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HAMBRE Y FORTUNA

CAPÍTULO VIII

OPERACIÓN BELEÑA

Puestos en marcha de nuevo, llevaban andadas al menos dos leguas cuando coincidió un cruce de caminos.

_Ilustrado, ¿si estuvieras en la confluencia de cuatro caminos sin rumbo fijo, hacia dónde tirarías?

_Sin duda hacia donde la vista requiriese más la atención –respondió el ciego– Y toma nota de una cosa en adelante: mi nombre es Maximiliano, no Ilustrado.

_Pues ya es hora de que tú tomes nota del mío, que es Felipe y no Rojo ni Tiñas... ¿Y no tenían tus padres a mano otro nombre más largo? –atizó el descalabrado.

_Ya ves..., no. Pero para que tu curiosidad no quede manca, has de saber que mi nombre viene de un compuesto griego: máximos, que quiere decir dispuesto para el combate y lían, que significa mucho.

_¿Quieres decir con eso que te llamas Muy Combativo en cristiano, y que es lo mismo que Maximiliano?

_Cierto. Y el tuyo también viene del mismo lugar.

_¿De dónde has dicho que era?

_De Grecia.

_¿Y eso para cerca?

_Más allá de Roma.

_Pues tengo entendido que Roma está a muchos días a caballo de aquí ¡Ah...! Y sé que allí está el Papa.

El descalabrado se quedó un poco pensativo, como queriendo imaginar en qué lugar se encontraba Grecia dentro del desorden geográfico de su cabeza. Como le picara la curiosidad por lo que había dicho su compañero, profirió de nuevo:

_Pues si tu nombre y el mío vienen del sitio ese que dices, será porque la familia viene de allí; al menos la mía. Que me alcance la mente, sé que el padre de mi abuelo ya se llamaba Felipe y de ahí hasta mí.

_Hombre, alguna relación debió existir. Sólo tienes que ver el caso de Colón; desde que se descubrió América hasta ahora, estoy por decir que habrán en América más nombres colonos que indígenas.

_Leches –dijo el descalabrado–, sí que tiene tocayos Colón si a todos los que han ido para allá les llaman Colonos y Colonas. En cuanto a tu nombre, imagina  que en adelante  te llame Muy combativo, ¿me harías caso?

_A todo se acostumbra uno –contestó el ciego sonriente–. Aunque preferiría Maximiliano; es largo pero sin duda atendería mejor con él. Ah, y no es que se llamen Colonos y Colonas todos los que han ido a las Américas, sino quienes desde fuera de este continente toman residencia en él.

_¿Y no viene a ser lo miso?

_Pues no, y voy a intentar explicártelo; Colón viene del almirante que descubrió América  y colono viene del latín colonus, que toma significado en agricultor y en el habitante de una colonia romana y, de todo ello, colono en cristiano; por ejemplo Cesaraugusta fue una colonia romana fundada por Augusto César Octaviano, sucesor de Julio César.

_¡Toma ya… ¿Y dices que tú eras aprendiz de herrero?

_Lo digo y lo mantengo, y aunque no siempre la vida le da a cada cual lo que pretende ser, al menos lo intenta. Ironías de la vida hacen que el rey en momentos precisos quiera ser vasallo y viceversa.

_¡Anda ya, Maximiliano…! Si la misma palabra lo dice, cuando uno está holgado vive a cuerpo de rey.

Pues mira, Felipe, precisamente tu nombre deriva de un rey macedonio, Filippo Segundo.

_¿Quieres insinuarme que soy de la realeza y tengo sangre azul?

_Hombre, a tanto no llego; simplemente quería decirte que el significado de tu nombre ha de tomarse en  los reyes macedonios, llamados Filippos, que significa amigo de los caballos.

_Vaya lío me estás montando, Maximiliano: ya no sé muy bien si soy o no colono de esta España que pisamos, menos aún si soy rey o vasallo –aunque la muestra se inclina en todo por lo segundo–, y el colmo es que sea amigo de los caballos cuando en mi vida no he subido ni en burro; lo más acertado a mi persona ha sido desde la cuna hasta hoy desgraciado y pupas.

_No sé que más podría añadir para convencerte de que tu nombre Felipe, que es lo que estamos tratando, viene del griego  filia que significa amistad e hippos que es caballo; así de sencillo, y cuando quiera que me llames muy combativo yo te puedo nombrar a ti por amigo de los caballos.

_¿Sabes qué te digo? –finalizó el descalabrado– En adelante te llamaré Maxi, así si apremia la situación abreviaré tiempo en nombrarte y resolveremos antes el problema.

El ciego se rascó un par de veces el mentón y finalizó pasando los dedos índice y pulgar por la barbilla en varias ocasiones, después agregó:

_Puestos a reducir yo prefiero el de Rojo a Feli, además no se atiene al oído.

_Pues ya que lo dices, hasta a mí me suena mal; pero aunque Felipe te resulte largo de nombrar, te agradecería que en adelante lo usaras como de a diario y del mismo modo olvidaras el de Rojo-Tiñas –¡maldita sea la estampa del que me lo puso!–, así como el de Feli, que ya la primera vez que lo has nombrado se me ha antojado femenil y amanerado.

_No se hable más,  y ya que hemos aprovechado  el estreno, Felipe, ¿no te pondría el mote el mala sombra del Barona, verdad?

_Por el tono de la voz me fuerzo a saber si no conoces tú mejor que yo al artífice.

_Al decir de tu respuesta está claro quién ha sido. Pero vosotros ya andabais juntos en Ventisquera, luego es más lógico que lo conozcas tú mejor que yo.

_En esta vida nunca se llega a conocer bien a nadie por muy amigo que sea. A veces las circunstancias mandan...

_¿Y eso? –preguntó el ciego un tanto perdido del diálogo.

_Nada –dijo el descalabrado–. Tú confías en un amigo y en una pelea se acobarda y te deja allí a que te destripen mientras él salva el pellejo. Y habéis estado casi toda la vida juntos, solo que hasta ese preciso instante no te das cuenta de cómo es.

_¿No dirás eso con segundas tintas, eh?

_¡No hombre, no! –apremió el descalabrado–. Cuando se tantea un poco al personal sabes enseguida de qué pie cojea. A ti te hago un gran hombre, lástima que el garrotazo de tu tío te dejara ciego, juntos habríamos hecho grandes empresas.

_Hombre, una ya la hemos hecho, aunque haya sido ruinosa.

_¿Sí...? ¿Cuál?

_Los diez luises del zagal.

_¡Acabáramos!

_¿Ha sido o no ruinosa?

El descalabrado hizo caso omiso a  su compañero y dio un giro completo volviendo al inicio del discurso.

_ Mi padre se llamaba Macario y mi madre Francisca, bueno Paca, ¿vienen también del credo ese que dices?

_Griego, idioma griego –rectificó el ciego–. Y ya que lo dices sí, también dichos nombres vienen del griego.

_¿Y de dónde has hecho tú carrera para saber tanto de poesías y de orígenes de las cosas?

El ciego sonrió dándose un aire intelectual y respondió al descalabrado:

_Como bien sabes fui perdiendo la visión progresivamente. Al poco de vendarme la raja de la cabeza y de agarrarme como mejor pudo la oreja en su correspondiente sitio el Matías, un zapatero hábil donde los haya de mi pueblo, yo me fui pitando de allí en cuanto pude; que el siguiente herido era mi tío y no estaba la cosa como para andar con perdones.

_Hombre –añadió el descalabrado–, tú al menos tienes la cabeza remendada y la oreja algo más caída de lo natural; sin embargo tu pariente... como no le hiciese una minga de cuero el Matías ese.

_Milagros a Roma –dijo el ciego con una gran sonrisa; después prosiguió narrando la historia:

_Pues eso, me fui del pueblo a la capital. Como mi aspecto era deplorable y por la época era invierno, ahí me ves herido, sin una perra y con la cara mas blanca que un muerto debido a la pelona que había caído la noche anterior. Ya extenuado, no sabía si mendigar o tirarme por el puente del río –me paró que llevara agua y ello aumentó el frío en mis huesos–; al final di con un seminario y sólo recuerdo que casi rompo la campanilla de tanto como la hice sonar, después quedé inconsciente.

_¿Y...?

_Nada, según me contaron, el primero en recogerme fue el padre Maximiliano; como era un devoto del griego  me dio algunas lecciones en los dos meses que pasé allí y aprendí lo esencial del idioma. Además puse empeño desde el primer día en que el padre me dijo lo que significaban nuestros nombres.

Como quiera que el descalabrado aún estaba digiriendo la versión dada por su compañero, ante la gran pausa dialéctica, dijo el ciego:

_¿Y dices que tu padre Macario y tu madre Francisca?

El aludido, ya con las ideas más ordenadas, respondió:

_Bueno, así lo tengo yo entendido, aunque tengo mis dudas. Una cosa si tengo clara, mi madre me parió.

_¡Toma, y a mí la mía!

_Muy claro lo dices ¿Te has parado a pensar que a lo mejor tu madre no es tu madre?

_Oye Felipe, no liemos las cosas, ¿cómo coño mi madre no va a ser mi madre?

_¡Ahí, ahí! El coño es la madre del cordero.

_Espera, espera, Tiñas, digo Felipe... No mezclemos pepinos con calabazas ¿Me estás diciendo que me parió una oveja? ¡Tú si que tienes pinta de cordero, pero además entrevenado con los cuernos de tu padre!

_¡Eh, compadre, no te ofusques de esa manera que yo no me he metido con tu familia, y menos con tu padre!

_Con mi padre no, pero ya dirás, me estás diciendo que mi madre podría no ser mi madre...

_Digo madre natural, vamos, la que te parió.

El ciego que andaba más cabreado que el aguijón de un tábano, volvió a la carga y repuso:

_Pues Francisca, Tiñas, digo Felipe... –hasta que me acostumbre–; como te decía, tu madre Francisca, que según tú a lo mejor no es tu madre, viene del griego franciá que significa Occidente; y tu padre Macario, que todavía es más difícil saber si es o no tu padre...

_Mira, compadre –interrumpió el descalabrado–, si te sientes mordido por lo de antes, que no deja de ser un comentario, de malparada que ha quedado esta sociedad con la salida del Barona, se antoja que pide a gritos que hagamos buena de una vez su quiebra y allá cada cuál con su conveniencia. Las mientas de familia nunca las he tenido por buenas, y quienes abusan de ellas aún menos. Tú, precisamente, siempre vas con imprecaciones en la boca. Si quieres maldecir allá tu conciencia cuando rindas cuentas con Dios; pero esos insultos a la familia...

El ciego cambió el tono de voz y apaciguó un poco los ánimos:

_Nada que objetar a tu llamada al orden. En efecto, sobran los comentarios familiares y quiero que perdones mi ofensa ya que como tal te la has tomado...

_¡Encima dirás que tus injurias no son ofensivas! –recriminó el descalabrado levantando la voz.

_No iban por ahí los tiros; yo me refería a que decir las cosas tal y como son nadie en este mundo, salvo fuerza mayor –absurdo sufrir daño por exceso de orgullo–, me va a prohibir que las diga, aunque se trunque una buena amistad. Las injurias y palabrotas nos las transmitieron nuestros antepasados y de ellos han sido heredadas generación tras generación ¿Acaso cuando uno se da un golpe y maldice no se encuentra mejor?

El descalabrado asintió con la cabeza y dijo:

_Cierto. Pero sin mentar a la familia de los de al lado. Antes, cuando chafé la mierda con la mano...

_Dirás con el pie –interrumpió el ciego.

_ Una con el pie y otra con la mano, que no te lo quería decir para que tu regocijo descansara un poco; como decía, nada más chafarla, inicié una de injurias para mis adentros, pero pensando en los de fuera, que parece que aliviaron en parte la tensión del momento.

_Pues hablando de mientas –dijo el ciego–, no estaría mi familia en tu mente.

_¡Mal pensado! La tuya no, pero la del mal nacido que se puso a cagar en aquel sitio... con lo grande que es el campo.

El ciego quiso acabar su explicación aunque no sabía muy bien si su corresponsal llegaría a entender lo que le decía.

_A lo que íbamos, Felipe ¿por qué no decir se ha ido uno a cagar en lugar de a dar de vientre? Ahí es donde quiero ir a parar.

El descalabrado quedó un poco pensativo y al instante respondió:

_Y qué más da ¿No significan lo mismo? A la par lo que tratan es de aligerar el cuerpo, o no.

_Justo –sentenció el ciego ante la falta de interpretación de su compañero.

Un largo silencio ejercía una especie de molestia ante la falta de argumentos, finalmente el descalabrado dijo:

_Bueno, ya dirás qué significa Macario, que con tanta mala labia igual ni interesa decirlo.

_Bien has hecho en recordármelo –respondió el ciego–. Macario viene también del griego makariós que significa bienaventurado.

_Así es que bienaventurado y Occidente... Pues me hago yo más moro que de Francia; y de bienaventurado... para qué más. Ya me dirás más cosas de ese idioma y ahora, ahí va un choque de manos y de lo pasado olvidado.

_Hecho –finalizó el ciego alargando su mano y perpetuando de esta manera la amistad.

En el cruce de caminos...

_Maximilano –nombró el descalabrado–. A la derecha llano con algún cerro, pero el terreno mocho de árboles; a la izquierda montañas que se pierden de la vista; otro camino, plagado de siembras verdes entre viejas carrascas dispersas y campos llenos de flores; y el que queda...

_No sigas –interrumpió el ciego–. Me quedo con el de los sembrados.

_Iba a decirte que no te iba a gustar el que queda; a la vista cerros blancos y baldíos y a lo lejos algo que verdea, pero de mata baja; me da que espartales por doquier.

_A la siembra –conminó el ciego– Y sea lo que Dios quiera.

Entrado el sol de media mañana se encaminaron ambos viandantes por la ruta elegida.

Después de una semana de andar por esos campos de Dios repartiendo limosnas y haciendo dichosos a quienes carecían de la gracia y la buena ventura, dieron los dos caminantes con sus pies en un pueblo en el que nada más entrar rezaba un cartel con estas palabras:

“Los habitantes de Dornajera dan la bienvenida a la Justicia  y acatan la Ordenanza  Beleña”.

_Quién serán estos pájaros y qué clase de ordenanza será Beleña –soltó al aire el descalabrado.

_¿De qué pájaros hablas, no serán sisones... si hacen ruido las alas...  –dijo el ciego confundido.

_No, éstos deben ser de dos patas, pero sin alas.

_Pues si no dices más.

_¡Ah, sí...! Perdona Maximiliano. Es sobre un cartel a la entrada del pueblo que le da la bienvenida a la Justicia  y acatan la ordenanza Beleña, ¿tú sabes algo de esa gente?

_¿Yo? Claro, hoy por primera vez. Habrá que preguntar a algún parroquiano a qué se debe tal bienvenida.

_Una herrería es lo primero que hay a la entrada, ¿preguntamos?

_Antes a una casa de mortajas –respondió el ciego apresurado–. Que el zorro y el cuervo comen carroña; pero cuando no hay qué comer, se dan de bocados y se sacan los ojos.

_Por ahí se acerca un paisano con dos corderillos recién nacidos y la madre detrás que aún arrastra los restos del parto.

_Ideal –dijo el ciego–. Pregúntale a él.

El descalabrado se dirigió hacia quien traía los corderillos en estas palabras:

_Buenos días tengas, buen hombre.

_Buenos sean –respondió el intercedido.

_Nos pica la curiosidad aquí al compadre y a mí de saber a qué se debe esta bienvenida.

_¿La del cartel?

_Cabal.

_Precisamente traigo estos corderos y esta oveja por motivos del letrero.

_¿Y eso?

_Hace cuatro o cinco días vino por aquí un tipo engalanado y dijo que si ponían un cartel anunciando la Ordenanza  Beleña, comprarían al doble de su precio todos los corderos que aún no hubieran sido destetados, a sus madres y a todas las ovejas preñadas. Al principio no hicimos caso, pero como en el pueblo de al lado han dejado a los ganaderos sin crías al triplicarles el precio de compra, aquí no íbamos a ser menos.

El ciego que estaba atento a la conversación se adelantó a dar su opinión:

_Extraño caso este. De todas formas mal negocio van a hacer esos paisanos; si de tres partes pierden dos...

_Allá cada cuál –respondió el lugareño– A mí que con que me den la mitad ya estoy conforme ¡Ea!, con Dios.

_Con Dios –respondieron los recién llegados a la par.

Conforme se aproximaban a la plaza del pueblo, más y más pastores acudían con sus retoños ovinos. Preguntó  el descalabrado a otro de los que se agolpaban en la plaza sobre la opinión que le merecía aquello y respondió aquél:

_Qué queréis que os diga. En este mundo suceden a veces cosas muy raras. A mí las más veces me han regateado hasta la usura y he claudicado; bueno será que aproveche ahora la ocasión. Aparte, un rebaño muy grande cada vez se hace más difícil de vigilar y guardar; si me compran los diez corderos y las cuatro ovejas por lo que dicen aquí, ya me mantengo en raya para todo el año.

Se despidieron del pastor y de pronto se formó un tumulto en la plaza. Un tipo vestido con un largo blusón negro apareció subido en un hermoso caballo, también negro y elegantemente guarnicionado, y descabalgó de un salto. El descalabrado ante tanta expectación preguntó de nuevo a un grupo de reunidos:


_A la par de Dios... ¿Este es uno de esos de la justicia?

Los congregados respondieron al saludo y confirmaron la pregunta.

_Ya está aquí un fulano de los de marras –le dijo a su compañero.

_¿De los de la ordenanza? – preguntó el ciego.

_El mismo. Tiene porte de rico, aunque me da que es de los echados para delante, pero tirando a chulo. Vamos, que no convence.

_Pues a estos buenos hombres si los ha convencido bien. Y es que las perras en la vida lo es todo.

_Y que lo digas –dijo el descalabrado–. Te contaré un caso que me paso siendo todavía un mocoso. Resulta que un año cayó una nevada en mi pueblo y estuvo la nieve helada casi un mes. El pueblo parecía fantasma. No se veía a nadie por las callejuelas, y como el jornal en el campo estaba parado y los ganados no podían salir a pastar, los hombres se fueron a otras regiones en busca de faena. Vamos, que no quedaron en el pueblo nada más que mujeres, zagales y viejos. Para males peores, una cabra que teníamos se  nos murió y nos quedamos sin leche. Mi madre se puso a llorar desesperada porque había parido a mi hermano hacía dos semanas y, al no tener leche en sus pechos, se le cayó el mundo encima. Su padre, es decir mi otro abuelo, que estaba ya muy viejo, ante tan dramática situación dijo de ir a por leche a casa de mi otro abuelo; ya sabes, el de la tina.

_El de la bicha –confirmó el ciego.

_ Eso –prosiguió el descalabrado– “¡Que no, que no!, le decía mi madre. Que usted no está para salir, padre”, le aconsejaba. Mi abuelo todo era decir que yo le acompañaría para que la mujer estuviese tranquila. Total, que ante su desesperación al final accedió. Y ahí nos ves a mi abuelo con su garrota y la cantarilla en una mano y con la otra agarrado a mí, dando patinazos hasta agarrar el ritmo; pero... a qué no sabes que pasó.

_¡Desde luego eres la leche, Felipe! Que te encontraste una bolsa repleta de reales y te compraste un rebaño de cabras.

_Ojalá, pero por ahí van los tiros.

_Pues tú dirás –apremió el ciego–, porque adivinar tu caso...

_Resulta que en todo el medio de la senda, blanca y helada, había un real que casi dañaba a los ojos “¡Jodo, un real, abuelo!”, dije; sin más, le solté la mano y me tiré a por la moneda. Allá que ves a mi abuelo perdiendo el equilibrio y crujiendo sus huesos contra el suelo todo lo que era de largo; y aún el hombre tuvo la gracia de salvar la cantarilla al no soltarla y caerle encima de la barriga.

El ciego medio contrariado, medio riéndose, refirió a su compañero:

_Ya digo yo que las perras no traen nada bueno.

_Pues ya verás –siguió el descalabrado–. Como pude le ayudé a levantarse y una vez enderezado nos pusimos en marcha de nuevo. Ni recuerdo la cantidad de veces que se cagó en mi padre. Casi llegábamos a la casa de mi otro abuelo cuando... ¡Adivina!

_¡Leche! ¡Otra vez, Felipe! ¡Te diste con la vaca del asilo; no se ha jodido!

_¡Coño! Cómo lo sabías. Ni que hubieras ido tú delante arreándola.

_¡Y qué voy a saber! –dijo el ciego incrédulo en tono alterado–. He dicho un vaca como podía haber dicho una herradura; la herradura de la suerte de un burro como tú; aunque en tu caso, la tiras para atrás pidiendo suerte y de rebote te descalabra, seguro. Sigue anda, y  a ver si acabas de una vez; pero sin adivinanzas.

_¡Bueno hombre, bueno! –dijo el descalabrado riéndose ante el enfado de su compañero–. Pues en efecto no era una vaca, sino una cierva y su cervatillo que andaban cerca del vertedero buscando mondas de hortalizas. Como su aspecto era desolador y andaban madre y cría a trompicones debido a la hambruna, ni corto ni perezoso hice el amago para soltarme de la mano de mi abuelo; él, al notar la acción, me dio tal apretón que cada vez que lo recuerdo me viene un dolor. Aun así y a pesar de que la cierva tenía las ubres como dos pimientos chuchurríos, me zafé de su manaza y fui a por  ella y su cría. En una semana a base de avena, cebada y hortalizas cocidas, la cierva daba leche de sobra para mi hermano y para su cervatillo. La llamé Invierno, y a la cría Primavera; pues al poco tiempo vino un sol primaveral y regresaron los hombres al pueblo.

_¿Y tu abuelo, qué?

_Mi abuelo me dio de correazos aquel día hasta que casi rompió la cincha. Le costó más de un cuarto de hora levantarse y encima rompió la cantarilla, que era herencia de sepa Dios qué generación. Al ver que la cierva salvó al poco tiempo la vida de mi hermano, después casi lloraba cuando me veía; pero yo siempre lo evitaba. Para mí dejó de existir. ¡Bah!, viene esto a cuento porque por un real casi desgracio a mi abuelo de por vida; por eso no me trago muy bien lo del pájaro éste, de dar dos y tres por uno... ¿Realmente cobrarán estos desgraciados?

_No hay cargo de conciencia –alentó el ciego–, la cierva libró a tu hermano, ¿no?. En cuanto a éste... Allá cada cual con sus pleitos. Un buen consejo de amigo: "Nunca te metas en líos de tetas”.

_Y qué tienen que ver aquí las tetas, como no sean las ubres de la cierva.

_Nada. Solo que si te hubiera dicho en “líos ajenos”, la frase no casaría bien.

_¡Ah! Así ya se entiende; además queda mejor.

Conforme se arrimaban hacia el fulano vestido de negro al descalabrado le traía algún recuerdo a la mente. De repente se detuvo al recordar aquella cara picada como un nido de avispas.

_¡Maximiliano, Maximiliano! –dijo acelerado.

_¡Qué te hace con tanta premura! –contestó su compañero–. Ni que hubieras visto al mismísimo Marsias después de su disputa con Apolo!

_Pues no sé el aspecto que tendría el Matías ése que dices, pero desde luego el fulano de negro asusta a su sombra.

_Ya me lo pones malo, ya –comentó el ciego; seguidamente le contó el pasaje de Marsias–. Marsias, según la mitología griega,  era el nombre de un sátiro mitad hombre, mitad cabrón,  que tocaba la flauta. Un día quiso competir tocando la lira con el dios griego Apolo y éste lo venció; después, por su osadía, lo desolló vivo.

_¡Joder con el Apolo...! Hombre,  a éste desde luego a cabrón no le ganarán mucho; te vas a caer de culo cuando te diga quién es.

El ciego, tras comprobar que su amigo confundía de nuevo coles por ababoles, sin querer entrar en materia resolvió:

_Pues apremia que ya estoy bien agarrado al bastón.

_¡Ahí va: el Pichatoro!

_¡Coño...! ¿El brigada...? Pues no andará muy lejos el mala leche del pequeñajo.

_¡ La Virgen.. .! –alarmó de nuevo el descalabrado.

_¿Es que viene para acá? –preguntó con preocupación el ciego.

_¡Agárrate bien, paisano! Acaban de llegar otros dos jinetes vestidos de negro y a ver si adivinas quiénes son.

_Mira Felipe, tienes suerte de que la cosa no está para llamadas de atención, si no, este bastón, que lleva más de la mitad de su vida caminando conmigo de aquí para allá, en el día de hoy cumplía su cometido partido en tus costillas ¿Crees que está el ambiente como para hacer de adivino?

_Es la costumbre –excusó el descalabrado–. A lo que íbamos –continuó–, de los dos que te he dicho uno es el Barona y el otro el guardia ese borde.

_¡No me jodas, Felipe...! ¿El Barona con esos dos?

_Lo que oyes. Cuando me lo eche a la cara me voy a pegar una carcajada delante de su morro que ni tragándoselo la tierra sentirá más vergüenza Será bajo y mezquino!

_¡Deja, deja! –dijo el ciego–. Ahora tendrán a los parroquianos de su parte y lo mismo nos muelen por desgraciarles el negocio.

_¡Negocio! Desde mozo salió del burdel y se fue con unos muleros a recorrer mundo; y recorrió todo el país, sí, pero durmiendo en míseras pajas y rodeado de toda clase de ganado. Según me comentó en más de una ocasión, podía con él el olor a oveja. Vamos, ni el queso ¿Y ahora va de pastor rico...? ¡Rico de mierda!


El ciego todo era cavilar qué clase de ordenanza podían haber creado semejantes seres.

_No te huele esto mal, Felipe.

_¿Mal...? ¡Apesta! –respondió aquél–. Bueno será no averiguar más de estos ordenantes  y hacer siesta en otro lugar.

_Es que no entiendo qué pinta el Barona en todo esto –adujo el ciego.

_Por mí…, siempre ha ido al sol que más calienta. Su hambre de poder le traiciona y generalmente siempre acaba mal. Qué más se puede decir de un individuo como el Barona: hoy te alaba, mañana te difama... ¡Mal elemento!

_Pues sea lo que sea hemos de averiguarlo tú y yo ¿no crees?

_¿Que si creo? Tiempo me falta para salir pitando de este lugar.

_¿Y ese temor?

_Bien se nota que tú no has probado la mano del enano pingajo ese. Temo porque he salido escarmentado en muchas ocasiones y la mayoría de las veces siempre con provecho ajeno amparado a mi costa. Allá el Barona y sus socios y la quinta que los fundó, que ya va apañada, ya.

_¡Felipe...! ¿Eres tú...? –gritó una voz.

_¡Telesforo! –contestó el descalabrado con voz jubilosa –¡La madre que...! ¿Cómo tú por aquí?

_¿Qué no has visto al Barona? –respondió el recién llegado.

_Ni ganas.

_¿Pues...? Tan amigos que erais.

_Ya ves cambian los tiempos, cambian las personas ¿No me dirás que estás embaucado tú también en la ordenanza esa?

_Qué remedio. Ahora represento a la ley, y el Barona también.

_¡Anda ya!

Ante la incredulidad del descalabrado el aparecido abrió el blusón, también negro, y mostró una estrella que no era sino una medalla honorífica que había conseguido en un lance de pulso en una taberna.

_Pues sí que parece buena, sí –dijo el descalabrado más convencido–. Bueno, ya me dirás que os traéis entre manos, porque lo de dar duros por reales...

_Nada de eso –dijo el recién llegado–. Pues buena está la cosa, como para ir dando. Lo de la orden es negocio redondo. Ayer fuimos al pueblo de al lado y tanteamos al personal. Allí perdimos unos duros y aquí los recuperamos.

El ciego que estaba a la escucha no pudo aguantar más su silencio y preguntó al ordenado:

_ Pues aquí al compadre y a mí se nos hace difícil hacer de pérdidas ganancias.

_¿Y éste, Rojo...? –preguntó el aludido.

_Un buen amigo –respondió el descalabrado–. De toda confianza.

_Así lo espero –devolvió el llegado–. Que en estos negocios se miran mucho las habichuelas y hay que cuidar bien la mata, que es la que da de comer. Si queda velado el plan bueno será que sepáis de qué va esto y a lo mejor el brigada os mete en la sociedad.

_¡Yo con ése..., ni a cagar! Tiene una mirada que hiela –dijo muy convencido el descalabrado.

_¡Bah! Si estás a buenas y de su lado es un pedazo de pan.

_Si, pan de hostias, y no de Eucaristía. Porque a su gemelo seguro que lo lleva detrás.

_Tú dirás –respondió el de la ordenanza–. Son como rayo y el trueno, primero el fogonazo y luego el porrazo.

_Pues da de cojones, sabes. Y si no cuéntale un costal de trigo o una orza de chorizos de más; verás rayos, centellas y seguro que hasta oyes tronar, sobre todo si te pilla el cuello y la oreja... Aún me pita a mí el oído.

El ciego, un tanto distanciado del diálogo, apresuró a su compañero.

_Bueno será que hagamos marcha, Felipe, y que dejemos a cada cual con lo suyo. La casualidad ha querido que amigos y enemigos nos juntásemos en este lugar. Como la amistad se perpetúa, y así lo confirma aquí el compadre, huelgan emisarios que manden alegatos al enemigo. Como dice el dicho: “al enemigo, ni agua”. Si os parece, tu amigo Telesforo ni nos ha visto ni se acuerda de ti; nosotros lo mismo de él, ¿hace el trato?

_Bueno se hace –dijo el amigo del descalabrado–. Pero de lo oído ni una palabra, si se enterara el brigada…

_¿Acaso has dicho algo más de la cuenta? –dijo el descalabrado.

_¡Ea! Ya no sé ni lo que os he dicho, pero por si he hablado de más, cuando antes desaparezcáis mejor; no se traicione la amistad y pasemos de abrazos a tortazos. Además, aquí se va a liar una...

_Sobran palabras, Telesforo –finalizó el descalabrado–. Venga ese abrazo, y con Dios.

Un abrazo a uno y un apretón de manos a otro reafirmó el tratado de amistad y concedió armisticio para que el ciego y el descalabrado se marcharan y olvidasen que existía aquel lugar. Ya  habían dejado atrás la última casa del pueblo y el descalabrado todo era  maquinar qué sería la que se iba a liar en el lugar que habían abandonado.

_¡Maximiliano!

_No digas más –respondió el ciego–. Te reconcome saber en qué líos se van a meter esos cuatro desaprensivos.

_Desde que hemos dejado al Telesforo que ando rumiándolo –confirmó el descalabrado.

_Pues si no ha de dejarnos dormir, mejor regresamos y a ver qué pasa.

_¿Tú crees? Me da que si no hay líos a la vista hacemos por buscarlos.

_Puede. De todas formas siempre salimos del paso. Y no hablemos de desgracias, que ahí tenemos ambos culpas repartidas. A ti te descalabraron en Ventisquera por un accidente fortuito, porque lo más seguro es que la piedra se la tiraran al Barona, que fue quien atizó a losventisqueranos. La suerte que tuve yo es que el cantazo me dio en el culo, si me llega a dar en la cabeza...

_¡Claro! ¿Y las hostias del guardia de los guiños...? ¿Y el puntazo del toro...?

_¿Puntazo...? Puntazo fue el que me arreó a mí el alacrán.

_¡Ni me lo recuerdes!

El descalabrado volvió la vista hacia el pueblo y sintió ganas de regresar hacia la plaza.

_Mira compadre –dijo–, yo no me voy de este pueblo sin saber qué cuecen el brigada y sus alguaciles, que pobre del payo que pillen por su lado.

_Pues ya puedes ir haciendo senda –respondió el ciego apresurado–, que yo si no lo compruebo creo que lo voy a lamentar de por vida.

Giraron los caminantes de nuevo hacia la plaza en el  preciso momento que un vocerío de tres o cuatro personas, intenso y enérgico, les llegó hasta allí.

_¡Leches...! ¿Qué habrá empezado ya la fiesta? –alertó el ciego.

_No sé –respondió el descalabrado–. Dame la punta de tu palo y agárrate fuerte.


Agarrados cada uno de un extremo del cayado, salieron corriendo como desesperados hacia la plaza. Nada más llegar, vieron al brigada subido en una especie de entarimado, al número, que estaba a su lado, y al Barona y al Telesforo que estaban también próximos a ellos en posición de firmes; daba la sensación que fueran vigías. El brigada voceaba a los congregados:


_Y ahora, siguiendo las ordenanzas del gobernador civil, se decreta el requisado de todas las ovejas que habéis traído, así como el de sus crías, por haberse detectado un brote de peste ovina que está diezmando a los ganados de toda la región.

Se formó un revuelo de comentarios entre los pastores concentrados que, mezclado con los balidos de las ovejas desconcertaba hasta el más bicho viviente. Uno de los pastores, velando por sus intereses, preguntó al brigada:

_Da usted su permiso, mi Brigada ¿Cómo es que ayer compraron todas las crías del pueblo de al lado y aquí las requisan? ¿La orden del gobernador no les incumbe a ellos?

El guardia bajito hizo un estudio meticuloso de la faz del que había hablado tomando pelos y señas, al tiempo que un tic involuntario le abrió y cerró uno de sus ojos tres veces seguidas muy rápidamente.

_Proceda, proceda, García –ordenó el oficial al número al observar su estado de excitación.

_A sus órdenes –contestó aquél–. Vamos a ver –habló en voz alta–; el escrito del gobernador va dirigido a todos los que tengáis ganados, y afecta a todos. A los del pueblo de al lado les hicimos firmar la venta de sus reses y tomamos los nombres de sus domicilios y haciendas; esta misma tarde pasaremos a recobrar el dinero que les dimos. Eso creo que aclara este punto. Y ahora dime... tú, el que ha hablado antes...

El aludido no se dio por enterado y quiso ocultarse entre los demás.

_¡Si hombre, tú! – apuntaba con el índice hacia la muchedumbre el guardia.

_¡Es a mí...! –dijo al final el que había hablado descubriéndose a sí mismo.

_¡Claro! ¡ Si ya te había calado...! Pero dime, ¿si te hubieran dicho que iba a venir la autoridad a requisar tu ganado por un brote epidémico, tú lo hubieras traído?

Ante el silencio del preguntado, el guardia siguió:

_¿Y vosotros...? –voceaba a todos los congregados.

El ciego y el descalabrado asistían atónitos al espectáculo.

_¿Un brote de peste ovina, ahora...? –dijo el ciego.

_Yo más bien diría de rabia –respondió el descalabrado–. La de las babas de ese borde, que solo de recordarlo ya me entran náuseas.

Como quiera que los congregados en la plaza no tenían nada más que dos salidas y en cada una de ellas ya se habían apostado el Barona y el Telesforo, ante su encerrona, dieron por buena la ley y se dispusieron  a la entrega de sus reses. De repente apareció una mujerona alta y corpulenta con el pelo algo desgreñado, sudando más que una olla, y se dirigió como un resorte encarada hacia el guardia. Como la noticia de lo que sucedía le llegó por uno de sus hijos y la había pillado desplumando a un pato, allá que se presentó con el pato casi desplumado cogido de sus patas en una de sus manos. Una vez subió al entarimado se dirigió hacia el guardia:

_¡Con que tienes calado a mi Antonio, eh! ¡Yo si que os he calado a vosotros!

_¡Cómo te atreves a faltarle a la ley, bruja! –gritó el guardia salpicando de babas a la mujer en la cara entre imparables tics.

¡Zás! Ni corta ni perezosa, lanzó un patazo en toda la mandíbula al guardia que le produjo una hinchazón mas abultada que un dolor de muelas.

_¡Perra! ¡Te vas a enterar! –gritó el guardia haciendo el efecto de ir a reducirla.

¡Zas! Con mayor motivo, le fue otro lance de pato al guardia en el otro de la cara, dejándolo a aquél más amargo que un ardor de estómago. El marido de la mujerona, que por otro lado estaba más escuálido que la raspa de una sardina y tan delgado como la vara de un zahorí, quiso subir a ayudar a su esposa. En eso vio la intención el Telesforo y, girando su garrote tres o cuatro veces por encima de la cabeza, le tiró un garrotazo al pobre hombre alcanzándole entre el cuello y la cabeza, saltando  boina y colilla por el aire y cayendo de bruces a los pies de su consorte.

_¿Jodo! –exclamó el descalabrado–. Ya dijo el Telesforo que se iba a liar una buena; pero me parece que esto ha escapado de sus cálculos.

_¡Cuenta, cuenta! –apremiaba el ciego– ¿Todo ese jaleo...?

_Ya veremos cómo acaba esto –relataba el descalabrado–. Para que te hagas una idea: al Telesforo lo han pillado entre cuatro o cinco pastores y le están dando de correazos hasta en las encías; al Barona le ha caído un paisano encima que pesará diez arrobas y, aparte de que lo estruja e inmoviliza, otros cuantos más le dan de palos por donde pueden.

_¿Y esos golpes en la carne viva...?

_No te lo pierdas –continuó el descalabrado–. Una tiarrona tan alta o más que el brigada le ha atizado dos castañas con un pato desplumado en cada uno de los lados a la cara del Guiños, y parece que le haya venido una subida de paperas. Aún así, el baboso le ha respondido con una leche a la cara que la ha tirado de culo; hasta ahí llega su mala sombra.

A todo esto pastores, pastoras, zagales y zagalas, andaban de palos contra la ley sin mirar a quién; y más de uno se llevó garrotazos y correazos sin ir a buscarlos. Para más desorden, las ovejas andaban como locas detrás de las crías y aquéllas corrían desperdigas aquí y allá. El brigada se encaramó a la reja de una ventana con el mosquetón en la mano queriendo imponer el orden; al querer lanzar un disparo al aire, como tenía una sola mano con la que ayudarse pues la otra sostenía el peso de su cuerpo agarrada a la reja, se le escapó el tiro y fue a darle a una pastora que andaba más por ver lo que pasaba que por repartir leña.

_¡Ay, que me han dao un tiro...! ¡Ay, me muero...! ¡Ayyy...! –se quejaba malherida.

_¡El brigada la dao un tiro a María la Guapa ! –gritaba otra pastora que fue a atenderla al verse las manos llenas de sangre cuando le sujetaba la cabeza.

El oficial viendo que aquello tomaba tintes muy feos, se empeñaba subido a la reja en abrirle el cerrojo con la boca a su arma para que entrara munición de la recámara. No le dio tiempo; como si se hubieran puesto de acuerdo todos los aldeanos, le fue una tanda de garrotes, piedras y de toda clase de arrojadizos que, con todo lo tiarrón que era, le hicieron caer al suelo como a una cría de gorrión ante el acoso de unos chiquillos.

_¡Felipe...! –recriminaba otra vez el ciego– ¡Di algo; hasta se ha oído un tiro!

_Pues fuera de eso –respondió el descalabrado–, poco más. A una muchacha le ha ido un tiro del brigada y está caída en el suelo rodeada de viejas; y a él, que agarrado a una reja parecía un gato clavado a un árbol huyendo de los perros, le ha ido una lluvia de piedras y garrotes que le han bajado los humos en un santiamén.

_¿Y el guardia, el Barona y el Telesforo...?

_Esos están más quietos que una mosca encima de una boñiga. Hasta el Guiños ha dejado de gesticular.

Reducida la ley, la anarquía imperaba en aquella pequeña localidad por medio de tres o cuatro echados para adelante que llevaban la voz cantante.

_¿Y la María ? ¿Cómo está...? –preguntaba el más corpulento–. ¡Si le pasa algo serio a la María  éstos no salen de aquí vivos! ¡Como me llamo Bautista!

_Pues ya puedes soltarlos –dijo una mujer entrada en años–  La única pérdida es el lóbulo de su oreja, que le ha volado con el pendiente.

Algo más calmada, la muchacha se incorporó entre sollozos con la ayuda de las que la atendían y su única preocupación era recuperar la joya, que era herencia de antepasados.

_¡Ay, madre mía...! ¡Ayyy... el pendiente de la abuela...!

_¡No te apures, que está aquí! –dijo una de las que la habían socorrido recuperando el trozo de oreja con el pendiente aún pasado por el lóbulo– ¡Vaya preocupación por un pendiente! –continuó– ¿Y la oreja...? ¿No te apura tu oreja...? Y menos mal que no te ha ido el tiro al ojo, si no.

_Vaya que sí –decía otra, queriendo amparar junto con su compañera a la ley; aunque habría de producirse un gran milagro para proteger a los reducidos.

Maniatados los cuatro agredidos, los tenían en un rincón de la plaza a modo de consejo de guerra. El corpulento, que era novio de María la Guapa , más caliente que un boniato asado dijo en voz alta a sus paisanos:

_Mal arreglo tiene esto. Después de lo ocurrido nos va a caer una que ya veremos como salimos.

_¡Ni os lo imagináis, desgraciados! ¡Nadie escapa a la ley! –gritó con firmeza el número en tono de mala leche.

La mujerona, que lo tenía justo enfrente, le tiró sin aviso una patada a las partes bajas con un zueco de madera que usaba para entrar al corral, que lo alzó lo menos diez centímetros del suelo quedando aquél sin conocimiento debido al intenso dolor.

_¡La hostia...! –exclamó el descalabrado entre un asomo de risa camuflada.

_¡Ya dirás, Felipe! Me tienes en ascuas –recriminaba el ciego.

_Le ha pegado la tía del pato una patada en los cojones al guardia, que lo ha alzado del suelo  un palmo y lo ha tirado de culo.

El ciego soltó una carcajada incontenida y contagió a su compañero durante un buen espacio de tiempo. Otro de los bravucones lanzó una pregunta al aire:

_Pues a ver cómo nos las ingeniamos para que éstos no arruinen al pueblo. Bien mirado –siguió relatando mientras dirigía la mirada al oficial–, tal vez la autoridad haga de lo ocurrido ojos cerrados y oídos sordos, pierda de vista este pueblo y con las mismas si te he visto no me acuerdo.

El brigada al sentirse aludido por la mirada del orador dijo enérgico:

_La ley es ciega, pero vela para que el orden impere en el mundo. Ya estoy oyendo en los pueblos de alrededor a sus aldeanos reírse al paso de la autoridad por haber permitido el abuso que estáis cometiendo.

El Barona, viéndoselas venir, estalló de repente:

_Ya va siendo hora de que pongamos las cosas en su sitio y busquemos un remedio a tan molesta situación. Aquí la autoridad, donde los veis, llevaban intenciones de requisar vuestro ganado a costa de una ordenanza escrita por mí y firmada por el compadre que tengo a mi lado; es decir, que en este caso yo he sido el secretario y este desgraciado el gobernador, solo que a la fuerza.

El Telesforo, que su máxima caligrafía era poner una te mayúscula sobre los pocos escritos que había firmado en su vida, miró a su compañero con extrañeza como queriendo hilvanar la tanda de embustes que había dicho.

_¿Y aún queréis que dejemos sueltos a estos desgraciados? –arengó el novio de la muchacha accidentada a sus paisanos.

El brigada, viéndose perdido por la falaz historia del Barona, relató a los presentes el acuerdo que habían hecho los cuatro usurpadores en una taberna.

_Podéis hacer caso al cuento que os ha soltado este miserable; pero para que de la verdad se haga justicia, bien estará narrar los sucesos tal y como fueron ideados. Nadie ha escrito ni ha firmado nada, cierto. La realidad es que estos dos granujas perdieron todo su capital en un mesón timados por dos fulanas que los engatusaron y por dos sabandijas que las acompañaban. Todos sus dineros los perdieron jugando con una taba trucada que aportaron sus timadores. Ya se sabe que las pérdidas tienen malos apaños; así pues, sacaron sus navajas y quisieron ajustar cuentas por lo rápido. Por casual acabábamos de llegar para echar un bocado y, aún atando a los caballos, fuimos alertados por el mesonero aquí el número y yo. Como si nos hubieran olido, las fulanas y sus compinches se esfumaron sin dejar rastro y allí quedaron los dos solos, arruinados y con la deuda de lo consumido por pagar.

_Pues a falta de otros argumentos –resolvió el anterior–, no hallo más relación entre la taba y las ovejas que el puro engaño; unos por el hueso amañado y otros por querer darnos leyes por quimeras.

_Así es –insistió el brigada–; pero déjame acabar. Como la única solución para resolver la deuda era llevarlos presos, que ya el mesonero tenía apalabrados a unos arrieros para cobrarse el pleito a base de palos, cumplimos las ordenanzas y nos los llevamos para el penal. En el camino, como el sueldo de hacer respetar la ley anda muy descompensado arreglo a los peligros y penas que se dan cada día, estos endemoniados nos tentaron con lo de la ordenanza Beleña y perdimos la honra sin más.

_Pues sí que han hecho mal negocio, sí –dijo el novio de la Guapa–. Si será malo, que para soltarlos a los cuatro me han de firmar un papel con toda la verdad de lo aquí sucedido. En esas sí que nos fiaremos de la ley.

_¡Ya vais arreglados todos si no nos soltáis de inmediato, aldeanos! –recriminó el oficial ante el hermetismo del cabecilla– ¿Creéis que esto quedará impune, sin más...? Si nos libráis rápido haremos un atestado favorable a cambio de unos corderos y cuentas justas.

_¡Claro...! ¡Esto es la leche...! Nos timan y encima con usura ¿Y de la oreja de mi novia, qué me va a dar usted? ¡Lucio! ¡Frasio! –nombró a otros dos echados para delante–. Andad con ojo que no se muevan éstos que voy a hablar con los abuelos.

Una vez reunido el consejo de ancianos, apartados de la muchedumbre y tras unos minutos de discusiones se abrieron a modo de abanico tomando cada uno su posición anterior.

_¡A casa de Blasa la Capona ! –gritó a los presentes el cabecilla.

A los reducidos, nada más oír aquel nombre, les vino un escalofrío y quedaron mirándose extrañados unos y otros. El ciego y el descalabrado no perdían comba y en sus mentes maquinaba la idea de lo fatal que sería caer en manos de la tal Blasa, y ya no digamos del mote. El ciego, ante tal recelo, dijo a su compañero:

_Oye, Felipe... Digo si no estaría bien que agarráramos el montante y nos marcháramos, ahora sí, lo antes posible.

_Ni que me hubieras leído el pensamiento, amigo –contestó el descalabrado.

_¿Y ese temor?

_¿Y el tuyo?

_Tú dirás –prosiguió el ciego–. Ahora los ánimos están calientes y nadie se entera de lo que aquí se dice ni se hace, ¿pero y luego?

_Y que lo digas –refirió el descalabrado–. ¿Quién no te dice que a esta gente se les enfrían los ánimos y la cogen con los forasteros para que no hayan testigos?

_¡Ahí iba yo, ahí! Me importa un pimiento la Blasa esa; pero como haga honor a su mote...

_¡Calla! –dijo el descalabrado mientras le venía un estremecimiento repentino–. Hasta los pelos se me ha puesto de punta.

Con todo el jolgorio de gentes arengadas por el novio de la Guapa  y sus lugartenientes yendo de aquí para allá a empujones con la ley y  sus compinches, ambos espectadores se fueron deslizando de entre la muchedumbre hasta apartarse disimuladamente por un estrecho callejón. Como quiera que iban reculando y ni uno ni otro se apercibían de la retaguardia, una voz potente dirigida a ellos les puso el alma en el bolsillo:

_¡Eh, a dónde vais!

El descalabrado, nada más volverse, se dio de frente con un fulano de casi dos metros de altura, corpulento y bien parecido. Pero había algo en su semblante que no cuadraba: su sonrisa de simple y su tripa descomunal.

_Tú dirás a dónde vamos, barbián –respondió el descalabrado–¿Cómo es que no andas con los demás?

El fulano grandote sonrió abriendo una bocaza tremenda, enseñando unos dientes repletos de sarro y cayéndole la baba por una comisura.

_Es que van a casa de la Blasa –respondió entre caídas de baba–, y a mí no me gusta ir a su casa porque me dio una tacica de caldo que estaba mu malo.

El ciego mientras tanto andaba más confundido que la fumata de un Papa; dándole vueltas a lo oído, preguntó al ventrudo entrando de lleno en el diálogo:

_¿Es que la Blasa es curandera...?

_Sí –respondió aquél–. A mí me curó un mal de muelas, pero casi ni me acuerdo –En realidad la curandera se dedicaba más a la brujería que a otra cosa. Tenía fama en toda la región por su arte de capar gorrinos; pero donde se llevaba la palma era en los elixires de amor que preparaba. Al fulano grandote le dieron uno pasado de dosis cuando aún era mozo templado por culpa de una muchacha que lo pretendía y que él había rechazado el mismo día de esponsales. A raíz de eso fue perdiendo gallardía poco a poco hasta quedar lelo total.

_ Bueno, adiós, hombre –se despidió el ciego del ventrudo en tanto que tentaba el vacío en busca del brazo del descalabrado. Una vez localizado, se agarró con fuerza a él y le dio un empujón.

_¡Eh, eh...! –renegó el descalabrado– ¿A qué vienen esas prisas, Maximiliano?

Conforme se alejaban del fulano alto, el ciego relataba a su compañero:

_¿Nos oye ése?

_Qué va. Además, aunque nos oiga...

_¡Nos oye o no!

_¡Que no te he dicho, Maximiliano...! Ya dirás, parece que vengas de robar el cepillo de un cura!

_Pues que me da que sé lo que van a hacer con el Barona y los demás.

_¡Hostia...! –dijo con semblante pensativo el descalabrado– ¡Claro, los van a dejar más tontos que a ese pobre!

_Cabal.

_Pues bueno será que ni los sonados de este pueblo nos vean irnos, de lo contrario ya me veo como ese infeliz, andando por las calles riéndome hasta de mi sombra. Agárrate a mi hombro y en marcha, amigo.

Cumplió lo oído el ciego y se agarró al hombro de su compañero; a los pocos minutos se perdieron por un pinar próximo a la población. Como el pinar era muy cerrado y el sentido de la orientación no lo tenía muy aguzado el guía de la expedición, después de andado un cuarto de hora loma arriba y loma abajo, dieron con un camino y lo continuaron. El descalabrado, que no tenía muy claro hacia dónde iban, comentó a su compañero:

_Digo, Maximiliano, que por el camino que vamos ya no sé si vamos o volvemos otra vez al pueblo.

_¿Y eso? –respondió aquél.

_Pues que en la sierra uno se extravía, y más en esta, que si te descuidas pierdes hasta el resuello.

_Pues como volvamos hacia el pueblo la faena es nuestra; ya hasta me entra la risa.

_Pues no creo que el Barona y el Telesforo estén mucho por la risa ¿Pero qué tiene que ver la risa  con todo esto?

_¿Que qué...? No sé qué mierda de potingues tiran esas brujas en los brebajes; pero lo que está claro es que te entra el mal de la risa.

El descalabrado andaba todo preocupado por saber qué condicionaba el mal de la risa. Ante su curiosidad preguntó de nuevo:

_No tendrá que ver con las cosquillas, yo tengo un montón.

_Qué va, qué va. Es una pócima que hacen a base de laurel. Dicen que vuelve a las personas tontas y sumisas; que les queda una cara como de idos... Ah, y siempre están sonrientes.

_¿Aunque los insultes?

_Igual.

_Pues como al guardia le den de ese brebaje me voy a hartar de maldecirle en su cara, que tengo yo una espina clavada con ese tío...

Siguiendo el camino en un recodo cuya visibilidad era ineludible por el amplio arco de la curva, dieron de bruces de nuevo con el tiarrón ventrudo y alelado. El descalabrado nada más encararse con él, quiso comprobar si realmente los elixires de la Blasa eran tan efectivos como había dicho su amigo.

_¡Coño, ya está aquí otra vez el atontad...!

¡Zas! Le fue un manotazo a la cara de la manaza del sonriente que lo tiró de culo. Una vez incorporado, maldecía y maldecía al tripudo en tanto que aquél lo tenía agarrado de la pechera y le ponía la cara como un mapa. Cuando ya ni se sostenía en pie, recriminó al ciego:

_¡Eh, tú, dile algo a éste y que pare de una vez...! ¿No decías que estaba lelo?

_Y tanto –respondió aquél–. Y si no, atento.

_Hijo ¿Por qué le pegas a este pobre hombre?

_Es que tenía una mosca en la cara –respondió el alelado.

_¿Una mosca, y me has dado de hostias hasta en el cielo de la boca...?

_Es que además te has metido con mi familia –argumentó de nuevo.

El ciego, viendo que aquello no tenía solución, conminó a su compañero a una retirada dialéctica.

_Déjalo, Felipe; si dice que tenías una mosca será verdad.

_¡Pero bueno! ¡Claro, como a ti no te ha sacudido con su manaza...!

_Anda hombretón –animó el ciego– vete para el pueblo que te andan buscando.

_Aquél ni corto ni perezoso, soltó al descalabrado, dio media vuelta y se dirigió camino arriba.

_¡La madre que me...! –decía por lo bajo el descalabrado– ¡Sujétame, Maximiliano, que se va a enterar ése...!

_Deja, deja, Felipe –dijo el ciego mientras retenía sin mucha presión a su compañero por el brazo– No ves que no se entera de nada.

_Por esas se libra –gritó engallado el descalabrado; seguidamente dirigió una sarta de faltas a su inocente adversario– ¡Desgraciado, que estás tonto... Como vaya para allá, cara de gachas…!

El sonado, nada más oír aquello, se lió a pedrada limpia con los dos sin mirar a quién daba. Toda su parsimonia y simpleza la había perdido de golpe; lanzaba las piedras con tal rapidez y precisión, que suerte que estaban ya lejos si no, alguna brecha en las cabezas de los lapidados habría abierto.

_¡Conque está bobo, eh...! –gritaba al ciego el descalabrado– ¡Anda, ves y chócale la mano!

_¡Calla y corre! –espetaba el ciego a su guía acústico ante la lluvia de proyectiles.

Después de la carrera y en vistas a que aquél se cansara de perseguirles lanzándoles todo lo que pillaba a su alrededor, pararon los acosados a reponer aire.

_Pues como la curandera les dé del mismo brebaje a esos cuatro –argumentó el descalabrado–, faena va a tener el novio de la Guapa  y el resto del pueblo para sujetarles, que parece que la simpleza va por fuera; pero la mala leche se les queda dentro.

El ciego sonrió y desvió el altercado anterior ante la cruda realidad del presente.

_Felipe. Digo si iremos bien encaminados ahora. Si al memo ese le hemos dicho que vaya para el pueblo, con coger la dirección contraria nos alejaremos de este dichoso lugar, o no.

_No sé, no sé –dijo el descalabrado–. Después de lo sucedido ya no me fío. Igual ese desgraciado ha hecho como que tiraba para el pueblo para engañarnos y resulta que nosotros, que creemos que nos alejamos de él, damos de nuevo en la plaza.

_Pues tú dirás.

_¿Yo...? Ya dirás tú, que luego me echas las culpas.

_No se hable más; al contrario –decidió el ciego.

No habían recorrido ni media legua cuando oyeron tumultos lejanos.

_Mira que si el bobo nos ha engañado –recriminaba el descalabrado.

_Sea lo que sea habrá que afrontarlo, ¿no crees? –aseveró el ciego.

_Y Tanto; no vamos a quedarnos aquí parados toda la vida.

_¡Hala! Pues tira tú que ya te sigo.

Una desperdigada de corderillos y ovejas balando de aquí para allá les dio base y fundamento a ambos caminantes para confirmar sospechas.

_Joder con el bobo– dijo el ciego.

_¿Bobo...? Ese mamón sabe latín. A saber si no nos tienen preparada trampa para endilgarnos también jarabe de lelo.

_Pues volvamos para atrás –dijo el ciego–, y si damos con el sonado mientras tú le entretienes yo le arreo un estacazo que lo vuelvo cuerdo.

_¡Eso! –respondió el descalabrado– Mientras él me carda entreteniéndose, tú le tiras garrotazo, ¿no?

_¿Hay algún problema? Total, por una leche de nada...

_¿Una leche de nada...? Tú no le has visto la manaza al baboso ése. Parece una torta de gazpachos.

_Pues si no estamos por la labor… Ya dirás qué solucionamos.

Un griterío impresionante desatascó a ambos de la duda de elegir camino.

_Oye, Felipe, ¿no iremos a ver qué pasa?

_Quién nos para; adelante, Maximiliano.

Librado un prado verde salpicado por un acopio de flores multicolores y ocultos entre el follaje de una pequeña arboleda, contemplaba el descalabrado los acontecimientos próximos y los describía a su compañero:

_¡Joder! Qué peligro tienen estos lugareños.

_Cuenta, cuenta, Felipe –apremiaba el ciego impaciente.

_La escena es de lo más funesta. En unas mesas de matar gorrinos tienen atados cara hacia arriba y en cruz al brigada y a toda su camarilla.

_¿No irán a hacerlos morcillas, verdad Felipe? –dijo el ciego en tono contrariado.

_¡Dios les asista! –respondió el descalabrado–. Un pensamiento así en las mentes de esos algarazados podría ser tan peligroso que hasta tu comentario asusta.

_¿No dices que los tienen atados como a cerdos encima de las mesas de sacrificio?

_¡Calla!

_Callo.

Al momento entre cuatro paisanos –uno de ellos el marido de la tiarrona del pato– sujetaban al Telesforo por la cabeza para que no pudiera moverse. A la vez, una mujer joven le aplicaba un gran embudo en la boca mientras otra más vieja le vertía una dosis de pócima desde una garrafa.

_¡La hostia...!

_¡Di, Felipe, di!

_Que si no ponemos remedio los van a dejar a todos atontados. Van a hacer con ellos lo que sospechábamos.

_Y qué quieres, ¿que vayamos en su ayuda?

_Hombre. Me sabe mal que el Barona y el Telesforo acaben así; a pesar de todo han sido muchos años de compadreo juntos.

_¿Y el brigada y el número?

_A esos que los zurzan. Favor a la ley. Lo malo es que al Telesforo ya le han apretado un buen trago del brebaje; como no lo devuelva o lo cague...

El ciego, echando el turbante para un lado y rascándose en la calva, comentó a su amigo:

_Por mucho que dé de vientre, si la pócima le ha caído ya en el cuerpo nada va a remediar sus efectos. Aparte, ¿cómo vamos a ayudarles?

_Quemándoles el silo y el establo a estos paisanos.

_¿Y quién le va a pegar fuego?

_¡Tú no, desde luego! –contestó con precisión el descalabrado.

_Hombre, bien sabes que de poder arrimaría mi hombro –agregó el ciego ante el tono trivial de su compañero.

_Bueno. El tiempo apremia, que ya veo a la del embudo y a la bruja de negro dirigirse a la mesa del Barona. La verdad, en cruz y atados a las mesas, hacen los cuatro unas carejas de cerdos degollados... En fin, ahí te quedas, compadre. Si en un buen rato no he regresado, arrea para donde puedas y busca asilo bien lejos de aquí. Si te llegan noticias es señal de que la empresa ha tenido éxito; de lo contrario hazme lelo junto a esos cuatro.

Al poco tiempo una inmensa humareda y un fuerte olor a chamusquina alertó a los congregados en casa de la maga y dio ánimos al ciego. Un inmenso caos se hizo dueño del pequeño valle: gentes gritando con cubos de agua de aquí para allá, viejas chillando, chiquillos llorando detrás de sus madres como desesperados, balidos de ovejas y corderillos desperdigados...

El descalabrado aprovechó la confusión para liberar a los apresados. Como no quería que lo reconocieran, tapó con un pañuelo su cabeza y con otro la cara dejando nada más que sus ojos al descubierto; una vez llegado a las mesas de tortura sacó la faca, la abrió con al menos cinco clics de muelle y, puesto a la altura de las cabezas de los dos guardias...

_¡Sarraceno, qué vas a hacer... por Dios –gritó el guardia bajito confundiendo  a cristiano por moro y a faca por alfanje.

Como quiera que aquéllos vieran en su salvador a un verdugo, el descalabrado se recreó lo suyo yendo con la navaja en la mano a la altura de sus pescuezos. Mientras el Barona y el Telesforo, al presenciar la escena y pensando que después les tocaría a ellos, iniciaron una de cantos celestiales encomendándose al Altísimo como en sus vidas.

_¡Acaba de una vez, condenado! –gritó con su potencia habitual el oficial– No aguanto más este estado de desorden y tanto lloriqueo de los que dicen ser hombres.

Pensó el descalabrado que alargar más su regocijo igual restaba tiempo a la liberación de los recluidos y quizá abortaba la operación por exceso de tiempo malgastado; así pues, dejó para los últimos a los dos guardias y lanzó cuatro cortes a las ligaduras del Barona y su otro compañero. Estos, al verse libres, se miraron el uno al otro con extrañeza, fijaron la atención en su liberador y, sin más, echaron a correr como rayos cada uno para un lado.

_¡Están soltando a los guardias! –gritó un zagal tirando a mozo.

_¡La madre que...! –maldijo el descalabrado al verse descubierto.

_¡Es verdad! ¡Un moro; es un moro que los está soltando...! –gritó también otro zagal que acompañaba al anterior.

_¡Eh, Alí, suéltame a mí primero y te daré todas las perras que llevo! –apremiaba el guardia ante su frustrada liberación.

_¡A ti te va a soltar tu padre, so cabrón! –sentenció el descalabrado con un cristiano muy castellano. Al punto, tiró cuatro viajes a las ligaduras del oficial y se marchó a todo meter perdiéndose entre la arboleda.

El oficial quiso liberar también a su  infiel subordinado; pero como no disponía de objeto cortante con el que tallar las ligaduras y ante la proximidad de los alertados, sólo  le dio tiempo de desanudarle una mano quedando aquél sujeto a la mesa con múltiples e inútiles movimientos hasta quedar reducido de nuevo.

Una vez llegado al lugar de reunión el descalabrado contó al ciego su peripecia  y ambos quedaron quietos en el mismo lugar hasta bien entrado el atardecer en espera a que se apaciguara el ambiente. Cayendo el sol por una ladera echaron camino abajo, que el de arriba no tenía precisamente muy buenas compañías.

Cuentan que al guardia bajito le dieron tal cantidad de brebaje, que la reacción le menguó aún más la estatura y le ensanchó con creces la cintura. Además acabó de porquero en el pueblo, pues según él, era lo que más le gustaba hacer. Cuentan también que el Barona y el Telesforo dieron con sus huesos en el Penal del Enderezo –lo de enderezo venía porque los penados se dedicaban a quitarles curvas a los caminos dejándolos rectos a base de tierra, piedras, almádenas y pisones– por asaltar a un juez  en un camino mientras  se dirigía a la boda de una sobrina. Por casualidad su señoría fue a aligerar la vejiga y quedaron dos oficiales que lo acompañaban a la zaga. Por supuesto, los asaltantes fueron pillados con las manos sobre el juez y, lógicamente, acabaron reducidos. Tomo cartas el juez en el asunto y, aunque no era de su jurisdicción, sin mover muchos hilos le llegó el caso: Cadena perpetua –sentenció–. Ya dice el dicho: “Quien roba a un juez...”

Del brigada dicen que pidió el traslado y se alió con otro guardia de repuesto que aún era peor que el del bigotillo. Siguió enriqueciéndose por vía rápida y de lo pasado olvidado.

El ciego y el descalabrado se arruinaron yendo semana sí, semana no,  en busca de la ventera y de otra compañera suya que no le quitaba méritos. Entre vamos y venimos gastaron lo mínimo en obras de gracia. Así a un labriego que andaba preocupado porque el hombre había perdido su azadón le compraron uno más grande, porque “de esa manera sacaría más faena y beneficio”, le dijeron. El jornal no duró mucho; a los pocos días se fue bajo la sombra de los cipreses, y precisamente en invierno, que suele apetecer más el sol. A una pobre vieja  que la vieron cargada con una talega en cada mano al ser preguntada que si hacía el recorrido a menudo, como la buena mujer dijera que sí, le compraron unas alforjas. Un reuma heredado que tenía dormido le despertó por la sobrecarga en un costado y la dejó baldada de por vida. Así una tras otra hasta la ruina de propios y extraños. Pero todavía la vida guardaba alguna que otra sorpresa a nuestro ilustre fracasado y a su compadre, el infeliz descalabrado...

 

 

 

HAMBRE Y FORTUNA

Capítulo IX

EL TESORO DE LA REINA

 

_Felipe. Me viene un olor que de muy pequeño aún lo recuerdo; además, por el ruido del agua, casi no tengo dudas, ¿estamos próximos al mar?

_Qué quieres que te diga, Maximiliano, yo el mar no sé lo que es; lo que si puedo decirte es que a la vista hay una laguna tan grande, tan grande, que se pierde.

_¿Nunca has visto el mar…?

_Ni lo he visto, ni sé lo que es.

_Puedes asegurar que acabas de verlo.

_Y tú cómo sabes que es el mar ese que dices.

_Por el olor, por el movimiento de las olas… Y porque no hay laguna tan grande en España que se pierda a la vista.

_Pues ya que estamos podríamos bañarnos y llenar los pellejos de agua.

_Si es para quitarte calor el baño está bien pensado; para el resto mejor busca un manantial o un pozo.

_¿Pues?

_El agua del mar es salada.

_Ya me ha visto el mar dentro de su agua.

_¿Y eso…?

_ Verás qué nos pasó a otro y a mi de pequeños.

_Lo de verlo va estar difícil, luego pon empeño en dar buenas explicaciones.

El descalabrado sonrió e inició la narración de su andadura infantil.

_Vinieron al pueblo unos forasteros de tierras de La Mancha en busca de jornaleros para vendimiarle a un marqués. Era práctica habitual cuando se acababan las cosechas, a finales de agosto, trillar los cereales, aventar el grano y guardarlo en grandes serones de esparto; ello coincidía con el inicio de la vendimia, lo que aprovechaban las familias para ganarse unos jornales fuera del pueblo y así pasar todo el año. Pues bien, de mi familia íbamos todos, incluido mi abuelo paterno; en total del pueblo acudimos quince familias completas…

_Bueno – interrumpió el ciego –, ya dirás qué tiene de salado que varias familias de un pueblo se vayan a trabajar a otro lado; eso mismo vienen haciéndolo los gitanos desde tiempos inmemoriales... Hombre, lo que es salero a estas gentes no les falta...

_¡Ya va, hombre, ya va…! No sé qué prisa tienes... Si te incomoda que cuente lo que me pasó callo in en paz.

_¡No… cuenta, cuenta…! Es que a veces para narrar una historia pasada la gente te cuenta hasta de qué dolores se aquejan; y ya me dirás qué tienen que ver las quejas con las lentejas.

_ ¡Dale con las lentejas...! Cuántas no habrás comido para tenerlas tan de continuo en la boca.

_ Ni te lo imaginas, Felipe, ni te lo imaginas.

_ Bueno, a lo que iba. Después de seis horas binen cumplidas en saltos de galera por esos caminos de Dios llegamos al caserón del marquesado de Pan Blanco. Allí nos esperaba el mayoral con otros trabajadores y residentes en la finca para orientarnos en el alojamiento. El mayoral, un tío recio entrado en años, se dirigió a los mayores en voz alta:

_Buenas tardes a todos. La señora marquesa de Pan Blanco, como cada año, una vez os hayáis instalado, dará una cena de bienvenida para todos con motivo de que os sintáis a placer en sus posesiones. Veo por las caras que algunos de vosotros ya habéis estado trabajando en vendimias pasadas, luego quiénes mejor, entonces, podrían orientar a los nuevos en las normas y en el trato que se da a la gente en esta ilustre casa. La cena es a las nueve en la cámara Chica. Ea, a disfrutar hoy; mañana la jornada será larga.

_Amos así no se dan por mi tierra, Felipe.

_No, ni allí tampoco. Lo que pasa es que la señora, viuda desde un lustro, desde la muerte de su marido, favorecía a los jornaleros temporeros cobrando gran fama en el trato de sus posesiones; todo lo contrario a su difunto esposo, que era un tirano.

_ Así se explica...

_Como te decía, Maximiliano. Una vez en la cámara Grande nos instalamos hombres y mujeres separados en el centro del recinto por una gran cortina, dejamos los bártulos junto a unas yacijas improvisadas de paja y al poco tiempo bajamos todos en busca de la cena. Nos agasajaron con unas patatas a lo pobre y conejo de caza con tomate hechos en conserva. Qué bueno estaba todo... Y no digamos del pan, blanco como la harina que estaba hecho.

_Hombre, si era el marquesado de Pan Blanco por algo debía de ser.

_Y que lo digas, porque nos dimos un atracón de órdago mojando. Para acabar nos dieron de postre arrope y un vasito de mistela. Acabó la fiesta y los mayores se fueron retirando poco a poco, que al día siguiente había que madrugar; los mozos y las mozas se enfrascaron en bailes y juegos de corros hasta bien entrada la noche, y los zagales nos juntamos a contar chascarrillos en la tinada. Y allí, en la tinada, fue precisamente donde aborrecí la sal casi de por vida.

_¿Acaso había una salina en la tinada?

_Qué va. Te cuento. Resulta que en los comederos del ganado habían unos bloques de sal semejantes a grandes piedras para que las ovejas los lamieran; ni sé para qué, pero allí estaban. Se le ocurrió a Viciano el Chamizo, un amigo del pueblo, que jugáramos al escondite, y al que pillaran, tenía que lamer una de estas piedras cincuenta veces.

_No digas más, Felipe, te pillaron.

_¡Cinco veces...! Ni te cuento las corridas que hice esa noche y todo el día siguiente a beber agua de los cántaros.

_Pues ya fuiste tonto, yo con solo arrimar la lengua habría cumplido el castigo.

_De eso nada, que si no cumplías te daban los galgos.

_¡Leches...! ¿Te tiraban a los perros...?

_No, esos galgos no mordían, aunque no sé que habría sido peor. Los galgos consistían en meterte en tus partes más sensibles una mezcla de tierra y ortigas.

_¡La leche...! Vaya juegos tenéis en tu pueblo.

_La verdad es que sí, pero en el fondo lo pasábamos muy bien. Desde entonces pruebo algo subido de sal y me entran arcadas.

_Buena tu aversión a lo salado, Felipe, pero en vistas a que no piensas lavarte ni tan siquiera los pies, yo al menos voy a ponerlos a remojar un poco; ni recuerdo el tiempo que no han catado el agua.

_Allá tú; yo te espero sentado en ese montículo de arena.

Desnudó el ciego sus pies de las abarcas y los introdujo en el agua viniéndole un frío al contacto con ella.

_¡Joder, está que pela!

_¿Y tú querías que me bañara...?

Pasaba a lo lejos de donde estaban el ciego y el descalabrado un camino de postas por el que se oía un campanilleo muy vivo.

_Alguien viene, Felipe; se oyen campanillos de caballos.

_Amigo, tu oído ha de ir en conjunto con la vista; lo único que se oye es el agua.

_Pues estate atento que no tardará mucho en aparecer un coche tirado de caballos, y por el brío ha de llevar buena marcha.

El descalabrado miraba a un lado y otro del camino y sólo que veía dunas de arena y un extenso secarral que se perdía hacia una ligera hondonada. Se encogió de hombros, echó el sombrero hacia la nariz y se tumbó panza arriba.

_Bueno, qué – espetó el ciego – ¿No vas a decir nada...?

_Y qué habría de decirte. Dices que viene un coche de caballos y que lo acompaña un vivo tintineo de campanillas y yo la única visión y oído que tengo es tu cuerpo corcovado y el dichoso ruido del agua que no para de moverse.

_Pues para tu información he de decirte que no es un solo coche, han de ser al menos dos o tres.

El descalabrado se levantó subiéndose el sombrero y miró hacia ambos lados de nuevo. Muy a lo lejos, en efecto, saliendo de la hondonada, observó una nube de polvo distante de otras dos que iban casi juntas.

_Buena oreja, compadre; si señor. Levanta el viento tres nubes de polvo, una primero y dos juntas algo más distantes.

_Tú ves.

_Pues mira, ahora si que veo; aunque todavía no oigo los campanillos.

_Los oirás.

_Seguro estoy de tu vaticinio, compadre. Dios te ha quitado la vista pero ha aguzado tu oído a punto extremo.

_Dios no me ha quitado nada, Felipe; fue la diestra de mi tío, que en mala hora me dijo que trabajara para él en la fragua.

_Por tu mala cristiandad, Maximiliano, te vas a ganar el infierno con todo derecho. Si Dios no te hubiera aguzado el ingenio, ahora tu ciega vista no habría distinguido uno o dos coches de caballos...

¡Pam, pam... pam, pam, pam...!

¡Escóndete, mortal! – alertó el ciego –. Ahora lo que se oyen son tiros.

¡Rediez si lo son, éstos sí que los he oído...! ¿Y a dónde nos escondemos...? Como no hagamos un hoyo en la arena...

_Habrá que zambullirse en el agua.

_¡Antes prefiero un tiro!

_Rápido, dame la mano y no me sueltes, conque nos llegue el agua a la cintura será suficiente para pasar desapercibidos.

Ante la aproximación de los coches de caballos el descalabrado asió de la mano al ciego y se adentraron en la playa hasta el pecho.

¡Pam, pam, pam, pam... pam...!

_Zambulle, Felipe, zambulle...

Alrededor de minuto y medio estuvieron bajo el agua los dos; seguidamente ambos salieron a una a coger aire. Al mirar el descalabrado vio que los tres coches de caballos estaban diseminados en las proximidades.

_¡Cuenta, Felipe, cuenta!

_Silencio y quietud, y no hay más que contar.

_¿Nadie a la vista?

_Tres coches con sus tres caballos que en principio, salvo uno, yacen muertos; y el que queda agoniza con las correas y los ramales tirándole de la panza por la que le salen las tripas.

_¡Animales, ya podían rematarlo!

_¿Quién...? No se ve ni un dios que respire salvo la bestia malherida.

_¿No iremos a ver que pasa...?

Puaggg.

¡Qué pasa, Felipe!

_La jodida sal. Ya te he dicho que con solo probarla me entran arcadas.

_Pues tira, hijo, tira. A veces una purga reconforta al cuerpo.

_¿Purga...? Están los cuerpos como para tirar las pocas reservas que les quedan. Anda, vamos a acercarnos poco a poco; más me estimo un alivio rápido de perdigones que un suplicio de salmuera.

Se acercaron con sigilo hacia el primer coche y vieron un enorme chorro de sangre que iba desde el pescante hasta ocultarse en un montículo de arena. Siguieron el rastro y dieron con un tipo cincuentón echado sobre la arena; tenía un enorme boquete en la barriga por el que le salía la sangre a borbotones.

_¡Debajo de lasien... agua, dadme... agua, debajo de lasi... agua, agua...! –suplicaba con insistencia.

_Pobre hombre. Felipe, rápido, ve y trae un pellejo de agua.

Arrancó el descalabrado como un rayo en busca de agua y al instante fue detenido por su compañero.

_No corras, ya no hace falta.

_¿Se ha muerto...?

_Frito, como un pajarito.

_¿A tal punto llega tu oído que percibes hasta el resuello de un moribundo?

_Necio, le he tomado el pulso y ya no late su corazón.

_Pues déjale y vamos a ver al resto.

_Por qué crees que no he ido ya, estoy esperando a que me acompañes.

Se encaminaron hacia otro de los coches y vieron a otros dos varones acribillados de perdigones.

_Éstos no van a pedir agua, seguro.

_Pues.

_Porque tienen tantos agujeros en sus cuerpos que conforme la bebieran la derramarían al suelo.

_Veamos el coche que queda.

Conforme se acercaban  el descalabrado le decía al ciego:

_Da espanto, sólo de ver al pobre animal dando coces ya me entra quimera.

_Coge uno de los trabucos y le descerrajas un tiro en la cabeza. Eso pondrá fin a su agonía.

_¿Yo, que no he matado ni una mosca en mi vida...? Lo más que he matado ha sido una cabra y ha sido accidentalmente. Mátalo tú.

_Y que se me vaya el tiro y te dé a ti sin querer. Yo me atrevo a matarlo, pero has de ser tú el que encare el arma hacia el animal.

_Hecho, Maximiliano; este pobre animal me mira con los ojos desorbitados y no aguanto más su suplicio; pero antes habrá que mirar dentro de la calesa por si aún respira alguna alma humana.

_Nada, socio -dijo el descalabrado-, aquí hay dos tíos más reventados a postas. Testigos sordos y mudos.

_Pues vamos a sacrificar lo único que queda con vida y hagamos hueco a la justicia, que ha de ser la que investigue este desastre.

_Hecho. Y en esas agarró el descalabrado uno de los trabucos y apuntó a la cabeza del animal.

_Dale al gatillo que ya está encarado, Maximiliano –dijo, y al punto cerró los ojos para no mirar.

¡Tac...!

_Qué ha pasado, Felipe.

_Y yo que sé... Estará descargada.

_Pues ya podías haber mirado antes. No creas que yo gozo matando animales; un caballo no es una hormiga, sabes.

_Igual piensas que yo retozo de alegría. Tú al menos no ves el sufrimiento del animal.

_Pero lo imagino ¡Va, carga el arma, anda...!

Diciendo esto el animal pegó unos cuantos pataleos y se incorporó.

_¡Sooo, sooo...!

_¿Y ahora Felipe...?

_Cómo se agarra a la vida el jodío.

_¿Qué dices...?

_Pues que se ha levantado como si nada.

_¿El caballo...?

_No, mi tía Heriberta... ¡Arrecia, viento!

_Hombre, me dices que el caballo estaba agonizando y ahora me vienes con que está como para echar carreras; buen curandero de bestias serías.

El descalabrado, callado, observaba que le colgaba al animal un intestino de unos treinta centímetros.

_Digo yo, Maximiliano, que si en las corridas de toros a los caballos de los picadores una vez los despanzurran los toros los cosen metiéndole para adentro las entrañas, ¿no podríamos aliviar a este animal nosotros haciendo lo mismo?

_No te atreves de matarife y quieres hacer de curandero. Además, si tiene las postas en el vientre, más tarde o más temprano morirá.

_No, Maximiliano, no; yo creía que la herida era de trabuco, pero no. El animal se ve que iba desbocado y se ha dado con un esqueje de pino tronchado en la panza. La sangre lo delata. Y lo de curarle es porque tiene una planta magnífica: negro azabache y con unas bellas crines largas desde la frente hasta el final del cuello.

_Pues hombre, aguja y bramante llevo yo en el hato; pero lo has coser tú.

_No te apures, Maximiliano; yo me he cosido las albarcas lo menos seis veces y ahí están todavía para echar carreras.

_Por suerte no las veo, pero vamos a lo que vamos, ¿tiene la tripa rota o le cuelga unida?

_Unida.

_¡A coser, Felipe! Ve a por el hato que está en la playa y busca una aguja de zapatero y el bramante... ¡Corre! Ah, y mira a ver si estos caballeros llevaban vino o aguardiente en alguno de los coches.

_¡Voy pa allá!

Pasado un corto espacio de tiempo apareció el descalabrado cargado con dos botas de vino, la aguja y el bramante.

_Vaya vino traían estos tíos; echa un trago y verás, Maximiliano...

_¡Y dale con verás...! Tráelos para acá, que a partir de ahora tú si que los verás, pero no los catarás.

El ciego se endilgó dos largos tragos de cada una de las botas y luego quedó pensativo con el semblante hacia el suelo.

_Parece que en vez de beberlos estés mascándolos –espetó el descalabrado–, ¿acaso quieres distinguir la bodega de ambos?

_Pues no eres tan ignorante como yo pensaba, Felipe. En efecto, los caldos son diferentes en cuanto a uvas y terrenos: éste parece Valdepeñas y éste otro montillano, que se agarra al gaznate que da gusto.

_Hala, Maximiliano, déjate de cataduras y vamos a hacerle la cura al animal de una vez. Negro estoy de verle el mondongo colgando.

_Razón a tus palabras. Enhebra la aguja con un hilo largo de bramante y después empapa bien todo de vino... ¿Tienes las manos limpias...?

_¿Y eso a qué viene ahora...? No pensarás en que yo... ya sabes.

_Qué ideas tienes, Felipe. Ni el momento ni mis ánimos están para tales labores. Si tienes las manos limpias basta con que te las enjuagues bien de vino para no infectar al animal cuando lo cosas.

_Ah, es que después de lo de La Rosa y tu cuento del Boñigas me vienen pensamientos extraños a la mente.

_Pues quítatelos de la cabeza, Felipe. Aún no ha habido varón alguno en mis pensamientos para gozar de él. Además se me hace repugnante solo el pensar que mi mano se apreste con dulzor a manosear a un tío; en cambio el tacto de una hembra anima a la locura.

_No sé, no sé... No sería un servidor el más apropiado para probarte en pelota limpia, ¿sabrías distinguir mi culo desnudo al de una mujer?

_¡Y dale... Que no soy maricón, joder! Aparte, ¿cómo puedes comparar tu trasero, que ha de antojarse peludo, basto y lleno de zurrapas a la suavidad, limpieza y aroma de un hermoso culo de mujer. La semejanza es como de la mierda a la flor.

_¡Eh, eh... Si ya vamos insultando...!

_¡No hombre, Felipe...! Es que la tienes en que yo cojeo de palomo, ¡y no! Pregúntale a la sirvienta de La Rosa.

_¡Ni comentarlo, eh...!

El ciego soltó una carcajada y apremió:

_Venga, Felipe, enjuágate bien las manos con líquido de las dos botas, así no habrá distinción en grados de alcohol; a continuación le metes los mondongos al caballo y le das cuatro o cinco puntazos para que no se le salgan.

_¿Ya mueve galerna...? ¡Tanta prisa, tanta prisa...! El caballo ahora está sobre sus patas, y ya me dirás como le coso la panza si no es metiéndome debajo de él.

_ Tú lo has dicho, metiéndote debajo.

_¿Quieres decir que he de clavarme debajo de un bicho herido que pesa lo menos treinta arrobas...? ¡Anda ya, chalado!

_Desde luego, Felipe, cambias más que una veleta. Si no te atreves a coser al animal carga de una vez un arma y dámela; hay casos en la vida que no admiten demora y éste es uno.

_¡Bueno, bueno...! Tú sujétalo del bocado y acaríciale la cabeza y el cuello, yo intentaré ser lo más rápido posible y así sufrirá menos.

Dicho esto cogió el intestino del animal y lo introdujo entre los pliegues rajados de la piel, seguido le hizo varias costuras dejando la herida cerrada por completo.

_Ya puedes dejar de sobarlo, he terminado.

_¿Ya...?

_¡Sí, hombre, sí...! Le he hecho un cosido que ni a conciencia; en un par de días sin hacer nada este animal estará listo para tirar de carreta.

_Lástima no haberte tenido a mano el día que me atizó mi tío, seguro que la oreja estaría más en su sitio y las rajas de la cabeza se me notarían menos... ¡Jodío Matías...!

_Compadre – dijo el descalabrado-, échame un chorro de vino en las manos para desinsectármelas y de paso limpiaré la aguja y el hilo... quién sabe, igual lo volvemos a necesitar en otra ocasión.

_Malo sería –adujo el ciego– sufrir un descalabro tan pasional como el que yo he sufrido, pues si de uno perdí la visión estoy por decir que de otro parecido quedaría tonto de por vida; dicen por ahí que a un buen trancazo no rechista calavera.

_Natural –resolvió el descalabrado–, como que cuando a uno le revientan los sesos de un estacazo la retahíla que sigue no llama a lamentos.

Quedaron callados los dos durante un espacio considerable de tiempo sin saber que decirse. De pronto le vino al ciego a la mente algo que había balbuceado el tiroteado en su agonía de muerte; con las mismas dijo a su compañero:

_Felipe... ¿recuerdas lo que decía el tipo que nos pedía agua?

_Precisamente estaba pensando en ello; dijo algo así como debajo de la sien.

_Pues como no se refiriera a las patillas...

_A pesar de tu ilustración algo corto si que eres, amigo, ¿tendrán mucho que ver las patillas en la confesión de un moribundo?

_Pues ya que te las das de experto en últimas palabras, listo, ofrece una versión digna a tu intelecto.

_No quieras hacer de abogado, Maximiliano, ¿en serio que no vas más allá de las patillas de ese tipo panzudo...? De la forma que han acabado no es fácil que sea por estética facial. Yo diría que debajo de la sien...to ha de haber algo que uno u otros protegían o instigaban.

_Coño –advirtió el ciego–, es verdad; debajo del asiento de la carreta en la que iba subido ese tipo debe encontrarse algo de suma importancia ¡A qué esperas, Felipe...! ¿Para una vez que llevas la iniciativa te atrancas...?

_¡Eh, aguanta, macho! ¿Quién te ha quitado la mierda del alacrán o ha ideado lo del chico del burro...?

_A callar tocan –apremió el ciego–. Si uno lleva las de ganar querer vencerle el pulso es como barrer con ventolera. Ándate al pescante de la calesa por la que se iniciaba el reguero de sangre; seguro ha de tener cajón de arriero y tal vez se encuentre algo interesante en su interior.

El descalabrado se encaminó hacia la carreta subió al pescante y abrió la tapa que cerraba el cajón de arriero. Tras rebuscar entre aperos y guarniciones de bestias dio con otra caja muy rudimentaria y poco llamativa cerrada con clavos; como en su búsqueda no hallara nada que llamara la atención decidió bajar la caja y desclavarla en tierra.

_No dices nada, Felipe. Tendría arrestos la cosa que el final se dirimiera por asuntos de patillas entre los cuatro tipejos.

El descalabrado sin musitar palabra andaba buscando una palanca con la que abrir la caja.

_¿Has quedado mudo...? –instigó de nuevo el ciego.

El descalabrado volvió de nuevo al cajón de arriero y sacó una herradura, la introdujo entre medias de dos clavos e hizo palanca hasta desclavar una tabla; al quitarla apareció ante sus ojos un acopio de piedras preciosas ensartadas en hermosos collares de oro y plata.

_¡Joooodoooo...!

_¡Apremia, Felipe...! Conforme tu expresión...

_¿Querrá Dios que cuando salgamos de la ruina nos devuelva otra vez a la riqueza sin ton ni son?

_¿No darás rápido santo y seña...? ¡Ya noto a mi tranca de un nervioso...!

_¡Quieto, quieto, Maximiliano! Deja a tu cayado en paz ¿Recuerdas el tesoro de los luises?

_¡Que en buen provecho estén! ¿Qué había en el cajón de arriero, me tienes en ascuas?

_Collares con piedras preciosas que han de hacerle sombra a los resplandores del rey de Francia.

 

Continuarrrrráááá

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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17-Dic-2018

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