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Miseria y fortuna

 

CAPÍTULO I

Las migas

 

Llenos los campos verdor y henchido el río, volaban las aves con idas y venidas de los sembrados a sus nidos. Allá por la onceava hora, con el sol bien amanecido, se daba en la escuela esta lección, “de lectura y redacción”, según decía don Ramiro. Y era así:

_¡Hermanos, tened bondad y compasión de estos dos desafortunados, hasta que los llame Dios!

Y no eran dos, sino tres. Dos que iban juntos estaban situados de pie a ambos lados en la entrada de un pórtico eclesiástico, y el tercero, que iba por libre, descansaba sus posaderas junto al pie de la escalinata que conducía al mencionado pórtico a la vez que alargaba su sombrero hacia los parroquianos. Tras varias horas de griterío implorando a todas las almas vivas que pasaban por allí, comprobaron los tres ilusos que en aquella mísera villa pocas fiestas les iban a dar a sus ruidosas entrañas. Los socios porque no veían a paisano alguno echarse mano a la faltriquera, y el que iba solo, aunque ajeno a los bienes gananciales de sus dos competidores y socio pleno en la virtud del san pedir y el san rogar, porque no oía el agradable tintineo que hacen los cuartos al caer ni en su mano ni en las de aquellos dos desgraciados. El que más voceaba cansado de tanta súplica y tanta retórica sin compensación alguna gritó con fuerza dirigiéndose al que estaba más abajo:

_ ¡Eh... tú... el de la escalinata!

_ ¿Es a mí, hermano? –respondió el aludido tras un espaciado silencio.

_ ¡A quién si no! ¿Acaso has visto a algún otro hijo de la desgracia, exceptuándonos a nosotros tres, que provoque la afonía en su garganta y encallezca sus rodillas ante las puertas de la Casa de Dios?

El de la escalinata gesticuló encogiéndose de hombros.

_ ¿No es ley suprema ayudar al necesitado? –continuó el anterior.

El de más abajo asintió a medias con la cabeza, como si quisiera eludir y, a la vez, entrar en tan provocadora conversación.

_ ¿No sería obra de gracia que estos hijos... de Dios, siquiera repartiesen los colmos que el Benefactor se ha dignado concederles? –repuso de nuevo el malhumorado.

El de la escalinata con la mirada un tanto perdida en la inopia se alegraba por la crítica a viva voz que impartía quien le interpelaba. Con ánimo de añadirle más picante a todo lo dicho se dirigió hacia el punto más o menos exacto del que había percibido las ondas bucales y dijo en voz alta:

_ Razón no te falta. Tengo entendido que esta villa, aunque pequeña, es de grandes fortunas. También es sabido que sus vecinos disponen de cuevas repletas de orzas con muy buenos chorizos y morcillas conservados en pringue, mejores y afamados jamones curados en sal y pimentón, inigualables quesos de leche de cabra y oveja, perdices en escabeche, conejos y liebres en tomate conservados en tarros al baño maría,…

_¡La puta en bastos! –cortó el que tan insistente alzaba su voz a grito limpio– Con tanta hambre como tengo –prosiguió– me va a venir un desmayo si sigues hablando de comida.

_ Pues no ha de quedar en el umbral del pobre –insistió el de la escalinata– el famoso tocino de vetas magras ventisquerano con el que en más de una vez he velado al sueño.

_Nada, nada; que venga también –volvió el anterior–, y si quieres adórnalo con pan tierno y un buen Moriles de barrica ¡Soñar despierto menosprecia al hambre!

_ De la boca y el gaznate me los has llevado –replicó subiendo el tono el que estaba sentado–. Sin embargo… –continuó cabizbajo– ¡Mala ruina venga! ¿Qué tenemos los pobres? El estómago cada vez más encogido y el consuelo de un gran recibimiento en el Reino de los Cielos a la hora de dejar esta ingrata vida. Tal es la vida del que sufre el infortunio: ruina en la tierra y gloria en el Cielo.

El que inició la conversación, prosiguió:

_ En verdad que ha de ser como dices, buen hombre, pues el que se va ya no vuelve. Ahora bien tanto el infortunado como el portentoso, en las últimas, uno en su desgracia y otro en su virtud, preferirían agarrarse a la ruina de la vida y dejar la gloria celestial para otro momento, que en esas gastan el mismo rasero de medir.

Como quiera que ambos contertulios vociferaban a grito perdido y las gentes que pasaban por allí no tenían más remedio que oír tan enconada y desagradable conversación, uno de los paisanos del pueblo agarró un canto casi tan grande como su puño y, sin decir ni mutis, descargó el cantazo con tan mala fortuna que fue a darle de refilón en la cabeza del otro pobre que no había graznado ni pío.

_ ¡Ay... ay...! –se quejaba aquel dolorido, y entre aullidos e imprecaciones salió corriendo como gato escaldado.

_ ¡Lagarto, lagarto! –repetía su compañero bajo una lluvia de cantos lanzados ahora por el resto de parroquianos, y aún corriendo más que él, lo alcanzó y se le puso delante, no fuera que aquellos alborotados se entrenaran con los forasteros.

_ ¡Hermanos...! ¿A qué viene ese jaleo? –gritaba desesperado el de la escalinata sumido entre la confusión del griterío y su falta de visión. Pronto le llegó la respuesta; al punto recibió una pedrada en la espalda y otra en un carrillo de sus posaderas.

_ ¡Humooo... que el viento arrecia! –decía, y refunfuñando pestes salió corriendo como alma que quiere el diablo guiado por los chasquidos de las abarcas de sus predecesores.



Habían perdido casi de vista la torre del pueblo cuando al descalabrado se le ocurrió mirar hacia atrás. Paró de súbito y con gran sofoco debido a la carrera gritó:

_ Podéis dejar de correr... que ya ni llueven cantos... ni se ven a esos brutos venir... por la franja del camino.

_ ¡Quien mal te quiera, de retortijones muera! –dijo el que inició la gresca casi sin resuello–. Pronto me van a ver a mí en este pueblo, ¡ni aunque de oro se les vuelva el mijo, y con esas que se vayan todos al pijo! Un poco más y nos tiran hasta los rulos de la era.

_ Si hubierais callado vuestras bocazas –recriminó con cara de malas pulgas al que le habían rajado el cogote mientras se hurgaba en la punzante herida con la mano. Tras bajarla y comprobar que estaba más roja que la mano del tío Verraco, que era el matarife de su pueblo, vino a decir una frase que su madre repetía en épocas bajas:

_ “Si vas a por higos, cuídate de la higuera”.

_¿Y eso qué viene a decir? –volvió el alborotador.

_ Pues que la higuera no es árbol de fiar.

_ Aún no capto la moraleja –insistió el anterior.

Aquel con semblante de pesadumbre, respondió:

_ No quería yo traer malos recuerdos, pero debido a tu insistencia no veo mejor salida que hurgar de nuevo en la memoria y ensalzar con creces a la desgracia: Fui un día a por higos a la Higuera de la Vega, de sobrada fama en el pueblo aunque traicionera; ya al pie de ella, la rodeé en todos sus flancos y pude observar que estaba más desbaratada que el rocín de Lautiniano Arrancapellejos –¡pobre de él!–, que anda siempre lleno de vergajos en sus lomos y no menos cumplido de aguijones de tábanos y moscardas.

_ Dice un dicho: según el payo el caballo –interrumpió otra vez el de la gresca.

_Y que lo digas –prosiguió el descalabrado–. Un tío recio, áspero, desagradable a más no poder. Ah, y pobre del que topara con él.

_Muy macho lo pintas –aireó el de la bronca.

_Y tan macho, aunque más que macho desalmado. Imagina que cierta vez en una pelea con cinco arrieros, los corrió a varazos de tal suerte, que tuvieron que andar los curanderos más de todo un día cosiéndoles los cueros. Y todavía a uno el cura le dio la extremaunción de tal como quedó. De ahí le vino lo de Arrancapellejos. Pero volvamos a la higuera, que fue donde nos quedamos. En un lance de vista, pendían de una rama joven unida a otra vetusta tres brevas entre arracimados higos que parecían ser guardianes de ellas. Sin pensarlo me subí al árbol y di en la rama firme; como alargaba la mano y ni llegaba al racimo de higos ni a las brevas, avancé un poco más sobre la rama principal hasta quedar fuera del ribazo y de lleno en el vacío; aún no alcanzaba los frutos, luego hube de arriesgar más, y vaya si arriesgué; quebró la rama principal y, de allí, volando, fui a parar a un ejército de chumberas. Para qué contarte más; aquello fue el principio de mi mala suerte. A raíz del accidente mi madre a modo de reprimenda y con motivo de que mejorara ante mi conformismo en las desgracias, de vez en cuando me arrimaba la frase.

_¡Pues tibio alivio! –concluyó el provocador de los parroquianos.

El ciego, que era bastante más viejo que los otros dos, escuchaba el palique de sus nuevos compañeros sin poder evitar una sonrisa; con sonoros jadeos y pitando desde sus bronquios más que el gozne de una noria, a pique de sufrir un desmayo por falta de oxígeno, refirió extenuado:

_¡Arre que truena! No perdonan los años. En mis tiempos mozos no había gazapa ni coneja que escapara a mis garras, en cambio ahora...

_ ¿Y a qué viene ese cuento ahora? –entrometió de nuevo el causante del jaleo– El compadre andaba en la higuera entre brevas y chumberas y tú me sales ahora con gazapas y conejas –concluyó.

_ Pues mira de higos, que no brevas, va la cosa –replicó el ciego–.Y como intuyo que andas un poco bajo de entendederas te lo diré más claro, a ver si así te enteras. Metafóricamente estaba refiriéndome a la vulva de la mujer, ¿comprendes ahora?

El descalabrado quiso también opinar sobre el coloquio que habían originado sus compañeros; después de limpiarse un hilillo de sangre que bajaba por su sien argumentó:

_ Pues yo lo de las vulvas no lo había sentido nunca. De bulbos sí; recuerdo que de chico mi abuelo y mi padre sembraban de ellos para que en las fiestas del pueblo adornaran el altar del santo con flores “¡San Numinaldo el Feo, que ni lleno de flores guapo te veo!” Esa cantinela coreábamos antes de entrar en misa los críos de la escuela; y el cura, al que pillaba cantando, le pasaba el “santo y seña” a don Aurelio, el maestro, para que nos diera de hostias de las de sin Oficio; que de tan devoto que era del santo, los mejores ramos siempre los pagaba él.

_ Buen párroco, ya que al delator no le ata estado de confesión, y mejor maestro para aplicar justicia –arrimó el causante del descalabro–. Cuando el mal viene de raíz –prosiguió– hay que atajarlo, de lo contrario al pobre santo le habrían condenado de mezquindad hasta el día del Juicio. Si a Dios le salen verrugas el agua bendita se las quita; pero pobre del santo que nace feo o necio, o que para su desgracia lo modele algún patoso que se las da de Murillo o de Salzillo, y no pase de enjalbegar casas o del tapiado de ladrillos: la gente tiende a veces a aumentar con creces el desprecio cuando hace gracia. Tales somos.

_ Y bien dices –culminó el descalabrado–. Los mozos del pueblo tomaron la canción por propios en las fiestas y a raíz de aquello el santo cobró más fama por San Feo que por San Numinaldo.

El ciego con semblante alegre volvió al tema de su argumento:

_Decía antes que cuando era mucho más joven la vida me sonreía con gusto y placer; ¡qué tiempos aquellos! Las jóvenes y menos jóvenes de mi pueblo se encapricharon de mí; igual en invierno que en primavera, verano u otoño. Cuando la estación era fría, nunca faltaba el calor de una gloria que me calentara. En los tiempos en que la sangre bullía, los verdes sembrados me refrescaban. Cuando el calor del estío elegíamos el río, buen remedio de sofocos prematuros y también maduros. Y en otoño, sobre lechos de hojas, de nuevo me arracimaba. Así año tras año tomé fama en el pueblo de hábil cortesano. Pero por desgracia en un descuido de mi última aventura se cebó en mí la mala suerte y quedé postrado para siempre a la ayuda de este báculo.

_ ¿Y eso? –preguntó algo más repuesto el descalabrado.

_ Veréis –respondió el ciego, y como presentía una cierta curiosidad en los oyentes, pasó a contarles su malograda hazaña–. Fue un frío día de invierno. Por aquella época yo tenía recién cumplidos los veintiséis años y trabajaba en una herrería de mi pueblo. Un tío mío era el dueño. Él me enseñó el oficio, y entre alguna que otra coz de mula o de pollino y soplidos de fuelle, se herraba a las bestias y se vencía al hierro…

_ Tanto este como yo sabemos del oficio del herrero, así es que, al grano– interrumpió impaciente el más aguzado.

_ ¡Quieto, potro! Las prisas al arriero, que él cobra porte ¡A otra vamos!

Después de un silencio, el descalabrado lanzó una mirada increpante a su compañero y se dirigió al ciego:

_ ¡Bah! No hagas caso y cuenta; este voceras todo lo que tiene de avispado lo dedica a su necia boca y a inferir en males ajenos.

_ Como decía –continuó el ciego con un tic de aire apesadumbrado–, mi tío se ausentó un día de la herrería, pues lo requerían en el cortijo de un ricachón para que herrase algunas mulas. Y así de confiado me hallaba yo engarzando una reja a base de macho pilón, yunque, mallo y tenaza -que más parecía doctorado en herrería que peón, que era mi más alta graduación-, cuando apareció ante mí tía Fátima. Lucía una sonrisa atrayente y coqueta. Ya había observado aquella sonrisa en otra ocasión, pero esta vez sus dientes resplandecían de un modo especial: libres, sin tener que ocultarse de nada ni de nadie. La miré a los ojos y ella correspondió de la misma forma; el canalillo de sus pechos se inflaba en un sube y baja de mareo, ¡Dios, qué visión! Ni un descanso obtuvieron mis párpados que, estáticos sobre dos miras, no sabían si clavarse en sus ojos o en sus hermosos senos. Como quiera que no dirigía palabra alguna, seguía sonriendo estática y era de su gozo que la repasase de pies a cabeza con tal ansia y apetito de sus carnes, sin mediar palabra alguna cerré la puerta exterior de la herrería, la cogí en brazos y fui abriendo paso a patadas contra todo lo que se interponía en nuestro camino: puertas, taburetes, ... Al fin, la codiciada alcoba.

Ella se agarraba a mi cuello con fuerza. Notaba su respiración entrecortada, como poseída por el deseo. La descargué con violencia sobre el lecho y enseguida atrapó mis labios con un largo beso. Mientras, mis manos no paraban de quitarle ropajes: la blusa, los tirantes del viso... ¡Dios!, sus blancos pechos tersos y de vértices sonrosados. Sin más preámbulos, absorbí con mis labios toda la esencia que emanaba de su cuerpo mientras ella se derretía de ansias –y yo no menos, claro, que ni la pila de la fragua, de tirarme a ella, me hubiese apagado el fuego–. En ello y tras varias tontunas y zalameos, casi sin darme cuenta, noté que estaba encima de mi tía y los dos nos hallábamos en cueros vivos retozando como jóvenes enamorados. Hay que decir que tía Fátima, con sus cuarenta glorias recién cumplidas, era una mujer guapa donde las hubiera y tenía un pelo y unos ojos de mora de ensueño. Además, y con razón, presumía de un talle y unas caderas propias de beduina, en las que asirse a ellas era como tocar pétalos de rosas. En fin, que era una mujer de muy buen ver y, a la vista de todos, de mejor catar.

Tanto gozo sentíamos en nuestros interiores que ya la llegada del éxtasis prorrumpía deliciosamente. Al punto, entre ayes y gemidos, se oyó un portazo en el interior de la casa. Aquel ruido nos heló la sangre y redujo nuestras ansias al límite; empero, era tal la rebeldía en ambos del gusto y del tacto que, enajenados, ensalzamos al gozo a su más alto estado. Dejado el cielo y con los pies muy en tierra, vi a mi tío mirándome fijamente con la hostia de lado como en su vida –que ya él se temía lo peor, pues tía Fátima tenía en alza la fama de andar muy suelta en amoríos–; blandía en su zurda una estaca hecha de raíz de encina con la que enderezaba a las bestias que, más burras que burras, se entercaban en no herrar sus patas, y como yo estaba el primero, me llevé la peor parte, pues me tiró un garrotazo tan mal pegado –para mí, que para él ni hecho a conciencia–, que me abrió la cabeza como si fuera un melón y casi me arrancó la oreja derecha de cuajo. La oreja me la cosió como pudo el Lucio, un zapatero del pueblo; aquí está la muestra.

El ciego deslió de su cabeza una especie de turbante y mostró a los atónitos presentes su oreja derecha.

_ Hombre, un poco baja si que te la dejó el Lucio ese –resolvió, como de costumbre, el más aguzado.

_ ¿Y esos repelones de la cabeza? –preguntó el descalabrado.

_ Estos repelones –respondió el ciego– son algunas pedradas de chico y otros de la raíz de encina, que buenos surcos me dejaron. Pero de todo esto me queda un consuelo, y es que, mientras mi tío me acertaba con el garrote yo hice lo propio con el badil de un brasero que había apoyado junto a la cabecera de la cama, y lanzándoselo a sus partes más bajas, le arranqué las pocas honras que le quedaban después de las patadas que le había dado un penco.

_ Con razón tu tía... –dijo el aguzado sonriendo.

El descalabrado, también sonriente, le preguntó intrigante al ciego:

_ ¡Oye!, ¿y qué fue de tu tía?

_ Mi tía se marchó aquel mismo día con un gitano tratante de ganados que venía a visitar a mi tío. Desde entonces que no sé nada de ella. Lo curioso es que el gitano estaba muy apegado a la familia ¡Fíate y no corras!

_ Pues tú tampoco eras muy de fiar –resolvió el aguzado.

_ Lo peor de todo esto –dijo el ciego entristecido– es que del golpe fui perdiendo poco a poco la visión hasta quedar hundido en este pozo oscuro que es la ceguera. Como la iba perdiendo en progresión y ya el oficio de la fragua hube de posponerlo, me dediqué a recitar rimados errante de pueblo en pueblo. A mi tío le creé uno con motivo de resarcirme de él cada vez que lo recitara. Así el regocijo descansaba un poco cuando venía el recuerdo de tan fatídico momento de mi vida.

_Ya dirás el rimado –apremió impaciente el aguzado–, que a este y a mí, acostumbrados a los tacos de los tumultos y a las jergas de las tabernas, un recital poético no nos viene de más.

_Si os empeñáis –finalizó el ciego–, se titula El cornudo; ahí va:



Un cornudo pesaroso

harto de tanto entredicho

quiso acabar con su fama.



Buscó un gran árbol,

hizo un nudo corredizo

y ató la soga a una rama.



Subióse a un jamelgo

y en tanto que meditaba

si darle o no una gran patada

el penco, como si lo esperara,

entró en fuerte cabalgada.



Colgando el cuerpo en el vacío

el nudo su cuello apretaba

y el pobrecillo cornudo en su agonía pensaba:

¡Antes cornudo que nada!



Por suerte quebró la rama.

La noche se le hizo día

y de regreso a la villa con fuerte tono gritaba:

¡Soy cornudo por derecho,

y porque me da la gana!



El aguzado, sonriente por lo oído, quiso poner su toque personal y dijo:

_Mejor le hubiera ido también a tu tío quedar cornudo que capón.

Entre anécdotas y risas los tres personajes se perdieron difuminados entre los meandros del camino.



Pasado un buen trecho y algo más relajados, decidieron los tres caminantes sentarse alejados de la vista del camino a pegar bocado. El ciego echó mano a sus alforjas, sacó un cuarto de pan algo mugriento y una bota de vino un poco desinflada. Hizo lo propio el descalabrado, desató el nudo de su hato y dejó ver la miseria de su ajuar: una sartén con más tizne que la vara de un carbonero y un tarro de barro, tapado con un corcho, que contenía manteca de cerdo rancia a más no poder. El que quedaba por mostrase, no llevaba en su talega más, que un pellejo de cabra con casi menos líquido de Baco que aire y un arenque tieso y salado que, atado al final del palo por el que iba sujeta la talega, ondeaba presumiendo a los azotes del viento cual si fuese un bonito de Tarifa. En más de una ocasión la tentación había estado a punto de acabar con su existencia, pero el hambre atroz de la época y el miedo de su amo a no tener nada para el día siguiente que llevarse a la boca, le concedían tregua e indulto. El aguzado, a la vista de las viandas expuestas comentó a sus compañeros:

_ Bueno, no hay para quejarse que en peores habremos estado. Tenemos manteca, pan y vino, y hasta mi preciada sardina se antoja que pide a gritos que en el día de hoy le haga justicia...

_ ¿Y qué hacemos, pan untado con manteca? Porque a ese arenque no le hinca el diente ni el más mísero de los gatos –dijo el descalabrado.

_ ¡Quién fue a hablar! Qué puede envidiarle mi sardina a tu rancia manteca, ¡cara de mulo!

_ ¡La leche que te han dao! ¿Cara de mulo yo? ¡Tu padre será un cara de mulo, desgraciado!

_ ¡Me cago en...!

_ ¡Arre que truena, San Hilderico, en ignorancia tan pobres y en necedad tan ricos! –comentó el ciego intuyendo una absurda pelea entre sus compañeros–. De haber tenido una sartén a mano, hubiera hecho unas migas con la manteca que lleva ese, el pan y las cabezas de ajos que guardaba para otros menesteres, que habrían saciado a nuestros estómagos hasta el punto de reventar.

Los discutidores, que andaban más por los yerros que por los aciertos, al oír lo dicho por su compañero pararon al unísono y se quedaron mirando con gestos de extrañeza. El más avispado se dirigió como un rayo hacia la cepa de una viña que estaba en las proximidades y quebró un sarmiento; a continuación regresó hacia el punto donde estaba el descalabrado y alzó su brazo con el ánimo de descargarlo. El descalabrado al ver el ímpetu que llevaba su, ahora enemigo, puso pies en polvorosa y se retiró del radio de acción ¡Zas!, gong. Pegó con fuerza el sarmiento en el culo de una sartén que llevaba el descalabrado junto a su hato y sonó aquella más que la campanada de la una.

_ ¡Que me quede muerto si no es cierto que eres ciego! –dijo el aguzado–. Nada te hemos dicho de la sartén por no ser cosa que llevarse a la boca.

Al zumbido del hierro el ciego enardeció el semblante, esbozó una sonriseja medio alegre, medio burlona y dijo con energía:

_ ¡Rápido, la sartén! ¿Cómo es que aún no venteo el humo de una buena lumbre?

Ni al ¡alto! de la guardia civil le habrían hecho más caso. Con rapidez lebruna los dos compañeros dispusieron el arreglo de la lumbre.

Les dijo el ciego que para que asentara bien la sartén sería conveniente rodear el fuego con piedras, lo que serviría también para proteger a las llamas del viento y aprovechar más los rescoldos; a lo cual asintieron con signos de aprobación sus dos colegas.

El descalabrado era un tipejo más bien alto, flaco y marcado de costillas, feo a más no poder, con la ayuda de las palas quebradas de su boca que, al sonreírle a los niños, corrían aquellos más que si los fueran a llevar a Paco “Trasquilones” –el esquilador del pueblo que, cuando fallaba el deslanado de las ovejas, alternaba el oficio ejerciendo de peluquero; y pobre del que caía en sus manos, pues debido a su intensa miopía, igual pillaba en sus empleos pelo que pellejo–; para males peores, desgraciado donde los hubiera. Allá donde se originase un tumulto y husmease su horrible narizota, palo perdido, palo que encontraba.

Era, por el contrario, un tipo bien parecido el aguzado: rostro afable y agraciado, recio de hechuras y tanto más afín de alturas. Resumiendo, un fulano afortunado por las gracias de sus creadores. Por cierto, que al haber nacido en un burdel, aunque de madre reconocida, fue malcriado por sabe Dios cuántas madres más; en cuanto al padre...

Hechas las descripciones volvemos a la lumbre, que fue donde nos quedamos. Cogía el descalabrado las piedras más gruesas y lejanas y las acercaba hacia el lugar elegido para el guiso. Al llegar el ciego las tanteaba y las iba colocando en círculo a su gusto. Por el contrario, el aguzado cogía las piedras más pequeñas y cercanas. El ciego al notar las piedras que arrimaba este último, recriminó su actuación y le dijo:

_ ¡Eh, compadre! Con las piedras que acercas más que el cerco de una lumbre esto va a parecer la entrada de un hormiguero.

_ Para ser ciego, aún ves demasiado –recriminó el aguzado con voz de enfado.

_ ¡Señora Santa Rufina, aléjame de esta ruina! –susurró el ciego–¡Ni ahora ni antes, para qué discutir con tal ignorante! Bueno está quedando el cerco –gritó–. Acercar tres o cuatro piedras más y ya habrán suficientes.

Una vez guisado y preparado el manjar emitía la sartén un suave aroma a pan y ajos fritos, que incitaba a los hambrientos comensales a perder el respeto por ver quién empezaba primero. El ciego, que conocía bien aquella clase de vianda, pensó de aunar el vino en una de las botas y de esta forma racionar el escaso líquido. El descalabrado y su compañero celebraron aquel gesto tan honroso, pues ellos tenían su bota más holgada y ganaban en el trato.

Empezaron a comer y a las pocas cucharadas las migas iban taponando sus tráqueas. Así pues, la bota iba de mano en mano más rápida que un galgo. El ciego, un tanto desconfiado, notaba que cada vez que pasaba una ronda la bota sonaba cinco veces al caer en los galillos, cuando en realidad debían ser tres chorros. No contento con los hechos dijo a sus compañeros:

_ Amigos, como el vino escasea y noto que aún quedan gran cantidad de migas en la sartén, ¿qué os parece si bebemos sólo cuando acompañe a cada cucharada un ajo junto a las migas? De esta forma será la suerte quien haga que bebamos hasta acabar de comer.

Aprobado el trato por los otros dos comensales siguieron despachándose las migas. A las pocas cucharadas uno de ellos dijo:

_ ¡ Ajo! –Y después de pegarse un buen trago de vino finalizó– ¡Trago!

El mismo a las siguientes dos cucharadas, repitió de nuevo:

¡Ajo... trago! ¡Ajo... trago! –Y se endilgó dos lingotazos más de vino.

El descalabrado, receloso por el arte de encontrar los invisibles ajos de su compañero, exclamó:

_ ¡Hombre, ya era hora! ¡Ajo! –chrrriooo, casi ahogándose– ¡Trajjgo!

Así, uno y otro se las ingeniaban para “pescar” ajos entre “ajo y trago” en tanto que el ciego se iba inflando de migas. Este, con la cara cada vez más roja debido al atasco, le pareció que aquella sartén era tan grande como la rueda de atrás de una galera y los preciados dientes de ajo tan minúsculos como las lentejas de la Casa de Beneficencia; pues ponían algunas de muestra y después, por mucho que buceara el cucharón en la olla, no hallaba más hierro de legumbres que el puro caldo y el culo metálico del recipiente. De igual forma, pensó que con las rondas que continuamente se pasaban sus dos acompañantes, deberían haberse comido una ristra de ajos entera. Considerándose burlado de nuevo ante la falta de su sentido visual y casi asfixiado por faltarle el líquido que le ayudara a destaponar su garganta, expuso con aire alarmante:

_ ¡Compañeros! ¿No habéis notado un ruido de ramazos secos? Id no sea que quiera alguien aguarnos la fiesta.

Se levantaron los aludidos y tras registrar los alrededores regresaron pasado un notable espacio de tiempo. Al notar la presencia de ambos el ciego preguntó:

_ ¿Qué?

_ Nada. Habrá sido alguna alimaña hambrienta –contestó el descalabrado.

Mientras el aguzado, cuchara en ristre, había empezado a comer migas con ansia descomunal; queriendo recuperar el tiempo perdido en su frustrada búsqueda, a la primera cucharada dijo:

_ ¡Ajo...! Pasa la bota, amigo.

El ciego con cara de satisfacción y con una sonrisa a todas luces sarcástica le pasó la bota. Al recibirla, notó el gañán como el pellejo estaba tan vacío, que la pez se asfixiaba a falta del tintorro y el pitorro le escupía con una mezcla de aire avinagrado sobre la cara. Con ironía repuso de nuevo:

_ Compañero, has obrado mal. En nuestra ausencia te has hartado de migas y has acabado el vino de la bota con la excusa de un ruido que solo tú has oído.

_Siento que pienses así –contestó el ciego–. El ruido ha existido y en vuestra ausencia aún se hacía más próximo y persistente. Al ver que tardabais y pensando que con velar la sartén no le hallaba solución al caso, he decidido seguir comiendo por si algún ser hambriento, irremediablemente, nos dejaba sin migas –que una vez hecho el pecado, de poco sirven las penitencias–. Con las prisas, la suerte me ha acompañado y había veces que en la misma cucharada me salían hasta tres y cuatro dientes de ajo juntos. Haciendo bueno el trato, a tantos ajos sacados tantos tragos bebidos. Al final la bota se ha vaciado sin darme cuenta y sin remedio.



CAPÍTULO II

Las tres gracias

_Si marzo mayea, mayo marcea.

¡Jodo, poeta! -dijo el aguzado dirigiéndose al ciego-. Sí que pinta bien tu refrán, revientan las siembras de ababoles y otras plantas y, a lo lejos, el monte luce un verde de hermosura; pero, sin ver, ¿cómo puedes saber que la primavera está adelantada?

_Cada cual aguza sus sentidos a las circunstancias. Tú ves, cualidad que yo conozco y ahora me falta. Sé que la primavera está adelantada porque tras un duro invierno estamos pasando un veranillo que dura todo el mes en curso, además el campo y el monte huelen a verde que es una envidia.

_Pues si hay ababoles, hay collejas -intervino el descalabrado-. Podríamos coger unas pocas y hacer una tortilla.

_Como no la hagamos con tus huevos... -añadió el aguzado con sorna.

_Mejor con los de tu padre, follacabras -sentenció el descalabrado.

El ciego, que presentía una trifulca entre sus dos compañeros, cortó por lo sano:

_Dejad vuestros líos para otra ocasión, el calor aprieta y habrá que buscar sombra en la que descansar los huesos, y la siembra no es precisamente el lugar ideal para refrescarse y guarecerse del sol.

He aquí que al librar la cuesta de un camino de herradura que subía o bajaba –según si uno fuera o viniera–, a lo lejos, se veían tres figuras que por sus atuendos daban la imagen de ser hembras. El aguzado, que tenía buena vista y mejor maestría para según qué manejos, comentó a sus compañeros:

_ ¡Eh, Rojo Tiñas! –Rojo y Tiñas eran los apodos del descalabrado, en parte por el gran acopio que hacía de sus motes; pues la naturaleza le había obsequiado ante tantas desgracias con unos mechones negros que le iniciaban en el cogote y le caían por el lado derecho hasta la oreja que, difuminados entre el pelirrojo y el rubio albino de su mata general, daban la sensación de tener la tiña.

_ ¿Qué te hace ahora, Barona? –Barona nada tenía que ver con la nobleza del aguzado, sino por la gracia de su madre. Cuentan que una vez hizo parada un barón en la posada “La Rosa”, que estaba en una encrucijada de caminos. Venía el gentil de Cognac e iba a Sevilla a tratar unas heredades antepasadas napoleónicas fruto de casamientos hispano-galos. Como la fama de la posada la había llevado la tradición hasta los confines de la mismísima Francia, quiso por propio saber si era cierto lo del lema que rezaba en su entrada: “En la posada de La Rosa, el que no descansa goza”. Le echó el ojo a Belinda, madre de nuestro Barona y, una vez hechos los tratos, allá que fueron barón y cortesana a darse de cueros vivos a la alcoba. Según una versión, ambos se enamoraron y desaparecieron aquella misma noche sin dejar rastro ni huella; según otra, el tipo en cuestión no era tal barón, sino un proxeneta galo que se llevó forzada a Belinda a Francia como “dama de compañía”. Lo cierto es que el aguzado heredó el mote de Barona y quedó huérfano de madre para siempre.

_ Si el instinto no falla, aquello que se ve a lo lejos son tres mozas –contestó este último descrito.

_ Pues de serlo han de ser templadas, porque altas, parecen más que la Giralda –dijo el descalabrado.

_ Como no nos han visto –siguió el Barona–, me da en la nariz que si aguantamos el tirón le vemos el culo a alguna de ellas.

_ ¿Y eso?

_ Es cuestión de entendederas, tú como no piensas.

_ ¡Arre que truena Santa Rufina, y ya es la tercera que este payo me arrima! –entrometió el ciego– ¿No sabéis otra cosa que no sea discutir por memeces? ¡Va, explica ya tu plan de una vez, licenciao.

_ ¡Eh, eh...! A mí no me piques, y lo de voceras y licenciao te lo callas. Solo faltaba que un tarado me pisara la raya.

_ Tarado será tu padre,¡mal nacido!

_ ¡La madre que me...! –gritó el Barona enfilándose hacia el ciego como una exhalación.

_ Aquel, que toda la merma de su sentido visual la había acumulado en el resto de sentidos, al notar el brío impelido de su adversario, le tiró un estacazo con todas sus fuerzas alcanzándole de lleno entre el hombro y el cuello. Del golpe recibido el aguzado cayó al suelo sumido en un intenso dolor y quedó inconsciente durante un momento. El descalabrado al verlo tirado intentó reanimarlo con cuatro leches de haz y envés.

_¡Eh… Barona… va y despierta…!

_¡Me cago en la puta en bastos! –maldijo el aguzado una vez recobrado del desmayo; al punto prosiguió– ¡Las cuatro hostias te las podías haber dado tú para ver si estabas en sueños o despierto, desgraciado!

_¡Encima que me preocupo! –dijo el descalabrado.

_¡Y una leche te preocupas! ¿Por qué en lugar no me has echado agua, que dicen que espabila  en los desmayos?

Una vez recuperado el desmayado, el ciego al oírlo le recriminó:

_¡Cuando quieras vuelves, licenciao! Antes de juzgar hay que saber del delito. Tú crees que tienes derecho a avasallarme porque ves; pero ello no ha de ser el despecho de tus desgracias y venganzas. El lastre rabioso que lleva cada uno no se saca con el débil, sino con el fuerte; así, aun recibiendo más que dando, se aplaca más la ira. Y ahora dinos ya de una vez qué culos hemos de ver.

_ Buena ha sido la lección, amigo –dijo el aguzado–. Me he cebado en tu falta visual y en las arrugas de tu madurez ofuscado por tus palabras y cayendo de pleno en los abusos de tus carencias. En adelante juzgaré por muy buenos tus consejos, que han de ser como dices ¡Por mi honra y por mi honor!

El descalabrado se sonrió a sí mismo mientras pensaba que la honra y honor de su compañero podría tener el mismo valor que la cagarruta de una cabra. El aguzado tras lanzarle una mirada hiriente continuó:

_Como decía, han de ser tres mozas, y buenas hembras, pues se antojan altas y percheronas y, si como bien ha dicho el Rojo, de lejos ya parecen templadas, ¿qué serán, pues, de cerca? Si te fijas –prosiguió dirigiéndose al descalabrado– el campo es tan llano y áspero que pobre del grillo que venga a hacer cueva y a cantar atardeceres; y el único sitio que hay guardado a la vista para poder aligerar vejiga es aquel majano; justo a unos cien metros de él, está aquella carrasca rodeada de chaparros que ha de ser el sitio para ocultarnos. Preciso será que de entrarles las apreturas dé alguna de cuclillas en el majano. Y si no, al tiempo.

_No anda desencaminada tu teoría, y a la práctica aún le veo mejor salida –dijo el descalabrado–. Si rodeamos esta loma sin ser vistos ellas no sospecharán que las estamos observando. La visión se antoja genial. Pero... y tú, amigo –continuó dirigiéndose ahora al ciego–, ¿si no ves, qué provecho vas a sacar de todo esto?

_ Yo veré con vuestros ojos lo que digan vuestras palabras –respondió aquel–. Si, además, como habéis dicho, las mozas están de muy buen ver, posiblemente encuentre en vuestras burdas voces a dos heraldos poetas. Poder tiene la mente para eso y mucho más.

_ ¡Pues tú que lo veas, ilustrado! ¡Ea!, no perdamos más tiempo –apresuró el aguzado.

Una vez bordeada la loma se acomodaron los tres personajes ocultos entre los chaparros a la espera de acontecimientos. Así pasó algo más de una hora y las buenas mozas sin hacer ni un guiño. En parte era lógico, las tres llevaban cubiertos sus cuerpos desde los pies hasta la cabeza con infinidad de prendas. Además, cubrían la cara con una especie de pañuelo tupido que sólo dejaba al descubierto sus ojos. Por último un sombrero de paja muy ancho de alas impedía que el sol infiriera en cualquier resquicio sobre la faz de las muchachas.

_ ¿Qué? –dijo el ciego– ¿Algo?

_Nada –contestó el descalabrado–. Siguen quitando piedras del campo; me recuerdan a avutardas picando en los sembrados.

Las tres mujeres se empleaban en limpiar un barbecho de piedras tirándolas a una especie de linde para, posteriormente, sacarlas del campo. Como el sol caía a plomo, el calor casi estival acusaba gran sed. Una de estas mujeres salió de las filas que llevaban al parejo y se encaminó hacia otro pequeño montículo de piedras que había en el campo, quitó unas ramas con hojas verdes y descubrió un cántaro que se hallaba resguardado a su sombra; escanció agua sobre un pequeño jarro de barro y lo puso a un lado. Seguidamente dirigió las manos hacia la altura de su cuello y empezó a desabrocharse prendas.

_ ¿Por qué estáis tan callados? –refunfuñó el ciego.

_ Nada importante –dijo el descalabrado–. Se ha acercado una de las mujeres a un montículo de piedras en el que tenían tapado un cántaro con unas ramas. Este y yo creíamos que sólo iba a beber, pero... ¡joder!, no me entretengas...

_¿Que no te entretenga y va a hacer qué? Cuenta, cuenta, anda; y sin perder detalles.

_ Sí, hermosa, ¡caliente, caliente...! –alentaba el aguzado en tono ardiente.

_¡Decidme! ¿Qué está haciendo...? –requería el ciego con insistencia.

_¡Uhauuu! Va a enseñarnos las “castañas”, amigo –aulló el descalabrado impaciente.

_ Con qué delicadeza libra sus ropajes: aquí un botón, allá un tirante –relataba el aguzado–. Ya emergen los pliegues del canalillo, prietos y firmes..., ¡joder, qué par de melones! ¡La madre que la parió!

_Mira, Barona –recriminó el ciego a su aedo–, deja las florituras poéticas para otra ocasión y dame pelos y señales de lo que ves al instante; el resto ya lo colocará mi imaginación en su sitio ¿Cómo tiene las tetas grandes o pequeñas?

_Si aún no se las he visto del todo, cómo quieres que te diga el tamaño.

_¿No dice el Rojo que enseña las tetas?

_No –interrumpió el descalabrado–, yo he dicho que iba a enseñarlas, no que ya se le vieran. Pero tu curiosidad se va a ver recompensada. Como el calor aprieta, a ver si adivinas lo que ha hecho.

_Mal veo la recompensa y peor la adivinanza si tú no cuentas nada ¡Dime, qué ves tú, desgracia con ojos; aun a sabiendas de que soy ciego alargas mi tormento!

_Que ya ha desnudado todos sus refajos de cintura hacia arriba; que veo un torso joven, de cabellos encarnados; que tiene la piel blanca como un armiño; que desparrama los jarros de agua sobre su cuello...

La mujer, de espaldas a sus observadores, escanciaba agua del cántaro reiteradamente y la vaciaba a la altura de sus hombros lanzándose pequeños chorritos. Los surcos húmedos recorrían con una parsimonia deliciosa cada poro de su piel hasta que se perdían entre los ropajes de la cintura. La joven, debido al frescor del agua, estremecía su cuerpo con pequeños tiritones mientras giraba suavemente su cuerpo. Una vez de perfil, uno de sus senos, semitapado a la altura de la aréola con la mano que esparcía el agua a su alrededor, mostraba a los atónitos observadores un hermosísimo y apetitoso pecho, semejante al más delicioso brebaje que libar o al manjar más dulce y exquisito que llevarse a los labios.

_¡Ahí va, ahí va, ahí va...! –exclamó el descalabrado quedando sumido en una cara de atortolado e invadido por un extraño elixir amoroso.

_ ¿Qué le pasa a ese, Barona? –dijo el ciego alertado por el denso aunque inquieto silencio de sus dos compañeros.

_Qué ha de pasarle, nada; que es de gatillo flojo y en cuanto que ve una teta se va de potra.

_¡Desgraciados! ¿No habíamos quedado que daríais cuenta paso a paso de los movimientos de las muchachas? –recriminó el ciego a ambos.

El descalabrado, ajeno a los comentarios de sus compañeros, todavía andaba soñando entre nubes celestes.

_Y así era el trato, amigo –dijo el aguzado–; pero solo tienes que pensar que si este, callado y con solo ver media teta ya se ha ido de potra y parece un Aladino en su primera noche de harén yo, que además tendría que darte imágenes con palabras, qué podría hacer para aguantar mi hombría sin que tú no te ofendieras ante mi incontinencia. Mojado tengo el calzón de ver lo justo de un pecho y, doy fe, que si ésta diosa se vuelve del todo y me enseña el resto que aún no he visto y su par, que ya me hace la boca agua, no sólo me iré de potra, sino que quedaré harto idiota o más que este infeliz.

_¡El tema rila…, no sigas! –añadió el ciego–. Sólo con lo que has dicho ya me ha puesto el as de bastos a punto de picar a la sota. Lástima que no tenga más a mano que la de mi baraja, que de haber alguna cerca de carne y hueso, no habría de faltarme dinero para darme una buena corrida con ella; y de no haberlo, esta pala de oro macizo daría gustoso por una noche de posada con una moza así que me complaciera. El ciego enseñó sus encías, más vacías de marfil que llenas, y una pala repujada de oro que desentonaba con la otra mellada tanto o más que un cisne en una gorrinera.

Algo más repuesto, el descalabrado alertó a sus colegas:

_¡Eh, que vienen las otras dos!

El aguzado y el ciego enmudecieron.

_¡Eh, Barona! Te imaginas que a éstas les dé también por quedarse como cuando sus madres las echaron al mundo -animó el descalabrado.

_Ya quisiera yo, ya.

_ Toma, y yo –dijo el ciego–, que aunque no las veo las huelo... y casi las siento.

Ante su falta de visión el ciego andaba nervioso de piedra en piedra sentado a la escucha de referencias. Los pedruscos, por ser de mal asiento , cada vez que eran ocupados por las posaderas de su inquilino sufrían un ligero balanceo removiendo sus bases de tierra.

_¡Eh, Barona, soñamos o ves tú lo que yo veo! - alertó el descalabrado.

_¡Qué sueño podría llenar este pedazo de vida! ¿Acaso es sueño apreciar la divina naturaleza en uno de sus máximos esplendores?

_ ¡Cabrones...! ¡Queréis decirme que veis...! –regañaba el ciego indignado.

_¿Que qué vemos? –decía el descalabrado sumido de nuevo en otro trance amoroso.

_¡A tres divinas zagalas en cueros vivos! –concluyó con ansia el aguzado.

_¡Ahí va, ahí va, ahí va...!

_¡Otra vez, Rojo...! –dijo el ciego.

_No es para menos, amigo –comentó el aguzado–. Si antes había una moza, ahora son tres diosas: hermosos cabellos pelirrojos, rostros sonrosados, ojos que destellan como zafiros, senos justos, aunque tirando a más que a menos y encarnados a juego con el pelo sus aréolas, caderas a molde con las piernas y el resto del cuerpo; y qué pieles, ¡ay que pieles!, blancas y moteadas con infinitas pequitas difundidas en sus cuerpos...

_¡Calla!

_¿Que calle...? ¿Ahora, que se vacían el agua la una a la otra...? ¿Ahora, que corretea el líquido por sus pechos como el agua de lluvia por los vértices relucientes de las peñas...? ¿Que se allega al valle de sus ombligos y busca ansiosa entre los rizos boscosos de sus venus...? ¿Que por fin arriba a los afluentes que dan sentido a la vida? ¡Ahí va, ahí va, ahí va...!

El ciego mucho más nervioso por las versiones de su amigo –que ya había sido también embriagado por las tres jóvenes con sus potentes elixires visuales–, triangulaba de piedra en piedra con rapidez inusitada. En uno de estos movimientos debido al imparable movimiento que sufrían las piedras, salió de entre una de ellas un alacrán con la uña corva y desafiante con ánimo de ajustarle cuentas a quien le había despertado de su descanso; y dio con su presa. El descalabrado, repuesto de nuevo de su fantasía sexual, vio las intenciones del bicho y no se lo pensó dos veces: cogió el báculo del ciego –que debido a su nervioso ajetreo lo había olvidado junto a una de las piedras y ya ni lo echaba en falta– y lo arrojó con fuerza hacia la bajas posaderas del ciego acertándole al arácnido de lleno y despedazándolo del golpe: acá la cola y aguijón, allá una pata, más lejos una pinza... Aun así, todavía le dio tiempo al repelente de clavar someramente el aguijón e inocular parte de su ponzoña en el bajo carrillo de su enemigo.

_¡Ay, ay... qué me ha picado...! –gritaba el ciego rascándose el culo con desespero al notar la dolorosa punzada. Como buen aldeano sabía que aquello no era la picadura de una abeja o una avispa, sino de algo mucho más serio.

Las tres jóvenes ante los gritos de alerta del ciego, al sentirse observadas sin haberlo apreciado antes de desnudarse, les vinieron unos tremendos colores rojos a sus rostros; cogieron sus ropajes, se medio vistieron apresuradas llevándose el resto de refajos en sus manos y salieron corriendo campo a través.

_¡Buena la has hecho –renegó el aguzado–. Seguro que ahora van con el cuento a sus padres... Más vale que apresuremos, si no... me veo más malparado que en la pelotera de la iglesia.

_¿Y cómo nos vamos? ¿Dejando a este pobre aquí tirado a la buena de Dios? – regañó el descalabrado.

_¿Y qué otra cosa podemos hacer? ¿Acaso eres tú medico? ¿Sabes tú de remedios contra alacranes? Ya lo dice el refrán, “si te pica un alacrán...”

_¡Qu, qu, quée...! –dijo el ciego tartamudeando ante el impaciente silencio del aguzado.

_Campanitas a volar” –sentenció aquel con firmeza; no en vano necesitaba resarcirse con él de su anterior contienda.

El descalabrado notaba cómo el ciego entraba en una especie de trance debido al temor de su picadura y a la escasa ayuda que podía recibir de ellos dos. Como le viniera a la mente una situación vivida en otra etapa anterior de circunstancias parecidas, expuso a sus compañeros:

_ Alguna solución hay, el problema es saberla poner en práctica.

_ Pues no tardes en decirla que este no está para recitales –apremió el aguzado.

_ Cuando era pequeño –continuó el descalabrado– recuerdo que estábamos mi abuelo, mi padre y yo limpiando de marañas la tina. Era en pleno agosto y hacía un calor de espanto. Y allá que andaba mi padre con la hoz rascando entre pajizos y ramazos cuando le salió una bicha silbando. Como quiera que mi padre hizo intento de matarla, la bicha, que seguramente pensó que le iba la vida en ello, le lanzó un mordisco en el brazo y le produjo un intenso dolor. Mi abuelo, que aunque viejo el hombre estaba más ligero que un lince, con el rastrillo de púas de mango largo le tiró viaje y partió a la bicha en dos. Después, rápidamente y sin pensárselo, sacó la navaja de muelles e hizo un par de cortes profundos en la zona ponzoñosa del brazo de mi padre; cogió un pañuelo y lo apretó con un nudo a la altura de su axila, y después...

_¿Después qué? –apresuró el aguzado.

_¡Pues que le chupó la herida y casi lo deja sin sangre en el brazo! ...Y ahora, a ver quién es el guapo que aplica la cura.

_¡Ay! ¡ Me muero! –gimoteaba el ciego pensando en sus últimas horas.

_No será para tanto –dijo el descalabrado–. Mi padre casi se nos va; pero no del veneno de la bicha, sino de la trompa que agarró de tintorro pensando, como tú, que ya lo llamaba Dios o el diablo, que no tenía él muy claro adónde iría a parar su alma inquieta.

_Pues como vino no queda y este pobre se entera de todo habrá que aplicarle el remedio de urgencia, ¿te parece, Rojo?

_Ya estamos hablando de más, Barona, ¿aún tienes la chaira cordobesa.

_¡Digo, si la tengo!

Del dicho al hecho; tiró el aguzado mano a la faca de muelles y la abrió sonando aquella más que una carraca.

_¡Coño! ¿Eso... es una navaja o... un estoque? –dijo el ciego imaginándose el pedazo de navaja que había de clavarse en sus carnes viniéndole un temblor.

_¡Menos gaitas, amigo... ¿Quieres o no que te saquemos la porquería que te ha echado el alacrán? Si estas de acuerdo, porque en otra no nos las hemos visto ni este ni yo, ya tardas en bajarte el pantalón y el calzón; luego pilla un trozo de madera y te lo pones en la boca, no sea que de la punzada te muerdas la lengua o te revuelvas a bocado limpio como un perro rabioso.

El ciego desabotonó su pantalón y se lo bajó junto a los calzones a la altura de las rodillas.

_¡Uy, uy, uyyy...! –exclamó el aguzado a mala fe.

_ ¿Qué...? ¿Tan... feo está el... asunto...? –musitó el ciego entre angustiado y asustado.

_Ni caso, amigo; este que hace capotes de monteras. –tranquilizó el descalabrado al herido.

_¡Ea! ¡Allá va...! –diciendo esto, clavó un navajazo el aguzado sobre la posadera del ciego acertándole en el punto amoratado de la picadura.


_¡Ayyyyyy...! –chilló aquel al sentirla, en tanto que se acordaba de la furcia madre del Barona y de toda su estirpe familiar. Las tres mozas al oírlo, aunque ya andaban lejos del lugar, imprimieron una velocidad inusitada ante una posible agresión sexual.

_¡Chupa, Tiñas! –gritó acelerado el aguzado.

_¿Yo? ¡Chupa tú, que eres el cirujano!

_¿Que le coma el culo a este...? ¡Ya lo veo muerto!

_¡La madre... que os parió... a los dos! –maldecía el ciego–. Si hubiera sido la nalga de alguna de las tres muchachas ya os hubierais dado de hostias por ver quien chupaba primero hasta extraerle el tuétano... ¡Mal nacidos! ¿Qué más da quien chupe? ¡Juro que si salgo de esta...!

El descalabrado haciendo de tripas corazón ante las amenazas –que más bien eran súplicas de impotencia– de su compañero, aplicó los labios a la altura del bajo carrillo del malherido e inició la succión. Succionaba y escupía repetidamente. El herido bien por la escena sexual anterior, bien porque su impotencia a valerse por sí mismo lo sumiera en una especie de incontinencia precipitada, al notar la presión de los labios en su nalga y las extracciones bucales del descalabrado, le vino una erección repentina y pegó una corrida a modo de fuente termal, salpicando a diestro y siniestro y de arriba a abajo a todo lo que tenía a su alrededor. El peor parado fue, como siempre, el descalabrado; a aquel le fue una lluvia a la cabeza que parecía, entre las greñas medio albinas y sus mechas, como si le hubieran roto encima un huevo de gallina.

_¡Puaggg, agua…! ¡Una fuente...! ¡Un río...! –gritaba con desesperación ante la falta de un sitio donde limpiarse las salpicaduras–. Y todo me pasa por ser un bocazas y un arreglalotodo ¡Le ha picado un alacrán... y a mí qué! ¡Se muere... peor para él! ¡Pues no, siempre está el imbécil del Rojo Tiñas para arreglar los tejados ajenos! ¡Me cago hasta en la leche que me han dao!

_¡Buena la has hecho, compadre! –dijo el aguzado abroncando al ciego por su acción anterior–. A mí de suerte sólo me ha ido una sacudida a la alpargata; pero a este...

El ciego guardó silencio mientras, medio cojeando, se subía el calzón y el pantalón y agachaba la cabeza avergonzado.

Ajenos a los acontecimientos de nuestros principales protagonistas, subían corriendo barbecho arriba cuatro aldeanos. El aguzado, al verlos con los garrotes en la mano y al apreciar que ninguno de ellos se ayudara con sus palos de cojera o mal de gota, alertó a sus amigos y dijo:

_¡Cogiendo el hato y arreando, que ahí vienen cuatro pidiendo lumbre, y ya echan chispas!

El descalabrado al ver el ímpetu que traían aquellos y que sin que nadie les dijera nada enfilaban la recta hacia la carrasca y los chaparros donde estaban escondidos, dejó hato y sartén y arrancó a correr en dirección contraria sin volver la cabeza. El aguzado por no dejar allí sus pocas miserias, se entretuvo lo suficiente como para que casi le dieran alcance; aun así se lanzó a la carrera detrás de su compañero. Mejor le hubiera ido ir de vacío pues los aldeanos, ya a tiro de garrote, en vistas a que por el cansancio del recorrido que traían de atrás se les perdiera el huido, pararon los cuatro a una y lanzaron sus garrotes con una precisión digna de elogio. Pobre de la liebre que les saliera al paso. Un bastonazo le cayó al huido en una corva; otros dos, que parecían gemelos, le cayeron entre la riñonada y el lomo; y el cuarto, que debió tirarlo algún mala baba que le quisiera muy mal, le dio un refilón en el cogote abriéndole una brecha y arrancándole un buen mechón de pelo. No obstante, tras dar unos traspiés, mantuvo el equilibrio y no cayó al suelo; sin pensárselo más tiró todo el lastre que llevaba y, a pies trabas, se perdió por un monte bajo próximo.

El ciego quedó quieto bajo la sombra de una encina. De poco le serviría correr sin tener una referencia auditiva a la que seguir. Los aldeanos al ver que no movía ni un pelo salvo las quejas hacia su trasero, una vez recuperaron los garrotes se dirigieron directos hacia él. El mayor de todos dijo en plan amenazador:

_Mira por donde tú te vas a llevar los palos de los tres. No, de los seis: de mis tres hijas por querer hacer abuso de ellas y de ti y los otros dos, que miedo me da pillarlos.

_Si no ves –dijo el ciego sereno– es porque estás más ciego que yo. Ponte una venda en los ojos y después ven hacia aquí; veremos entonces por quién se decanta la Justicia.

_¿Y cómo quien no ve se embauca con dos miserables mirones que se dedican a vigilar a tres inocentes muchachas? ¿Acaso el hecho es tolerable por la Justicia?

_Nada he de decir de la inocencia –replicó el ciego–. Todo lo bello es indigno no mirarlo. Una hermosa joven se presta desde la más dulce a la más impúdica de las miradas, razón de más sin son tres las jóvenes. Quien no quiera mirarlo así se engaña a sí mismo. El único abuso que han cometido esos dos desgraciados huidos es haber convertido a las muchachas en tres hermosas zagalas y a un erial seco y pedregoso en un campo verde y florido; al menos así lo he visto yo por imágenes en palabras ¿Merecen por ello una manta de palos? ¡Por los gritos, caro les ha costado el empeño!

_Mira, piojo verde, por mucho que quieras no has de convencerme. Tienes suerte de no llevarte ni un garrotazo, ya que estos tres, que son los novios de las tres muchachas y futuros yernos míos, de no echarles freno ya te hubieran deslomado. Coge aperos y palo y ve en busca de esos rufianes, y si los ves, les dices que antes de pisar este terreno vayan primero a confesarse, así primero pasarán a que les diga desde la Puerta adiós San Pedro y, de allí, derechos al infierno.

El ciego sin mediar ni una palabra más, tanteó lo que tenía próximo hacia sí hasta chocar con el cayado, recogió e hizo un nudo con los bártulos que pilló y se encaminó barbecho abajo despidiéndose:

_ ¡Con Dios!

Padre y yernos ni siquiera contestaron.

 

CAPÍTULO III

El brigada Pichatoro

Llevaba el ciego más de una hora andando camino abajo cuando una voz conocida se dirigió hacia él:

_ ¡Compadre! Ya te hacía muerto a palos! ¿No te han hecho nada esos cuatro bestias?

_¿Barona...?

_El mismo, ¿quién si no?

_No te lo vas a creer –dijo el ciego con talante alegre–, pero acostumbrado como he estado durante tanto tiempo a la soledad, desde que coincidimos en Ventisquera la vida me ha llegado a importar mucho más. Antes deambulaba de aquí para allá sin más conversación que la de injuriar a algún quita perras, o aplicado a breves tertulias sobre el estado del tiempo o de lo mal que está la vida con otros sin casa. Sin embargo desde que os he conocido a ti y al Rojo Tiñas me ha pasado de todo, bueno y malo, como en botica. La verdad, me alegro de oírte, Barona.

_ Se agradece el cumplido, amigo. Decía, si te han hecho algo esos desalmados. Aún me resiento yo de los garrotazos; pero la cara del mayor se me ha quedado grabada ¡Pobre de él si me lo echo a solas!

_¡Calla! No tientes a la suerte, que cuando pasa ayuda. Si te llegan a pillar esos cuatro, el más avanzado en edad y los otros tres mozos bragados, uno el padre de las muchachas y los otros sus futuros yernos, ahora no estaríamos aquí hablando como si nada. A saber si las campanitas del alacrán no estarían repicando para ti.

El aguzado sonrió y lanzó una pregunta al aire:

_ ¿Qué será del Rojo? Seguro que anda corriendo todavía. Claro, como los palos le van siempre a él, hoy que se ha librado no querrá que lo pillen de improviso. Bueno, ya daremos con su fea cara donde menos lo esperemos.

_Lo que decías antes de si me habían hecho algún daño –intervino el ciego–, está claro que no. Salvo la picadura, que sigue doliendo lo suyo, mal alguno hay, aparte de los achaques y quejas propias, que me hayan causado la gente de las tres muchachas. En el fondo estos parroquianos son de bien y por las buenas te dan el corazón; pero a las malas...

_Después de cuatro tiros de garrote, muy santos me los han de pintar para ver ángeles en lugar de demonios. En fin, como dice el dicho: “si vas a cruzar el río, mejor por el puente…”

_¿A qué viene eso?

_ Porque a nado igual te lleva la corriente”. En frío yo me hubiese enfrentado a esos malas bestias sin pensármelo; pero, bien mirado, la razón manda que uno se esté quieto cuando tenga mucho que perder y muy poco que ganar.

_Por fin, hombre –finalizó el ciego–, hasta en la cabeza más hueca siempre queda algo de seso.

Ambos amigos se perdieron camino abajo.

Ocurrió que al librar un badén había un pozo y un pilón donde abrevaba el ganado. Allí se veía la silueta medio desnuda de un hombre que el aguzado reconoció al instante; dirigiéndose a su compañero comentó:

_Amigo, me da que aquel de allí es el Rojo. Esos costillares no pueden ser de otro.

_¡Eh, Rojo! –gritó.

El descalabrado tenía media cabeza metida en el pilón. Al oír la voz de su amigo, la sacó y se quedó mirando hacia los dos con el cabello chorreando. Una vez reaccionó se dirigió hacia ambos con una amplia sonrisa:

_¡Barona...! ¡Eh, y tú amigo...! Ya te creía malparado, porque vi que tú no habías echado a correr... ¿Y no te han hecho mal alguno...?

_Nada.

_¿Ni un palo?

_Ni un pelo me han tocado. Pregúntale al Barona, él si ha cobrado.

_ ¿Y...?

El aguzado comentó con pelos y señales todo lo acontecido a él y al ciego.

_Pues ya me he librado de buena –dijo el descalabrado–, de haberme pillado a mí, estoy por decir que esos desuellacabras me hubieran roto sus estacas en el costillar; que al poco agraciado de la naturaleza parece que le vayan mejor los palos que al bien parecido ¡Hasta ahí llega su desgracia!

_Pues da gracias, Rojo –intermedió el aguzado–, que hoy no se ha cumplido tu mal pensamiento y, aunque no me han roto el costillar, puedo decir que bien tirados si que iban los garrotes, y si no, a la vista han de quedar las señas.

El aguzado se alzó la pernera del pantalón hasta más arriba de la rodilla y mostró un moratón a la altura de la pantorrilla; seguidamente se subió hasta los hombros el blusón y enseñó dos rosetones que le cruzaban la espalda de lado a lado; por último dirigió ambas manos hacia la cabeza y enseñó el surco dejado por el garrote.

_¡Fiuuu...! –silbó el descalabrado al ver las marcas–. Suerte que nos hemos escapado y que este no ve, de otro modo ya estaríamos rodeados de viejas rezándonos el rosario ¿Y no se les ocurrirá venir para acá?

_¡Calla! ¡No tientes al diablo, Rojo! –dijo el ciego–. Pero no está de más tu advertencia –continuó–; reza un refrán: “A quien mal quiera tu suerte, ni lo mientes”.Y ahora que este no está para cirugías, sino para que le den ungüentos en sus heridas, ándate a por unas hierbas de tomillo y romero y tráelas.

El descalabrado se retiró unos metros y arrancó unas matas de tomillo y romero. Una vez entregadas al ciego abrió este su talega y sacó una especie de jarro de porcelana desconchado por el fondo, tanteó unas ramas de la planta y las echó en el recipiente.

_Busca un palo redondo para machacar esto, Rojo.

El descalabrado obedeció y al instante apareció con un palo redondo por su base.

_¿Quieres que lo pique yo? –preguntó.

_No. A ver si hubiera un panal de abejas cerca. He oído que un poco de cera o miel mezclada con tomillo y romero es buen remedio para heridas y cardenales.

_¡Si hombre! –respondió el descalabrado–. Como que si hubiera un panal cerca me iba acercar a él ¿Por qué no lo buscáis vosotros? A mí me han descalabrado y yo me las he arreglado como he podido hasta atajar la sangre. Se me ocurre, licenciado de mí, ayudarte en la picadura del bicho y más de media hora llevaba, hasta que habéis venido, metiendo y sacando la cabeza del pilón para quitarme de encima tu porquería¡ ¿Y ahora dices que vaya a un panal a por miel? Ni tú te hubieras muerto emponzoñado, ni yo estaría a pique de resfriarme de tanto ahogar la cabeza, ni el Barona endulzando sus heridas va a sanar antes. Dejemos las cosas y los males para cada cual y siga la vida. Lo único que se me ocurre para curar es la sal; échale agua limpia, sal disuelta y las plantas machacadas; seguro que al Barona le baja el morado y a ti te dejan de picar las posaderas.

El aguzado que no se podía contener ante el tono despectivo de su compañero, maldijo tres veces, lanzó un escupitajo a tierra y dijo con voz potente:

_Mira, Tiñas, después de tantos años de quitarte vendas y lañas, que me vengas con esas no; la sal se la pones en los cuernos a tu padre, que los tiene que tener al rojo vivo de tantos topetazos. Ya te veras tú en otras malas, que en esas sí que estás lleno de gracia.

_Anda Barona –intervino el ciego minimizando iras–, échale un poco de agua al jarro y lo mezclas bien. Y tú, Rojo, en cuanto que esté preparada la pasta se la restriegas en la pierna y la espalda; a mí me la das que ya me la pondré en la herida; después de lo acontecido... recelo me da que te acerques. En ciernes estoy de saber si no me estaré volviendo más marica que el mamporrero Boñigas, que al no tener moza a la que montar le dio por las yeguas, y como quiera que en tan gran vulva bestial cada vez sintiera menos, un día que estaba en su faena vio cómo uno de los machos, que nunca le entraba a las yeguas, se encaballaba sobre otro macho y aquel le tiraba coces a más no poder. El tío Boñigas, que estaba al quite, tanteó al macho desviado, lo tranquilizó, le alzó el rabo y le lanzó viaje. El pobre animal, fuese por placer, fuese por lo que fuese, le vino una vaciada de boñigas y de ahí que el mamporrero tomara el mote de Tío Boñigas. Esto contó uno del lugar que estaba escondido y vio la escena en primer orden; además con el agravante de que desde aquel día, el Tío Boñigas casi siempre dormía en la cuadra.

_En cuanto a lo primero –dijo el descalabrado–, a este desgraciado que le restriegue el bálsamo su abuela si quiere; y en cuanto a lo segundo, por mucha ilusión que te hiciera, ni aun picándote un cubil de víboras me vuelvo a ver como me he visto. Seguro puedes estar que de venirte algún desvío no te acerques hacia mí ¡Aunque no hubiera más hembra en el mundo que la Murciela, que ya en la cuna debieron de acertarle a la pobre el nombre! Si será fea, mal hecha y peluda, que un día estaba agachada tendiendo ropa detrás de unos matorrales y un mayoral le pegó un tiro y casi se la carga al confundirla con un jabalí. No, amigo, a mí por detrás ni la sombra.

El aguzado, expectante en parte del diálogo que mantenían sus dos compañeros, entró en acción:

_Rojo, me asombra lo que estás diciendo. La Murciela que dices parecerá un adefesio pero tú no le andas a la zaga. Hambre ha de tener un desviado para darte a ti estopa.

_Razón de más. Sin embargo tú pon cuidado, no sea que por exceso de hermosura además de estopa te metan hasta el mocho el palo con la brea.

Allá que andaban descalabrado y aguzado sumidos en una conversación molicie de toma y dale cuando a lo lejos se oyó un tintineo melódico y vivaz. De repente el ciego recitó:

De la cañada abajo vienen sonidos.
Son rebuznos de tozudos burros

y las ovejas con sus balidos.

¿Y esos repiques tan celestiales?
Son cencerros y cascabeles
de las ovejas y los lebreles.


¿Y quién dirige tan divina orquesta?
El pastor y su cayado,
y pobre del descarriado
que no recita a su son;
pues recibe, ¡asegurado!,
la música de su bastón.

_¡Amigo! –dijo el descalabrado sorprendido– ¡Qué dominio de las artes poéticas!

¡Bah! –contestó aquel con aire intelectual–. El bruto utiliza sus brazos y el ilustrado ejercita su mente. Fuerzas me quedan las suficientes para acarrear el lastre que me prometa la vida, luego la mente ha de obtener el privilegio de contrarrestar el tiempo sobrante que se dedica a vanas empresas e inicuas ideas. Como te he dicho, de vez en cuando recito algún rimado y así atraigo a la gente, después paso el plato y siempre cae alguna moneda. Tengo composiciones de todas clases: amor, humor, trágicos...

El aguzado, con su soberbia habitual, dijo sarcástico:

_Pues parece que esta vez has afinado en la rima y desatinado en la letra. Lo que has oído antes sí que eran cascabeles, pero no cencerros. Una yunta de mulas tiran de una galera cargada de paja y, a la zaga, ciertamente, dos galgos, que no lebreles, van atados con cordeles a cada uno de los varales.

El ciego, que en los ataques físicos respondía con contundencia, en los dialécticos hacía lo propio; con voz socarrona, lanzó un envite a su adversario:

_Así es, no hay más sonidos que el de los cascabeles y ningún cencerro se oye; aunque presiento que algún borrego ha de andar cerca.

El descalabrado comprendió la indirecta y se echó a reír ante la ignorancia del aludido.

_¿Y esas risas, Tiñas? –refunfuñó el aguzado.

_Nada –resolvió el ciego, quitando fuego y desviando un posible altercado–, que tal vez si preguntamos a esos arrieros si nos dejan ir encima de la paja, nos ahorremos muchas leguas de ir a pie.

_ Por preguntar... Nada se pierde –añadió el aguzado ajeno a las chanzas de sus compañeros.

Una vez llegada la galera al abrevadero saltaron del pescante tres fulanos con caras de pocos amigos a todas luces: uno llevaba una cicatriz que le iniciaba en el hoyo de la barbilla y le cruzaba en diagonal de parte a parte la mandíbula; otro, bizco, llevaba una faca cordobesa en la faja del pantalón que pobre del compañero que se pusiera a reñir a su lado, porque algún “afeitado” sin intención se llevaba  seguro –a saber si la cicatriz de su compadre no sería un tajo del bizco–; por último el tercero de los llegados, tenía ese don chulesco de los que les gusta mandar y una cara de bruto imponente ayudada por unas cejas espesas y una nariz aplastada hacia el labio y casi inexistente. Este último ordenó a sus colegas:

_¡Tú, Cortao! Dales agua a las mulas y ándate ligero.

El de la cicatriz asintió con la cabeza.

_¡Y tú, Chairas! Llégate a aquella carrasca y ata a los perros para que no nos sigan; para lo que valen...

_Ya, Chato -dijo el bizco-; pero si los dejo atados se morirán de hambre si no pueden soltarse.

El de la voz cantante le lanzó tal mirada, que no hubieron más palabras. El bizco cortó las cuerdas de los varales sujetando a un perro en cada una de sus manos y se encaminó hacia la encina.

En tanto nuestros protagonistas atónitos por el aspecto, la acritud de los llegados –no se dignaron a decir ni ¡buenas!– y el proceder tan impropio de los carreteros –cuando la norma era totalmente contraria: sociables y charlatanes, pues generalmente siempre iban solos–, con un recelo fundado se pusieron en guardia. El descalabrado, mete líos donde los hubiera, no pudo contenerse ante tanta hipocresía y dijo con voz tenue:

_Si ustedes quieren... ya me quedo yo con los galgos... A lo mejor dan todavía alguna liebre... Buena percha parece que tienen...

El bizco, mirando hacia el lado contrario del que llevaba la voz cantante paró de repente y se dirigió hacia él:

_¡Has oído, Chato! ¿Qué hago?

_¡Otra vez, Chairas...! ¿Que qué haces...? ¿Yo qué te he mandao...? ¡Y tú, cara lagarto –continuó el de la cara de bruto dirigiéndose al descalabrado–, ni mientes una palabra más, está claro!

_Total –contestó el descalabrado–, como el agua de ese pilón.

Ya había atado el bizco a uno de los perros en una rama y se disponía a atar al otro con tan mal principio, que dio un pisotón a uno de los galgos viendo el can las mismísimas estrellas de todas las galaxias juntas; fue tal su dolor, que inició una de aullidos y ladridos de espanto. El otro perro, que la escena se le antojaba de lo más ruin, hizo lo propio y acompañaba a su congénere sumando escándalos hasta el punto de ensordecer el lugar y gran parte de sus aledaños.

_¡Chairas, déjalos! ¡Nos van a oír hasta en Granada! –apresuró el de la nariz aplastada– ¡Suéltalos y que se vayan!

El de la navaja dio un corte sin más a las sogas de los canes y aquellos, rabo entre patas, iniciaron una carrera vertiginosa tanto o más que si los acosara un verraco a tiro de colmillo y dentellada en sus ancas.

Debido al alboroto, unos guardias civiles que andaban de vigilancia por la zona picaron estribos y se lanzaron al galope hacia allí. Los recién llegados al advertir que dos jinetes resplandecientes como estrellas –los reflejos del sol destellaban en sus pulidas guarniciones– se dirigían a galope tendido hacia allí, no se lo pensaron dos veces: el de la cara echa un jirón se encaminó monte abajo y el de la nariz aplastada junto al de la navaja cordobesa echaron a correr monte arriba.

_¡A la ermita vieja! – voceó el cabecilla.

_¡Allí nos vemos! – confirmó el de la cicatriz.

A la llegada de las fuerzas públicas los tres amigos quedaron estáticos sumidos en la premura de no saber qué hacer. Si cara de pocos amigos tenían los fugados no les iban a la zaga los recién llegados: el de los galones, un tiarrón narigón con un mostachón que casi se le unía a las patillas y toda la cara picada de viruelas mozas; y el número que le acompañaba, un tipo bajito, regoderte y con un bigotillo que parecía una carrera de hormigas, ayudado de un tic involuntario del labio superior. El mando, rizando las puntas de su mostachón con una mano y con la otra soportando el peso de su cuerpo sobre la silla de la montura, se dirigió hacia los embobados espectadores:

_Hablábamos aquí el compañero y yo sobre lo hermoso que está el campo en esta primavera adelantada, con sus flores vestidas de colores y los cantos melodiosos de los pájaros, cuando hemos oído aullar y ladrar a unos perros. Y los perros, que se sepa, tienen dos ladridos y dos aullidos para según que casos: los de amigo, que acompañan con cabriolas o con tono triste, según si el amo está alegre y vivo o llamando en su puerta la fatal guadaña; y los de enemigo, que es cuando alguien los quiere mal y generalmente van seguidos de palos. Alegrías veo pocas, muertos no se ven a la vista. Me da a mí que los palos resuelven el pleito, ¿no cree usted, García?

El número, en parecida pose al oficial y limpiándose el sudor del cuello con un pañuelo mugriento de sebo, tras un tic repentino, respondió con sequedad:

_Cierto.

Tras un largo silencio y en vista de que su comentario no arrancaba ni una palabra a los aludidos, el oficial descabalgó de un salto, lanzó un escupitajo al suelo y gruñó:

_¡Me cago hasta en la picha de toro! ¿Nadie va a decirme dónde están los perros y qué es lo que ha pasado con ellos? ¡A ver, el dueño del carro!

El descalabrado, atemorizado por la energía del oficial, se encomendó a la suerte y respondió al guardia:

_No, si nosotros...

Tras otro largo silencio, el oficial volvió a la carga:

_¡Vosotros, qué!

_Mi Brigada, yo soy el dueño –saltó el aguzado anticipándose a la respuesta de su amigo, pensando que en ausencia de los dueños podría quedarse la galera.

_Bueno, ¿me dices tú entonces por qué aullaban los perros y adónde han ido o se lo pregunto a estos dos?

_Mire usted, mi Brigada –respondió el aguzado–, los perros iban atados a la galera; al soltarlos para que bebieran agua, aquí el compadre, que es ciego, ha tropezado sin querer y se ha ido a agarrar a la galga del carro. La mala fortuna ha querido que el hierro le diera un golpe a uno de los perros en todo el hocico y ha salido este dolorido y aullando como un condenado. Del escándalo uno de los mulos, que tenía al otro perro a su lado, pensando quizá que le iba a tirar un mordisco a las patas, le ha enviado una coz en toda la barriga que casi lo despanzurra; y si el anterior aullaba... imagínese el otro pobre qué no habrá hecho.

El oficial miró a su compañero y aquel correspondió encogiendo los hombros.

_¿De dónde traéis esa paja y adónde la lleváis?

_ De Barrancapajas viene, mi Brigada, y va a Fuentehundía.

_¿No llevaréis estraperlo, eh?

_Paja, y no hay más.

_García, échele un vistazo al carro.

El guardia bajito descabalgó no sin problemas para desasirse del estribo y se dirigió hacia la galera para realizar el registro; se encaramó al varal y también con no pocos apuros pudo subir hasta ella; ahora los movimientos del labio se aceleraban a medida que iba superando su objetivo, y tanto el descalabrado como el aguzado, a duras penas, pudieron contener la risa. A continuación pidió al ciego que le prestara su cayado y, una vez lo tuvo, pasó a introducirlo varias veces en lugares distintos del montón de paja. Cuando ya estaba a punto de abortar la búsqueda, en el último pinchazo notó cómo el palo daba con algo bastante sólido.

_Eh, Benavides –dijo al mando–, venga que aquí hay algo que suena a botijo.

El oficial se dirigió como un resorte hacia el carro y trepó hacia él más ligero que un felino. En tanto el ciego y el descalabrado reñían en voz baja a su compañero temiéndose un serio problema.

_¡Me cago hasta en la picha de toro! –maldijo el oficial intuyendo que aquellos desgraciados le tomaban el mostacho.

_¡Mire, mire, Brigada! –alertaba el número– Garbanzos, lentejas... ¡Y mire, hasta orzas de chorizos... y tocino...!

A medida que descubría la paja asomaba ante sus atónitos ojos más y más género de viandas variadas.

_¡Ya estáis arreglados! ¡Así que no había nada más que paja...! ¡Que no llevabais estraperlo...! ¡Me cago en la picha de toro!

El descalabrado, que ya se veía la nariz reventada y el rostro lleno de magullones, no pudo aguantar más la tensión y estalló:

_No, mi brigada, usted se está confundiendo... La galera se la han dejado...

¡Zas! Sin terminar frase, recibió un bofetón a mano vuelta –que suele doler más que con la palma– lanzado por el guardia regordete y bajito acompañado de un par de tics.

_¡Tú vas a hablar cuando te lo mandemos nosotros, está claro! –chilló el número salpicando de babas toda su cara.

_Sí señor, como que me llamo Felipe.

_¡Y eso va también para vosotros dos! ¡El primero que mueva un pelo le doy de palos más que a una estera vieja! –el bigotillo de hormigas, al ritmo de una ducha de babas y seguido de un sube y baja incontrolado del labio debido a la frenética excitación, se movía con imparable movimiento. Los tres amigos, cabeza agachada, hicieron voto de silencio; qué remedio. Aún así, cuando el aguzado y el descalabrado miraban a la cara del número, a duras penas podían contener un principio de risa.

_García –llamó el oficial.

_Diga, mi Brigada.

_Traiga papel y pluma para extender el oficio.

_¡Tú, Felipe, o como te llames! ¿De dónde habéis sacado este arsenal?

El aguzado pensó que su amigo no iba a tener la suficiente entereza para esquivar la pregunta, y mucho menos para soportar la mirada directa del oficial; así, entrometió:

_Con su permiso, mi Brigada. Si quiere yo...

¡Zas, zas! Sin poder acabar palabra le fueron dos castañas tiradas por el guardia bajito, una de palma y otra de revés; a continuación, con un movimiento imparable del labio y un sube y baja del párpado izquierdo, dijo enérgico:

_¡Me tomas por el culo de una mona o qué! ¡Que aquí se habla cuando el brigada o yo preguntemos! ¡Está claro!

_Mudo soy.

_Como decía, tú, Felipe –prosiguió el oficial–, ¿de dónde ha salido todo esto?

El descalabrado a punto de reventar de risa debido a las gesticulaciones del número, miró a la cara al aguzado y ambos sin poder contenerse explotaron en un ataque de carcajadas. El guardia, ante tamaña afrenta, se dirigió a ellos con firmeza con una cara de mala leche impresionante:

_¡Ya me habéis tocao los cojones bastante, desgraciados! ¿Os tomáis a chunga el orden, eh? Pues vais a saber la principal ordenanza de la Guardia Civil.

Y lió una de hostias a dos manos con uno y otro dando más vueltas que una veleta en tiempos de tormenta. Los sacudidos, sin más honra, se reían aún más y encolerizaban a su agresor al punto de sufrir un ataque de cólera.

_¡Basta, García! -espetó el oficial- ¿No ve que están desquiciados en un complot imparable ajeno a ellos?

_El complot lo quito yo con un repaso de vergajo cagando leches -respondió el número-. ¡A mí y a la Guardia Civil no nos chulea ni Dios!

Ante el cariz que tomaban los acontecimientos y a raíz del cuento del aguzado para adueñarse de la galera, el descalabrado, con talante serio y preocupado después de la advertencia del número, buscó una coartada dispuesto a salir lo más airoso posible. Con voz serena dijo al oficial:

_Da usted su permiso, mi Brigada... Yo sé poco del asunto, quien mejor le puede informar es el dueño de la galera... En Cabramontesa le pedimos favor para que nos llevara en la galera y así nos evitábamos una buena caminata. Ajenos a los acontecimientos nos hemos visto embaucados este pobre ciego y yo en un lío sin saber nosotros nada de ello. Este, aunque siente el doble por su falta visual, como venía en el pescante no ha notado nada anormal; y yo, por ir también junto a él y el carretero, nada excepto haces de paja he podido observar.

_Cabramontesa para bien lejos de aquí –instigó el oficial quedando en suspenso la respuesta, seguidamente concluyó:

_Bueno, como parece que dices la verdad, vamos a extender el oficio y requisado de la mercancía y después de firmar abajo los dos os podéis ir tranquilos; pero bien lejos¡Y que no os vea por aquí, eh!

_Tanto el oficial como el número hicieron atestado de la mercancía requisada toda vez la hubieron sacado el descalabrado y el aguzado de la galera por orden de los guardias y, una vez rubricaron ambos a un lado dieron el papel a firmar al descalabrado y al ciego. El ciego fue el primero en estampar la firma, no en vano él quería acabar lo antes posible con aquella pesadilla. A continuación el descalabrado, inocente como un niño, se dirigió hacia el oficial:

_Da usted su permiso, mi Brigada. Yo se poco de cuentas, pero aquí dice que hay una orza de chorizos y otra de morcillas y a mí me hacen diez, cinco de cada; y más abajo dice un costal de garbanzos y a mí me hacen ocho...

¡Zas, zas, zas, zas, zaaasss, zaaasss! –sin aviso alguno le fueron cuatro leches a la jeta y dos más que le pillaron el cuello y cada uno de los mofletes y orejas de pleno.

_¡Ay, ay! –se quejaba aquel.

El regordete, ensañándose con el descalabrado y sumido en una locura de babas y tics, preguntó:

_¿Cuántas orzas has dicho que pone en el atestado?

¡Zas, zas, zas, zas, pim, pam, pim, pam! –le tiró ocho viajes más, cuatro repetidos y otros cuatro de puño cerrado.

_¡Ay, ay...! ¡El diente... me ha roto el diente...!

_¿Y cuántos costales de garbanzos te hacen...? –le gritaba salpicándole de salivazos y dándole de hostias a más no poder.

_¡Ay, ay madre… Pare señor guardia, pare; por Dios…! –imploraba el descalabrado, y ante la premura de finalizar la paliza culminó:

_¡No, mire usted...! ¡Que me he equivocado...! ¡Hay una orza de chorizos, otra de morcillas y un costal de garbanzos...! ¡Ni uno más! ¡Seré, burro!

_Entonces –repuso el guardia finalizando la paliza–, recontamos o vamos derechos a la firma.

_¡Recontar lo que de un principio estaba cabal! ¡Ahí va la firma! –contestó mientras se limpiaba con el envés de la mano hilillos de sangre que brotaban de su narizota.

_Pues mejor. Ea, firma, coge a tu amigo y que no os falte camino.

_¡Con Dios! –se despidieron los dos a una. Y a paso ligero salieron disparados alejándose de aquel maldito lugar.

Una vez ausentados cerro abajo el ciego y el descalabrado, el oficial se dirigió hacia el flamante arriero:

_¡Bueno, bueno...! Vas a tener suerte de no llevarte ni un solo palo si colaboras con la Justicia.

_La ley manda, mi Brigada –dijo sereno el aguzado.

_Pues atiende bien –dijo el oficial–, a hora y media de aquí, camino arriba, hay una venta abandonada. Te llegas allí, abres un portón que está atrancado con una piedra grande y descargas toda la mercancía que llevas teniendo cuidado de dejar cargadas en la galera una orza de chorizos, otra de morcillas y un costal de garbanzos. De ahí en adelante, todo lo demás paja. Por último dejas atada la galera en la parada de postas abandonada que hay en el cruce de caminos siguiente y te marchas a toda leche lo más lejos que puedas olvidándote del tema. De sobra sé que la galera no es tuya, ni siquiera de los tres que la llevaron al abrevadero; pero eso a ti ni te va ni te viene, ¡entiendes!

_Como que hoy es viernes; cuando usted quiera marcho, mi Brigada.

_Eso sí –continuó el oficial en tono amenazador–, te he perdonado una, pero si me la juegas otra vez, te jura el brigada Benavides que te acuerdas de él y de su picha de toro para toda la vida.

El aguzado se despidió rápidamente, pegó un tirón al ramal de las mulas y fue alejándose poco a poco de los dos guardias; su mente todo era maquinar qué significado tendría la tan cacareada picha de toro del brigada ¿Sería porque tendría un cimborrio descomunal y a saber qué haría con él a los malhechores? No, no habría de ser tan estúpido como para preguntar el origen de tan extraña palabra. Transcurrido el tiempo aproximado y tras librar un cerro apareció al fin la casona destartalada; reculó la galera hacia el portón, apartó el pedrusco y empelló los maderámenes. La estancia, aunque enrarecida por su apariencia, ejercía una especie de gran atracción: fuerte olor a condimentos, ristras de ajos trenzadas adornando las paredes y un tablado agujereado con dos cántaros. Una vez descargadas las orzas y los costales de legumbres sobrantes, movido por la curiosidad, quiso saber qué había detrás de una puerta que desde la estancia comunicaba con el interior de la casa. Al estar cerrada, se agachó hacia el ojo de la cerradura y pegó un vistazo: más orzas, más costales, cubas goteando vino blanco sobre unos jarros de barro, apilados sobre una gran mesa de madera filones de magro y tocino salados, lomos y jamones colgados de alcayatas, dos cubas de arenques... El gran vacío de su estómago y el deseo de tan aromáticos olores y sabores le incitaba a no cumplir la advertencia; sin más, echó mano al bolsillo y sacó su navaja de cinco muelles, hundió la hoja en el alma de la cerradura y empezó a girarla con suaves movimientos hasta que oyó cómo se libraba el pestillo; pero...

_¡Me cago hasta en la picha de toro! ¿Es que tienes frío y quieres calentarte...? ¡No te apures que ahí va leña!

Al aguzado, nada más oír aquella voz conocida, le vinieron unos golpes de sangre a las sienes y un sudor frío le corrió la médula de arriba a abajo; no era para menos, el aire ya traía presagios.

¡Zas, zas, zas…! – recibió tres trallazos sin darle tiempo a incorporarse, uno en la espalda y otro en las corvas.

_¡Ay... ay!

¡Zas, zas, zas, zas, zas, zas!

_¡Ay, ay...! ¡Con qué me da usted, mi Brigada… pare, pare…!

El oficial volvió a la carga y le dio otra serie de seis golpes de vergajo donde mejor le venían; en el último de ellos gritó:

_¡Esto para que te acuerdes del brigada Benavides, el de la picha de toro! Y a la próxima piensa primero antes de husmear. Ahora coge camino largo y que en poco tiempo ni se te vea, que aquí el número, a falta de picha de toro, tiene un zurriago de varas de retama y tendones de cabrón, forrado de badana, que no le lleva fama a mi picha de toro –el vergajo del oficial se lo había regalado un torero amigo suyo y estaba hecho a base de nervios viriles de toro trenzados– ¡Pero antes de irte, atiende: no has visto nada ni sabes ni mu! ¡Y más te vale que este caserón y lo que hay en su interior, cuando aparezca en tu mente, lo borres de por vida, porque de otro modo ten por seguro que lo olvidarás para siempre, como me llaman el brigada Picha de toro!

El aguzado cumplido de azotes, medio cojeando y baldado de dolor, dio por buena la advertencia y apresuró su retirada:

_¡Vayan ustedes con Dios y que les siente bien!

_¿Qué hago...? ¿Lo mato, Benavides...? Igual no ha cobrado bastante –incitaba el regordete– ¿Es que ya no hay respeto a la autoridad, que ni a palos se callan estos desgraciados...? ¡A dónde hemos llegado!

_Tiene arrestos el mozo; pero deje, deje, García. Deje que se vaya –mitigó el oficial–, este cuando vea a un guardia civil lo ha de reverenciar más que a un santo en su pedestal, ¿o tienes pensado emprender acciones contra la justicia, hijo?

_¡Dios me libre! –contestó atemorizado el aguzado– ¡Por mi santa madre, que en buena gloria esté, que de esta boca no sale ni una ofensa hacia ustedes; por estas! Cruzó los dedos pulgar y corazón, se santiguó y juró tres veces. Al salir, ya de espaldas, conforme se alejaba de ellos no dejó de escupir y maldecir por lo bajo hasta que llegó a la galera.

Andado un buen trecho, vencido por una modorra y en vistas a que ni se veía cruce de camino alguno ni casa de postas abandonada a la vista, pensó el aguzado que ya había recorrido lo suficiente como para detenerse a descansar y a meditar un poco lo sucedido y todo lo que le podría suceder si continuaba con la maldita galera y los dos mulos antes de cumplir su cometido; se apartó un poco del camino y ocultó la galera en un badén que cruzaba un riachuelo a la sombra de un gran pino, luego se echó a descansar quedando al instante dormido profundamente. Sobre la paja y de cara al cielo le vino un sueño mezclado de pesadilla: un hambre descomunal le acuciaba, las migas ya ni las recordaba, y fue lo último que echó al estómago; su sardina, tan lozana ella, le venía a la mente junto con un corrusco de pan, duro y grande, mugriento y hermoso. Pero como la imaginación tiene ese poder de sugestión tan grande, de repente le vino la imagen de la casona repleta de todo lo más inimaginable comestible; junto a tal manjar, aparecían en primer orden las tres muchachas desnudas a su alrededor y, en segundo orden, el oficial y el guardia sonrientes golpeando cariñosamente cada uno las palmas de sus manos con las puntas de los vergajos, por último el padre y los tres aldeanos dando brío a los garrotes por encima de sus cabezas. Al final los manjares y las jóvenes desaparecían y quedaban solamente las imágenes del oficial y el guardia bajito con su nerviosa carrera de hormigas hacia arriba y abajo y los cuatro aldeanos con rostros diabólicos a punto de sadudirle una tunda de garrotes. Ante esta última imagen, despertó de un sobresalto y notó cómo se le helaba la sangre con un fuerte comezón de pies a cabeza. Una vez repuesto del mal sueño, al ir a bajar de la galera para aliviar vejiga, notó el golpe de un objeto duro en uno de sus pies; seguidamente escarbó entre la paja hasta descubrir lo que buscaba y dio con unas alforjas pequeñas de cuero cuidadosamente abrochadas con pasadores dorados. La curiosidad le picaba por lo que decidió abrir los pasadores: nada que llevarse a la boca; pero...

Unos ladridos lejanos le hicieron abortar su curiosidad. Tres siluetas conocidas seguían a los canes buscando no se sabía qué ¿No sería la galera...? ¿Tal vez las pequeñas alforjas de cuero...?, se preguntaba.

_ ¡Allí, Chato! ¡Mira, allí está la galera! Yo sabía que estos perros eran buenos, ¿si no quién nos ha conducido hasta la galera...!

_¡Calla Cortao, y no me tires, eh! Si no hubiera sido por los perros ni habrían venido los civiles ni llevaríamos medio día buscando el dichoso carro. Ándate a ver si está la mercancía, que tengo un mal pensar.

Como bien pudo comprobar el aguzado, aquellas siluetas junto a los perros se correspondían con los visitantes del abrevadero. Mal asunto; preciso sería desaparecer del radio de acción y dejarles el carro para aplacarles la sed de venganza que andaban buscando; que de los guardias podrían venir palos, pero de aquellos desalmados, un navajazo mal pegado o un tiro suelto les importaba un pimiento.

El de la cara cortada al llegar a la galera pudo comprobar que gran parte de la mercancía había desaparecido; buscó y rebuscó por donde habían dejado escondidas las alforjas y nada apareció.

_¡Chato, no hay nada que hacer! Ha debido ser el brigada... Él sabía que hoy había paso de mercancía y la ha requisado. Ha dejado, como es su costumbre, la muestra y nada del resto. Las alforjas las habrán encontrado de casualidad.

_Chairas, ayúdale al Cortao a buscar que las alforjas estaban bien amagadas por si se daba el caso ¡Pero ándate con buen ojo, eh!

Mientras ellos buscaban en la galera los dos perros –inexplicablemente aliados otra vez con sus antiguos enemigos– fueron de cara a unos matorrales pequeños que habían próximos; allí meneando sus rabos con movimientos muy rápidos y alertando con ladridos y pequeños aullidos, mostraban el rastro dejado por el aguzado, el cual se había deslizado como una serpiente de la galera al suelo y se hallaba oculto entre los chaparros.

_¡Chichos...! –gritaba por lo bajo mientras les lanzaba bellotas. Los perros al sentirse agredidos, aún alertaban más aumentando el tono de sus ladridos y aullidos. El de la voz cantante se dirigió de nuevo a sus dos compañeros:

_¡Chairas, Cortao! Id hacia aquellos chaparros y mirar a ver qué huelen los perros. Me da que los desgraciados del abrevadero han salido airosos del encontronazo con el Pichatoro y el Guiños –Guiños era el mote por el que se conocía al número que acompañaba al brigada, motivado por los tics que sufría en escenas de tensión– y no deben andar muy lejos. ¿Si no cómo se explica que el carro esté aquí abandonado sin muestras de vida por los alrededores de quienes lo han traído? Andad que de ser ellos igual saben de la mercancía que falta y sobre todo de las alforjas.

El de la cara cortada y el bizco echaron pie a tierra y se dirigieron con rapidez hacia los matorrales. En tanto el aguzado ya no sabía si saltar y salir corriendo o quedarse en la encina a la que se había subido y esperar a que el martirio fuese lo más rápido posible.

_¡Una y no más, Santo Tomás! –con esta frase de ánimo saltó a tierra y echó a correr como un desesperado acosado por los galgos en primera y el de la cara cortada y el bizco en segunda. Este último, en vista a que se escapaba, pues los perros sólo que hacían que ladrar y aullar y no tiraban ni un mordisco, paró de repente, echó mano de la faca cordobesa, la abrió con rapidez y, apuntando no se sabe muy bien con qué ojo, medio mordiéndose la lengua, lanzó su navaja con tan mal atino que fue a clavarse en medio de los omoplatos del de cara cortada quedando aquel mordiendo el polvo en un gran charco de sangre. El cabecilla al presenciar la escena, en un gesto de venganza hacia su amigo, sacó un pistolón que llevaba oculto en el pecho, apuntó hacia el aguzado y le descerrajó un tiro justo en el momento que aquel pasaba por una gran piedra; rebotó el proyectil en ella y le dio al bizco entremedias de las cejas; allí quedó tendido también entre un gran charco de sangre con un ojo mirando hacia Oriente y el otro hacia Occidente. El aguzado corría y corría sin parar seguido de los perros que cada vez ladraban y aullaban con más encono y, a su vez, acosado por su cazador chato quien, viendo cómo el huido se perdía, le disparaba mientras corría sin acertarle ni un tiro. Al punto se oyó otro disparo a lo lejos que alcanzó en una pierna al de la nariz chata; cayó aquel al suelo y se refugió como pudo detrás de una roca; dos detonaciones más casi simultáneas arrancaron unas esquirlas de la roca cerca de su cabeza y dieron razones al tiroteado para averiguar que sus enemigos eran dos por lo menos. A lo lejos el aguzado corría y corría mientras oía una lluvia de disparos; como ya ni siquiera los perros le perseguían pensó que habrían recibido algún balazo y que otra de esas balas iba a mandarlo rápidamente al otro mundo –no fue así, los canes, hartos de correr sin que nadie los azuzara en el acoso de su presa, dieron la batida por concluida y se perdieron en la campiña–. Hincó las rodillas en tierra y entrelazó los dedos de sus manos, las cerró como un puño a la altura de su frente y sin más se encomendó al Altísimo:

_¡Líbrame, Señor, de esta pesadilla y allá va esta alma en pena para recibir tu perdón! ¡Líbrame, Señor, de todo mal y ...!

_¡Eh, Barona! –alertó una voz conocida– ¿Qué haces ahí clavado de rodillas?

_¡Rojo, échate al suelo, que vienen dándome de tiros más que a un pato en una charca! Hasta han matado a los perros que me seguían...

¡Qué dices de tiros! Son los civiles que la han emprendido con ese chato mala folla. Pero álzate y vamos, que nos espera el ciego cerca y aquí nada bueno se percibe por estos andurriales.

_¿Entonces los tiros no iban para mí?

_ ¡Que no! Ten por seguro que Dios ha oído tus plegarias y aún consiente –no sé por qué– que sigas disfrutando de la vida.

Reunidos de nuevo nuestros tres protagonistas se alejaron camino abajo con un ruido de fondo lejano motivado por el intercambio de disparos.

_A saber como acaban esos –comentó el descalabrado.

_Por mí se podrían liquidar los tres –intervino el aguzado– , que de los dos que me han dado sus señas y del otro que también quería dármelas, por mucho que me escriban no he de venirme a contestarles. Y si me entero de sus muertes... velas no han de faltarles; pero con un conjuro para que ardan los tres en el infierno ¡Así se maten a tiro limpio!

El ciego que notó por el tono de voz el enojo de su amigo quiso amortiguar su aflicción y dijo:

_ Me viene a la memoria la fábula de un perro que en cierto modo se asemeja a la causa que has vivido.

_Pues cuéntala, ya puestos...

El ciego tras una pausa alargada recitó:

“Husmeaba un chucho lugareño
con su hocico en un cubo
que colgaba de una rama.

Ante el ímpetu de su hambruna
quiso su mala fortuna
que se aflojara la soga
por el cual se sujetaba.

Del recipiente caído
cascarones, mondaduras y otros ruines
quedaron esparcidos.

¡Qué hermosura, aquí un hueso...! - pensaría el can -.
No era tal.
¡Suerte mía, un mendrugo de pan duro...! - se diría -.
Error fatal

Cuando se dio por vencido

recibió desprevenido un estacazo en el lumbar.

Ya no iría de vacío;
mitad ladrido, mitad aullido,
se quejaba dolorido:
¡Mundo can!

_¡Y eso va conmigo…! –dijo el aguzado con aires portentosos–. Pues te equivocas de nuevo, amigo –continuó–; ya que el perro de tu fábula, que es de suponer sea yo, recibe palos por miserias, en cambio yo de los vergajos recibidos he conseguido estas alforjas. Y me da que han de guardar algo de mucha estima, que esos tipos mezquinos ponían mucho celo en conseguirlas.

Se trataba de unas pequeñas alforjas de tela fuerte, repujadas de cuero y metal y decoradas con remaches de plata. El descalabrado al verlas intuyó que debían llevar algo de valor y acució a su compañero:

_Pues no nos impacientes y ábrelas de una vez.

Al quitar los pasadores de las alforjas aparecieron en cada uno de los bolsillos unos saquitos que al tacto parecían legumbres. El aguzado pasó uno de ellos al ciego y le dijo:

_Compadre, como tienes muy fino el sentido del tacto, ¿qué crees que puede haber en estas pequeñas bolsas…? Ya es extraño que garbanzos o lentejas vayan en carteras de valores, ¿no crees?

El ciego tanteó el saquito y tras manosearlo un poco determinó:

_O mucho me equivoco o tus sospechas son infundadas, Barona. Lo más que hay aquí son garbanzos, habichuelas y puede que lentejas. Espera, espera –añadió–, aquí parece que hay algo que no cuadra con el resto.

El aguzado apremió al ciego diciendo:

_Amigo, abre esos saquitos, que hasta que mis ojos no vean las legumbres o lo que quiera que sea no voy a quedar en paz.

_¿Y si fueran habichuelas mágicas? – dijo el descalabrado desquiciando a sus compañeros.

El aguzado sumido en un nerviosismo de impaciencia le devolvió en voz alta:

_¡Tiñas! ¡El potorro de tu hermana! Ese si que es mágico, y además con imán, que atrae a los paletos de tu pueblo como a moscas.

El descalabrado ofendido en la rama familiar, respondió a la injuria profiriendo:

_¡Me cago hasta en la primera leche que mamaste, Barona! ¡Cómo puede hablar de fulanas quien ni a su padre conoce!

De nuevo el ciego al ver que arreciaba otra tormenta dialéctica entre sus dos compañeros, trató de amortiguar los ánimos.

_¡Eh, par de dos! El día que dejéis de pelearos como mocosos juro que os invito a tres jarras de vino en la taberna; pero eso a buen seguro que ni lo verán mis ojos –¡Dios, qué digo!–, ni lo saborearán mis labios ¡Señor, qué cruz, Señor...!

Diciendo esto, abrió uno de los costalillos y desparramó un puñado de judías; al tantear de nuevo el costalillo, le llamó la atención el tacto de algo aplanado y semiduro; lo vació encima de las judías y alertó a sus compañeros:

_¡Barona! ¡Tiñas! Mirar a ver que es esto.

Tanto el aguzado como el descalabrado, alejados en su disputa, se encaminaron apresuradamente hacia el ciego.

_¿Qué has encontrado en las taleguillas? –preguntó con ansia el aguzado.

_¿Para qué creéis que os he llamado, trifurcas? ¡Todo lo arregláis regañando y ensuciando a vuestras familias! ¡Daos de palos de una vez a ver si así os quedáis ya tranquilos! Decidme, ¿qué es esto plano que ha salido del saquito de alubias, por el tacto el exterior parece piel curtida y el interior monedas o medallas, no?

El aguzado cogió un pedazo de piel curtida que iba atado con unos cordones, lo desató y al ver lo que había en el interior se dirigió al ciego con voz de asombro:

_¡Amigo, son monedas, y parecen de oro!


_¡A ver, a ver! –dijo el descalabrado metiéndose entre los dos– ¡Fuiiuu...! Nunca había visto monedas de oro; qué brillo y qué hermosura... ¿Y no habrán más en las otras taleguillas?

_Compadre, déjame ver –dijo el aguzado quitando de un tirón uno de los saquitos que había agarrado el descalabrado y cogiendo el otro que estaba próximo al ciego. A continuación cogió una piedra cortante y lanzó dos cortes a la panza de los saquitos; alubias y lentejas por doquier quedaron desparramadas y junto a ellas también aparecieron dos piezas más de cuero bien atadas.

_¡Abre, abre, Barona!  – apremiaba el descalabrado.

_¿Es que hay más? –apresuraba también el ciego.

_¡Soy rico, soy rico...! –gritaba entusiasmado el aguzado al descubrir más monedas.

_¡Ehhhh, para, para! ¡Rápido has roto relaciones! Ya he oído yo decir un dicho que dice que “cuando el pobre se haga rico, no le pidas ni el borrico”. Escaso de carnes soy y fuerzas tengo las que Dios me ha dado; pero muerto salgo o muerto sales tú si no compartes estas monedas con el compadre y conmigo, que ya se merece entrar en la asociación después de tantas desgracias juntas y de sólo esta gracia que pretendes quitarnos.

El aguzado al verse encerrado en su propia usura arremetió contra sus críticos no sin antes maldecir desde su interior:

_¡Me tomáis por un mal compadre...! ¿Pensabais que iba a quedarme todas estas monedas y no iba a repartirlas? ¡Mal me conoces, Felipe, y ya ha llovido!

_Pues yo desde que te conozco –intermedió el ciego– no he visto llover, salvo pedradas y estacazos, ni gota de agua; y por la euforia de tus palabras no parece que estabas muy allá en lo de repartir las monedas. Pero me alegra que al fin salga algo de tu lado bueno y demos por zanjado el asunto; lo primero, qué imagen aparece en las monedas.

_Un tipo narigón con el pelo recogido en una coleta -dijo el aguzado-, y algo así como Lud, números romanos y letras sueltas.

El ciego quedó pensativo y, tras analizar lo oído, concluyó:

_Barona, deletréame los números romanos y las letras sueltas.

_X-V-I, en romanos, luego D.G., un espacio y F-R... luego sigue...

_No hace falta que sigas, Barona, con estos datos es más que suficiente para saber qué monedas tenéis ante los ojos: Lud es Luis, la X la V y la I es dieciséis en números romanos; la D y la G significan Dei Gratia o Gracia de Dios; por último la F y la R significan Francia... Son luises de oro de 1600.

El descalabrado lanzó un silbido de júbilo y a continuación se dirigió a sus compañeros:

_Pues contemos las monedas, hagamos tres partes y allá cada cual con su riquez...

_¡Justo y cabal...! -sentenció el aguzado sin dejarle terminar-. Cuenta tú, amigo –prosiguió–, que este, aparte de saber sumar sólo lo justo, a la hora de dividir no sabe de otro número que no sea el uno.

_¡Ya me pisas la raya, Rojo! –inquirió el aguzado.

El ciego inició la cuenta y aquellos dejaron sus diferencias a un lado; después de contadas las monedas sumaban cien luises. Como en el reparto dos habían de quedarse con una moneda de menos, el ciego anticipándose a la fórmula más común argumentó:

_Tocamos a treinta y tres monedas y sobra una; echarlo a cara y cruz no sería justo porque el que pierda la primera vez no estará conforme y querrá jugársela con el que aún no haya participado; este último, a su vez, querrá hacer lo propio con el siguiente y así sucesivamente, lo cual se cerrará en un círculo vicioso. Aparte, y sin que desconfíe de vosotros dos, ¿cómo sabré el lado de la moneda que ha salido?

_Tú lo has dicho –dijo el aguzado–, si realmente confiaras no habría de preocuparte qué lado de la moneda sale, pues de acertar ha de ser tuya. Yo no veo otra solución más rápida: primero juegas tú con el Rojo, luego el que acierte conmigo y resuelto el caso.

_¡Claro! –inmiscuyó el descalabrado–, así siempre hay uno que juega dos veces y dos que juegan sólo una. No hay trato.

_¡Pero so pedazo de pollino! Qué más dará que él o tú juguéis una sola vez y yo dos si luego perdéis conmigo.

_¡Hombre...! ¿Aún no hemos jugado y ya te haces ganado? ¡Que no hay trato digo!

_Pues ya encontraréis la forma –sentenció el aguzado–, tú y este desconfiado, que de no ser por el garrote de su tío más que de peón de herrería lo haría yo de recaudador de haciendas; seguro que ni uno se le escapaba.

El ciego sonrió y un destello de sol se reflejó sobre su pala de oro. En vista del éxito de su primer argumento pensó que quizá en un segundo tendría la misma fortuna; de todas formas nada perdía.

_Echémoslo a pajas –dijo–. El que saque la paja más larga se queda la moneda.

El aguzado y el descalabrado dieron su conformidad. Así las cosas, tanteaba el ciego a su alrededor y no encontraba lo que buscaba.

_Amigo –dijo el aguzado–, si buscas pajas ya te has saltado casi un haz; el camino está lleno de ellas.

_Pues no, no son pajas sino un sarmiento, que las pajas quiebran muy rápido y podrían dar lugar a confusión, en cambio los sarmientos no.

El descalabrado se dirigió con rapidez a una viña cercana, cogió un sarmiento del suelo y se lo llevó al ciego. Este, al tantearlo, lo rompió en cuatro trozos ocultando la operación dentro de un bolsillo de sus alforjas tomando como referencia el dedo meñique para tres trozos y el dedo corazón para el otro. Seguidamente sacó tres de ellos ocultos por el puño dejando asomar sólo las puntas.

_¿Quién saca primero? –preguntó.

_Yo mismo –dijo el descalabrado. Tiró de uno de los palos y le salió corto.

A continuación cuando ya iba a sacar el otro palo el aguzado, al ciego le vino un amago de estornudo.

_¡Atttt... saca, saca...!


Tiró aquel de otro de los palos apremiado por el principio de estornudo y también le salió corto.

_¡Chús...! –estornudó el ciego llevándose puño y manga hacia la nariz.


¡Jesús! –repitieron sus compañeros a una.

_¡Gracias, amigos! –agradeció mientras abría el puño y mostraba el palo largo. Como veis la suerte se ha aliado conmigo; venga ese luis –dijo alargando la mano.

No estaba tan aliada la suerte con el ciego; al alargar la mano la punta de otro sarmiento corto, cambiado con arte malabar por el largo, asomó con descaro por la bocamanga.

_¡Vaya, vaya! –dijo sarcástico el aguzado–. De manera que te viene de repente un golpe de tos y este ceporro y yo nos tragamos lo del sarmiento corto.

_¿Qué sarmiento? –contestó el ciego viniéndole una subida roja a la cara al notar la punta del sarmiento en un giro de su muñeca.

_¡Atttt... chús! –estornudó de nuevo volviendo a llevarse el puño y la manga hacia la nariz, solo que, aprovechando el gesto, esta vez salió impulsado el palito por el aire hacia atrás.


El descalabrado al ver el trozo de sarmiento por el aire lo localizó y fue a recogerlo; una vez en la mano comprobó que era también corto. Sin más se dirigió hacia donde estaban las monedas, cogió uno de los luises y lo lanzó con fuerza hacia un barranco.

_Se ha acabado el problema, ahora todos tenemos las mismas monedas –dijo–. Pero en adelante ya me andaré fino contigo en un quítame ya esas pajas.

_Suerte has tenido en tu solución salomónica, Rojo, que ya la moneda va a ser difícil de encontrarla y el buen entendimiento de los tres se precisa para gastar estos luises en grandes bienes. Hasta ahora la asociación, como bien ha dicho el compadre, sólo nos ha traído desgracias; no hace ni un momento que somos ricos y yo he querido apoderarme de todas las monedas y este ha tratado de timarnos con un truco malabar ¿Acaso el ser ricos ha cambiado nuestra suerte? Tal vez la sociedad habríamos de romperla en este momento y que Dios reparta suerte a cada cual. Igual te viene otra vena y en un altercado entre este y yo nos tiras las monedas a un río.

_¿Tanto poder tiene la riqueza hasta el punto de arruinar una buena amistad por unas malditas monedas de oro? –repuso el descalabrado.

_Amigos –dijo el ciego–, creo que el Rojo no anda desencaminado; ya sé que he obrado mal y la culpa la han tenido estos luises diabólicos. Truncar una buena relación por un abuso de riqueza no merece en absoluto la pena. Si les damos todos los luises a la Iglesia ella sabrá gastarlos en obras de gracia con favores a los más necesitados.

_¡Ah, no...! –alertó el aguzado–. A este lerdo le he consentido tirar el luis porque no he podido remediarlo sujetándole el brazo, pero al primero que vea que echa mano a mis monedas le va su vida o mi vida en ello. Bien conozco yo las gracias de la Iglesia... Santa Rita, Rita... Ahí os quedáis que un servidor a partir de este momento, rompe la sociedad del santo ripio y el santo garrote y se va a embarcar en nuevas empresas. Igual me voy hasta América. Allí dicen que por cuatro perras compras lo que aquí el terreno de un pueblo.

_Buen viaje lleves, Barona –dijo el descalabrado–, y cuando llegues no mandes correos, que de la sociedad que bien has mentado, muchas de las acciones han sido por culpa de tu gestión directa, que en rotos y berenjenales te llevas la palma.

El aguzado sin mediar ni una palabra más cogió sus luises, dio la espalda a sus ex-compadres y se despidió con sequedad:

_¡Con Dios!

_¡Y tú con Él!

Como el aguzado tiró para el sur, el descalabrado y el ciego tomaron la ruta del norte. Después de una intensa caminata vieron a lo lejos una venta, lo que les recordó que ya hacía muchas horas que los estómagos estaban vacíos y que por gastarse unos cuartos en llenarlos antes de llevar a cabo sus acciones de gracia no le iba a molestar mucho al de Arriba. Así pues, una vez en el local se sentaron y esperaron a alguien que les atendiera. Al punto apareció una moza guapa y templada que llevaba recogidos sus largos cabellos negros con un pañuelo, dejando libre una gran trenza que le llegaba hasta la cintura.

_¡Lleváis perras! – preguntó la joven al verles la pinta.

_Hasta hartarnos – respondió el ciego.

_Y a ti también si quieres, templada –dijo el descalabrado con mirada lujuriosa.

_Muchas tendrías que tener para que tu compañía me fuera grata –repuso la moza–, que de los pocos agraciados que han pasado por aquí, juro que no recuerdo sus caras; pero de la tuya, estoy por decir que no se me borrará en la vida, guapo.

El descalabrado mientras sonreía hurgó en uno de sus bolsillos, tanteó una moneda y se la enseñó a la muchacha.

_Hay bastante –dijo mostrándole un luis de oro.

_De sobra –repuso la ventera abriendo los ojos como una lechuza–.Con ese presente hay para comer, dormir y más que quisierais. Para comer y beber hay judías, pan y vino; para dormir hay dos o tres camas vacías; para la compañía..., las que prefiráis, aunque si os merece bien podría ser la mía. Es lo que hay, lo tomáis o lo dejáis, aunque en diez leguas no hay nada a la redonda que remedie al caminante del hambre ni del descanso bajo techo. Vuelvo en un rato y así tenéis tiempo para pensar qué hacéis.

Dicho esto dio media vuelta y se marchó con un cimbreo de caderas que volvió loco al descalabrado.

_Compadre –dijo este dirigiéndose a su compañero–, hoy ha de ser el día en que me infle de comer, de holgar con esta moza, que está de padre y muy señor mío y, a la fin, de dar con mis huesos en un jergón que no sea paja de era o manto de yerba... ¡Aunque pase de rico a pobre en una sola noche!

El ciego dio un chasquido y expuso también sus argumentos.

_Pues a tal empresa me apunto gustoso, que no sé yo qué es peor, si el hambre de continuo, la falta de descanso en lugar tranquilo y reposado o una buena costalada con moza templada como ha de ser esta...

_Hombre –interrumpió el descalabrado–, una buena suelta de vientre también es primicia.

_Y que lo digas –siguió el ciego sonriendo–. Pues de lo comentado, creo haber oído decir por ahí que los cuartos a los pobres no les quitan las desgracias, sino que las aumentan; cuando llegan a oídos de timadores y asaltantes de caminos, lo mismo les dan de palos y los desvalijan que les tiran un navajazo mal pegado y los envían a criar malvas.

_Sabes que te digo –dijo el descalabrado con voz de ánimo–, que a lo hecho pecho; en cuanto venga la ventera le estoy pidiendo una mesa repleta de platos de alubias bien acompañadas de pan y bien regadas con jarras de vino, y si está por la labor, que venga a darse conmigo un buen revolcón a uno de esos cuartos.

_Tal como lo pintas poco vas a disfrutar del descanso, y menos aún del sueño –dijo el ciego.

_¿No dice un dicho que el que mucho duerme poco vive? –agregó su compañero– ¿Y si me doy al sueño y mañana un mal nacido me saca las entrañas en un asalto de caminos? ¿No tendré tiempo para descansar largo y sereno...?

El ciego ante tales razonamientos abrevió el diálogo y dijo:

_Rojo, ya perdemos tiempo. Dile a la ventera que venga y hágase tu voluntad... y la mía que, como buen compadre, creo merecerme tus mismos favores.

_Amigo –atajó el descalabrado–, en la mesa somos socios pero en la cama, por grande que sea, sólo van a estar aquí el presente y la moza si se aviene al trato.

_Pues ya puedes buscar a otra que supla su falta –añadió el ciego–, que yo no me voy de esta venta sin que el basto pique a una sota.

La ventera que al ver el luis mostrado por el descalabrado no podía quitar de su mente la imagen áurea real, volvió al instante con dos jarras de vino para servir a los recién llegados.

_Enseguida os traigo esas alubias, y aquí está ya el vino.

_Al parecer, buena moza –dijo el descalabrado–, das por sentado que no aventuramos ni este ni yo el buscar otra venta en donde aplacar nuestro apetito o en donde dejar reposar a nuestros magullados huesos. La premura del vino en la mesa así lo demuestra.

La ventera mesó los cabellos a la altura de sus sienes, introdujo el dedo corazón entre el pañuelo y rascándose con delicadeza femenina en la cabeza expuso:

_¿Y acaso no os place el servicio, que aun sin pedir ya tenéis casi la mesa puesta? ¿Preferís quizá otro lugar más lejos en el que un gordo y patilludo ventero guisa gato por liebre y almortas por lentejas...?

_Mujer... –repuso el descalabrado– con tales argumentos muy mal habrías de tratarnos para cambiar. Lléganos esas alubias y no se hable más.

Después de comerse cada uno de nuestros comensales dos platos de alubias con su pan y sus cuatro jarras de vino, les vino a ambos una modorra que les hacía imposible mantener el equilibrio.

_Rojo –dijo el ciego–. Tanto hacía que mi sangre no cataba el vino en condiciones que llevo dos mareos seguidos y miedo tengo de no dar en el suelo con todo mi cuerpo.

_Y que lo digas, compadre, yo aguanto porque me agarro a la barandilla; pero como no nos den rápido el catre, juro que ni un colchón de cardos borriqueros me para el sueño.

El ciego, oídas propias y ajenas versiones, pensó que o llamaban a la ventera para que les dijera el lugar en el que dormir o en breve echarían sus huesos a la calle el dueño de la venta y una retahíla de arrieros que coincidían allí. La ventera, que no les quitaba ojo de encima, se acercó a ellos y les apremió a subir a la cámara. Allí les indicó un cuarto en el que sólo había un camastro. Como quiera que ambos ni se enteraban, se echaron sobre el jergón tapando con sus cuerpos las bolsas con las monedas de oro y al instante sus ronquidos atronaban en toda la planta superior.

El gallo cantaba como un desesperado al despuntar el sol y los dos compadres seguían dormidos como troncos. La ventera tenía su habitación al lado de la de ellos y ésta se comunicaba con la otra habitación mediante una puerta de un solo pestillo, para que sólo ella pudiera abrirla. Abrió la puerta comunicada con violencia y se acercó hacia los durmientes gritando:

_¡Arriba que son las seis!

_¡Eh...! ¿Qué pasa con tanto alboroto? –refunfuñó el ciego levantándose de la cama de un sobresalto y con un enorme dolor de cabeza– ¿Acaso no hemos pagado este cuarto maloliente durante toda la noche?

_Tú lo has dicho, la noche –repuso la moza–, y eso quiere decir que si ya es de día el que quiera seguir durmiendo tendrá que pagar otra noche.

_¡Muchacha! –intervino el descalabrado incorporándose en la cama y restregándose los ojos–, si son las perras las que te preocupan, aquí el compadre y yo tenemos las suficientes como para comprar esta venta y a ti incluida si te precia, que a sirviente hermosa no habrá en mucho terreno quien te iguale. A gusto estamos y más a gusto estaría si tu compañía me diese ese capricho que anoche insinuaste y que por exceso de vino y cansancio hube de dejar para otro momento. El lugar parece ideal, el momento, ahora, el justo; tú mandas.

_Si el bolsillo es tan largo como tu lengua quienes mandáis sois vosotros. La faena se amontona pero haré de cazos pucheros y tiempo habrá para atenderla. ¿Cuánto vais a pagar?

_Un luis de oro –respondió el descalabrado.

_¡Cada uno!

_¡Eh... eh...! ¡Aguanta, aguanta! –intervino el ciego–. Que nos veas cara de salidos no quiere decir que ya lo des por hecho. Un luis por los dos y ya estás pagada de más.

¡Quietos, quietos! -agregó el descalabrado-. ¿Acaso pensáis que nos acostemos los tres juntos?

_¡Natural! –repuso la moza–. Nada de uno en uno, con los dos aquí y ahora; que hay mas casos que atender y apremian. Un luis por los dos, pero a la vez.

_¡Espera, espera, amigo! –interfirió el descalabrado– ¿Que yo me quede en cueros contigo y con esta y luego nos demos todos al polvazo limpio? Me da que sí tienes algo de marica... ¿No serás tú el Boñigas?

La joven ante la falta de decisión de uno y otro apresuró el tiempo y dijo:

_¡Ea, yo me voy! No estoy para perder el tiempo en discusiones ajenas; abajo está el ventero, pagarle cena y cama y con Dios.

_¡Eh, airosa, aguanta un poco! –dijo el descalabrado pensando que se le iba la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando y que quizá otro tanto más tardaría en llegar; en estas vistas concluyó:

_Trato hecho, los tres juntos... pero no revueltos.

_Para que no haya desventaja –dijo el ciego– y dado que los cantos de gallo apuntan a un sol bien amanecido, propongo cerrar los batientes de la ventana y así repartiremos el pastel en igualdad de oportunidades.

La mujer, que cada vez que veía al descalabrado le era casi imposible soportar la mirada obscena con la que era correspondida, se anticipó al mismo y dijo con rapidez:

_¡Justo! Pero antes desvistámonos, que a oscuras no sé si podré desabrocharme el corsé.

_¡Sí, sí...! Todos en cueros –apremiaba el descalabrado; el muy truhán ya estaba en calzones.

Inició la muchacha la suelta de carnes y al descalabrado le vino una subida en el calzón; a medida que aparecía un muslo o que caía una vuelta del corsé, le iba un bulto del ombligo a la ingle y viceversa.

La joven al ver lo que le venía encima dijo:

_¡Un momento, esperar! Voy a por los aros o si no os vais a joder con quien yo os diga.

Se medio vistió de nuevo y desapareció por la puerta comunicada.

_¿Y eso? –preguntó el ciego.

_A saber –respondió el descalabrado eludiendo la respuesta.

Al instante apareció la ventera con unos aros de madera y se los dio al descalabrado.

_Póntelos –le dijo.

_¿Qué...! –preguntó aquel como si no fuera con él.

_¡Que nos pongamos qué...! –entrometió el ciego.

_Esta –dijo el descalabrado–, que quiere que me ponga unos aros en ya sabes donde.

_¡Chorraaaa...! Ha de ser bestial para llegar a ese extremo –exclamó el ciego.

Cumplidas peticiones y cerradas las ventanas, la fiesta se inició entre risas y jolgorio. Hizo presa el ciego en una nalga y por el tacto suave le pareció de su agrado, subió despacio más hacia arriba y ya el ánimo le desorbitaba; directo al grano, el choque con algo que no quería ni imaginarse lo que era, le bajó las ansias de un golpe y soltó como un resorte a su presa.

_¡Leches, Tiñas...! No pierdes baza.

_ ¿Y qué... quieres... –respondió el descalabrado enfrascado en la faena–, que... me ponga a... la cola...?

Ni corto ni perezoso, tanteó el ciego el espacio y de un salto se colocó sobre la espalda de su compañero.

_¡Desgraciado...! ¡Qué haces...! –gritaba aquel al sentir lo que oprimía sus posaderas.

_Ponerme a la cola, eso hago –dijo el ciego dando una fuerte risotada.

_¡Santo inmaculado, por el culo aún no me han dado! –Con estas palabras echó el descalabrado hacia atrás tirando al ciego a tierra, cogió la ropa que pudo agarrar a oscuras y salió del cuarto pegando un portazo. Pasados bastantes cantes más de gallo se abrió la puerta y apareció el ciego con el turbante caído a un lado, en pelota picada y con la ropa revuelta en una mano. Dando un traspiés, agarrado al quicio de la puerta sin soltarla y con una cara de pasmado a todas luces, salió diciendo:

_Dios, por fin, me ha dado la luz, ¡vaya pedazo de jamona...!

_Hombre, luz no sé si habrás visto; pero Maestro de luces sí que ha pintado la faena, ¡buena ha sido la corrida, buena! –le dijo el descalabrado con voz de enfado.

_Tres suertes, tres estocadas… y sin banderillas… ¡Qué leona! –respondió el ciego riendo.

_Las banderillas me las querías clavar a mí... suerte que he burlado el pitón.

_Para suerte la mía, que si no llega a ser por el intento aún estarías tú picando y yo a la cola del morlaco. Ya te dije, pichón, que lo mío son las hembras. Seguro puedes estar que si hubieras continuado en la faena aún seguirías con tu trasero inmaculado; aunque yo por el contrario hubiera tenido que seguir con el voto de castidad hasta otra buena nueva.

_No las tengo todas conmigo –repuso el descalabrado–, que he de vigilar en adelante bien mis espaldas. Ah, y nada de a oscuras; para ti la noche es como al zorro las gallinas.

Al punto salió la moza vestida, impecable, como si nada.

_Muy fresca te hago, hermosa –aduló el descalabrado– ¿Es que no te ha dado este lo que yo te guardaba?

_Guapo –respondió la sirvienta–. Aquí tu compadre, donde lo ves, con su carga de años, me ha dado tres ratos tan buenos que no los igualan ni diez altaneros como tú juntos; que mucho presumís de percha y a la hora de la verdad se os queda engarruchada, como la cuerda del pozo cuando ya ha sacado el agua. Venga ese luis, que la faena apremia... Y con Dios.

Al recibir la moneda lanzada por el descalabrado, la joven les dio la espalda y se marchó con su vivo contoneo a otros menesteres.

_Amigo –agregó el sufridor del fiasco–, paga tú la cena y la posada y con esas en paz.

_Bueno se hace el trato –respondió el ciego–. Una vez comidos, bebidos, descansados y holgado el que pudo, ambos compañeros tiraron loma abajo y loma arriba sin saber muy bien ni en qué lugar estaban ni hacia dónde iban.

 

 

 

CAPÍTULO IV

Obras de gracia

_Digo yo, Rojo, que estoy pensando si no sería mejor invertir las perras en obras de gracia en lugar de dárselas a la Iglesia. Me viene a la cabeza un día que de pequeño fuimos al pueblo a comprar para el mes. Había ido, no sé por qué motivo, el obispo a oficiar misa, y mi padre, que no creía ni en la madre que lo parió, aquel día tuvo que confesarse porque si no la vieja que nos abastecía de harina y otras cosas de comer no le fiaba el mes. Cuando el buen hombre fue a comerse la hostia le vio un pedrusco en el dedo a su ilustrísima, que muchos años sin fiar de aquella abuela beata nos hubieran librado de tenerlo en su poder. De no ser por los civiles, que siempre están en misa y parece sean monaguillos en lugar de representantes del orden público, estoy por decir que mi padre le habría tirado bocado. Es curioso, desde entonces no he pisado una iglesia por dentro.

El descalabrado dio una patada a una raíz que sobresalía de la linde central que dejan las rodadas de los carros y dando un traspiés cayó al suelo.

_¡Seré animal...!

_¡Rojo! ¿Qué te ha pasado?

_Nada, que he confundido a una raíz seca por una rama caída y he ido al suelo. Seguro que es castigo de Dios por oír las barbaridades que cuentas de ti y de tu padre.

Dio la casualidad que no lejos de allí venía un zagal muy joven en lo alto de un burro, en sentido contrario y llorando más que una Macarena. El descalabrado, una vez incorporado, se sacudía el polvo de la ropa con vivos restregones conforme se aproximaba; al ver la tristeza del joven le preguntó:

_Muchacho, ¿a qué vienen esos lloros?

El joven sin levantar la cabeza no respondió y aún lloraba con más encono.

_¡Venga, venga, rey...! Pareces un Boabdil recién quitada Granada.

_Que me importarán... mucho a... mí... las granadas –gritaba de rabia el zagal entre sollozos–. El carro... y... el caballo... es lo que... me importa, la... carga para... el caso me da... igual... Cuando se entere... mi padre...

El descalabrado estaba más confundido que un cura en la Meca. Quiso averiguar más sobre la aflicción del muchacho y le volvió a preguntar:

_¿Quieres decir que te han robado un carro y un caballo?

_ Si señores, y la carga... de granadas que transportaba... Y... aún han tenido... consideración... y me han... dejado el burro... para volver a... casa.

Se produjo un silencio y el descalabrado inició un proceso de ordenación de datos en su cabeza: los Reyes Católicos por un lado junto a los ladrones, el zagal y Boabdil el Chico por otro y la carga de granadas con Granada por último; también era casualidad que una frase hecha estuviera tan unida en matrimonios. Una vez comprendido el caso pasó a decirle al zagal:

_ Pues que no te preocupen las pérdidas, muchacho, ¡para las malas ocasiones aquí están mis cojones! Compadre –dijo dirigiéndose al ciego–, ¿te hace que emprendamos las obras de gracia con el chico?

El ciego después de oír versiones también logró averiguar el entramado dialéctico entre su compañero y el muchacho; como quiera que en la resolución del descalabrado sobraban arrestos, vino a decirle:

_Ante tamaña ofensiva tu guerra está asegurada y la mía perdida. Pacta tú la rendición.

_ Menos chuflas, compañero; di si estás o no de acuerdo.

_ ¡Pues claro...! Ya dirás cómo arreglamos esto.

_ A ver, muchacho –se dirigió al chico–, ¿cuánto crees que le habrán costado a tu padre el carro y el caballo?

El muchacho que estaba un poco sorprendido por aquel encontronazo absurdo, paró de llorar en seco y respondió:

_Mire usted, tengo entendido que el macho le costó cincuenta duros, y el carro tres veces más... lo que da...

_Compadre, echa cuentas; tú que le das al poema, como hombre ilustrado sabrás cuánto da.

El ciego entre murmullos inició la cuenta:

_Cincuenta más ...enta dan ...enta... A diez luises cada uno.

_¡Leches! –dijo el descalabrado– Yo sé poco de cuentas pero diez luises cada uno suman veinte piezas de oro. A este paso pocos milagros vamos a hacer.

_¡Y qué quieres! –argumentó el ciego–. Tú has iniciado el arreglo. Además, así te ganas más el Cielo.

_Si después de tantas desgracias no tengo el Cielo asegurado, cambio de palo y me doy a la mala vida, que en esas con cuatro maldades ya tiene uno asegurada plaza ¡Ea! Vengan esos diez luises, dáselos junto a los míos al zagal y aquí paz y después gloria.

_Ahí van –dijo el ciego mientras le entregaba los diez luises de oro.

El muchacho al ver tantas monedas de oro juntas, abrió los ojos como un búho y deshaciéndose en halagos les decía:

_¡Dios les tenga en cuenta! ¡Que Dios les guarde de por siempre! ¡Dios les...!

_¡Bueno, bueno! dijo el descalabrado–. Deja de nombrar a Dios, que vas a desgastarle el nombre.

_Es que no sé cómo agradecerles –continuó el zagal–. Cuando mi padre vea el trato que he hecho con la venta del carro y el macho, está por ver si no me nombra heredero del chozo y de la viña; y eso que somos doce hermanos y yo soy el que hace once.

_Pues ¡hala!, corre y no pierdas tiempo, no sea que vengan otra vez esos desalmados y arruinen tu buena suerte.

El zagal atizó al burro y salió al trote borrico como un desesperado sin volver la vista atrás: que un arrepentimiento al bote pronto lo tiene hasta el más tonto.

Una vez alejado dijo el ciego a su compañero:

_Parece que hayas quedado mudo.

_Pues a ti labia no es que te sobre precisamente –respondió aquel.

_Es que venía pensando si no habremos sido anchos de manga en el favor del muchacho.

_Ya que lo dices yo iba pensando en lo mismo.

_Pues en adelante habrá que enjuiciar bien si no queremos tener posteriores remordimientos.

Siguieron caminando en silencio durante otro buen rato hasta que el ciego prorrumpió de nuevo y dijo:

_Mira, Rojo, yo no sigo en esta cruzada.

_¿Que tú qué...? –dijo el descalabrado entre asombrado y perplejo por la actitud repentina de su compañero.

_ Que no sigo con lo de dar perras así como así. Me da que el zagal va a ir predicando nuestra buena acción y ya me veo como el Redentor, seguido de cientos y cientos de feligreses pidiéndome bonitos por sardinas y pavos por gallinas; y el rey de Francia no sé que haría en su patria, pero por su cara bonita –que Dios la conserve por mucho tiempo en mi bolsillo–, un servidor no hace más el paria. En adelante me daré a la gran vida , que para eso han inventado el dinero los ricos.

_Allá cada cual con su conciencia –se lamentó el descalabrado–; pero ten en cuenta ese dicho que dice que “el dinero no hace la felicidad”.

_Sí, sí, allá cada cual –contestó el ciego–; pero puestos a tener puntos en cuenta, cuando cuentes no dividas entre dos.

Camino de frente y a buen paso continuaron ruta hacia alguna parte.





 

 



CAPÍTULO V

El tentadero

Llevaban los dos caminantes alrededor de una hora de ruta desde que perdieron de vista al muchacho del burro cuando al librar una loma apareció un hermoso valle espacioso y repleto de infinidad de coloridos. Hileras de sauces y olmos entre curvas y recurvas discurrían a lo largo del valle e intuían el lecho de un río. Gorjeos infinitos, croar de ranas, aleteos de ánades... Todo un acopio de naturaleza se daba cita en aquel pedazo del mundo.

_Lástima que no puedas ver esto, amigo –comentó el descalabrado–. La vista es ideal.

_Sólo con oírlo ya me hago a la idea –repuso su compañero.

¡Muuuu!

_¡Leches! –alertó el ciego– ¡Eso es un toro!

_Más vale que sea un becerro –dijo el descalabrado–, que aquí las defensas no es que sobren precisamente: o de cabeza al río o la estatua de piedra. Yo nadar sé bien poco y lo de la estatua ya lo probé en cierta ocasión y me dio de revolcones otro toro hasta que se hinchó; y el mamón del Barona, que fue quien me dijo que me estuviera quieto porque así el toro no arremetía, aún lo veo a mi quite trepando como un gato salvaje a lo más alto de un pino. Tuve suerte que el morlaco tuviera los cuernos aserrados; y aún así, guardo recuerdos de los restregones que me dio en el suelo y de la quebradura de los dos dientes principales que me fueron del golpe con una piedra.

_Pues ya dirás qué hacemos, por el mugido no ha de andar muy lejos y me da que de becerro tiene bien poco.

Dicho esto se encaró a lo lejos hacia ellos un bicho de estos que ni los bravos maestros quieren que les caiga en suertes. Tenía la bestia dos astas curvadas hacia el infinito con las puntas finas de naturaleza que parecían limadas por el mismísimo diablo. Paró el astado a mitad de camino y se puso a patalear y a restregar la tierra en tanto que emitía unos bufidos y mugidos de espanto.

_Amigo –alertó el descalabrado–, no sé qué será peor si morir ahogado o corneado; pero a la vista de lo que nos va a venir encima, aún veo poca agua en el río para bebérmela toda. Tú si quieres hazte la estatua, con suerte ni te roza...

_Mira, Tiñas –repuso el ciego–, a las uvas en apuros y a las pasas cuando hayan pasado, que a toro picado le sobran barreras. Si tú te haces la estatua yo no voy hacer menos; si crees mejor ir de cabeza al río, de tus pasos no me voy ni un metro. Haz cuenta que soy tu sombra.

_ No se hable más –indicó el descalabrado–. Dame la otra parte de tu garrote y agárrate con fuerza a él; allá veo un claro por el que saltaremos al río. Luego que Dios reparta suerte.

Echaron los dos a correr y arrancó el toro en persecución detrás de ellos. Sus patazas brincaban en el aire y al caer al suelo resonaban en la tierra como una manada de búfalos, lo cual hacía que los perseguidos corrieran como una exhalación. Llegados al río, infinidad de enredaderas y zarzas impedían su acceso formando una barrera natural. El descalabrado se detuvo y dudó entre tirarse hacia los zarzales o hacerse la estatua; soltó la parte del cayado que tenía cogida y empujando a su amigo a tierra le dijo:

_No te muevas del suelo, que yo intentaré llevármelo a otro lado y así distraeré su atención. Si salgo de esta, juro que no veo más corridas que la de un filete de toro resbalando en la sartén. Por estas.

Se llevó el dedo pulgar a la boca, se santiguó y arrancó a correr hacia un lado por la orilla del río. El ciego quedó tendido en el suelo más quieto que una lápida. El toro, que iba al movimiento, encaró hacia el descalabrado como si hubiera salido del chiquero a comerse el mundo. Mucho corría el descalabrado pero su acosador aún corría más que él. En vistas a que su suerte estaba echada se quitó la camisa, la cogió con las dos manos a modo de capote y plantándose delante del bicho, azuzó:

_¡Eh, eh... toro!

A la primera embestida un quiebro lateral le libró de una destripada, pues el pitón le dio un refilón a la altura de la cintura.

_¡Eh, eh... toro! – repitió de nuevo encarándose hacia el morlaco.

Otro pase natural, limpio de astas, le dio ánimos para la lidia y, aunque sin poder rematar la faena por falta de estoque, quien sabe, igual el animal doblaba debido al cansancio o acababa rindiéndose de su fallida persecución. Tres o cuatro pases más a base de quites y quiebros embravecieron más al maestro y aplacaron tanto más a la bestia. Tanto es así que casi llegaba a tocarle los cuernos con la mano ante la mansedumbre del animal. Pero como la confianza es las más veces traicionera, en un alarde de dominio le dio la espalda al toro y alzó con orgullo la cabeza como si estuviera saludando al público; momento que utilizó el animal para darle una embestida a la altura de su muslo izquierdo, que le hizo volar por los aires lo menos cuatro metros hasta que cayó en medio de las enredaderas y zarzales.

_¡Ay, ay... que me ha cogido! –se quejaba ensartado de espinas de pies a cabeza.

El toro esperó un cierto tiempo intentando adentrarse en las enredaderas y en vista a que no había manera de contraatacar a su adversario, se alejó poco a poco de aquel lugar.

_¡Ay que no me siento la pierna...! ¡Ni la...! –seguía lamentándose el descalabrado viniéndole un escalofrío repentino mientras se echaba mano a la potra–. ¡Puf, qué susto...! Eh, amigo –se dirigió hacia el ciego–, ya puedes levantarte que hasta yo he estado a punto de confundirte con un pedrusco; pareces una bicha enroscada. Anda y acércate hacia aquí, me huele que me ha dado una puntada el toro y me ha dejado lisiado entre estas malditas zarzas. El bicho que no te preocupe, ya se ha ido.

El ciego se acercó hacia el lugar en el que estaba su amigo y enseguida topó con los zarzales.

_¡Leche, qué pinchazo!

_¡Pinchazo! Entre los cuernos de esa bestia te querría haber visto yo –dijo con enfado el descalabrado ensartado entre las púas de los zarzales–. Alárgame tu garrote y cuando te diga tiras fuerte.

_Hecho, cuando digas, tiro –respondió el ciego.

_¡Ahora va...!

El ciego pegó un fuerte tirón y sacó al descalabrado de golpe.

_¡Ayyyyy, ayyyyy...! –Gritaba de dolor mientras salía de entre las marañas; lo primero que hizo fue mirar hacia la parte del muslo que había recibido el topetazo y al ver que no había sangre se tranquilizó. Al salir de los espinos parecía un Nazareno, no había parte de su cuerpo que no tuviera cortes superficiales o rasguños; más que de una corrida parecía venir de una riña de gatos.

_Malas plantas éstas –dijo el ciego como si quisiera solidarizarse en el dolor con su compañero.

_Ya lo puedes decir, ya. Casi me empitona el toro, me doy en cuerpo con las zarzas y creo que hasta en el alma llevo espinas clavadas.Y tú sin embargo ni un rasguño. Lo que más me revienta es que no hayas podido ver los pases que le he dado a esa bestia: quiebros, de pecho... ¿Sabes? –siguió el descalabrado mientras se quitaba las espinas del cuerpo–. Yo de pequeño quería ser torero. Un día fuimos otro y yo de tientas a una majada. Como toros no habían se nos ocurrió azuzar a un cabrón que tenía la cornamenta atrofiada. A mi amigo, que iba primero, le dio un cate en una pierna y le atravesó un muslo de parte a parte, desde entonces que ya no anduvo fino; y a mí, que el bicho me la tenía jurada de una vez que la emprendí a pedradas con él mientras montaba a una cabra, me revolcó entre las cagarrutas hasta que pude hacerme con una vieja cortina. Una vez la tuve, me desembaracé como pude de él y fui corriendo hacia una tapia; allí lo esperé tapando todo mi cuerpo con ella y cuando el macho cabrío fue a embestirme, hice un quite con el cuerpo y se dio un testarazo contra la tapia quedando allí tirado más tieso que la pellica de un zorro. Se podría decir que fue mi primera lidia, pero después de lo de hoy... A saber si no rompo el juramento y me dedico a los toros.

_Y quién dijo no –repuso el ciego–. Más cornadas da la vida.

 

 

CAPÍTULO VI

La comuna del buen pastor

Después de una larga caminata siguiendo el curso del río entre descansos y refrigerios sin nada que rompiera la rutina normal de la marcha, se mostró ante el descalabrado un cuadro de naturaleza de lo más chocante.

_Amigo, no sé qué pasará allí pero me da en la nariz que la escena se antoja fuera de lo normal.

_¿Y eso? –dijo el ciego intrigante.

_Tú dirás. Se ve a un fulano en cueros y encaramado a la cruz de un árbol con algo que le cuelga parecido a un rosario, y al resto, que parece que estén a la escucha, hincados de rodillas sin más ropa que otra especie de escapulario que les cuelga del cuello.

_¿Cómo?

_Lo que has oído, amigo; todos en pelotas con la única vestimenta de un escapulario.

_ ¡Uy, uy, uy! Tampoco me da a mí muy buena espina –dijo el ciego–. Bueno será que rodeemos y evitemos posibles altercados.

_Pues hablando de espinas –repuso el descalabrado–, si rodeamos y damos con el toro, bueno será también que yo lo evite haciendo de pedrusco y que tú lo lidies; así sabrás lo que es un colchón de zarzas y podrás elegir próximos caminos.

_Por el dolo de tus palabras no hallo otro remedio que no sea pasar por el tumulto. Siendo así me apoyaré en tu hombro de manera que sean tus ojos nuestra guía, y tú hazte el mudo de manera que sea yo quien hable por los dos.

_Allá tú –asintió el descalabrado–, pero sepas que al menor asomo de peligro, de un milagro recobro la voz.

Conforme se aproximaban al lugar el fulano del árbol soltaba una frase y aquellos repetían al unísono como feligreses en misa.

_¿No sería mejor que nos desnudáramos también? –dijo en voz baja el descalabrado.

_¡Calla y déjame a mí!

El tipo del árbol al advertir la presencia de los recién llegados se dirigió a los congregados en estas palabras:

¡Ah, hermanos de alma pura! Dos nuevos siervos vienen al rebaño del Buen Pastor. El que lleva a los descarriados por el camino de la pureza ¡Sean bien venidos!

¡Sean bien venidos! ¡Sean bien venidos! –respondía la prole a una.

_¡Amigos –voceó el que hacía de profeta–, desnudad vuestros cuerpos para que sintáis de lleno la naturaleza en cuerpo y alma.

_Habla tú, nos dice a nosotros –murmuró el descalabrado al ciego sin apenas mover los labios. El ciego carraspeó un poco y dijo en voz alta:

_De mil amores lo haríamos, amigos, solo que hay promesa hecha hacia el cielo de que este recobre la voz si da con el Buen Pastor y ambos sigamos nuestro camino pregonando su milagro a las puertas de ermitas e iglesias.

_Pues no deis más pasos en balde –dijo el encaramado al árbol–, ante vuestros ojos lo tenéis.

El descalabrado debido a su incontinencia verbal estalló gritando con fuerza:

_¡Milagro! ¡Hablo, hablo...!

¡Milagro, milagro! –gritaban también los encuerados al oír hablar a quien era mudo.

_¡Veis! –gritaba el orador con entusiasmo a los congregados–. Otra nueva gracia del Buen Pastor. Pero desnudaos, hermanos, y uníos a nosotros a celebrar este hecho.

_Desnudos –intercedió el ciego– casi estamos con estos sucios harapos; por otro lado ir a pregonar milagros a las puertas de la Casa de Dios en cueros no creo que sea lo más acertado; hasta el Mismísimo clavado en la Cruz llevaba un sayo que le tapaba las vergüenzas.

_Entonces –repuso el orador–, al menos recibiréis el bautizo de la purificación.

_¡Más pureza aún! –replicó el ciego sin querer entrar en detalles sobre el tema de la purificación–. Basta con mirar a este pobre, que de una penitencia ha fustigado su cuerpo, ha coronado su frente con espinas, ha arrastrado brazos y piernas por piedras puntiagudas... Podéis verlo con vuestros propios ojos ¿Acaso merece una pena así más purificación?

El descalabrado se deshizo en mostrar las heridas de los zarzales a todos los tipos que le miraban; porque además no había ni una mujer en la congregación.

_¿Tal vez tú... –dejó caer el profeta dirigiéndose al ciego– desees purificarte?

_¿Quieres decir, buen hombre, que no he purgado aún mis pecados tras media vida de completa oscuridad? Os ruego sigáis con vuestras oraciones y si os place nos tengáis en vuestras plegarias; ya se hace tarde y quedarnos sería retrasar en suma la búsqueda de techo donde dormir.

_¿Un techo donde dormir...? –machacó el orador– Podéis venir al templo y pasar la noche con nosotros; allí hallaréis un lecho donde dormir y comida y bebida en abundancia para que saciéis el hambre y la sed.

_Escuchad, amigos –insistió el ciego dirigiéndose a todos–.Tal vez penséis que mi amigo y yo queremos dar largas a vuestros ofrecimientos de hospitalidad; nunca más lejos de la realidad, lo que ocurre es que no estamos acostumbrados a prácticas comunales y seguramente estropearíamos una velada magnífica conforme a vuestros hábitos. Por otro lado el desnudo íntegro no lo hemos practicado nunca en público y lo más seguro es que nos mueva a vergüenza. Insistimos, seguid vosotros con vuestros votos y vayámonos nosotros río abajo. Es la voluntad.

_Sobran palabras, caminantes –resolvió el orador–. Si nuestra compañía os afrenta no veo yo momento y lugar para que retengáis más vuestra presencia. No obstante, como tu amigo ha recobrado la voz en un auto de fe propiciado por nuestra comuna, la norma que tenemos es que el agraciado se quede a engrosar nuestras filas durante dos días, así da ejemplo a posibles adeptos a la obra. Pasados dichos días, es libre de emprender camino o de unirse por completo a nosotros.

_Bueno será que hable yo –intercedió el descalabrado ante la tozudez del orador–, que he sido agraciado con el milagro y aún ni el uno ni el otro me habéis dejado baza con la que decir palabra alguna.

¡Que hable quien no hablaba, que hable quien no hablaba! –repetían a coro el resto de cofrades.

_Sin hacer de cura obispo –siguió aquel– he recobrado la voz por promesa hecha. Cierto día guardaba de mozo unas ovejas en el campo; oí dulces gemidos no muy lejanos y me acerqué con rapidez hacia el lugar. Allí vi a una joven doncella, bellísima, con un vestido finamente bordado, sentada sobre un prado repleto de heno y flores. Tras preguntarle qué motivo le hacía sollozar de aquella manera, ella respondió que había ido al bosque a coger bayas y setas para guarnicionar un guiso en el cual su propio cuerpo iba a ser devorado por un malvado gigante; de ahí su tristeza ante la premura del malvado fin que le esperaba.

Todos los oyentes quedaron boquiabiertos. Uno de la prole preguntó un tanto receloso ante la narración del descalabrado:

_¿Y qué promesa te hizo perder la voz en esta historia de gigantes, pastores y doncellas?

_A ello vamos –respondió el descalabrado–. Le dije a la muchacha que no se preocupara, que yo remediaría su situación; ella al oírlo me ofreció su amor infinito. Así las cosas cogí mi honda y fui en busca del malvado gigante hasta dar con él tendido en un margen del río. Por su estatura mediría como tres veces el árbol en que está subido el Buen Pastor.

¡Oh...! ¡Oh...!, gritaban los oyentes, excepto el que hacía de profeta, el que había preguntado por la promesa, y el ciego, que aún no sabía cómo iba a acabar la historia, aunque ya barruntaba un mal final.

_Como decía –prosiguió el descalabrado–, el muy bribón estaba tendido junto al río y daba tales ronquidos que parecían rugidos de leones; me acerqué con sigilo hacia él y no sin dificultad llegué hasta su cabeza, que era tan grande como tres de vosotros...

¡Oh...! ¡Oh...!, exclamaban los oyentes, excepto los tres anteriormente citados ante la expectativa de la versión. El descalabrado conforme iba relatando la historia cobraba más ánimo ante el foro que le escuchaba embelesado.

_Cómo haría, me preguntaba, para dar muerte de una pedrada a tan enorme monstruo. Ya está, me dije, me encaramaré a aquel árbol y desde él podré acertarle un pedernal que ha de entrarle por la frente y salirle por el cogote. Dicho y hecho, me situé como pude a la grupa en la horquilla de un árbol, saqué la honda, elegí un pedernal cortante y punzante e inicié el giro de las cuerdas cuadrando la frente del gigante al objetivo del disparo; y cuando fui a descargarlo...

¡Qué...! ¡Qué...! ¡Qué...!, repetían ahora todos, crédulos e incrédulos, ante la pausa del descalabrado. Este finalizó:

_Pues me quedé mudo hasta ahora y no recuerdo el final. Decidle al Buen Pastor que os lo cuente; si él con su poder me ha hecho hablar, con mayor motivo sabrá cómo acaba el cuento. Vamos, compadre –apremió al ciego por lo bajo cogiéndole la mano–, como nos den alcance estos desgraciados nos han de desnudar, pero despellejándonos vivos.

Bajo un griterío semejante a una rehala de perros salvajes, huidos en primer orden y perseguidores detrás, se enfilaron hacia el tocón de un árbol que pasaba el río de parte a parte. Una vez hubieron pasado con mucho cuidado los dos acosados, cogidos al extremo del tocón, lo giraron e hicieron caer a sus perseguidores al agua que eran arrastrados por la corriente; por fin, tras un gran esfuerzo, lograron echarlo río abajo junto a otros cuantos encuerados. El que hacía de profeta se desgañitaba desde la otra orilla blasfemando y mandándoles maldiciones hasta el punto de la afonía; a lo cual el descalabrado, desde la orilla contraria, se mofaba diciéndole:

_Cuida esa voz, profeta, y encarrila a tus ovejas, no se vuelvan contra ti y en lugar de mansos y corderos se conviertan en bordes y cabrones.

El ciego, que aún no se creía cómo había imaginado el descalabrado aquel cuento resolutivo para salir de la red que había tramado el orador de la comuna, se reía al oír las múltiples barbaridades que aún con más ahínco y cólera vomitaba el pastor de ovejas descarriadas. Con una sonrisa cada vez más viva y abierta, dijo a su compañero:

_Pocas ovejas va a guardar desde ahora este pastor.

_Y tan pocas –respondió el descalabrado–. Y que no le vaya la vida en ello, que como se le desmadre el redil... milagros le van a hacer falta para poner remedio a su desgracia.

De nuevo, hacia algún lugar indeterminado, ambos caminantes iniciaron la ruta en busca de un lugar donde pasar la noche.

 

 

CAPÍTULO VII

Fantasmas

El sol enviaba de rojo infernal los últimos destellos del día mientras que los espectros de la noche despertaban con gran actividad: la oscuridad mandaba presagios.

_Amigo –dijo el descalabrado–, nos cae la noche encima y nos vemos al raso; y no es que me asuste el relente, que a todo se acostumbra uno es, que después de la noche pasada en la posada, el cuerpo se habitúa peor a lo malo que a lo bueno. Damos la vuelta al recodo que hace más hacia delante el río y si no hay casa a la vista que nos aguarde cortamos cañas, preparamos haces de ramazos, hacemos una choza y a dormir.

El ciego con cara de cansancio después de una larga jornada de caminata y una carrera acelerada como broche final del día, dio un suspiro y refirió a su compañero:

_Tal tengo el cuerpo, que ni casa ni choza alguna de cañas y hojarascas necesito para aliviar el sueño. Por mí, echamos la manta y este lugar que piso se me hace ideal para darle reposo a los huesos.

_Vamos hasta el recodo –insistió el descalabrado–, que aquí la zona está muy a la vista y nos tendríamos más por vigilados que por vigías; y a lo peor nos viene otra desgracia nueva y nos pasa como al gallo de corral que no le quedan gallinas, cuando menos se lo espera, le retuercen el pescuezo y pasa a mejor vida. Mejor vida de quienes se chupan los dedos con su salsa, claro.

Seguido el curso del río hasta el recodo, nada más llegar a él, se mostró un caserón destartalado y semihundido que en unión a las horas crepusculares le daban un aspecto de lo más desolador. El descalabrado comentó a su compañero:

_Compadre, aquí hay un caserón que más que para yuntas de bestias parece que haya servido de culto al diablo. El aspecto es ideal para ese fin: una pequeña capilla con campanario, aunque sin campana y una cruz de hierro caída hacia un lado; un tapial de la casa con un puntal ruinoso a punto de no aguantar más y dar con el edificio en el suelo, que por otro lado ya lo está pidiendo a gritos; ventanales sin ventanas; portales sin puertas; un tejado esquelético al que le sobra todo el entramado y le faltan casi todas las tejas; por último una higuera escuálida, sobrada de leña y medio desmochada de hojas, junto a infinidad de enredaderas y marañas, hace de consorte a la entrada y a saber si no es un aviso contra intrusos.

_Pues a la vista de lo narrado –dijo el ciego–, más vale que andemos algo más, agarres cañas y hojarascas y hagamos con todo la choza, que no están los cuerpos como para no pegar ojo.

_En eso pensaba, solo que mientras cortamos la leña y hacemos los haces para hacerla, la noche nos viene encima, seguro... ¿Acaso te infunde miedo dormir en la casona?

El ciego con movimientos de cabeza de un lado a otro, tragó saliva, carraspeó y dijo:

_Dice un dicho que el miedo guarda la casa.

_ Dirás que el miedo guarda la viña; así es el dicho –rectificó el descalabrado.

_¡La viña, la casa... qué más da! El temor me viene por si le falla el apoyo a la tapia y mientras dormimos tranquilamente nos entierra vivos.

_¿Quieres decir que precisamente esta noche podría derrumbarse la casa?

_Y por qué no, tú mismo has dicho que tiene más ruinas que albergues; por otro lado, estos sitios desamparados tienen malos augurios. En ellos cometen las peores fechorías ladrones y gente de mal vivir ¿Quién no dice que estemos tan tranquilos y de repente se nos presenten tres o cuatro fulanos como los de la galera?

_Pues ahora que lo dices –respondió el descalabrado–, antes que a la ley los prefiero a ellos; ni un rasguño me han hecho, en cambio el pequeñajo que iba con el brigada...

_¡Ea! Tan convencido estás que huelga marear más la perdiz; vamos a la casa y ya saldrá el sol mañana.

_De una u otra manera el sol sale cada día a la mañana; tanto si nos dan viaje largo como si no la vida va a seguir igual.

_¡Leche! Natural que la vida seguirá igual, pero sin nosotros.

Sin más palabras se encaminaron los dos hacia la casona y entraron. Si el exterior era desolador, el interior no le iba a la zaga: excrementos por todas partes, muebles polvorientos destrozados, capazos de esparto y otros utensilios de siembra deshechos, … Ante tal imagen el descalabrado le dijo al ciego:

_Aquí no hay quien pegue ojo en una noche sin que nos muerda algún bicho o nos agarre Dios sabe qué epidemia: desborda la suciedad y el desastre. Lo malo es que ya es de noche y sin bujía para alumbrarnos, mal vamos a tenerlo para fabricar de prisa y corriendo un sitio cubierto en el que dormir.

El ciego ante el comentario de su compañero replico:

_No te apures, noches al raso mucho más duras he pasado yo y estoy aquí para contarlo. Echemos la manta al suelo en cualquier sitio y que Dios nos asista; es lo más que podemos hacer. Resulta paradójico...

Ante el silencio del ciego el descalabrado preguntó:

_Qué.

_Pues que la riqueza según en qué ocasiones no sirva para nada. Y si no, ¿qué valor tienen ahora los luises que llevas en tu bolsa?

El descalabrado quedó mudo por un momento mientras pensaba la respuesta, finalmente respondió:

_El valor se antoja el mismo, siguen siendo luises de oro.

_ ¿Insinúas que es igual de desdichado el Rojo de anoche en la taberna al Rojo de hoy en este caserón despreciable?

_¡Y ahora me vienes con esas! Ayer tenía un luis más en mi bolsa. Un luis, además, del que tú bien te aprovechaste mientras yo me recorría las afueras de la taberna no sé cuántas veces ¿Y aún me dices que si difiero entre lo que fue ayer y lo que es hoy? Midamos desdichas ahora y en este lugar. Anda, dime; tú que caíste en las carnes sonrosadas de la ventera, ¿sabes cuántas veces cantó el gallo...? No lo sabes, verdad; pues cantó cincuenta y siete veces, que ya son cantos ¿Crees realmente que me importan las desdichas en este momento...? ¡Y un cuerno! Callemos y olvidemos; alejémonos de este lugar inhóspito y donde mejor nos venga echamos la manta y a dormir.

_Sea –finalizó el ciego ante tal lluvia de razonamientos.

Como entre pensamientos de qué hacer y exploraciones frustradas pasó un buen espacio de tiempo, la noche cerró por completo hasta el más mínimo resquicio de luminosidad. El descalabrado, cogido al hombro de su compañero, comentó:

_Amigo, ahora sé lo terrible que ha de ser la oscuridad permanente de los que no ven. Desde que se ha cerrado la noche no sé lo que es dar un paso seguro sin que vaya seguido de un tropezón. La verdad, me siento inútil.

_Sin duda te sentirás inseguro, ya que tu ceguera es repentina y pasará al alba. En mi caso, al perder la vista progresivamente fui afianzándome poco a poco a este bastón y podría decir que en su ausencia la inseguridad me aterra. Digamos que es como el ojo de Polifemo: sin él aún soy más ciego.

_¿El ojo de qué Marcelo? –preguntó el descalabrado– ¡ Joder! –maldijo a continuación.

_¿Y ahora qué? – preguntó su compañero.

_No sé. Que he pisado algo blando y escurridizo y ya no sé si ha sido una bicha, una plasta o a saber.

_Pues descarta a la bicha, que de haber sido ella te hubieras enterado bien; no hay animal que en peligro no se revuelva, y más una culebra.

_Si tanto sabes –argumentó el descalabrado– por qué no arrimas el hocico a mi abarca, así saldremos de dudas.

_Ya lo había pensado –respondió el ciego–, solo que al no hacerte daño alguno, cuando elijamos el lugar donde pasar la noche, te la quitas tú y olisqueas a ver si huele a rosas frescas o a judías fermentadas.

_Pues no andemos más –dijo el descalabrado con voz enojada–, que sea lo que sea lo he de averiguar ya.

Ambos se detuvieron en aquel punto. El ciego echó el ato al suelo y arrastró el bastón a su alrededor hasta comprobar que no habían piedras, con motivo de extender allí su manta libre de incomodidades que se clavaran en su cuerpo. Como en la acción le dio un golpe suave al descalabrado en el tobillo, aquel preguntó extrañado:

_¿Puede saberse qué haces?

_Mal se te hace a ti la oscuridad –respondió el ciego–. Arrastro el bastón a mi alrededor para comprobar que no hay piedras que puedan clavarse en mí mientras duermo. Cuando acabe, si quieres puedes hacer lo mismo.

_Deja, deja... Yo ya me apañaré.

Dicho esto, se apartó unos metros del ciego y con las dos manos se dispuso a tantear el terreno. Palpaba con cuidado la superficie y quitaba las piedras con las que tropezaba. Casi al punto de cumplir su objetivo, en una palmada dio de nuevo con algo blando, frío y que de la presión quedó despachurrado; al instante le vino una imagen a la mente mientras injuriaba por lo bajo para no ser oído por su compañero. Entre tanto el ciego ya había extendido su manta, se tapó con la otra y sin más dijo a su compañero:

_Yo ya estoy listo, si no se tercia nada, hasta mañana.

_Hasta mañana –respondió el descalabrado mientras restregaba en la tierra la palma de la mano.

Pasado un breve espacio de tiempo vino un golpe de viento desagradable al olfato del ciego; este sonrió en la oscuridad y comentó:

_Eh, Rojo.

_Y ahora, qué –respondió aquel.

_Ya sé qué has pisado antes.

_Pues mejor te lo callas, yo también lo sé.

_Si callo reviento ¡Una mierda! Eso has pisado.

El descalabrado eludió un posible enfrentamiento verbal y continuó restregando su mano en tierra con insistencia, pues a falta de agua del río, a la cual era imposible acceder debido a la oscuridad y a la gran cantidad de cañizos y enredaderas punzantes que discurrían por toda su ribera, la tierra era el único remedio posible para asearse. Cuando consideró que por más que quisiera no habría de quitarse la porquería de la mano hasta que amaneciese, echó con la mano limpia dos mantas al suelo, una que hacía de colchón y la otra para taparse y se introdujo en ellas con cuidado de no tocarlas con la mano sucia. Pasado un breve espacio de tiempo, los dos sufridos caminantes entonaban un dúo sincronizado de bufidos y ronquidos a los que sólo les faltaba el eco para confundirlos con una berrea en época de celo.

Bien entrada la noche, como en el ambiente persistía el olor a excrementos, toda clase de bicho viviente que andaba a lo que caía era atraído por la pestilencia. Entre ellos apareció un zorro que, afín a sus costumbres de marcar el terreno sobre piedras, tocones u otras prominencias que sobresalen, quiso dejar su impronta. O el cánido no andaba muy fino de olfato o es que el olor a excremento le exigía una marca en aquel preciso lugar; la cuestión es que aplicó una deyección sobre el bulto de uno de los pies del descalabrado y, no contento con eso, una meada de tres chorros que le cayó justo entre un ojo y la nariz. Despertó de un sobresalto el marcado y se restregó con la mano sucia rápidamente sin darse cuenta.

_¡La madre que...! ¿Qué llueve acaso?

El ciego alarmado por las voces de su compañero se levantó también sobresaltado y preguntó:

_¡Eh, Rojo...! ¿A qué vienen esos gritos...?

_Compadre –dijo aquel–, ¿me estoy volviendo majareta o es que ahora llueve con el cielo raso y estrellado?

El ciego se incorporó quedando sentado sobre la manta y extendiendo la mano contestó a su compañero:

_¿Y eso?

_¡Joder...! Que me ha llovido entre el ojo y la nariz.

_¿Entre el ojo y la nariz, dices... y en ningún sitio más?

_Nada. Sólo en ese sitio; y para colmo me he limpiado con la mano llena de mierda.

El ciego ante la versión de su compañero, sonrió para sí y contestó:

_Pues hazte más majara que cuerdo, no noto gota alguna que caiga en mi mano; y si encima dices que está raso, si ves llover es porque tienes seco el cerebro y te falta el chorro de una regadera. ¿No será que estás debajo de un árbol y te ha cagado una pájara? O a lo mejor el rocío acumulado en una hoja te ha caído...

_¡Que no hay árbol alguno! –arguyó enojado el descalabrado–. ¿Sabes? Estoy pensando si no será que has lanzado un escupitajo, ¡sin mala intención, claro!, y te ha fallado el tiro acertando al azar lo que no estaba previsto alcanzar.

_Ante tal comentario –respondió el ciego–, soez y tan fuera de lugar, sólo cabe una respuesta acorde con lo dicho ¡Que te den, Rojo...! Hablando de destinos, me viene una cantinela que va como anillo al dedo a lo que has comentado; dice así:

Yo no creo en el destino,
sólo creo en el camino
que en la vida se recorre;
y si algún día tropiezo
en la mitad del camino,
no será por mi destino,
sino por necio de mí,
que hice bueno el mal camino
y un fuerte golpe me di.

El descalabrado ante lo oído, quedó un poco pensativo y comentó:

_Pues dudo que los palos de tu tío fueran errores del destino, como también me hace dudar que lo que me ha llovido del cielo sea elixir de relente en lugar de un repugnante salivazo. Si ha sido lo último... ¡así te caigas, quiebres tu diente de oro y se te pierda en lo más profundo de una grieta!

_Mal despertar has tenido, condenado –respondió el ciego a la afrenta verbal– ¿Crees sinceramente que aun durmiendo como estaba, que me has dado un susto de muerte con tus gritos repentinos, una persona puede escupir así como así?

_¡Bueno, bueno! Mejor dejamos el tema; pero en adelante duerme de culo, no sea que vuelva a “llover” y entonces ya no me asalte la duda.

_ Allá tú. Casi prefiero la presencia ruidosa del río a tus ignominiosos ronquidos y bufidos.

Tras un breve monólogo entre murmullos de ambos contertulios se hizo un gran silencio. Cuando ya les vencía el sueño de nuevo, un gran aleteo les hizo incorporarse y ambos quedaron sentados sobre sus mantas.

_¡Compadre...! ¿Has oído eso? –alertó el descalabrado:

_¿Que si he oído…? –respondió el ciego- ¡La sangre me pincha del sobresalto!

Tras otro denso silencio entre ambos, de nuevo el aleteo seguido de una sombra blanca y fugaz, hizo que un escalofrío le recorriera toda la médula espinal al descalabrado. En voz baja se dirigió hacia su compañero:

_¿Tú crees en fantasmas?

_¡No me jodas, Tiñas! ¿Acaso has visto alguno?

_No sé, ¿y sabes si tienen alas?

El ciego que maquinaba en su mente lo que habría producido aquel insólito ruido, intimidó aún más a su compañero diciéndole:

__Que yo sepa no, pero volar, vuelan. A no ser que lleven bola y cadena, entonces van arrastrándola por el suelo y hacen más ruido que las mulillas de una corrida de toros.

_Mira que me daba mal presagio este lugar… ¡Como para dormir dentro, sabes...! A saber lo que se cueza en ese casucho destartalado... ¡Leches, otra vez...!

Otro fuerte aleteo seguido del paso fugaz de un resplandor blanco, asustó de nuevo al descalabrado.

_Y qué te preocupa tanto –dijo el ciego– ¿No has pensado que podría ser una rapaz nocturna?

_¿Y por qué ha de ser un pájaro y no un fantasma? –respondió el descalabrado–. Tú como no has visto el lugar no tienes ni idea de lo que la mente puede maquinar ante un sitio como este. Lo que sea menos un pájaro.

_¿En serio crees en fantasmas, Rojo?

_Tanto como en el pan.

_Pues ya podrías pasar hambre si fuera al contrario tu creencia. ¿No será que de una lechuza quieras ver al espectro de un alma en pena?

Después de otro largo silencio, se oyó un clac en la casona que alertó aún más al descalabrado

_¿Y eso, qué? –dijo con voz asustada.

_Se me hace que estas cagado, Rojo. Lo que has oído ahora son las dilataciones de los tapiales, en una de ellas puede que la casa se venga abajo.

_Pues como se dé el caso en este momento, será un fallo del corazón el que me mande al otro barrio.

Ocurrió que mientras conversaban apareció de repente un grupo de luces lejano que iba acompañado de sonidos de arrastres metálicos. El ciego enseguida captó el ruido justo en el mismo instante en que el descalabrado vio las luces.

_¡Rojo, dime qué ves...! Esto ya no me gusta un pelo.

_Tú ves, incrédulo –respondió aquel.

_Si viese no te habría preguntado, necio. Rápido, ¡dime qué ves de una vez!

_Parece como una procesión: delante van cuatro luces que pueden ser faroles de un carro o algo parecido, detrás una fila de luces que se pierde. Mal agüero.

_Y tan malo – arguyó el ciego –. Me da que nada bueno hemos de sacar de encontrarnos con lo que quiera que se acerque ¿No haremos bueno el hato y nos iremos sin más disparados de aquí?

_Ya tardamos – apremió el descalabrado.


Ambos recogieron apresurados sus mantas, hicieron como pudieron hato y alforja y partieron acto seguido por el curso del río. Iba primero el ciego, quien con su bastón exploraba el camino. Como por norma general los trazados de los caminos se hacen aprovechando las márgenes de los ríos, en la margen que seguían los dos caminantes no era así, sino que el ciego todo era tantear obstáculos con el bastón y evitarlos; sin embargo, conforme caminaban río adelante, se hacían más próximas las luces y se oían más los arrastres metálicos en el suelo.

_Compadre –dijo el descalabrado al ciego.

_Ya dirás –respondió aquel.

_¿Cómo es posible que las luces cada vez se acerquen más directas, si nosotros parece que estemos pisando mosto andando de lado a lado y sorteando toda clase de obstáculos?

_Pues a lo dicho le caben dos opciones: una que el camino siga el margen del río desde algún punto más adelante; y otra que ciertamente lo que vienen son fantasmas y el ruido que se oye son los arrastres de sus cadenas. Como los espectros atraviesan todo lo que se les pone por delante, por esa razón no van en zigzag como nosotros.

_¿Y qué hacemos, pues; veo que das por bueno que lo que vienen son fantasmas? ¿Reculamos a la comuna y al toro o seguimos y ya idearemos algo?

_¿Volver, dices...? Atrás ya sabemos lo que hemos dejado. No, nada de atrás. Quien quiera que sea lo que se acerca he de oírlo de tus labios. Además, para creer en algo de esta vida a ojos cerrados lo mejor es palparlo con la propia experiencia. Si lo que vienen son fantasmas y tú me dices que son tales, yo juraré en adelante que existen dichos espectros; hasta tanto, sigo sin creer en ellos.

_Pues no sé yo hasta qué punto voy a aguantar esperando a que lleguen para decirte si son o no son fantasmas las luces que se aproximan. Si seguimos en esta dirección nos toparemos con ellos, y estoy por decir que prefiero al pastor de almas descarriadas y a toda la cuadrilla de chalados que lo siguen junto al morlaco de cuernos como agujas, que a cualquier cosa del más allá. Por no ir no voy ni al camposanto... Y que Dios me perdone.

Dijo esto y se santiguó por lo menos tres veces. El ciego, oída la versión de su compañero, resolvió:

_Pues la única solución es seguir y buscar un lugar para ocultarnos conforme vayan aproximándose y, una vez hayan pasado, salimos del escondite y seguimos nuestro camino.

_¿Y si nos descubren...?

_¿Si has salido de otras no vas a salir de esta?

_¡Quieto, quieto, ilustrado! A ti la labia y el poema se te dan bien, pero lo de atajar males ajenos no va contigo: yo siempre a las duras y tú a las maduras. Claro que he salido de otras, pero malparado. ¿Quién me dice que en esta ocasión no me va a caer encima otra tunda?

_Me ha llegado a mí lo de ilustrado –respondió el ciego–. Por cierto, ¿no habrás bebido agua de la fuente de la Badila.

Ante el silencio prolongado de su compañero el descalabrado insistió:

_¡Qué dices de una fuente y de una badila!

_Dice una canción del lugar: “La fuente de la Badila, a los sabios deja bobos y a los bobos encandila”

El descalabrado con voz grave y enfadada recriminó a su compañero:

_Ya te llegará a ti la hora en que tengas que sufrir atropellos y yo me daré entonces a la risa, que esta vida da muchas vueltas; y entre vueltas y revueltas, ¿quién dice que en un tiempo no te abandone tu ángel de la guarda y pierdas su luz?

_Tiempo hace que perdí su guarda –respondió el ciego–, e igualmente su luz.

Observó el descalabrado que en aquel mismo instante las luces pararon de súbito así como el ruido de cadenas, que iba decreciendo poco a poco. Sin más, pasó a darle nuevas a su compañero por si él intuía explicación de lo sucedido.

_¿Que ocurre, Rojo? –se adelantó el ciego al observar también que poco a poco el ruido de arrastres de cadenas cesaba.

_Eso iba a preguntarte –respondió aquel–, si sabías por qué han cesado esos ruidos estremecedores.

_¿Y cómo he de saberlo? ¡Anda, dime qué ves!

_Luces.

_¡Ya vamos! De sobra sé que ves luces, pero qué más.

_¡Esto es la leche! Si sólo veo luces qué más quieres que te diga... ¿que se me ha aparecido la Virgen?

_Déjalo, Rojo. Acerquémonos un poco más y a ver si así observas algo con qué darme pistas, aparte de luces, claro.

El descalabrado mientras injuriaba por lo bajo, se apoyó en el hombro de su compañero y conforme encaraba las luces le apretaba hacia un lado u otro para encaminarlo hacia ellas.

_Habrá que dejar de hablar dentro de poco, cada vez nos aproximamos más y podrían oírnos –le dijo al ciego.

_¿Y si hablamos despacio? –preguntó aquel.

_No has dicho que los fantasmas atraviesan los muros. Motivo de más para que nos oigan aunque hablemos despacio.

_Pues ya dirás como nos entendemos.

_Por señas.

_Mira, Rojo. No está el horno para bollos, ¿cómo coño nos vamos a entender por señas?

_Sencillo: un apretón en el brazo significará bueno, quietos y a ver que pasa; dos apretones malo y arreando que vienen dando.

_Pues no sueltes mi brazo ni por uno ni por dos apretones, y en su ausencia te agarras al cayado, que si vienen malas mejor será que vayamos juntos a la hora de echar a correr.

Conforme se acercaban a la zona iluminada el descalabrado distinguía unas siluetas mezcladas entre sombras que no definían muy bien si lo mostrado era del más acá o del más allá. Un relincho de caballo le indujo a pensar más en la vida mundanal que en la de ultratumba. Como quiera que una de las luces se había alejado del resto de congregados y se acercaba rápidamente hacia ellos, le vino un estremecimiento repentino, pues cada vez se aproximaba más y el balanceo del destello cobraba más y más rapidez. Dio un empujón al ciego y ambos quedaron quietos en la oscuridad sin mover ni un pelo, casualmente tapados en parte por un saliente.

Zrrrt, prrrett, prret, zrrrt...Una lluvia de ventosidades seguida de impelida porquería le cayó de lleno, como siempre, al pobre descalabrado dejando al ciego intacto y libre de repelentes.

_¡La puta...! ¡Que me están cagando encima...!

El de las apreturas se pegó tal susto al oír las maldiciones del descalabrado que de un traspiés, motivado por la traba de sus piernas al tener pantalones y calzones bajados, dio con él en tierra y fue a caer encima de los dos amagados. El ciego lo cogió del brazo y todo era darle dos apretones seguidos.

_¡Tiñas, Tiñas...! –gritaba confundido.

_¿Tiñas, qué Tiñas? ¡suéltame el brazo quien quiera que seas o te mato ahora mismo, so cabrón! –gritaba también confundido el defecador.

_¡Aquí, compadre, aquí! –desgañitaba también el descalabrado intercalando maldiciones de todas clases.

Las luces del grupo, al oír el escándalo, se encaminaron a todo meter hacia el lugar en que iluminaba la única luz. Disparos al aire, ruidos de cadenas en todas direcciones, relinchos de caballos...

¡Alto a la Guardia Civil! –se escuchaba por todas partes seguido de más y más disparos.

El descalabrado logró asirse al bastón del ciego al tiempo que agarraba una piedra y rompía la lámpara de un certero disparo. El de los pantalones bajados gritaba sin cesar:

_¡Alto, alto...! ¡Aquí compañeros...! ¡A mí la guardia...!

Dando cabriolas sin tanteos del terreno que valieran, descalabrado y ciego se perdieron en la oscuridad seguidos de disparos rebotados en infinidad de direcciones. Alejados del barullo y más tranquilos comentó el descalabrado:

_¡Tibios fantasmas...! Traspasarán paredes y oirán la caída de una paja, pero lo que es cagar, cagan mierda de verdad ¡El hijo de su madre, suerte que me ha acertado en el hombro que si me llega a caer en la cabeza...!

_¿Quién era, Rojo? Yo le he agarrado el brazo a uno y de fantasma nada. Además, tanto ¡alto! y tanto tiro... ¿No serán los civiles? –preguntaba el ciego confundido.

_Los mismos –contestó el descalabrado– ¡Así reviente de un tapón de vientre el que me ha vaciado encima! Hay que ir al río, compadre –prosiguió–, que llevo una noche con más revuelcos que un puerco serrano y no aguanto más. Si he de traspasar zarzales antes los prefiero a seguir salpicado de inmundicia y de expeler un olor odioso y nauseabundo.

_Ahora se entiende lo de las cadenas y los disparos –dijo el ciego con semblante pensativo–, las cadenas serían de reclusos y los disparos andanadas de los civiles en busca de los huidos. Menuda gresca hemos montado ¿No nos habrá visto la cara el que nos ha caído encima, verdad?

_¿La cara? – respondió el descalabrado –. Yo creo que del susto que se ha llevado ese no caga en una semana ¡El muy condenado!

_Es que si nos reconocen se nos cae el pelo bien caído. Por el tiroteo y el repique de cadenas me da que no se ha quedado ni un preso en su sitio.

_¿Y qué esperabas, que mientras los guardias vinieran a por nosotros ellos se quedaran como si nada esperándolos allí? ¿Tú que hubieses hecho?

_Hasta sin bastón habría huido.

_Luego sobran palabras. En cuanto a si nos reconocerá el desgraciado que me ha ensuciado... tranquilos podemos estar, que exceptuando que sabe que somos dos por las siluetas que vio, más de eso, nada.

Entre unas cosas y otras guardias y reos, huidos y reducidos, eligieron cada uno su camino y quedó la madrugada de nuevo en completa oscuridad y silencio. El descalabrado le pidió el cayado a su compañero y, una vez lo tuvo en la mano, se dedicó a pinchar sobre la maleza. Tras varios lances de tocado pleno, en otro de ellos notó el vacío; dirigió un par de lances más a ambos lados y de nuevo obtuvo el vacío.

_Ya está, compadre. En esta zona se puede entrar al río.

Desnudó sus carnes efímeras y se lanzó de una culada al río sin pensárselo dos veces.

_¡Joder, cómo está de fría! –gritaba helado.

_¡Chilla más, Rojo! ¡Que te oigan bien!

_En adelante voy a ser mudo –respondió el bañista–. A ver si así, yo mudo y tú ciego, llevamos la empresa con mejor empeño.

_Es que la culpa no la tiene el agua –contraatacó el ciego–, sino tú, que sin más te has lanzado al río sin antes pensar que estaría el agua helada ¿Acaso este invierno no ha sido crudo?

_Pues sí; y qué.

_¿No llevamos un principio de primavera seca al principio y lluviosa hasta ahora?

_Pues también ¿A dónde quieres ir a parar, Ilustrado?

_Pues que las cumbres nevadas están justo en este momento vertiendo sus deshielos a los ríos por el efecto de las lluvias recientes. Aunque ayer fuera un día soleado y casi veraniego, el agua de los ríos fluye como corresponde, helada.

_¡Bah! En cuanto te tiran un halago te viene el don de sabio. A mí lo que me interesaba era quitarme la pestilencia de encima.

El ciego sonrió para sí y le dijo a su compañero:

_Más de un quinqué de los que llevaban ésos te hace falta. Dudo que a iluminado te gane alguien.

_¿A qué viene eso ahora? –preguntó el descalabrado.

_¿Te has desnudado para lanzarte al agua?

_Natural que sí.

_¿Y no crees que por mucho que te laves, la ropa va a seguir igual de pestilente?

_¿Sabes? –dijo el descalabrado– Si algo me viene de más tuyo es que eres soberbiamente directo y puntual, y encima las más con razón. Y eso me come, ¿sabes? Tírame la ropa y acabemos ya... ¡No, espera...! Líala al garrote y me la acercas, no sea que del lance vaya al medio del río y me quede más en cueros que un botijo.

El ciego resolvió:

_Siempre te queda la comuna. Igual perdonan tu afrenta y te admiten como socio.

Calló el descalabrado para no dar coba al juego dialéctico de su compañero al tiempo que en el horizonte despuntaba poco a poco el alba.

 

 

CAPÍTULO VIII

Operación Beleña

Puestos en marcha de nuevo, llevaban andadas al menos dos leguas cuando coincidió un cruce de caminos.

_Ilustrado, ¿si estuvieras en la confluencia de cuatro caminos sin rumbo fijo, hacia dónde tirarías?

_Sin duda hacia donde la vista requiriese más la atención –respondió el ciego– Y toma nota de una cosa en adelante: mi nombre es Maximiliano, no Ilustrado.

_Pues ya es hora de que tú tomes nota del mío, que es Felipe y no Rojo ni Tiñas... ¿Y no tenían tus padres a mano otro nombre más largo? –atizó el descalabrado.

_Ya ves..., no. Pero para que tu curiosidad no quede manca, has de saber que mi nombre viene de un compuesto griego: máximos, que quiere decir dispuesto para el combate y lían, que significa mucho.

_¿Quieres decir con eso que te llamas Muy Combativo en cristiano, y que es lo mismo que Maximiliano?

_Cierto. Y el tuyo también viene del mismo lugar.

_¿De dónde has dicho que era?

_De Grecia.

_¿Y eso para cerca?

_Más allá de Roma.

_Pues tengo entendido que Roma está a muchos días de a caballo de aquí ¡Ah...! Y sé que allí está el Papa.

El descalabrado se quedó un poco pensativo, como queriendo imaginar en qué lugar se encontraba Grecia dentro del desorden geográfico de su cabeza. Como le picara la curiosidad por lo que había dicho su compañero, profirió de nuevo:

_Pues si tu nombre y el mío vienen del sitio ese que dices, será porque la familia viene de allí; al menos la mía. Que me alcance la mente, sé que el padre de mi abuelo ya se llamaba Felipe y de ahí hasta mí.

_Hombre, alguna relación debió existir. Sólo tienes que ver el caso de Colón; desde que se descubrió América hasta ahora, estoy por decir que habrán en América más nombres colonos que indígenas.

_Leches –dijo el descalabrado–, sí que tiene tocayos Colón si a todos los que han ido para allá les llaman Colonos y Colonas. En cuanto a tu nombre, imagina que en adelante te llame Muy combativo, ¿me harías caso?

_A todo se acostumbra uno –contestó el ciego sonriente–. Aunque preferiría Maximiliano; es largo pero sin duda atendería mejor con él. Ah, y no es que se llamen Colonos y Colonas todos los que han ido a las Américas, sino quienes desde fuera de aquel continente toman residencia en él.

_¿Y no viene a ser lo miso?

_Pues no, y voy a intentar explicártelo; Colón viene del almirante que descubrió América y colono viene del latín colonus, que toma significado en agricultor y en el habitante de una colonia romana y, de todo ello, colono en cristiano; por ejemplo Cesaraugusta fue una colonia romana fundada por Augusto César Octaviano, sucesor de Julio César.

_¡Toma ya… ¿Y dices que tú eras aprendiz de herrero?

_Lo digo y lo mantengo, y aunque no siempre la vida le da a cada cual lo que pretende ser, al menos lo intenta. Ironías de la vida hacen que el rey en momentos precisos quiera ser vasallo y viceversa.

_¡Anda ya, Maximiliano…! Si la misma palabra lo dice, cuando uno está holgado vive a cuerpo de rey.

Pues mira, Felipe, precisamente tu nombre deriva de un rey macedonio, Filippo Segundo.

_¿Quieres insinuarme que soy de la realeza y tengo sangre azul?

_Hombre, a tanto no llego; simplemente quería decirte que el significado de tu nombre ha de tomarse en los reyes macedonios, llamados Filippos, que significa amigo de los caballos.

_Vaya lío me estás montando, Maximiliano: ya no sé muy bien si soy o no colono de esta España que pisamos, menos aún si soy rey o vasallo, aunque la muestra se inclina en todo por lo segundo–; y el colmo es que sea amigo de los caballos cuando en mi vida no he subido ni en burro; lo más acertado a mi persona ha sido desde la cuna hasta hoy desgraciado y pupas.

_No sé que más podría añadir para convencerte de que tu nombre Felipe, que es lo que estamos tratando, viene del griego filia, que significa amistad e hippos, que es caballo; así de sencillo, y cuando quiera que me llames muy combativo yo te puedo nombrar a ti por amigo de los caballos.

_¿Sabes qué te digo? –finalizó el descalabrado– En adelante te llamaré Maxi, así si apremia la situación abreviaré tiempo en nombrarte y resolveremos antes el problema.

El ciego se rascó un par de veces el mentón y finalizó pasando los dedos índice y pulgar por la barbilla en varias ocasiones, después agregó:

_Puestos a reducir yo prefiero el de Rojo a Feli, además no se atiene al oído.

_Pues ya que lo dices, hasta a mí me suena mal; pero aunque Felipe te resulte largo de nombrar, te agradecería que en adelante lo usaras como de a diario y del mismo modo olvidaras el de Rojo o Tiñas –¡maldita sea la estampa del que me lo puso!–, así como el de Feli, que ya la primera vez que lo has nombrado se me ha antojado femenil y amanerado.

_No se hable más, y ya que hemos aprovechado el estreno, Felipe, ¿no te pondría el mote el mala sombra del Barona, verdad?

_Por el tono de la voz me fuerzo a saber si no conoces tú mejor que yo al artífice.

_Al decir de tu respuesta está claro quién ha sido. Pero vosotros ya andabais juntos en Ventisquera, luego es más lógico que lo conozcas tú mejor que yo.

_En esta vida nunca se llega a conocer bien a nadie por muy amigo que sea. A veces las circunstancias mandan...

_¿Y eso? –preguntó el ciego un tanto perdido del diálogo.

_Nada –dijo el descalabrado–. Tú confías en un amigo y en una pelea se acobarda y te deja allí a que te destripen mientras él salva el pellejo. Y habéis estado casi toda la vida juntos, solo que hasta ese preciso instante no te das cuenta de cómo es.

_¿No dirás eso con segundas tintas, eh?

_¡No hombre, no! –apremió el descalabrado–. Cuando se tantea un poco al personal sabes enseguida de qué pie cojea. A ti te hago un gran hombre, lástima que el garrotazo de tu tío te dejara ciego, juntos habríamos hecho grandes empresas.

_Hombre, una ya la hemos hecho, aunque haya sido ruinosa.

_¿Sí...? ¿Cuál?

_Los veinte luises del zagal.

_¡Acabáramos!

_¿Ha sido o no ruinosa?

El descalabrado hizo caso omiso a su compañero y dio un giro completo volviendo al inicio del discurso.

_ Mi padre se llamaba Macario y mi madre Francisca, bueno Paca, ¿vienen también del credo ese que dices?

_Griego, idioma griego –rectificó el ciego–. Y ya que lo dices sí, también dichos nombres vienen del griego.

_¿Y de dónde has hecho tú carrera para saber tanto de poesías y de orígenes de las cosas?

El ciego sonrió dándose un aire intelectual y respondió al descalabrado:

_Como bien sabes fui perdiendo la visión progresivamente. Al poco de vendarme la raja de la cabeza y de agarrarme como mejor pudo la oreja en su correspondiente sitio el Lucio, yo me fui pitando de allí en cuanto pude; que el siguiente herido era mi tío y no estaba la cosa como para andar con perdones.

_Hombre –añadió el descalabrado–, tú al menos tienes la cabeza remendada y la oreja algo más caída de lo natural; sin embargo tu pariente... como no le hiciese una minga y unos huevos de cuero el Lucio ese...

_Milagros a Roma –dijo el ciego con una gran sonrisa; después prosiguió narrando la historia:

_Pues eso, me fui del pueblo a la capital. Como mi aspecto era deplorable y por la época era invierno, ahí me ves herido, sin una perra y con la cara mas blanca que un muerto debido a la pelona que había caído la noche anterior. Ya extenuado, no sabía si mendigar o tirarme por el puente del río; me paró que llevase agua y ello aumentó el frío en mis huesos, al final di con un seminario y sólo recuerdo que casi rompo la campanilla de tanto como la hice sonar, después quedé inconsciente.

_¿Y...?

_Nada, según me contaron, el primero en recogerme fue el padre Maximiliano; como era un devoto del griego me dio algunas lecciones en los dos meses que pasé allí y aprendí lo esencial del idioma. Además puse empeño desde el primer día en que el padre me dijo lo que significaban nuestros nombres.

Como quiera que el descalabrado aún estaba digiriendo la versión dada por su compañero, ante la gran pausa dialéctica, dijo el ciego:

_¿Y dices que tu padre Macario y tu madre Francisca?

El aludido, ya con las ideas más ordenadas, respondió:

_Bueno, así lo tengo yo entendido, aunque tengo mis dudas. Una cosa si tengo clara, mi madre me parió.

_¡Toma, y a mí la mía!

_Muy claro lo dices ¿Te has parado a pensar que a lo mejor tu madre no es tu madre?

_Oye Felipe, no liemos las cosas, ¿cómo coño mi madre no va a ser mi madre?

_¡Ahí, ahí! El coño es la madre del cordero.

_Espera, espera, Tiñas, digo Felipe... No mezclemos pepinos con calabazas ¿Me estás diciendo que me parió una oveja? ¡Tú si que tienes pinta de cordero, pero además entrevenado con los cuernos de tu padre!

_¡Eh, compadre, no te ofusques de esa manera que yo no me he metido con tu familia,y menos con tu padre!

_Con mi padre no, pero ya dirás, me estás diciendo que mi madre podría no ser mi madre...

_Digo madre natural, vamos, la que te parió.

El ciego que andaba más cabreado que el aguijón de un tábano, volvió a la carga y repuso:

_Pues Francisca, Tiñas, digo Felipe... –hasta que me acostumbre–; como te decía, tu madre Francisca, que según tú a lo mejor no es tu madre, viene del griego franciá, que significa Occidente; y tu padre Macario, que todavía es más difícil saber si es o no tu padre...

_Mira, compadre –interrumpió el descalabrado–, si te sientes mordido por lo de antes, que no deja de ser un comentario, de malparada que ha quedado esta sociedad con la salida del Barona, se antoja que pide a gritos que hagamos buena de una vez su quiebra y allá cada cual con su conveniencia. Las mientas de familia nunca las he tenido por buenas, y quienes abusan de ellas aún menos. Tú, precisamente, siempre vas con imprecaciones en la boca. Si quieres maldecir allá tu conciencia cuando rindas cuentas con Dios; pero esos insultos a la familia...

El ciego cambió el tono de voz y apaciguó un poco los ánimos:

_Nada que objetar a tu llamada al orden. En efecto, sobran los comentarios familiares y quiero que perdones mi ofensa ya que como tal te la has tomado...

_¡Encima dirás que tus injurias no son ofensivas! –recriminó el descalabrado levantando la voz.

_No iban por ahí los tiros; yo me refería a que decir las cosas tal y como son nadie en este mundo, salvo fuerza mayor –absurdo sufrir daño por exceso de orgullo–, me va a prohibir que las diga, aunque se trunque una buena amistad. Las injurias y palabrotas nos las transmitieron nuestros antepasados y de ellos han sido heredadas generación tras generación ¿Acaso cuando uno se da un golpe y maldice no se encuentra mejor?

El descalabrado asintió con la cabeza y dijo:

_Cierto. Pero sin mentar a la familia de los de al lado. Antes, cuando chafé la mierda con la mano...

_Dirás con el pie –interrumpió el ciego.

_ Una con el pie y otra con la mano, que no te lo quería decir para que tu regocijo descansara un poco; como decía, nada más chafarla, inicié una de injurias para mis adentros, pero pensando en los de fuera, que parece que aliviaron en parte la tensión del momento.

_Pues hablando de mientas –dijo el ciego–, no estaría mi familia en tu mente.

_¡Mal pensado! La tuya no, pero la del mal nacido que se puso a cagar en aquel sitio... con lo grande que es el campo.

Un largo silencio ejercía una especie de molestia ante la falta de argumentos, finalmente el descalabrado dijo:

_Bueno, ya dirás qué significa Macario, que con tanta mala labia igual ni interesa decirlo.

_Bien has hecho en recordármelo –respondió el ciego–. Macario viene también del griego makariós que significa bienaventurado.

_Así es que bienaventurado y Occidente... Pues me hago yo más moro que de Francia; y de bienaventurado... para qué más. Ya me dirás más cosas de ese idioma y ahora, ahí va un choque de manos y de lo pasado olvidado.

_Hecho –finalizó el ciego alargando su mano y perpetuando de esta manera la amistad.

En el cruce de caminos...

_Maximilano –nombró el descalabrado–. A la derecha llano con algún cerro, pero el terreno mocho de árboles; a la izquierda montañas que se pierden de la vista; otro camino, plagado de siembras verdes entre viejas carrascas dispersas y campos llenos de flores; y el que queda...

_No sigas –interrumpió el ciego–. Me quedo con el de los sembrados.

_Iba a decirte que no te ha de agradar el que queda; a la vista cerros blancos y baldíos y a lo lejos algo que verdea, pero de mata baja; me da que espartales por doquier.

_Razón de más. A la siembra –conminó el ciego–. Y sea lo que Dios quiera.

Entrado el sol de media mañana se encaminaron ambos viandantes por la ruta elegida.

Después de una semana de andar por esos campos de Dios haciendo dichosos a quienes carecían de la gracia y la buena ventura, ajustando gastos para no entrar de nuevo en quiebra, dieron los dos caminantes con sus pies en un pueblo en el que nada más entrar rezaba un cartel con estas palabras:

“Los habitantes de Dornajera dan la bienvenida a la Justicia y acatan la Ordenanza Beleña”.

_Quién serán estos pájaros y qué clase de ordenanza será Beleña –soltó al aire el descalabrado.

_¿De qué pájaros hablas, no serán sisones... si hacen ruido las alas... –dijo el ciego confundido.

_No, éstos deben ser de dos patas, pero sin alas.

_Pues si no dices más.

_¡Ah, sí...! Perdona Maximiliano. Es sobre un cartel a la entrada del pueblo que le da la bienvenida a la Justicia y acatan la ordenanza Beleña, ¿tú sabes algo de esa gente?

_¿Yo? Claro, hoy por primera vez. Habrá que preguntar a algún parroquiano a qué se debe tal bienvenida.

_Una herrería es lo primero que hay a la entrada, ¿preguntamos?

_Antes a una casa de mortajas –respondió el ciego apresurado–. Que el zorro y el cuervo comen carroña, pero cuando no hay qué comer, se dan de bocados y se sacan los ojos.

_Por ahí se acerca un paisano con dos corderillos recién nacidos y la madre detrás que aún arrastra los restos del parto.

_Ideal –dijo el ciego–. Pregúntale a él.

El descalabrado se dirigió hacia quien traía los corderillos en estas palabras:

_Buenos días tengas, buen hombre.

_Buenos sean –respondió el intercedido.

_Nos pica la curiosidad aquí al compadre y a mí de saber a qué se debe esta bienvenida.

_¿La del cartel?

_Cabal.

_Precisamente traigo estos corderos y esta oveja por motivos del letrero.

_¿Y eso?

_Hace cuatro o cinco días vino por aquí un tipo engalanado y dijo que si ponían un cartel anunciando la Ordenanza Beleña, comprarían al doble de su precio todos los corderos que aún no hubieran sido destetados, a sus madres y a todas las ovejas preñadas. Al principio no hicimos caso, pero como en el pueblo de al lado han dejado a los ganaderos sin crías al triplicarles el precio de compra, aquí no íbamos a ser menos.

El ciego que estaba atento a la conversación se adelantó a dar su opinión:

_Extraño caso este. De todas formas mal negocio van a hacer esos paisanos, si de tres partes pierden dos...

_Allá cada cual –respondió el lugareño–. A mí con que me den la mitad ya estoy conforme ¡Ea!, con Dios.

_Con Dios –respondieron los recién llegados a la par.

Conforme se aproximaban a la plaza del pueblo, más y más pastores acudían con sus retoños ovinos. Preguntó el descalabrado a otro de los que se agolpaban en la plaza sobre la opinión que le merecía aquello y respondió aquel:

_Qué queréis que os diga. En este mundo suceden a veces cosas muy raras. A mí las más veces me han regateado hasta la usura y he claudicado; bueno será que aproveche ahora la ocasión. Aparte, un rebaño muy grande cada vez se hace más difícil de vigilar y guardar; si me compran los diez corderos y las cuatro ovejas por lo que dicen aquí, ya me mantengo a raya todo el año.

Se despidieron del pastor y de pronto se formó un tumulto en la plaza. Un tipo vestido con un blusón largo y negro apareció subido en un hermoso caballo, también negro y elegantemente guarnecido, y descabalgó de un salto. El descalabrado ante tanta expectación preguntó de nuevo a un grupo de reunidos:


_A la par de Dios... ¿Este es uno de esos de la justicia?

Los congregados respondieron al saludo y confirmaron la pregunta.

_Ya está aquí un fulano de los de marras –le dijo a su compañero.

_¿Los de la ordenanza? – preguntó el ciego.

_El mismo. Tiene porte de rico, aunque me da que es de los echados para delante, pero tirando a chulo. Vamos, que no convence.

_Pues a estos buenos hombres si los ha convencido bien. Y es que las perras en la vida lo es todo.

_Y que lo digas –dijo el descalabrado–. Te contaré un caso que me pasó siendo todavía un mocoso. Resulta que un año cayó una nevada en mi pueblo y estuvo la nieve helada casi un mes. El pueblo parecía fantasma. No se veía a nadie por las callejuelas, y como el jornal en el campo estaba parado y los ganados no podían salir a pastar, los hombres se fueron a otras regiones en busca de faena. Vamos, que no quedaron en el pueblo nada más que mujeres, chicos y viejos. Para males peores, una cabra que teníamos se nos murió y nos quedamos sin leche. Mi madre se puso a llorar desesperada porque había parido a mi hermano hacía dos semanas y, al no tener leche en sus pechos, se le cayó el mundo encima. Su padre, es decir mi otro abuelo, que estaba ya muy viejo, ante tan dramática situación dijo de ir a por leche a casa de mi otro abuelo; ya sabes, el de la tina.

_El de la bicha –confirmó el ciego.

_ Eso –prosiguió el descalabrado– “¡Que no, que no!, le decía mi madre. Que usted no está para salir, padre”, le aconsejaba. Mi abuelo todo era decir que yo le acompañaría para que la mujer estuviese tranquila. Total, que ante su desesperación al final accedió. Y ahí nos ves a mi abuelo con su garrota y la cantarilla en una mano y con la otra agarrado a mí, dando patinazos hasta agarrar el ritmo; pero... a qué no sabes que pasó.

_¡Desde luego eres la leche, Felipe! Que te encontraste una bolsa repleta de reales y te compraste un rebaño de cabras.

_Ojalá, pero por ahí van los tiros.

_Pues tú dirás –apremió el ciego–, porque adivinar tu caso...

_Resulta que en todo el medio de la senda, blanca y helada, había un real que casi dañaba a los ojos “¡Jodo, un real, abuelo!”, dije; sin más, le solté la mano y me tiré a por la moneda. Allá que ves a mi abuelo perdiendo el equilibrio y crujiendo sus huesos contra el suelo todo lo que era de largo; y aún el hombre tuvo la gracia de salvar la cantarilla al no soltarla y caerle encima de la barriga.

El ciego medio contrariado, medio riéndose, refirió a su compañero:

_Ya digo yo que las perras no traen nada bueno.

_Pues ya verás –siguió el descalabrado–. Como pude le ayudé a levantarse y una vez enderezado nos pusimos en marcha de nuevo. Ni recuerdo la cantidad de veces que se cagó en mi padre. Casi llegábamos a la casa de mi otro abuelo cuando... ¡Adivina!

_¡Leche...! ¡Otra vez, Felipe! ¡Te diste con la vaca del asilo, no se ha jodido!

_¡Coño! Cómo lo sabías. Ni que hubieras ido tú delante arreándola.

_¡Y qué voy a saber! –dijo el ciego incrédulo en tono alterado–. He dicho un vaca como podía haber dicho una herradura, la herradura de la suerte de un burro como tú; aunque en tu caso, la tiras para atrás pidiendo suerte y de rebote te descalabra, seguro. Sigue anda, y a ver si acabas de una vez; pero sin adivinanzas.

_¡Bueno hombre, bueno! –dijo el descalabrado riéndose ante el enfado de su compañero–. Pues en efecto no era una vaca, sino una cierva y su cervatillo que andaban cerca del vertedero buscando mondas de hortalizas. Como su aspecto era desolador y andaban madre y cría a trompicones debido a la hambruna, ni corto ni perezoso hice el amago para soltarme de la mano de mi abuelo; él, al notar la acción, me dio tal apretón que cada vez que lo recuerdo me viene un dolor. Aun así y a pesar de que la cierva tenía las ubres como dos pimientos chuchurríos, me zafé de su manaza y fui a por ella y su cría. En una semana a base de avena, cebada y hortalizas cocidas, la cierva daba leche de sobra para mi hermano y para su cervatillo. La llamé Invierno, y a la cría Primavera; pues al poco tiempo vino un sol primaveral y regresaron los hombres al pueblo.

_¿Y tu abuelo, qué?

_Mi abuelo me dio de correazos aquel día hasta que casi rompió la cincha. Le costó más de un cuarto de hora levantarse y encima rompió la cantarilla, que era herencia de sepa Dios qué generación. Al ver que la cierva salvó al poco tiempo la vida de mi hermano, después casi lloraba cuando me veía; pero yo siempre lo evitaba. Para mí dejó de existir. ¡Bah!, viene esto a cuento porque por un real casi desgracio a mi abuelo de por vida; por eso no me trago muy bien lo del pájaro este, de dar dos y tres por uno... ¿Realmente cobrarán estos desgraciados?

_No hay cargo de conciencia –alentó el ciego–, la cierva libró a tu hermano, ¿no? En cuanto a este... Allá cada cual con sus pleitos. Un buen consejo de amigo: "Nunca te metas en líos de tetas”.

_Y qué tienen que ver aquí las tetas, como no sean las ubres de la cierva.

_Nada. Solo que si te hubiera dicho en “líos ajenos”, la frase no casaría bien.

_¡Ah! Así ya se entiende; además queda mejor.

Conforme se arrimaban hacia el fulano vestido de negro al descalabrado le traía algún recuerdo a la mente. De repente se detuvo al recordar aquella cara picada como un nido de avispas.

_¡Maximiliano, Maximiliano! –dijo acelerado.

_¡Qué te hace con tanta premura! –contestó su compañero–. Ni que hubieras visto al mismísimo Marsias después de su disputa con Apolo!

_Pues no sé el aspecto que tendría el Matías ese que dices, pero desde luego el fulano de negro asusta a su sombra.

_Ya me lo pones malo, ya –comentó el ciego, seguidamente le contó el pasaje de Marsias–. Marsias, según la mitología griega, era el nombre de un sátiro mitad hombre, mitad cabrón, que tocaba la flauta. Un día quiso competir tocando la lira con el dios griego Apolo y este lo venció; después, por su osadía, lo desolló vivo.

_¡Joder con el Apolo...! Hombre, a este desde luego a cabrón no le ganarán mucho; te vas a caer de culo cuando te diga quién es.

El ciego, tras comprobar que su amigo confundía de nuevo coles por ababoles, sin querer entrar en materia resolvió:

_Pues apremia que ya estoy bien agarrado al bastón.

_¡Ahí va: el Pichatoro!

_¡Coño...! ¿El brigada...? Pues no andará muy lejos el mala leche del pequeñajo.

_¡La Virgen...! –alarmó de nuevo el descalabrado.

_¿Es que viene para acá? –preguntó con preocupación el ciego.

_¡Agárrate bien, paisano! Acaban de llegar otros dos jinetes vestidos de negro y a ver si adivinas quiénes son.

_Mira Felipe, tienes suerte de que la cosa no está para llamadas de atención, si no, este bastón, que lleva más de la mitad de su vida caminando conmigo de aquí para allá, en el día de hoy cumplía su cometido partido en tus costillas ¿Crees que está el ambiente como para hacer de adivino?

_Es la costumbre –excusó el descalabrado–. A lo que íbamos –continuó–, de los dos que te he dicho uno es el Barona y el otro el guardia ese borde.

_¡No me jodas, Felipe...! ¿El Barona con esos dos?

_Lo que oyes. Cuando me lo eche a la cara me voy a pegar una carcajada delante de su morro que ni tragándoselo la tierra sentirá más vergüenza Será bajo y mezquino!

_¡Deja, deja! –dijo el ciego–. Ahora tendrán a los parroquianos de su parte y lo mismo nos muelen por desgraciarles el negocio.

_¡Negocio! Desde mozo salió del burdel y se fue con unos muleros a recorrer mundo, y recorrió todo el país, sí, pero durmiendo en míseras pajas y rodeado de toda clase de ganado. Según me comentó en más de una ocasión, podía con él el olor a oveja. Vamos, ni el queso ¿Y ahora va de pastor rico...? ¡Rico de mierda!


El ciego todo era cavilar qué clase de ordenanza podían haber creado semejantes seres.

_No te huele esto mal, Felipe.

_¿Mal...? ¡Apesta! –respondió aquel–. Bueno será no averiguar más de estos ordenantes y hacer siesta en otro lugar.

_Es que no entiendo qué pinta el Barona en todo esto –adujo el ciego.

_Por mí…, siempre ha ido al sol que más calienta. Su hambre de poder le traiciona y generalmente siempre acaba mal. Qué más se puede decir de un individuo como el Barona: hoy te alaba, mañana te difama... ¡Mal elemento!

_Pues sea lo que sea hemos de averiguarlo tú y yo ¿no crees?

_¿Que si creo? Tiempo me falta para salir pitando de este lugar.

_¿Y ese temor?

_Bien se nota que tú no has probado la mano del enano pingajo ese. Temo porque he salido escarmentado en muchas ocasiones y la mayoría de las veces siempre con provecho ajeno amparado a mi costa. Allá el Barona y sus socios y la quinta que los fundó, que ya va apañada, ya.

_¡Felipe...! ¿Eres tú...? –gritó una voz.

_¡Telesforo! –contestó el descalabrado con voz jubilosa –¡La madre que...! ¿Cómo tú por aquí?

_¿Qué no has visto al Barona? –respondió el recién llegado.

_Ni ganas.

_¿Pues...? Tan amigos que erais.

_Ya ves cambian los tiempos, cambian las personas ¿No me dirás que estás embaucado tú también en la ordenanza esa?

_Qué remedio. Ahora represento a la ley, y el Barona también.

_¡Anda ya!

Ante la incredulidad del descalabrado el aparecido abrió el blusón, también negro, y mostró una estrella que no era sino una medalla honorífica que había conseguido en un lance de pulso en una taberna.

_Pues sí que parece buena, sí –dijo el descalabrado más convencido–. Bueno, ya me dirás que os traéis entre manos, porque lo de dar duros por reales...

_Nada de eso –dijo el recién llegado–. Pues buena está la cosa, como para ir dando. Lo de la orden es negocio redondo. Ayer fuimos al pueblo de al lado y tanteamos al personal. Allí perdimos unos duros y aquí los recuperamos.

El ciego que estaba a la escucha no pudo aguantar más su silencio y preguntó al ordenado:

_ Pues aquí al compadre y a mí se nos hace difícil hacer de pérdidas ganancias.

_¿Y este, Rojo...? –preguntó el aludido.

_Un buen amigo –respondió el descalabrado–. De toda confianza.

_Así lo espero –devolvió el llegado–. Que en estos negocios se miran mucho las habichuelas y hay que cuidar bien la mata, que es la que da de comer. Si queda velado el plan bueno será que sepáis de qué va esto y a lo mejor el brigada os mete en la sociedad.

_¡Yo con ese..., ni a cagar! Tiene una mirada que hiela –dijo muy convencido el descalabrado.

_¡Bah! Si estás a buenas y de su lado es un pedazo de pan.

_Si, pan de hostias, y no de Eucaristía. Porque a su gemelo seguro que lo lleva detrás.

_Tú dirás –respondió el de la ordenanza–. Son como rayo y el trueno, primero el fogonazo y luego el porrazo.

_Pues da de cojones, sabes. Y si no cuéntale un costal de trigo o una orza de chorizos de más; verás rayos, centellas y seguro que hasta oyes tronar, sobre todo si te pilla el cuello y la oreja... Aún me pita a mí el oído.

El ciego, un tanto distanciado del diálogo, apresuró a su compañero.

_Bueno será que hagamos marcha, Felipe, y que dejemos a cada cual con lo suyo. La casualidad ha querido que amigos y enemigos nos juntásemos en este lugar. Como la amistad se perpetúa, y así lo confirma aquí el compadre, huelgan emisarios que manden alegatos al enemigo. Como dice el dicho: “al enemigo, ni agua”. Si os parece, tu amigo Telesforo ni nos ha visto ni se acuerda de ti; nosotros lo mismo de él, ¿hace el trato?

_Bueno se hace –dijo el amigo del descalabrado–. Pero de lo oído ni una palabra, si se enterara el brigada…

_¿Acaso has dicho algo más de la cuenta? –dijo el descalabrado.

_¡Ea! Ya no sé ni lo que os he dicho, pero por si he hablado de más, cuando antes desaparezcáis mejor; no se traicione la amistad y pasemos de abrazos a tortazos. Además, aquí se va a liar una...

_Sobran palabras, Telesforo –finalizó el descalabrado–. Venga ese abrazo, y con Dios.

Un abrazo a uno y un apretón de manos a otro reafirmó el tratado de amistad y concedió armisticio para que el ciego y el descalabrado se marcharan y olvidasen que existía aquel lugar.

Ya habían dejado atrás la última casa del pueblo y el descalabrado todo era maquinar qué sería la que se iba a liar en el lugar que habían abandonado.

_¡Maximiliano!

_No digas más –respondió el ciego–. Te reconcome saber en qué líos se van a meter esos cuatro desaprensivos.

_Desde que hemos dejado al Telesforo que ando rumiándolo –confirmó el descalabrado.

_Pues si no ha de dejarnos dormir, mejor regresamos y a ver qué pasa.

_¿Tú crees? Me da que si no hay líos a la vista hacemos por buscarlos.

_Puede. De todas formas siempre salimos del paso. Y no hablemos de desgracias, que ahí tenemos ambos culpas repartidas. A ti te descalabraron en Ventisquera por un accidente fortuito, porque lo más seguro es que la piedra se la tiraran al Barona, que fue quien atizó a los ventisqueranos. La suerte que tuve yo es que el cantazo me dio en el culo, si me llega a dar en la cabeza...

_¡Claro! ¿Y las hostias del guardia de los guiños...? ¿Y el puntazo del toro...?

_¿Puntazo...? Puntazo fue el que me arreó a mí el alacrán.

_¡Ni me lo recuerdes!

El descalabrado volvió la vista hacia el pueblo y sintió ganas de regresar hacia la plaza.

_Mira compadre –dijo–, yo no me voy de este pueblo sin saber qué cuecen el brigada y sus alguaciles, que pobre del payo que pillen por su lado.

_Pues ya puedes ir haciendo senda –respondió el ciego apresurado–, que yo si no lo compruebo creo que lo voy a lamentar también de por vida.

Giraron los caminantes de nuevo hacia la plaza en el preciso momento que un vocerío de tres o cuatro personas, intenso y enérgico, les llegó hasta allí.

_¡Leches...! ¿Qué habrá empezado ya la fiesta? –alertó el ciego.

_No sé –respondió el descalabrado–. Dame la punta de tu palo y agárrate fuerte.


Agarrados cada uno de un extremo del cayado, salieron corriendo como desesperados hacia la plaza. Nada más llegar, vieron al brigada subido en una especie de entarimado, al número, que estaba a su lado, y al Barona y al Telesforo que estaban también próximos a ellos en posición de firmes; daba la sensación que fueran vigías. El brigada voceaba a los congregados:


_Y ahora, siguiendo las ordenanzas del gobernador civil, se decreta el requisado de todas las ovejas que habéis traído, así como el de sus crías, por haberse detectado un brote de peste ovina que está diezmando a los ganados de toda la región.

Se formó un revuelo de comentarios entre los pastores concentrados que, mezclado con los balidos de las ovejas desconcertaba hasta el más bicho viviente. Uno de los pastores, velando por sus intereses, preguntó al brigada:

_Con su autoridad y permiso, señor de la justicia, ¿cómo es que ayer compraron todas las crías del pueblo de al lado y aquí las requisan? ¿La orden del gobernador no les incumbe a ellos?

El guardia bajito hizo un estudio meticuloso de la faz del que había hablado tomando pelos y señas, al tiempo que un tic involuntario le abrió y cerró uno de sus ojos tres veces seguidas muy rápidamente.

_Proceda, proceda, García –ordenó el oficial al número al observar su estado de excitación.

_A sus órdenes –contestó aquel–. Vamos a ver –habló en voz alta–, el escrito del gobernador va dirigido a todos los que tengáis ganados, y afecta a todos. A los del pueblo de al lado les hicimos firmar la venta de sus reses y tomamos los nombres de sus domicilios y haciendas; esta misma tarde pasaremos a recobrar el dinero que les dimos. Eso creo que aclara este punto. Y ahora dime... tú, el que ha hablado antes...

El aludido no se dio por enterado y quiso ocultarse entre los demás.

_¡Si hombre, tú! – apuntaba con el índice hacia la muchedumbre el guardia.

_¡Es a mí...! –dijo al final el que había hablado descubriéndose a sí mismo.

_¡Claro! ¡Si ya te había calado...! Pero dime, ¿si te hubieran dicho que iba a venir la autoridad a requisar tu ganado por un brote epidémico, tú lo habrías traído?

Ante el silencio del preguntado, el guardia siguió:

_¿Y vosotros...? –voceaba a todos los congregados.

El ciego y el descalabrado asistían atónitos al espectáculo.

_¿Un brote de peste ovina, ahora...? –dijo el ciego.

_Yo más bien diría de rabia –respondió el descalabrado–. La de las babas de ese borde, que solo de recordarlo ya me entran náuseas.

Como quiera que los congregados en la plaza no tenían nada más que dos salidas y en cada una de ellas ya se habían apostado el Barona y el Telesforo, ante su encerrona, dieron por buena la ley y se dispusieron a la entrega de sus reses. De repente apareció una mujerona alta y corpulenta con el pelo algo desgreñado, sudando más que una olla, y se dirigió como un resorte encarada hacia el guardia. Como la noticia de lo que sucedía le llegó por uno de sus hijos y la había pillado desplumando a un pato, allá que se presentó con el pato casi desplumado cogido de sus patas en una de sus manos. Una vez subió al entarimado se dirigió hacia el guardia:

_¡Con que tienes calado a mi Antonio, eh! ¡Yo si que os he calado a vosotros!

_¡Cómo te atreves a faltarle a la ley, bruja! –gritó el guardia salpicando de babas a la mujer en la cara entre imparables tics.

¡Zás! Ni corta ni perezosa, lanzó un patazo en toda la mandíbula al guardia que le produjo una hinchazón mas abultada que un dolor de muelas.

_¡Perra! ¡Te vas a enterar! –gritó el guardia haciendo el efecto de ir a reducirla.

¡Zas! Con mayor motivo, le fue otro lance de pato al guardia en el otro de la cara, dejándolo a aquel más amargo que un ardor de estómago. El marido de la mujerona, que por otro lado estaba más escuálido que la raspa de una sardina y tan delgado como la vara de un zahorí, quiso subir a ayudar a su esposa. En eso vio la intención el Telesforo y, girando su garrote tres o cuatro veces por encima de la cabeza, le tiró un garrotazo al pobre hombre alcanzándole entre el cuello y la cabeza, saltando boina y colilla por el aire y cayendo de bruces a los pies de su consorte.

_¿Jodo! –exclamó el descalabrado–. Ya dijo el Telesforo que se iba a liar una buena, pero me parece que esto ha escapado de sus cálculos.

_¡Cuenta, cuenta! –apremiaba el ciego– ¿Todo ese jaleo...?

_Ya veremos cómo acaba esto –relataba el descalabrado–. Para que te hagas una idea: al Telesforo lo han pillado entre cuatro o cinco pastores y le están dando de correazos hasta en las encías; al Barona le ha caído un paisano encima que pesará diez arrobas y, aparte de que lo estruja e inmoviliza, otros cuantos más le dan de palos por donde pueden.

_¿Y esos golpes en la carne viva...?

_No te lo pierdas –continuó el descalabrado–. Una tiarrona tan alta o más que el brigada le ha atizado dos castañas con un pato desplumado en cada uno de los lados a la cara del Guiños y parece que le haya venido una subida de paperas. Aún así, el baboso le ha respondido con una leche a la cara que la ha tirado de culo; hasta ahí llega su mala sombra.

A todo esto pastores, pastoras, zagales y zagalas, andaban de palos contra la ley sin mirar a quién; y más de uno se llevó garrotazos y correazos sin ir a buscarlos. Para más desorden, las ovejas andaban como locas detrás de las crías y aquellas corrían desperdigas aquí y allá. El brigada se encaramó a la reja de una ventana con el mosquetón en la mano queriendo imponer el orden; al querer lanzar un disparo al aire, como tenía una sola mano con la que ayudarse pues la otra sostenía el peso de su cuerpo agarrada a la reja, se le escapó el tiro y fue a darle a una pastora que andaba más por ver lo que pasaba que por repartir leña.

_¡Ay, que me han dao un tiro...! ¡Ay, me muero...! ¡Ayyy...! –se quejaba malherida.

_¡El brigada la dao un tiro a María la Guapa! –gritaba otra pastora que fue a atenderla al verse las manos llenas de sangre cuando le sujetaba la cabeza.

El oficial viendo que aquello tomaba tintes muy feos, se empeñaba subido a la reja en abrirle el cerrojo con la boca a su arma para que entrara munición de la recámara. No le dio tiempo, como si se hubieran puesto de acuerdo todos los aldeanos, le fue una tanda de garrotes, piedras y de toda clase de arrojadizos que, con todo lo tiarrón que era, le hicieron caer al suelo como a una cría de gorrión ante el acoso de unos chiquillos.

_¡Felipe...! –recriminaba otra vez el ciego– ¡Di algo, hasta se ha oído un tiro!

_Pues fuera de eso –respondió el descalabrado–, poco más. A una muchacha le ha ido un tiro del brigada y está caída en el suelo rodeada de viejas, y a él, que agarrado a una reja parecía un gato clavado a un árbol huyendo de los perros, le ha ido una lluvia de piedras y garrotes que le han bajado los humos en un santiamén.

_¿Y el guardia, el Barona y el Telesforo...?

_Esos están más quietos que una mosca encima de una boñiga. Hasta el Guiños ha dejado de gesticular.

Reducida la ley, la anarquía imperaba en aquella pequeña localidad por medio de tres o cuatro echados para adelante que llevaban la voz cantante.

_¿Y la María? ¿Cómo está...? –preguntaba el más corpulento–. ¡Si le pasa algo serio a la María éstos no salen de aquí vivos! ¡Como me llamo Bautista!

_Pues ya puedes soltarlos –dijo una mujer entrada en años–. La única pérdida es el lóbulo de su oreja, que le ha volado con el pendiente.

Algo más calmada, la muchacha se incorporó entre sollozos con la ayuda de las que la atendían y su única preocupación era recuperar la joya, que era herencia de antepasados.

_¡Ay, madre mía...! ¡Ayyy... el pendiente de la abuela...!

_¡No te apures, que está aquí! –dijo una de las que la habían socorrido recuperando el trozo de oreja con el pendiente aún pasado por el lóbulo– ¡Vaya preocupación por un pendiente! –continuó– ¿Y la oreja...? ¿No te apura tu oreja...? Y menos mal que no te ha ido el tiro al ojo, si no.

_Vaya que sí –decía otra, queriendo amparar junto con su compañera a la ley; aunque habría de producirse un gran milagro para proteger a los reducidos.

Maniatados los cuatro agredidos, los tenían en un rincón de la plaza a modo de consejo de guerra. El corpulento, que era novio de María la Guapa, más caliente que un boniato asado dijo en voz alta a sus paisanos:

_Mal arreglo tiene esto. Después de lo ocurrido nos va a caer una que ya veremos como salimos.

_¡Ni os lo imagináis, desgraciados! ¡Nadie escapa a la ley! –gritó con firmeza el número en tono de mala leche.

La mujerona, que lo tenía justo enfrente, le tiró sin aviso una patada a las partes bajas con un zueco de madera que usaba para entrar al corral, que lo alzó lo menos diez centímetros del suelo quedando aquel sin conocimiento debido al intenso dolor.

_¡La hostia...! –exclamó el descalabrado entre un asomo de risa camuflada.

_¡Ya dirás, Felipe! Me tienes en ascuas –recriminaba el ciego.

_Le ha pegado la tía del pato una patada en los cojones al guardia, que lo ha alzado del suelo un palmo y lo ha tirado de culo.

El ciego soltó una carcajada incontenida y contagió a su compañero durante un buen espacio de tiempo. Otro de los bravucones lanzó una pregunta al aire:

_Pues a ver cómo nos las ingeniamos para que éstos no arruinen al pueblo. Bien mirado –siguió relatando mientras dirigía la mirada al oficial–, tal vez la autoridad haga de lo ocurrido ojos cerrados y oídos sordos, pierda de vista este pueblo y con las mismas si te he visto no me acuerdo.

El brigada al sentirse aludido por la mirada del orador dijo enérgico:

_La ley es ciega, pero vela para que el orden impere en el mundo. Ya estoy oyendo en los pueblos de alrededor a sus aldeanos reírse al paso de la autoridad por haber permitido el abuso que estáis cometiendo.

El Barona, viéndoselas venir, estalló de repente:

_Ya va siendo hora de que pongamos las cosas en su sitio y busquemos un remedio a tan molesta situación. Aquí la autoridad, donde los veis, llevaban intenciones de requisar vuestro ganado a costa de una ordenanza escrita por mí y firmada por el compadre que tengo a mi lado; es decir, que en este caso yo he sido el secretario y este desgraciado el gobernador, solo que a la fuerza.

El Telesforo, que su máxima caligrafía era poner una te mayúscula sobre los pocos escritos que había firmado en su vida, miró a su compañero con extrañeza como queriendo hilvanar la tanda de embustes que había dicho.

_¿Y aún queréis que dejemos sueltos a estos desgraciados? –arengó el novio de la muchacha accidentada a sus paisanos.

El brigada, viéndose perdido por la falaz historia del Barona, relató a los presentes el acuerdo que habían hecho los cuatro usurpadores en una taberna.

_Podéis hacer caso al cuento que os ha soltado este miserable, pero para que de la verdad se haga justicia, bien estará narrar los sucesos tal y como fueron ideados. Nadie ha escrito ni ha firmado nada, cierto. La realidad es que estos dos granujas perdieron todo su capital en un mesón timados por dos fulanas que los engatusaron y por dos sabandijas que las acompañaban. Todos sus dineros los perdieron jugando con una taba trucada que aportaron sus timadores. Ya se sabe que las pérdidas tienen malos apaños, así pues, sacaron sus navajas y quisieron ajustar cuentas por lo rápido. Por casual acabábamos de llegar para echar un bocado y, aún atando a los caballos, fuimos alertados por el mesonero aquí el número y yo. Como si nos hubieran olido, las fulanas y sus compinches se esfumaron sin dejar rastro y allí quedaron los dos solos, arruinados y con la deuda de lo consumido por pagar.

_Pues a falta de otros argumentos –resolvió el anterior–, no hallo más relación entre la taba y las ovejas que el puro engaño; unos por el hueso amañado y otros por querer darnos leyes por quimeras.

_Así es –insistió el brigada–, pero déjame acabar. Como la única solución para resolver la deuda era llevarlos presos, que ya el mesonero tenía apalabrados a unos arrieros para cobrarse el pleito a base de palos, cumplimos las ordenanzas y nos los llevamos para el penal. En el camino, como el sueldo de hacer respetar la ley anda muy descompensado arreglo a los peligros y penas que se dan cada día, estos endemoniados nos tentaron con lo de la ordenanza Beleña y perdimos la honra sin más.

_Pues sí que han hecho mal negocio, sí –dijo el novio de la Guapa–. Si será malo, que para soltar a los cuatro me han de firmar un papel con toda la verdad de lo aquí sucedido. En esas sí que nos fiaremos de la ley.

_¡Ya vais arreglados todos si no nos soltáis de inmediato, aldeanos! –recriminó el oficial ante el hermetismo del cabecilla– ¿Creéis que esto quedará impune, sin más...? Si nos libráis rápido haremos un atestado favorable a cambio de unos corderos y cuentas justas.

_¡Claro...! ¡Esto es la leche...! Nos timan y encima con usura ¿Y de la oreja de mi novia, qué me va a dar usted? ¡Saturio! ¡Frasio! –nombró a otros dos echados para delante–. Andad con ojo que no se muevan éstos que voy a hablar con los abuelos.

Una vez reunido el consejo de ancianos, apartados de la muchedumbre y tras unos minutos de discusiones se abrieron a modo de abanico tomando cada uno su posición anterior.

_¡A casa de Blasa la Capona! –gritó a los presentes el cabecilla.

A los reducidos, nada más oír aquel nombre, les vino un escalofrío y quedaron mirándose extrañados unos y otros. El ciego y el descalabrado no perdían comba y en sus mentes maquinaba la idea de lo fatal que sería caer en manos de la tal Blasa, y ya no digamos del mote. El ciego, ante tal recelo, dijo a su compañero:

_Oye, Felipe... Digo si no estaría bien que agarráramos el montante y nos marcháramos, ahora sí, lo antes posible.

_Ni que me hubieras leído el pensamiento, amigo –contestó el descalabrado.

_¿Y ese temor?

_¿Y el tuyo?

_Tú dirás –prosiguió el ciego–. Ahora los ánimos están calientes y nadie se entera de lo que aquí se dice ni se hace, ¿pero y luego?

_Y que lo digas –refirió el descalabrado–. ¿Quién no te dice que a esta gente se les enfrían los ánimos y la cogen con los forasteros para que no haya testigos?

_¡Ahí iba yo, ahí! Me importa un pimiento la Blasa esa; pero como haga honor a su mote...

_¡Calla! –dijo el descalabrado mientras le venía un estremecimiento repentino–. Hasta los pelos se me ha puesto de punta.

Con todo el jolgorio de gentes arengadas por el novio de la Guapa y sus lugartenientes yendo de aquí para allá a empujones con la ley y sus compinches, ambos espectadores se fueron deslizando de entre la muchedumbre hasta apartarse disimuladamente por un estrecho callejón. Como quiera que iban reculando y ni uno ni otro se apercibían de la retaguardia, una voz potente dirigida a ellos les puso el alma en el bolsillo:

_¡Eh, a dónde vais!

El descalabrado, nada más volverse, se dio de frente con un fulano de casi dos metros de altura, corpulento y bien parecido. Pero había algo en su semblante que no cuadraba: su sonrisa de simple y su tripa descomunal.

_Tú dirás a dónde vamos, barbián –respondió el descalabrado–¿Cómo es que no andas con los demás?

El fulano grandote sonrió abriendo una bocaza tremenda, enseñando unos dientes repletos de sarro y cayéndole la baba por una comisura.

_Es que van a casa de la Blasa –respondió entre caídas de baba–, y a mí no me gusta ir a su casa porque me dio una tacica de caldo que estaba mu malo.

El ciego mientras tanto andaba más confundido que la fumata de un Papa, dándole vueltas a lo oído, preguntó al ventrudo entrando de lleno en el diálogo:

_¿Es que la Blasa es curandera...?

_Sí –respondió aquel–. A mí me curó un mal de muelas, pero casi ni me acuerdo –En realidad la curandera se dedicaba más a la brujería que a otra cosa. Tenía fama en toda la región por su arte de capar gorrinos, pero donde se llevaba la palma era en los elixires de amor que preparaba. Al fulano grandote le dieron uno pasado de dosis cuando aún era mozo templado por culpa de una muchacha que lo pretendía y que él había rechazado el mismo día de esponsales. A raíz de eso fue perdiendo gallardía poco a poco hasta quedar lelo total.

_ Bueno, adiós, hombre –se despidió el ciego del ventrudo en tanto que tentaba el vacío en busca del brazo del descalabrado. Una vez localizado, se agarró con fuerza a él y le dio un empujón.

_¡Eh, eh...! –renegó el descalabrado– ¿A qué vienen esas prisas, Maximiliano?

Conforme se alejaban del fulano alto, el ciego relataba a su compañero:

_¿Nos oye ese?

_Qué va. Además, aunque nos oiga...

_¡Nos oye o no!

_¡Que no te he dicho, Maximiliano...! Ya dirás, parece que vengas de robar el cepillo de un cura!

_Pues me da que sé lo que van a hacer con el Barona y los demás.

_¡Hostia...! –dijo con semblante pensativo el descalabrado– ¡Claro, los van a dejar más tontos que a ese pobre!

_Cabal.

_Pues bueno será que ni los sonados de este pueblo nos vean irnos, de lo contrario ya me veo como ese infeliz, andando por las calles riéndome hasta de mi sombra. Agárrate a mi hombro y en marcha, amigo.

Cumplió lo oído el ciego y se agarró al hombro de su compañero, a los pocos minutos se perdieron por un pinar próximo a la población. Como el pinar era muy cerrado y el sentido de la orientación no lo tenía muy aguzado el guía de la expedición, después de andado un cuarto de hora loma arriba y loma abajo, dieron con un camino y lo continuaron. El descalabrado, que no tenía muy claro hacia dónde iban, comentó a su compañero:

_Digo, Maximiliano, que por el camino que vamos ya no sé si vamos o volvemos otra vez al pueblo.

_¿Y eso? –respondió aquel.

_Pues que en la sierra uno se extravía, y más en esta, que si te descuidas pierdes hasta el resuello.

_Pues como volvamos hacia el pueblo la faena es nuestra; ya hasta me entra la risa.

_Pues no creo que el Barona y el Telesforo estén mucho por la risa ¿Pero qué tiene que ver la risa con todo esto?

_¿Que qué...? No sé qué mierda de potingues tiran esas brujas en los brebajes; pero lo que está claro es que te entra el mal de la risa.

El descalabrado andaba todo preocupado por saber qué condicionaba el mal de la risa. Ante su curiosidad preguntó de nuevo:

_No tendrá que ver con las cosquillas, yo tengo un montón.

_Qué va, qué va. Es una pócima que hacen a base de laurel. Dicen que vuelve a las personas tontas y sumisas; que les queda una cara como de idos... Ah, y siempre están sonrientes.

_¿Aunque los insultes?

_Igual.

_Pues como al guardia le den de ese brebaje me voy a hartar de maldecirle en su cara, que tengo yo una espina clavada con ese tío...

Siguiendo el camino en un recodo cuya visibilidad era ineludible por el amplio arco de la curva, dieron de bruces de nuevo con el tiarrón ventrudo y alelado. El descalabrado nada más encararse con él, quiso comprobar si realmente los elixires de la Blasa eran tan efectivos como había dicho su amigo.

_¡Coño, ya está aquí otra vez el atontad...!

¡Zas! Le fue un manotazo a la cara de la manaza del sonriente que lo tiró de culo. Una vez incorporado, maldecía y maldecía al tripudo en tanto que aquel lo tenía agarrado de la pechera y le ponía la cara como a un mapa. Cuando ya ni se sostenía en pie, recriminó al ciego:

_¡Eh, tú, dile algo a este y que pare de una vez...! ¿No decías que estaba lelo?

_Y tanto –respondió aquel–. Y si no, atento.

_Hijo ¿Por qué le pegas a este pobre hombre?

_Es que tenía una mosca en la cara –respondió el alelado.

_¿Una mosca, y me has dado de hostias hasta en el cielo de la boca...?

_Es que además te has metido con mi familia –argumentó de nuevo.

El ciego, viendo que aquello no tenía solución, conminó a su compañero a una retirada dialéctica.

_Déjalo, Felipe; si dice que tenías una mosca será verdad.

_¡Pero bueno! ¡Claro, como a ti no te ha sacudido con su manaza...!

_Anda hombretón –animó el ciego– vete para el pueblo que te andan buscando.

_Aquel ni corto ni perezoso, soltó al descalabrado, dio media vuelta y se dirigió camino arriba.

_¡La madre que me...! –decía por lo bajo el descalabrado– ¡Sujétame, Maximiliano, que se va a enterar ese...!

_Deja, deja, Felipe –dijo el ciego mientras retenía sin mucha presión a su compañero por el brazo– No ves que no se entera de nada.

_Por esas se libra –gritó engallado el descalabrado, seguidamente dirigió una sarta de faltas a su inocente adversario– ¡Desgraciado, que estás tonto... Como vaya para allá, cara de gachas…!

El sonado, nada más oír aquello, se lió a pedrada limpia con los dos sin mirar a quién daba. Toda su parsimonia y simpleza la había perdido de golpe; lanzaba las piedras con tal rapidez y precisión, que suerte que estaban ya lejos si no, alguna brecha en las cabezas de los lapidados habría abierto.

_¡Conque está bobo, eh...! –gritaba al ciego el descalabrado– ¡Anda, ve y chócale la mano!

_¡Calla y corre! –espetaba el ciego a su guía acústico ante la lluvia de proyectiles.

Después de la carrera y en vistas a que aquel se cansara de perseguirles lanzándoles todo lo que pillaba a su alrededor, pararon los acosados a reponer aire.

_Pues como la curandera les dé del mismo brebaje a esos cuatro –argumentó el descalabrado–, faena van a tener el novio de la Guapa y el resto del pueblo para sujetarles, que parece que la simpleza va por fuera; pero la mala leche se les queda dentro.

El ciego sonrió y desvió el altercado anterior ante la cruda realidad del presente.

_Felipe. Digo si iremos bien encaminados ahora. Si al memo ese le hemos dicho que vaya para el pueblo, con coger la dirección contraria nos alejaremos de este dichoso lugar, o no.

_No sé, no sé –dijo el descalabrado–. Después de lo sucedido ya no me fío. Igual ese desgraciado ha hecho como que tiraba para el pueblo para engañarnos y resulta que nosotros, que creemos que nos alejamos de él, damos de nuevo en la plaza.

_Pues tú dirás.

_¿Yo...? Ya dirás tú, que luego me echas las culpas.

_No se hable más; al contrario –decidió el ciego.

No habían recorrido ni media legua cuando oyeron tumultos lejanos.

_Mira que si el bobo nos ha engañado –recriminaba el descalabrado.

_Sea lo que sea habrá que afrontarlo, ¿no crees? –aseveró el ciego.

_Y Tanto; no vamos a quedarnos aquí parados toda la vida.

_¡Hala! Pues tira tú que ya te sigo.

Una desperdigada de corderillos y ovejas balando de aquí para allá les dio base y fundamento a ambos caminantes para confirmar sospechas.

_Joder con el bobo– dijo el ciego.

_¿Bobo...? Ese mamón sabe latín. A saber si no nos tienen preparada trampa para endilgarnos también jarabe de lelo.

_Pues volvamos para atrás –dijo el ciego–, y si damos con el sonado mientras tú le entretienes yo le arreo un estacazo que lo vuelvo cuerdo.

_¡Eso! –respondió el descalabrado– Mientras él me carda entreteniéndose, tú le tiras garrotazo, ¿no?

_¿Hay algún problema? Total, por una leche de nada...

_¿Una leche de nada...? Tú no le has visto la manaza al baboso ese. Parece una torta de gazpachos.

_Pues si no estamos por la labor… Ya dirás qué solucionamos.

Un griterío impresionante desatascó a ambos de la duda de elegir camino.

_Oye, Felipe, ¿no iremos a ver que pasa?

_Quién nos para, adelante, Maximiliano.

Librado un prado verde salpicado por un acopio de flores multicolores y ocultos entre el follaje de una pequeña arboleda, contemplaba el descalabrado los acontecimientos próximos y los describía a su compañero:

_¡Joder! Qué peligro tienen estos lugareños.

_Cuenta, cuenta, Felipe –apremiaba el ciego impaciente.

_La escena es de lo más funesta. En unas mesas de matar gorrinos tienen atados cara hacia arriba y en cruz al brigada y a toda su camarilla.

_¿No irán a hacerlos morcillas, verdad Felipe? –dijo el ciego en tono contrariado.

_¡Dios les asista! –respondió el descalabrado–. Un pensamiento así en las mentes de esos algarazados podría ser tan peligroso que hasta tu comentario asusta.

_¿No dices que los tienen atados como a cerdos encima de las mesas de sacrificio?

_¡Calla!

_Callo.

Al momento entre cuatro paisanos –uno de ellos el marido de la tiarrona del pato– sujetaban al Telesforo por la cabeza para que no pudiera moverse. A la vez, una mujer joven le aplicaba un gran embudo en la boca mientras otra más vieja le vertía una dosis de pócima desde una garrafa.

_¡La hostia...!

_¡Di, Felipe, di!

_Que si no ponemos remedio los van a dejar a todos atontados. Van a hacer con ellos lo que sospechábamos.

_Y qué quieres, ¿que vayamos en su ayuda?

_Hombre. Me sabe mal que el Barona y el Telesforo acaben así; a pesar de todo han sido muchos años de compadreo juntos.

_¿Y el brigada y el número?

_A esos que los zurzan. Favor a la ley. Lo malo es que al Telesforo ya le han apretado un buen trago del brebaje; como no lo devuelva o lo cague...

El ciego, echando el turbante para un lado y rascándose en la calva, comentó a su amigo:

_Por mucho que dé de vientre, si la pócima le ha caído ya en el cuerpo nada va a remediar sus efectos. Aparte, ¿cómo vamos a ayudarles?

_Quemándoles el silo y el establo a estos paisanos.

_¿Y quién le va a pegar fuego?

_¡Tú no, desde luego! –contestó con precisión el descalabrado.

_Hombre, bien sabes que de poder arrimaría mi hombro... –agregó el ciego ante el tono trivial de su compañero.

_Bueno. El tiempo apremia, que ya veo a la del embudo y a la bruja de negro dirigirse a la mesa del Barona. La verdad, en cruz y atados a las mesas, hacen los cuatro unas carejas de cerdos degollados... En fin, ahí te quedas, compadre. Si en un buen rato no he regresado, arrea para donde puedas y busca asilo bien lejos de aquí. Si te llegan noticias es señal de que la empresa ha tenido éxito; de lo contrario hazme lelo junto a esos cuatro.

Al poco tiempo una inmensa humareda y un fuerte olor a chamusquina alertó a los congregados en casa de la maga y dio ánimos al ciego. Un inmenso caos se hizo dueño del pequeño valle: gentes gritando con cubos de agua de aquí para allá, viejas chillando, chiquillos llorando detrás de sus madres como desesperados, balidos de ovejas y corderillos desperdigados...

El descalabrado aprovechó la confusión para liberar a los apresados. Como no quería que lo reconocieran, tapó con un pañuelo su cabeza y con otro la cara dejando nada más que sus ojos al descubierto; una vez llegado a las mesas de tortura sacó la faca, la abrió con al menos cinco clics de muelle y, puesto a la altura de las cabezas de los dos guardias...

_¡Sarraceno, qué vas a hacer... por Dios –gritó el guardia bajito confundiendo a cristiano por moro y a faca por alfanje.

Como quiera que aquellos vieran en su salvador a un verdugo, el descalabrado se recreó lo suyo yendo con la navaja en la mano a la altura de sus pescuezos. Mientras el Barona y el Telesforo, al presenciar la escena y pensando que después les tocaría a ellos, iniciaron una de cantos celestiales encomendándose al Altísimo como en sus vidas.

_¡Acaba de una vez, condenado! –gritó con su potencia habitual el oficial– No aguanto más este estado de desorden y tanto lloriqueo de los que dicen ser hombres.

Pensó el descalabrado que alargar más su regocijo igual restaba tiempo a la liberación de los recluidos y quizá abortaba la operación por exceso de tiempo malgastado; así pues, dejó para los últimos a los dos guardias y lanzó cuatro cortes a las ligaduras del Barona y su otro compañero. Estos, al verse libres, se miraron el uno al otro con extrañeza, fijaron la atención en su liberador y, sin más, echaron a correr como rayos cada uno para un lado.

_¡Están soltando a los guardias! –gritó un zagal tirando a mozo.

_¡La madre que...! –maldijo el descalabrado al verse descubierto.

_¡Es verdad! ¡Un moro; es un moro que los está soltando...! –gritó también otro zagal que acompañaba al anterior.

_¡Eh, Alí, suéltame a mí primero y te daré todas las perras que llevo! –apremiaba el guardia ante su frustrada liberación.

_¡A ti te va a soltar tu padre, so cabrón! –sentenció el descalabrado con un cristiano muy castellano. Al punto, tiró cuatro viajes a las ligaduras del oficial y se marchó a todo meter perdiéndose entre la arboleda.

El oficial quiso liberar también a su infiel subordinado, pero como no disponía de objeto cortante con el que tallar las ligaduras y ante la proximidad de los alertados, solo le dio tiempo de desanudarle una mano quedando aquel sujeto a la mesa con múltiples e inútiles movimientos hasta quedar reducido de nuevo.

Una vez llegado al lugar de reunión el descalabrado contó al ciego su peripecia y ambos quedaron quietos en el mismo lugar hasta bien entrado el atardecer en espera a que se apaciguara el ambiente. Cayendo el sol por una ladera echaron camino abajo, que el de arriba no tenía precisamente muy buenas compañías.

Cuentan que al guardia bajito le dieron tal cantidad de brebaje, que la reacción le menguó aún más la estatura y le ensanchó con creces la cintura. Además acabó de porquero en el pueblo, pues según él, era lo que más le gustaba hacer. Cuentan también que el Barona y el Telesforo dieron con sus huesos en el Penal del Enderezo –lo de enderezo venía porque los penados se dedicaban a quitarles curvas a los caminos dejándolos rectos a base de tierra, piedras, almádenas y pisones– por asaltar a un juez en un camino mientras se dirigía a la boda de una sobrina. Por casualidad su señoría fue a aligerar vejiga y quedaron dos oficiales que lo acompañaban a la zaga. Por supuesto, los asaltantes fueron pillados con las manos sobre el juez y, lógicamente, acabaron reducidos. Tomo cartas el juez en el asunto y, aunque no era de su jurisdicción, sin mover muchos hilos le llegó el caso: Cadena perpetua –sentenció–. Ya dice el dicho: “Quien roba a un juez...”

Del brigada dicen que pidió el traslado y se alió con otro guardia de repuesto que aún era peor que el del bigotillo. Siguió enriqueciéndose por vía rápida y de lo pasado olvidado.

El ciego y el descalabrado se arruinaron yendo semana sí, semana no, en busca de la ventera y de otra compañera suya que no le quitaba méritos. Entre vamos y venimos gastaron lo mínimo en obras de gracia. Así a un labriego que andaba preocupado porque el hombre había perdido su azadón le compraron uno más grande, porque “de esa manera sacaría más faena y beneficio”, le dijeron. El jornal no duró mucho, a los pocos días se fue bajo la sombra de los cipreses, y precisamente en invierno, que suele apetecer más el sol. A una pobre vieja que la vieron cargada con una talega en cada mano al ser preguntada que si hacía el recorrido a menudo, como la buena mujer dijera que sí, le compraron unas alforjas. Un reuma heredado que tenía dormido le despertó por la sobrecarga en un costado y la dejó baldada de por vida. Así una tras otra hasta la ruina de propios y extraños.





 

Capítulo IX

EL TESORO DE LA REINA

 

_Felipe. Me viene un olor que de muy pequeño aún lo recuerdo; además, por el ruido del agua, casi no tengo dudas, ¿estamos próximos al mar?

_Qué quieres que te diga, Maximiliano, yo el mar no sé lo que es; lo que si puedo decirte es que a la vista hay una laguna tan grande, tan grande, que se pierde.

_¿Nunca has visto el mar…?

_Ni lo he visto, ni sé lo que es.

_Puedes asegurar que acabas de verlo.

_Y tú cómo sabes que es el mar ese que dices.

_Por el olor, por el movimiento de las olas… Y porque no hay laguna tan grande en España que se pierda a la vista.

_Pues ya que estamos podríamos bañarnos y llenar los pellejos de agua.

_Si es para quitarte calor el baño está bien pensado; para el resto mejor busca un manantial o un pozo.

_¿Pues?

_El agua del mar es salada.

_Ya me ha visto el mar dentro de su agua.

_¿Y eso…?

_ Verás qué nos pasó a otro y a mi de pequeños.

_Lo de verlo va estar difícil, luego pon empeño en dar buenas explicaciones.

El descalabrado sonrió e inició la narración de su andadura infantil.

_Vinieron al pueblo unos forasteros de tierras de La Mancha en busca de jornaleros para vendimiarle a un marqués. Era práctica habitual cuando se acababan las cosechas, a finales de agosto, trillar los cereales, aventar el grano y guardarlo en grandes serones de esparto; ello coincidía con el inicio de la vendimia, lo que aprovechaban las familias para ganarse unos jornales fuera del pueblo y así pasar todo el año. Pues bien, de mi familia íbamos todos, incluido mi abuelo paterno; en total del pueblo acudimos quince familias completas…

_Bueno – interrumpió el ciego –, ya dirás qué tiene de salado que varias familias de un pueblo se vayan a trabajar a otro lado; eso mismo vienen haciéndolo los gitanos desde tiempos inmemoriales... Hombre, lo que es salero a estas gentes no les falta...

_¡Ya va, hombre, ya va…! No sé qué prisa tienes... Si te incomoda que cuente lo que me pasó callo in en paz.

_¡No… cuenta, cuenta…! Es que a veces para narrar una historia pasada la gente te cuenta hasta de qué dolores se aquejan; y ya me dirás qué tienen que ver las quejas con las lentejas.

_ ¡Dale con las lentejas...! Cuántas no habrás comido para tenerlas tan de continuo en la boca.

_ Ni te lo imaginas, Felipe, ni te lo imaginas.

_ Bueno, a lo que iba. Después de seis horas bien cumplidas en saltos de galera por esos caminos de Dios llegamos al caserón del marquesado de Pan Blanco. Allí nos esperaba el mayoral con otros trabajadores y residentes en la finca para orientarnos en el alojamiento. El mayoral, un tío recio entrado en años, se dirigió a los mayores en voz alta:

_Buenas tardes a todos. La señora marquesa de Pan Blanco, como cada año, una vez os hayáis instalado, dará una cena de bienvenida para todos con motivo de que os sintáis a placer en sus posesiones. Veo por las caras que algunos de vosotros ya habéis estado trabajando en vendimias pasadas, luego quiénes mejor, entonces, podrían orientar a los nuevos en las normas y en el trato que se da a la gente en esta ilustre casa. La cena es a las nueve en la cámara Chica. ¡Ea!, a disfrutar hoy; mañana la jornada será larga.

_Amos así no se dan por mi tierra, Felipe.

_No, ni allí tampoco. Lo que pasa es que la señora, viuda desde un lustro, desde la muerte de su marido, favorecía a los jornaleros temporeros cobrando gran fama en el trato de sus posesiones; todo lo contrario a su difunto esposo, que era un tirano.

_ Así se explica...

_Como te decía, Maximiliano. Una vez en la cámara Grande nos instalamos hombres y mujeres separados en el centro del recinto por una gran cortina, dejamos los bártulos junto a unas yacijas improvisadas de paja y al poco tiempo bajamos todos en busca de la cena. Nos agasajaron con unas patatas a lo pobre y conejo de caza con tomate hechos en conserva. Qué bueno estaba todo... Y no digamos del pan, blanco como la harina que estaba hecho.

_Hombre, si era el marquesado de Pan Blanco por algo debía de ser.

_Y que lo digas, porque nos dimos un atracón de órdago mojando. Para acabar nos dieron de postre arrope y un vasito de mistela. Acabó la fiesta y los mayores se fueron retirando poco a poco, que al día siguiente había que madrugar; los mozos y las mozas se enfrascaron en bailes y juegos de corros hasta bien entrada la noche, y los zagales nos juntamos a contar chascarrillos en la tinada. Y allí, en la tinada, fue precisamente donde aborrecí la sal casi de por vida.

_¿Acaso había una salina en la tinada?

_Qué va. Te cuento. Resulta que en los comederos del ganado habían unos bloques de sal semejantes a grandes piedras para que las ovejas los lamieran; ni sé para qué, pero allí estaban. Se le ocurrió a Viciano el Chamizo, un amigo del pueblo, que jugáramos al escondite, y al que pillaran, tenía que lamer una de estas piedras cincuenta veces.

_No digas más, Felipe, te pillaron.

_¡Cinco veces...! Ni te cuento las corridas que hice esa noche y todo el día siguiente a beber agua de los cántaros.

_Pues ya fuiste tonto, yo con solo arrimar la lengua habría cumplido el castigo.

_De eso nada, que si no cumplías te daban los galgos.

_¡Leches...! ¿Te tiraban a los perros...?

_No, esos galgos no mordían, aunque no sé que habría sido peor. Los galgos consistían en meterte en tus partes más sensibles una mezcla de tierra y ortigas.

_¡La leche...! Vaya juegos tenéis en tu pueblo.

_La verdad es que sí, pero en el fondo lo pasábamos muy bien. Desde entonces pruebo algo subido de sal y me entran arcadas.

_Buena tu aversión a lo salado, Felipe, pero en vistas a que no piensas lavarte ni tan siquiera los pies, yo al menos voy a ponerlos a remojar un poco; ni recuerdo el tiempo que no han catado el agua.

_Allá tú; yo te espero sentado en ese montículo de arena.

Desnudó el ciego sus pies de las abarcas y los introdujo en el agua viniéndole un frío al contacto con ella.

_¡Joder, está que pela!

_¿Y tú querías que me bañara...?

Pasaba a lo lejos de donde estaban el ciego y el descalabrado un camino de postas por el que se oía un campanilleo muy vivo.

_Alguien viene, Felipe; se oyen campanillos de caballos.

_Amigo, tu oído ha de ir en conjunto con la vista; lo único que se oye es el agua.

_Pues estate atento que no tardará mucho en aparecer un coche tirado de caballos, y por el brío ha de llevar buena marcha.

El descalabrado miraba a un lado y otro del camino y sólo que veía dunas de arena y un extenso secarral que se perdía hacia una ligera hondonada. Se encogió de hombros, echó el sombrero hacia la nariz y se tumbó panza arriba.

_Bueno, qué – espetó el ciego – ¿No vas a decir nada...?

_Y qué habría de decirte. Dices que viene un coche de caballos y que lo acompaña un vivo tintineo de campanillas y yo la única visión y oído que tengo es tu cuerpo corcovado y el dichoso ruido del agua que no para de moverse.

_Pues para tu información he de decirte que no es un solo coche, han de ser al menos dos o tres.

El descalabrado se levantó subiéndose el sombrero y miró hacia ambos lados de nuevo. Muy a lo lejos, en efecto, saliendo de la hondonada, observó una nube de polvo distante de otras dos que iban casi juntas.

_Buena oreja, compadre; si señor. Levanta el viento tres nubes de polvo, una primero y dos juntas algo más distantes.

_Tú ves.

_Pues mira, ahora si que veo; aunque todavía no oigo los campanillos.

_Los oirás.

_Seguro estoy de tu vaticinio, compadre. Dios te ha quitado la vista pero ha aguzado tu oído a punto extremo.

_Dios no me ha quitado nada, Felipe; fue la diestra de mi tío, que en mala hora me dijo que trabajara para él en la fragua.

_Por tu mala cristiandad, Maximiliano, te vas a ganar el infierno con todo derecho. Si Dios no te hubiera aguzado el ingenio, ahora tu ciega vista no habría distinguido uno o dos coches de caballos...

¡Pam, pam... pam, pam, pam...!

¡Escóndete, mortal! – alertó el ciego –. Ahora lo que se oyen son tiros.

¡Rediez si lo son, estos sí que los he oído...! ¿Y dónde nos escondemos...? Como no hagamos un hoyo en la arena...

_Habrá que zambullirse en el agua.

_¡Antes prefiero un tiro!

_Rápido, dame la mano y no me sueltes, conque nos llegue el agua a la cintura será suficiente para pasar desapercibidos.

Ante la aproximación de los coches de caballos el descalabrado asió de la mano al ciego y se adentraron en la playa hasta el pecho.

¡Pam, pam, pam, pam... pam...!

_Zambulle, Felipe, zambulle...

Alrededor de minuto y medio estuvieron bajo el agua los dos; seguidamente ambos salieron a una a coger aire. Al mirar el descalabrado vio que los tres coches de caballos estaban diseminados en las proximidades.

_¡Cuenta, Felipe, cuenta!

_Silencio y quietud, y no hay más que contar.

_¿Nadie a la vista?

_Tres coches con sus tres caballos que en principio, salvo uno, yacen muertos; y el que queda agoniza con las correas y los ramales tirándole de la panza por la que le salen las tripas.

_¡Animales, ya podían rematarlo!

_¿Quién...? No se ve ni un dios que respire salvo la bestia malherida.

_¿No iremos a ver que pasa...?

Puaggg.

¡Qué pasa, Felipe!

_La jodida sal. Ya te he dicho que con solo probarla me entran arcadas.

_Pues tira, hijo, tira. A veces una purga reconforta al cuerpo.

_¿Purga...? Están los cuerpos como para tirar las pocas reservas que les quedan. Anda, vamos a acercarnos poco a poco; más me estimo un alivio rápido de perdigones que un suplicio de salmuera.

Se acercaron con sigilo hacia el primer coche y vieron un enorme chorro de sangre que iba desde el pescante hasta ocultarse en un montículo de arena. Siguieron el rastro y dieron con un tipo cincuentón echado sobre la arena; tenía un enorme boquete en la barriga por el que le salía la sangre a borbotones.

_¡Debajo de lasien... agua, dadme... agua, debajo de lasi... agua, agua...! –suplicaba con insistencia.

_Pobre hombre. Felipe, rápido, ve y trae un pellejo de agua.

Arrancó el descalabrado como un rayo en busca de agua y al instante fue detenido por su compañero.

_No corras, ya no hace falta.

_¿Se ha muerto...?

_Frito, como un pajarito.

_¿A tal punto llega tu oído que percibes hasta el resuello de un moribundo?

_Necio, le he tomado el pulso y ya no late su corazón.

_Pues déjale y vamos a ver al resto.

_Por qué crees que no he ido ya, estoy esperando a que me acompañes.

Se encaminaron hacia otro de los coches y vieron a otros dos varones acribillados de perdigones.

_Éstos no van a pedir agua, seguro.

_Pues.

_Porque tienen tantos agujeros en sus cuerpos que conforme la bebieran la derramarían al suelo.

_Veamos el coche que queda.

Conforme se acercaban  el descalabrado le decía al ciego:

_Da espanto, sólo de ver al pobre animal dando coces ya me entra quimera.

_Coge uno de los trabucos y le descerrajas un tiro en la cabeza. Eso pondrá fin a su agonía.

_¿Yo, que no he matado ni una mosca en mi vida...? Lo más que he matado ha sido una cabra y ha sido accidentalmente. Mátalo tú.

_Y que se me vaya el tiro y te dé a ti sin querer. Yo me atrevo a matarlo, pero has de ser tú el que encare el arma hacia el animal.

_Hecho, Maximiliano; este pobre animal me mira con los ojos desorbitados y no aguanto más su suplicio; pero antes habrá que mirar dentro de la calesa por si aún respira alguna alma humana.

_Nada, socio -dijo el descalabrado-, aquí hay dos tíos más reventados a postas. Testigos sordos y mudos.

_Pues vamos a sacrificar lo único que queda con vida y hagamos hueco a la justicia, que ha de ser la que investigue este desastre.

_Hecho. Y en esas agarró el descalabrado uno de los trabucos y apuntó a la cabeza del animal.

_Dale al gatillo que ya está encarado, Maximiliano –dijo, y al punto cerró los ojos para no mirar.

¡Tac...!

_Qué ha pasado, Felipe.

_Y yo que sé... Estará descargada.

_Pues ya podías haber mirado antes. No creas que yo gozo matando animales; un caballo no es una hormiga, sabes.

_Igual piensas que yo retozo de alegría. Tú al menos no ves el sufrimiento del animal.

_Pero lo imagino ¡Va, carga el arma, anda...!

Diciendo esto el animal pegó unos cuantos pataleos y se incorporó.

_¡Sooo, sooo...!

_¿Y ahora Felipe...?

_Cómo se agarra a la vida el jodío.

_¿Qué dices...?

_Pues que se ha levantado como si nada.

_¿El caballo...?

_No, mi tía Heriberta... ¡Arrecia, viento!

_Hombre, me dices que el caballo estaba agonizando y ahora me vienes con que está como para echar carreras; buen curandero de bestias serías.

El descalabrado, callado, observaba que le colgaba al animal un intestino de unos treinta centímetros.

_Digo yo, Maximiliano, que si en las corridas de toros a los caballos de los picadores una vez los despanzurran los toros los cosen metiéndole para adentro las entrañas, ¿no podríamos aliviar a este animal nosotros haciendo lo mismo?

_No te atreves de matarife y quieres hacer de curandero. Además, si tiene las postas en el vientre, más tarde o más temprano morirá.

_No, Maximiliano, no; yo creía que la herida era de trabuco, pero no. El animal se ve que iba desbocado y se ha dado con un esqueje de pino tronchado en la panza al caer sus compañeros de tiro. La sangre lo delata. Y lo de curarle es porque tiene una planta magnífica: negro azabache y con unas bellas crines largas desde la frente hasta el final del cuello.

_Pues hombre, aguja y bramante llevo yo en el hato; pero lo has coser tú.

_No te apures, Maximiliano; yo me he cosido las albarcas lo menos seis veces y ahí están todavía para echar carreras.

_Por suerte no las veo, pero vamos a lo que vamos, ¿tiene la tripa rota o le cuelga unida?

_Unida.

_¡A coser, Felipe! Ve a por el hato que está en la playa y busca una aguja de zapatero y el bramante... ¡Corre! Ah, y mira a ver si estos caballeros llevaban vino o aguardiente en alguno de los coches.

_¡Voy pa allá!

Pasado un corto espacio de tiempo apareció el descalabrado cargado con dos botas de vino, la aguja y el bramante.

_Vaya vino traían estos tíos; echa un trago y verás, Maximiliano...

_¡Y dale con verás...! Tráelos para acá, que a partir de ahora tú si que los verás, pero no los catarás.

El ciego se endilgó dos largos tragos de cada una de las botas y luego quedó pensativo con el semblante hacia el suelo.

_Parece que en vez de beberlos estés mascándolos –espetó el descalabrado–, ¿acaso quieres distinguir la bodega de ambos?

_Pues no eres tan ignorante como yo pensaba, Felipe. En efecto, los caldos son diferentes en cuanto a uvas y terrenos: éste parece barbadillo y éste otro montillano, que se agarra al gaznate que da gusto.

_Hala, Maximiliano, déjate de cataduras y vamos a hacerle la cura al animal de una vez. Negro estoy de verle el mondongo colgando.

_Razón a tus palabras. Enhebra la aguja con un hilo largo de bramante y después empapa bien todo de vino... ¿Tienes las manos limpias...?

_¿Y eso a qué viene ahora...? No pensarás en que yo... ya sabes.

_Qué ideas tienes, Felipe. Ni el momento ni mis ánimos están para tales labores. Si tienes las manos limpias basta con que te las enjuagues bien de vino para no infectar al animal cuando lo cosas.

_Ah, es que después de lo de La Rosa y tu cuento del Boñigas me vienen pensamientos extraños a la mente.

_Pues quítatelos de la cabeza, Felipe. Aún no ha habido varón alguno en mis pensamientos para gozar de él. Además se me hace repugnante solo el pensar que mi mano se apreste con dulzor a manosear a un tío; en cambio el tacto de una hembra anima a la locura.

_No sé, no sé... No sería un servidor el más apropiado para probarte en pelota limpia, ¿sabrías distinguir mi culo desnudo al de una mujer?

_¡Y dale... Que no soy maricón, joder! Aparte, ¿cómo puedes comparar tu trasero, que ha de antojarse peludo, basto y lleno de zurrapas a la suavidad, limpieza y aroma de un hermoso culo de mujer. La semejanza es como de la mierda a la flor.

_¡Eh, eh... Si ya vamos insultando...!

_¡No hombre, Felipe...! Es que la tienes en que yo cojeo de palomo, ¡y no! Pregúntale a la sirvienta de La Rosa.

_¡Ni comentarlo, eh...!

El ciego soltó una carcajada y apremió:

_Venga, Felipe, enjuágate bien las manos con líquido de las dos botas, así no habrá distinción en grados de alcohol; a continuación le metes los mondongos al caballo y le das cuatro o cinco puntazos para que no se le salgan.

_¿Ya mueve galerna...? ¡Tanta prisa, tanta prisa...! El caballo ahora está sobre sus patas, y ya me dirás como le coso la panza si no es metiéndome debajo de él.

_ Tú lo has dicho, metiéndote debajo.

_¿Quieres decir que he de clavarme debajo de un bicho herido que pesa lo menos treinta arrobas...? ¡Anda ya, chalado!

_Desde luego, Felipe, cambias más que una veleta. Si no te atreves a coser al animal carga de una vez un arma y dámela; hay casos en la vida que no admiten demora y éste es uno.

_¡Bueno, bueno...! Tú sujétalo del bocado y acaríciale la cabeza y el cuello, yo intentaré ser lo más rápido posible y así sufrirá menos.

Dicho esto cogió el intestino del animal y lo introdujo entre los pliegues rajados de la piel, seguido le hizo varias costuras dejando la herida cerrada por completo.

_Ya puedes dejar de sobarlo, he terminado.

_¿Ya...?

_¡Sí, hombre, sí...! Le he hecho un cosido que ni a conciencia; en un par de días sin hacer nada este animal estará listo para tirar de carreta.

_Lástima no haberte tenido a mano el día que me atizó mi tío, seguro que la oreja estaría más en su sitio y las rajas de la cabeza se me notarían menos... ¡Jodío Luciano...!

_Compadre – dijo el descalabrado-, échame un chorro de vino en las manos para desinsectármelas y de paso limpiaré la aguja y el hilo... quién sabe, igual lo volvemos a necesitar en otra ocasión.

_Malo sería –adujo el ciego– sufrir un descalabro tan pasional como el que yo he sufrido, pues si de uno perdí la visión estoy por decir que de otro parecido quedaría tonto de por vida; dicen por ahí que a un buen trancazo no rechista calavera.

_Natural –resolvió el descalabrado–, como que cuando a uno le revientan los sesos de un estacazo la retahíla que sigue no llama a lamentos.

Quedaron callados los dos durante un espacio considerable de tiempo sin saber que decirse. De pronto le vino al ciego a la mente algo que había balbuceado el tiroteado en su agonía de muerte; con las mismas dijo a su compañero:

_Felipe... ¿recuerdas lo que decía el tipo que nos pedía agua?

_Precisamente estaba pensando en ello; dijo algo así como debajo de la sien.

_Pues como no se refiriera a las patillas...

_A pesar de tu ilustración algo corto si que eres, amigo, ¿tendrán mucho que ver las patillas en la confesión de un moribundo?

_Pues ya que te las das de experto en últimas palabras, listo, ofrece una versión digna a tu intelecto.

_No quieras hacer de abogado, Maximiliano, ¿en serio que no vas más allá de las patillas de ese tipo panzudo...? De la forma que han acabado no es fácil que sea por estética facial. Yo diría que debajo de la sien...to ha de haber algo que uno u otros protegían o instigaban.

_Coño –advirtió el ciego–, es verdad; debajo del asiento de la carreta en la que iba subido ese tipo debe encontrarse algo de suma importancia ¡A qué esperas, Felipe...! ¿Para una vez que llevas la iniciativa te atrancas...?

_¡Eh, aguanta, macho! ¿Quién te ha quitado la mierda del alacrán o ha ideado lo del chico del burro...?

_A callar tocan –apremió el ciego–. Si uno lleva las de ganar querer vencerle el pulso es como barrer con ventolera. Ándate al pescante de la calesa por la que se iniciaba el reguero de sangre; seguro ha de tener cajón de arriero y tal vez se encuentre algo interesante en su interior.

El descalabrado se encaminó hacia la carreta subió al pescante y abrió la tapa que cerraba el cajón de arriero. Tras rebuscar entre aperos y guarniciones de bestias dio con otra caja muy rudimentaria y poco llamativa cerrada con clavos; como en su búsqueda no hallara nada que llamara la atención decidió bajar la caja y desclavarla en tierra.

_No dices nada, Felipe. Tendría arrestos la cosa que el final se dirimiera por asuntos de patillas entre los cuatro tipejos.

El descalabrado sin musitar palabra andaba buscando una palanca con la que abrir la caja.

_¿Has quedado mudo...? –instigó de nuevo el ciego.

El descalabrado volvió de nuevo al cajón de arriero y sacó una herradura, la introdujo en medio de dos clavos e hizo palanca hasta desclavar una tabla; al quitarla apareció ante sus ojos un acopio de piedras preciosas ensartadas en hermosos collares de oro y plata.

_¡Joooodoooo...!

_¡Apremia, Felipe...! Conforme tu expresión...

_¿Querrá Dios que cuando salgamos de la ruina nos devuelva otra vez a la riqueza sin ton ni son?

_¿No darás rápido santo y seña...? ¡Ya noto a mi tranca de un nervioso...!

_¡Quieto, quieto, Maximiliano! Deja a tu cayado en paz ¿Recuerdas el tesoro de los luises?

_¡Que en buen provecho estén! ¿Qué había en el cajón de arriero, me tienes en ascuas?

_Collares con piedras preciosas que han de hacerle sombra a los resplandores del rey de Francia.

 

Continuarrrrráááá

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23-Ago-2019

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