un susto de muerte con tus gritos repentinos, una persona puede escupir así como así?

_¡Bueno, bueno! Mejor dejamos el tema; pero en adelante duerme de culo, no sea que vuelva a “llover” y entonces ya no me asalte la duda.

_ Allá tú. Casi prefiero la presencia ruidosa del río a tus ignominiosos ronquidos y bufidos.

Tras un breve monólogo entre murmullos de ambos contertulios se hizo un gran silencio. Cuando ya les vencía el sueño de nuevo, un gran aleteo les hizo incorporarse y ambos quedaron sentados sobre sus mantas.

_¡Compadre...! ¿Has oído eso? –alertó el descalabrado:

_¿Que si he oído…? –respondió el ciego- ¡La sangre me pincha del sobresalto!

Tras otro denso silencio entre ambos, de nuevo el aleteo seguido de una sombra blanca y fugaz, hizo que un escalofrío le recorriera toda la médula espinal al descalabrado. En voz baja se dirigió hacia su compañero:

_¿Tú crees en fantasmas?

_¡No me jodas, Tiñas! ¿Acaso has visto alguno?

_No sé, ¿y sabes si tienen alas?

El ciego que maquinaba en su mente lo que habría producido aquel insólito ruido, intimidó aún más a su compañero diciéndole:

__Que yo sepa no, pero volar, vuelan. A no ser que lleven bola y cadena, entonces van arrastrándola por el suelo y hacen más ruido que las mulillas de una corrida de toros.

_Mira que me daba mal presagio este lugar… ¡Como para dormir dentro, sabes...! A saber lo que se cueza en ese casucho destartalado... ¡Leches, otra vez...!

Otro fuerte aleteo seguido del paso fugaz de un resplandor blanco, asustó de nuevo al descalabrado.

_Y qué te preocupa tanto –dijo el ciego– ¿No has pensado que podría ser una rapaz nocturna?

_¿Y por qué ha de ser un pájaro y no un fantasma? –respondió el descalabrado–. Tú como no has visto el lugar no tienes ni idea de lo que la mente puede maquinar ante un sitio como este. Lo que sea menos un pájaro.

_¿En serio crees en fantasmas, Rojo?

_Tanto como en el pan.

_Pues ya podrías pasar hambre si fuera al contrario tu creencia. ¿No será que de una lechuza quieras ver al espectro de un alma en pena?

Después de otro largo silencio, se oyó un clac en la casona que alertó aún más al descalabrado

_¿Y eso, qué? –dijo con voz asustada.

_Se me hace que estas cagado, Rojo. Lo que has oído ahora son las dilataciones de los tapiales, en una de ellas puede que la casa se venga abajo.

_Pues como se dé el caso en este momento, será un fallo del corazón el que me mande al otro barrio.

Ocurrió que mientras conversaban, apareció de repente un grupo de luces lejano que iba acompañado de sonidos de arrastres metálicos. El ciego enseguida captó el ruido justo en el mismo instante en que el descalabrado vio las luces.

_¡Rojo, dime qué ves...! Esto ya no me gusta un pelo.

_Tú ves, incrédulo –respondió aquél.

_Si viese no te habría preguntado, necio. Rápido, ¡dime qué ves de una vez!

_Parece como una procesión: delante van cuatro luces que pueden ser faroles de un carro o algo parecido, detrás una fila de luces que se pierde. Mal agüero.

_Y tan malo – arguyó el ciego –. Me da que nada bueno hemos de sacar de encontrarnos con lo que quiera que se acerque ¿No haremos bueno el hato y nos iremos sin más disparados de aquí?

_Ya tardamos – apremió el descalabrado.


Ambos recogieron apresurados sus mantas, hicieron como pudieron los hatos y partieron acto seguido por el curso del río. Iba primero el ciego, quien con su bastón exploraba el camino. Como por norma general los trazados de los caminos se hacen aprovechando las márgenes de los ríos, en la margen que seguían los dos caminantes no era así, sino que el ciego todo era tantear obstáculos con el bastón y evitarlos; sin embargo, conforme caminaban río adelante, se hacían más próximas las luces y se oían más los arrastres metálicos en el suelo.

_Compadre –dijo el descalabrado al ciego.

_Ya dirás –respondió aquél.

_¿Cómo es posible que las luces cada vez se acerquen más directas, si nosotros parece que estemos pisando mosto andando de lado a lado y sorteando toda clase de obstáculos?

_Pues a lo dicho le caben dos opciones: una que el camino siga el margen del río desde algún punto más adelante; y otra que ciertamente lo que vienen son fantasmas y el ruido que se oye son los arrastres de sus cadenas. Como los espectros atraviesan todo lo que se les pone por delante, por esa razón no van en zigzag como nosotros.

_¿Y qué hacemos, pues; veo que das por bueno que lo que vienen son fantasmas? ¿Reculamos a la comuna y al toro o seguimos y ya idearemos algo?

_¿Volver, dices...? Atrás ya sabemos lo que hemos dejado. No, nada de atrás. Quien quiera que sea lo que se acerca he de oírlo de tus labios. Además, para creer en algo de esta vida a ojos cerrados lo mejor es palparlo con la propia experiencia. Si lo que vienen son fantasmas y tú me dices que son tales, yo juraré en adelante que existen dichos espectros; hasta tanto, sigo sin creer en ellos.

_Pues no sé yo hasta qué punto voy a aguantar esperando a que lleguen para decirte si son o no son fantasmas las luces que se aproximan. Si seguimos en esta dirección nos toparemos con ellos, y estoy por decir que prefiero al pastor de almas descarriadas y a toda la cuadrilla de chalados que lo siguen junto al morlaco de cuernos como agujas, que a cualquier cosa del más allá. Por no ir no voy ni al camposanto... Y que Dios me perdone.

Dijo esto y se santiguó por lo menos tres veces. El ciego, oída la versión de su compañero, resolvió:

_Pues  la única solución es seguir y buscar un lugar para ocultarnos conforme vayan aproximándose y, una vez hayan pasado, salimos del escondite y seguimos nuestro camino.

_¿Y si nos descubren...?

_¿Si has salido de otras no vas a salir de esta?

_¡Quieto, quieto, ilustrado! A ti la labia y el poema se te dan bien, pero lo de atajar males ajenos no va contigo: yo siempre a las duras y tú a las maduras. Claro que he salido de otras, pero malparado. ¿Quién me dice que en esta ocasión no me va a caer encima otra tunda?

_Me ha llegado a mí lo de ilustrado –respondió el ciego–. Por cierto, ¿no habrás bebido agua de la fuente de la Badila.

Ante el silencio prolongado de su compañero el descalabrado insistió:

_¡Qué dices de una fuente y de una badila!

_Dice una canción del lugar: “La fuente de la Badila , a los sabios deja bobos y a los bobos encandila”

El descalabrado con voz grave y enfadada recriminó a su compañero:

_Ya te llegará a ti la hora en que tengas que sufrir atropellos y yo me daré entonces a la risa, que esta vida da muchas vueltas; y entre vueltas y revueltas, ¿quién dice que en un tiempo no te abandone tu ángel de la guarda y pierdas su luz?

_Tiempo hace que perdí su guarda –respondió el ciego–, e igualmente su luz.

Observó el descalabrado que en aquel mismo instante las luces pararon de súbito así como el ruido de cadenas, que iba decreciendo poco a poco. Sin más, pasó a darle nuevas a su compañero por si él intuía explicación de lo sucedido.

_¿Que ocurre, Rojo? –se adelantó el ciego al observar también que poco a poco el ruido de arrastres de cadenas cesaba.

_Eso iba a preguntarte –respondió aquél–, si sabías por qué han cesado esos ruidos estremecedores.

_¿Y cómo he de saberlo? ¡Anda, dime qué ves!

_Luces.

_¡Ya vamos! De sobra sé que ves luces, pero qué más.

_¡Esto es la leche! Si sólo veo luces qué más quieres que te diga... ¿que se me ha aparecido la Virgen ?

_Déjalo, Rojo. Acerquémonos un poco más y a ver si así observas algo con qué darme pistas, aparte de luces, claro.

El descalabrado mientras injuriaba por lo bajo, se apoyó en el hombro de su compañero y conforme encaraba las luces le apretaba hacia un lado u otro para encaminarlo hacia ellas.

_Habrá que dejar de hablar dentro de poco, cada vez nos aproximamos más y podrían oírnos –le dijo al ciego.

_¿Y si hablamos despacio? –preguntó aquél.

_No has dicho que los fantasmas atraviesan los muros. Motivo de más para que nos oigan aunque hablemos despacio.

_Pues ya dirás como nos entendemos.

_Por señas.

_Mira, Rojo. No está el horno para bollos, ¿cómo coño nos vamos a entender por señas?

_Sencillo: un apretón en el brazo significará bueno, quietos y a ver que pasa; dos apretones malo y arreando que vienen dando.

_Pues no sueltes mi brazo  ni por uno ni por dos apretones, y en su ausencia te agarras al cayado, que si vienen malas mejor será que vayamos juntos a la hora de echar a correr.

Conforme se acercaban a la zona iluminada el descalabrado distinguía unas siluetas mezcladas entre sombras que no definían muy bien si lo mostrado era del más acá o del más allá. Un relincho de caballo le indujo a pensar más en la vida mundanal que en la de ultratumba. Como quiera que una de las luces se había alejado del resto de congregados y se acercaba rápidamente hacia ellos, le vino un estremecimiento repentino, pues cada vez se aproximaba más y el balanceo del destello cobraba más y más rapidez. Dio un empujón al ciego y ambos quedaron quietos en la oscuridad sin mover ni un pelo, casualmente tapados en parte por un saliente.

Zrrrt, prrrett, prret, zrrrt...Una lluvia de ventosidades seguida de impelida porquería le cayó de lleno, como siempre, al pobre descalabrado dejando al ciego intacto y libre de repelentes.

_¡La puta...! ¡Que me están cagando encima...!

El de las apreturas se pegó tal susto al oír las maldiciones del descalabrado que de un traspiés, motivado por la traba de sus piernas al tener pantalones y calzones bajados, dio con él en tierra y fue a caer encima de los dos amagados. El ciego lo cogió del brazo y todo era darle dos apretones seguidos.

_¡Tiñas, Tiñas...! –gritaba confundido.

_¿Tiñas, qué Tiñas? ¡suéltame el brazo quien quiera que seas o te mato ahora mismo, so cabrón! –gritaba también confundido el defecador.

_¡Aquí, compadre, aquí! –desgañitaba también el descalabrado intercalando maldiciones de todas clases.

Las luces del grupo, al oír el escándalo, se encaminaron a todo meter hacia el lugar en que iluminaba la única luz. Disparos al aire, ruidos de cadenas en todas direcciones, relinchos de caballos...

¡Alto a la Guardia Civil ! –se escuchaba por todas partes seguido de más y más disparos.

El descalabrado logró asirse al bastón del ciego al tiempo que agarraba una piedra y rompía la lámpara de un certero disparo. El de los pantalones bajados gritaba sin cesar:

_¡Alto, alto...! ¡Aquí compañeros...! ¡A mí la guardia...!

Dando cabriolas sin tanteos del terreno que valieran, descalabrado y ciego se perdieron en la oscuridad seguidos de disparos rebotados en infinidad de direcciones. Alejados del barullo y más tranquilos comentó el descalabrado:

_¡Tibios fantasmas...!  Traspasarán paredes y oirán la caída de una paja, pero lo que es cagar, cagan mierda de verdad ¡El hijo de su madre, suerte que me ha acertado en el hombro que si me llega a caer en la cabeza...!

_¿Quién era, Rojo? Yo le he agarrado el brazo a uno y de fantasma nada. Además, tanto ¡alto! y tanto tiro... ¿No serán los civiles? –preguntaba el ciego confundido.

_Los mismos –contestó el descalabrado– ¡Así reviente de un tapón de vientre el que me ha vaciado encima! Hay que ir al río, compadre –prosiguió–, que llevo una noche con más revuelcos que un puerco serrano y no aguanto más. Si he de traspasar zarzales antes los prefiero a seguir salpicado de inmundicia y de expeler un olor odioso y nauseabundo.

_Ahora se entiende lo de las cadenas y los disparos –dijo el ciego con semblante pensativo–, las cadenas serían de reclusos y los disparos andanadas de los civiles en busca de los huidos. Menuda gresca hemos montado ¿No nos habrá visto la cara el que nos ha caído encima, verdad?

_¿La cara? – respondió el descalabrado –. Yo creo que del susto que se ha llevado ese no caga en una semana ¡El muy condenado!

_Es que si nos reconocen se nos cae el pelo bien caído. Por el tiroteo y el repique de cadenas me da que no se ha quedado ni un preso en su sitio.

_¿Y qué esperabas, que mientras los guardias vinieran a por nosotros ellos se quedaran como si nada esperándolos allí? ¿Tú que hubieras hecho?

_Hasta sin bastón habría huido.

_Luego sobran palabras. En cuanto a si nos reconocerá el bastardo que me ha ensuciado... tranquilos podemos estar, que exceptuando que sabe que somos dos por las siluetas que vio, más de eso, nada.

Entre unas cosas y otras guardias y reos, huidos y reducidos, eligieron cada uno su camino y quedó la madrugada de nuevo en completa oscuridad y silencio. El descalabrado le pidió el cayado a su compañero y, una vez lo tuvo en la mano, se dedicó a pinchar sobre la maleza. Tras varios lances de tocado pleno, en otro de ellos notó el vacío; dirigió un par de lances más a ambos lados y de nuevo obtuvo el vacío.

_Ya está, compadre. En esta zona se puede entrar al río.

Desnudó sus carnes efímeras y se lanzó de una culada al río sin pensárselo dos veces.

_¡Joder, cómo está de fría! –gritaba helado.

_¡Chilla más, Rojo! ¡Que te oigan bien!

_En adelante voy a ser mudo –respondió el bañista–. A ver si así, yo mudo y tú ciego, llevamos la empresa con mejor empeño.

_Es que la culpa no la tiene el agua –contraatacó el ciego–, sino tú, que sin más te has lanzado al río sin antes pensar que estaría el agua helada ¿Acaso este invierno no ha sido crudo?

_Pues sí; y qué.

_¿No llevamos una primavera seca al principio y lluviosa en su final?       

_Pues también ¿A dónde quieres ir a parar, Ilustrado?

_Pues que las cumbres nevadas están justo en este momento vertiendo sus deshielos a los ríos por el efecto de las lluvias recientes. Aunque ayer fuera un día soleado y casi veraniego, el agua de los ríos fluye como corresponde, helada.

_¡Bah! En cuanto te tiran un halago pareces un Séneca. A mí lo que me interesaba era quitarme la pestilencia de encima.

El ciego sonrió para sí y le dijo a su compañero:

_Más de un quinqué de los que llevaban ésos te hace falta. Dudo que a iluminado te gane alguien.

_¿A qué viene eso ahora? –preguntó el descalabrado.

_¿Te has desnudado para lanzarte al agua?

_Natural que sí.

_¿Y no crees que por mucho que te laves, la ropa va a seguir igual de pestilente?

_¿Sabes? –dijo el descalabrado– Si algo me viene de más tuyo es que eres soberbiamente directo y puntual, y encima las más con razón. Y eso me come, ¿sabes? Tírame la ropa y acabemos ya... ¡No, espera...! Líala al garrote y me la acercas, no sea que del lance vaya al medio del río y me quede más en cueros que un botijo.

El ciego resolvió:

_Siempre te queda la comuna. Igual perdonan tu afrenta y te admiten como socio.

Calló el descalabrado para no seguir en el juego dialéctico de su compañero al tiempo que en el horizonte iluminaba poco a poco el alba.

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17-Dic-2018

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